DOMINGO XXIX TIEMPO ORDINARIO (20-X-74)
<<“Alababan a
Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo”. ¡Cómo convendría anotar esto
último, ahora que todos gustan hablar mal de la Iglesia y de los cristianos!>>
PRIMERA LECTURA
Éxodo 17, 8-13
“Mañana yo estaré en pie en la cima del monte con el bastón maravilloso
en las manos.”
SALMO RESPONSORIAL
Salmo 120
El auxilio me viene del Señor que
hizo el cielo y la tierra.
SEGUNDA LECTURA
2Timoteo
3,14-4,2.
“Así el
hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda buena obra”.
EVANGELIO
Lucas 18, 1-8
“Dios
hará justicia a sus elegidos, que claman a Él”
Comentario-
Introducción
Mientras en la Iglesia se celebraba el Sínodo de los
obispos del año 1974, cuyos frutos daría la exhortación apostólica “Evangelii
nuntiandi”, el anuncio del Evangelio del Papa Pablo VI.
El obispo de Jaén, haciendo latir su corazón al unísono con el de la
Iglesia, anuncia a su pueblo las excelencias de la misión. La homilía de este domingo, caminando ya
hacia el final del año litúrgico, apunta
directamente a la diana. El encuentro con el Señor. Conjuga la oración y la
misión, como binomio inseparable para llegar a ese encuentro, perfectamente
ilustrados con el ejemplo y la vida de quienes nos precedieron en el camino de
la fe. Contemplad, orad y al mismo tiempo anunciar lo que vivimos, vocear
nuestras miserias, y gritar nuestras alegrías, persistir orando, sin cejar,
insistiendo, contra todos los pronósticos, porque nuestra oración es contra
todos los pronósticos, y porque la vida misma depende de ella, como también
depende la vida de justicia y amor en el mundo. En este domingo, pedimos de
nuevo a Jesús: “¡Señor, enséñanos a orar!”
Y unimos nuestras súplicas a las
de Él.
S. Berdonces
HOMILIA
Acabamos
de oír la voz del Señor, que nos recuerda cómo “los discípulos tienen que orar
siempre sin desanimarse”. Nosotros, amados hermanos, somos discípulos de
Jesucristo; somos cristianos.
También
hemos escuchado la recomendación que San Pablo hizo a su discípulo Timoteo,
poco antes de morir: “Ante Dios y ante Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y
muertos, te conjuro” – ya veis que se trata de algo importante- “te conjuro por
su venida en majestad: proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo…”
Proclamar
en el mundo la palabra de Jesucristo: Este es el encargo. Pablo transmite a su
discípulos el mandato de Jesús: “Id al mundo entero, predicar el Evangelio a
toda criatura, enseñadles a guardar cuanto yo os he mandado” (Mt 28,19-20; Mc
16, 15-16).
La oración y la misión
La
misión- han dicho los Padres del Vaticano II- es esencial a la Iglesia; tiene
en ella su razón de ser” (LG 48). Piensa que, si tú perteneces a la Iglesia, a
ti, me afecta a mí y a todos los discípulos de Jesucristo.
“La
Iglesia, por su naturaleza es misionera, ya que ella procede de la misión del
Hijo y de la misión del Espíritu Santo, conforme al designio de Dios” (AG 2)
También son estas palabra del Concilio y hemos de tenerlas presentes.
Y es,
hermanos, que el encargo del Señor pesa sobre la Iglesia continuamente. Ella lo
vive de tal manera que, como ha dicho el mismo Concilio, puede hacer suyas las
palabras del Apóstol, “¡Ay de mí si no evangelizare!”.
Ahora
bien, la propagación de la fe es algo muy distinto a cualquier otra propaganda.
Es otra empresa. Conviene no confundir la predicación del Evangelio con las
propagandas que suelen hacerse en el mundo.
Uniendo
las dos recomendaciones: La de orar incesantemente y la de predicar el
Evangelio, podríamos hacernos la pregunta: ¿Oramos nosotros por esta causa?
¿Ejercitamos nuestra oración en este asunto? ¿Hacemos nuestra continuamente la
preocupación de que el Evangelio de Jesús alcance a todos los hombres y a todos
los pueblos…?
Fuerza expansiva del espíritu
Aquella
primera comunidad cristiana será siempre el modelo de lo que la Iglesia es y
debe ser en todos los tiempos, en cualquier circunstancia. Si otras cosas
necesariamente varían, el espíritu ha de ser el mismo.
¿Cómo
era aquella Iglesia? San Lucas nos informa de ello en su segundo libro. Oíd.
“Tenían un solo corazón y una sola alama…Acudían así asiduamente a las
enseñanzas de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las
oraciones. Partían el pan por las casas y tomaban el alimento con sencillez y
alegría de corazón. Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el
pueblo”. ¡Cómo convendría anotar esto último, ahora que todos gustan hablar mal
de la Iglesia y de los cristianos! ¡La Iglesia en medio del mundo de nuestros
días!…
Viene
enseguida la conclusión: “El Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar”. Crecía el
número de los creyentes; crecía y aumentaba la Iglesia. Por eso el evangelista
se complacía en repetir su estribillo: “La Palabra de Dios iba creciendo”. “La
Palabra de Dios crecía y se multiplicaba”. “La Palabra de Dios crecía y se
fortalecía” (Hech 2, 42-47; 4, 32; 6,7).
Leyendo
con atención el libro, nos damos cuenta de que hay una relación directa entre
la vida interior de la Iglesia y la expansión de la palabra; entre la fuerza
expansiva del Espíritu y la predicación del Evangelio.
La situación de nuestra Iglesia
Hoy debemos de
plantearnos con sinceridad el problema: ¿Cuál es entonces, la situación real de
nuestras comunidades cristianas?
La Iglesia primitiva creció
– no hay duda- por la presencia del Espíritu del Señor en el seno de la
comunidad y de los grupos cristianos que se iba formando. La caridad de
Jesucristo, con su poder transformador y expansivo, ganaba terreno y se
extendía en el mundo.
Siempre se cumplirá
aquello que anunció Jesús: “El reino de los cielos es semejante a un poco de
levadura…Es “como un granito de mostaza que, siendo tan pequeño, si lo siembra
un hombre, crece hasta hacerse un árbol grande, de manera que las aves vienen a
poner su nido en sus ramas”.
Tal es el misterio de la
propagación de la fe. No obedece a técnicas de propaganda, ni cuenta con otros
medios. Pues bien, teniendo en cuenta este criterio, debemos reflexionar sobre
nuestra situación. La vida de nuestras parroquias, la situación de nuestras
casas religiosas, la de los conventos, la actitud cristiana de nuestra ciudad.
Jaén acaba de celebrar
las fiestas de su patrón San Lucas. Este simpático evangelista, escritor
maravilloso, nos informa para mostrarnos cómo es la iglesia y cómo debe de ser
siempre. ¿Qué tal es nuestra ciudad? ¿Cuál es el espíritu de nuestra Diócesis?
Es la pregunta que vosotros y yo tenemos que hacernos en este día.
Respuesta a una consulta
Allá
por el año 411 o 412, una mujer viuda llamada Proba escribió a San Agustín. Era
mujer noble y rica, madre de numerosa familia y viuda. Le pedía consejo acerca
de su vida de oración. Y el santo Obispo le contesta una larga carta.
Empieza
hablándole de la riqueza. Luego viene al tema y le recuerda la doctrina del
Señor acerca de la oración. A propósito de esta otra viuda del Evangelio, que
hoy nos habla la lectura, le dice que, para orar, no hace falta hablar mucho,
ya que Dios sabe lo que nosotros necesitamos. “Vosotros – dijo Jesús- cuando
oréis, no hagáis largas oraciones como los fariseos, porque sabe bien vuestro
Padre celestial lo que necesitáis”.
Cuenta
San Agustín: “Siendo así, el hecho de habernos enseñado a orar puede sorprendernos,
si pensamos que lo que Dios pretende con ello es llegar a conocer nuestra
voluntad. Pero no es eso lo que pretende, ya que lo conoce muy bien. Lo que
pretende es que, mediante la oración, avivemos nuestro deseo, a fin de que
estemos lo suficientemente abiertos como para poder recibir lo que ha de
darnos” (Carta 130).
Es
bonito este pensamiento. Nos descubre la dinámica de la oración cristiana.
Cuando nosotros pedimos, exponemos a Dios nuestros deseos. Al hacerlo con
constancia, vivimos intensamente nuestras aspiraciones. Así se ensancha el
corazón, se dilata nuestro espacio interior y queda suficientemente abierto,
para que el Señor ponga en él la riqueza de su gracia y de su Espíritu.
Oremos
Volvamos al tema de
nuestra Iglesia y de nuestras comunidades.
¿Es pobre nuestra vida cristiana, estamos vueltos hacia nosotros mismos y
encontramos estrecho nuestro ambiente…? Orad, hermanos, orad.
Oremos. Siempre que en la
Misa yo digo esta palabra e invitación suelo detenerme un tanto, para que todos
nos demos cuenta de la necesidad que tenemos de hacerlo. Hemos de exponerle al
Señor nuestro deseo. El que tú tienes y el que tengo yo; el de esa niña y el de
aquel anciano.
Cuando oramos juntos, se
contagia el calor y el interés; la caridad nos une. Así se dilata el espíritu;
así se agrandan los espacios que han de llenarse de la gracia del Señor.
Quisiera yo que nuestra
Diócesis tuviera tanto espíritu, que cupiera en ella todas las aspiraciones de
la Iglesia, que pudiera estar siempre a punto para ayudar a las otras Iglesias
locales, que se hiciera solidaria de la Iglesia universal. Que todos y cada uno
viviéramos los problemas de la Iglesia en los países de misión y oráramos
constantemente por los que no conocen a Cristo.
Tendríamos que se capaces
de contar con un grupo amplio de sacerdotes, religiosos y seglares con vocación
misionera, para poder enviarlos allá. Que nuestra Diócesis se hiciera presente
y responsable allí donde es necesario el anuncio del Evangelio. Oremos por esta
causa, que el Espíritu remediará nuestra debilidad. Y podremos colaborar de
manera generosa en la gran empresa del Señor.
Miguel, Obispo de Jaén.
Oración del Domingo.
Señor Dios
nuestro:
Sabemos que tú eres nuestro Padre amoroso, que nos
esperas y que estás atento a nosotros en cada momento de nuestras vidas.
Dígnate, pues, aceptar nuestra oración como un grito
de confianza que surge derecho desde la pobreza de nuestros corazones.
Si tú no atiendes nuestra súplica cuando pedimos cosas
perjudiciales, concédenos lo que realmente necesitamos y guarda viva nuestra
confianza de que tú eres bueno y nos amas ya que tú eres nuestro Padre en
Jesucristo nuestro Señor.
AMÉN.

Gracias Sebastian.
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