DOMINGO XXXI TIEMPO ORDINARIO (3-XI-74)
“¡Qué bien nos viene el que no nos salgan bien todas las cosas a la
primera, tener que abrazarnos con la realidad cuando la vida se nos pone en
contra!”
PRIMERA LECTURA
Sabiduría 11,
22-12,2
Amas a todos los seres que has creado.
SALMO RESPONSORIAL
Salmo 144
Bendeciré tu nombre por siempre,
Dios mío, mi rey
SEGUNDA LECTURA
2
Tesalonicenses 1,11-2,2
No os dejéis
asustar por ningún mensaje espiritual,… diciendo que el día del Señor ya ha
llegado.
EVANGELIO
Lucas 19, 1-10
Hoy
ha llegado la salvación a esta casa.
Comentario-
Introducción
Hay personas que siguen buscando valores más elevados
en la vida. Quizás uno se siente satisfecho solamente a medias con la clase de
vida que está llevando, o se siente culpable por su modo de vida. El evangelio
de hoy nos muestra a Zaqueo, un hombre pequeño, física y moralmente, que va en
busca del Señor. Para su sorpresa, Jesús
adivina el hambre espiritual en el corazón de este hombre y se dirige a él.
Jesús desea encontrarse con él. Si
nosotros reconocemos humildemente nuestra pequeñez, el Señor se nos revelará y
se invitará a sí mismo a caminar y a quedarse con nosotros. Él nos hará grandes
en amor y en bondad.
Esta homilía nos sale al encuentro, de nuevo, con una palabra cargada de futuro: “Los
tiempos reclaman otra cosa; el mundo no va ya por los caminos que nos tenía
acostumbrados. Los hombres lo tienen todo y no necesitan tanto de otras ayudas.
Pero siguen necesitando de la bondad de Dios, del consuelo del amor, de la
paciencia del hermano.”
S. Berdonces
HOMILIA
Un día,
a propósito de cierto encuentro con un joven que era rico, Jesús manifestó
delante de sus discípulos: “Yo os aseguro que difícilmente un rico entrará en
el Reino de los cielos”. E insistiendo en la idea continuo: “Os lo repito, es
más difícil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico
entre en el Reino de los cielos”.
Al oír
esto los discípulos se asombraban mucho y decían: “Entonces ¿quién se podrá
salvar?” Jesús, mirándolos fijamente -como quien quiere que sus palabras se
graven- dijo: “Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible
(Mt 19,23-26).
Es
posible que se salven los ricos; Dios no tiene acepción de personas. Claro que,
para eso tienen que renunciar a sus riquezas, estar dispuestos a usarlas bien,
renunciar a utilizar su poderío, dejar de hacer injusticias. Y todo esto resulta
imposible para aquellos que tienen dinero. Mas, para Dios, nada hay imposible.
Con su ayuda, también los ricos. Ya os dije el domingo pasado que el hombre que
desprecia a otro hombre, sea quien sea, no puede ser cristiano.
Conversión de Zaqueo
Todo es
posible para Dios. Zaqueo es ejemplo de ello. Como lo es también aquel otro,
que era de su misma profesión, Mateo. Publicano él metido en el negocio, aficionado
al dinero…
El Imperio
romano solía arrendar el cobro de los impuestos en los países dominados. Los
sacaba a subasta. Había ciertas compañías arrendatarias que se quedaban con la
contrata. Pagaban el fisco y, en cierto modo tenían manos libres para sacar
cuanto podían. El segundo, además era jefe. El Evangelio lo presenta así: “Zaqueo,
jefe de publicanos y rico”.
La
palabra “publicano” era sinónimo de pecador en concepto de todos. Mas Zaqueo se
convirtió. Y no de cualquier manera, sino sinceramente: “Señor, la mitad de lo
que tengo lo doy a los pobres. Y, si alguno he perjudicado, le devuelvo cuatro
veces más”. ¡Si tuviéramos ahora algunos ricos de estos! ¡Si hubiera entre
nosotros media docena de ricos con esta capacidad de apertura…!
Nada es
imposible para Dios, hermanos. Y, puesto que no despreciamos a nadie, os debo
manifestar nuestra convicción pastoral respecto de los ricos y de los pobres. Pienso
ahora especialmente en los hijos y en las hijas de los ricos.
Pequeño de estatura
Hay un
detalle en el relato que a mí me resulta simbólico esta mañana. Dice la
lectura: “Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de
distinguir quien era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de
estatura”.
Este es
el detalle: Era bajo de estatura y por eso no alcanzaba a ver. “Corrió más adelante
y se subió a una higuera para verlo, porque tenía que pasar por allí”. No todos
tenemos la decisión de subir a una higuera. Los ricos, desde luego; pero
también hay muchos pobres que se resisten. Nos cuesta subirnos para ver a
Jesús. Quiero decir, nos cuesta ser sencillos, bajarnos, aceptar nuestra
limitación, Este subir es realmente bajar y deponer nuestra suficiencia.
Tenemos
aquí el más grave obstáculo para nuestra salvación. Para orar, para entendernos
con Dios, lo primero de todo es deponer esa conciencia que solemos tener de
nuestra propia capacidad, de nuestro valor, de nuestro poder.
El
hombre moderno encuentra en esto un gran tropiezo. Los ricos tienen mayor dificultad
para deponer su suficiencia, lo tienen todo a mano, cuentan con todo. El pobre,
en cambio un desgraciado y necesitado de todos. En lo demás no hay gran
diferencia entre unos y otros. Porque hoy todos van alcanzando conciencia de su
poder.
Pero, a
pesar de todo, nunca hubo mayores problemas para el hombre. Tenemos ciencia,
tenemos técnica, tenemos poderío y riquezas como jamás las hubo. Y nunca nos
hemos enfrentado con tantos problemas sin solución.
Experiencia interior
Dios
quiere salvar también a los hombres de nuestro tiempo. Ofrece la salvación lo
mismo a los ricos que a los pobres. Mas, como no solemos echar a correr para
subirnos donde podamos ver a Jesús. Dios se encarga de hacernos experimentar
nuestra propia limitación.
¡Cuánto
bien nos hace ciertos fracasos, ciertas contradicciones y desgracias! ¡Qué bien
nos viene el que no nos salgan bien todas las cosas a la primera, tener que
abrazarnos con la realidad cuando la vida se nos pone en contra!
A
veces, el hombre que lo tiene todo a mano, se encuentra sólo. La soledad de los
enfermos y de las viudas. Los primeros días todos los visitan, todos acuden a
la ayuda. Luego…Ayer lo veía yo en el cementerio con toda claridad.
Los
hijos de los ricos suelen encontrarse también solos. Experimentan ellos que lo
han probado todo, el vacío, la insatisfacción, la tristeza, el aburrimiento, la
soledad. Con frecuencia no están contentos, caen en tristeza, se vienen al
suelo.
Ante la
prueba y la experiencia de la propia indigencia, el hombre puede reaccionar en
direcciones opuestas: La desesperación, la soberbia, la amargura. O bien la
humildad. Suele entonces el Señor
salirnos al encuentro. Por eso habría que darle gracias también por las
desgracias, por las contradicciones, que nos hacen vivir nuestra impotencia e
insatisfacción.
Nuestra responsabilidad
No
basta, hermanos, con que el hombre experimente su limitación, su miseria, su
indigencia. Para encontrarse con el Señor ha de experimentar al mismo tiempo y
en ese punto la bondad de Dios. Y aquí entra nuestra responsabilidad. La de los
pastores sobre todo. También la de todos y cada uno de los cristianos.
Somos
instrumentos de Dios y de Jesucristo. Tenemos que estar a punto. Saber esperar
la hora de la gracia, sin tratar de adelantarnos a la hora de Dios. ¡Cuánto faltamos
a esto!
Ese
hombre, ese muchacho, ese enfermo que se encuentra solo, que está abandonado,
triste, caído, ha de experimentar la bondad del Señor para con él. Mas para ello la bondad del Señor ha de
encarnarse en una persona concreta. Cualquiera de nosotros estamos obligados a
personificar junto a él esa caridad, el amor y la compresión del Señor. De ello puede depender la
salvación de ese hombre, Es grande nuestra responsabilidad.
Ahora
hablamos constantemente de evangelización, de medios de comunicación de la
Palabra de Dios, de instrumentos de trabajo apostólico. Acaso nos
desorientamos. Los tiempos reclaman otra cosa; el mundo no va ya por los
caminos que nos tenía acostumbrados. Los hombres lo tienen todo y no necesitan
tanto de otras ayudas. Pero siguen necesitando de la bondad de Dios, del
consuelo del amor, de la paciencia del hermano.
¡Ah!
Todo ello exige precisamente que nosotros, los que estamos a la ayuda,
renunciemos de antemano a nuestra suficiencia. Esa madre que lleva tanto tiempo
a la carga con su hijo y nada consigue, tiene que estar convencida de que, sin
Dios, no puede nada. Ese padre que se piensa que su hija ya no tiene remedio,
es el que está a punto de poder entender el problema. Puede ser precisamente
entonces el instrumento que Dios necesita para convertir a su hijo. Es
necesario que confesemos toda nuestra limitación, nuestra impotencia. Para que
reconozcamos siempre el poder de Dios.
Oración por los pastores
Con
esta disposición humilde, sí. Podemos acercarnos a los hombres y estar a punto.
Convencidos de que “ni el que planta, ni el que riega son algo, sino Dios que
da el incremento”.
Os
pido, hermanos, una oración especial por los pastores de la Iglesia, En
concreto por el Obispo y por los obispos. El gran problema pastoral ha cambiado
mucho en nuestro mundo. Ya los hombres no necesitan tanto de nosotros. A veces nos
desprecian, nos ignoran. Y tenemos que ser cada día más humildes para renunciar
a todo dominio, a todo control sobre los hombres y sobre las cosas.
Debemos
aceptar, antes que nadie, nuestra impotencia para arreglar nada en la vida.
Tenemos que aprender a renunciar, a quedarnos solos con Dios. Y en diálogo con
Jesucristo, aprender a ser discretos, a ser sabios. Que nosotros, los pastores,
probemos lo que es la comprensión, lo que es la bondad. Que acertemos a estar
cerca de todos y de cada uno de vosotros – de vuestros hijos, sobre todo- para
ayudaros a entenderos con Dios.
Miguel Peinado.
Oración del Domingo.
Oh Padre
misericordioso:
Tu Hijo Jesús no rechazó o condenó a marginados y
pecadores.
Él compartió su mesa, como come ahora con nosotros.
En presencia de Jesús encontraron ellos el valor para
levantarse y caminar derecho.
Que él nos fortalezca para caminar con él hacia los
pobres, los indeseables y no queridos, los leprosos sociales, para que puedan
experimentar tu bondad en nosotros y recobrar su fe en ti.
Que entonces proclamemos a los pobres tú Buena Nueva
de salvación y caminemos tras las huellas.
Te lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor. AMÉN.


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