sábado, 31 de diciembre de 2016

SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA MADRE DE DIOS
DIA 1 DE ENERO.
“Educar para la paz”


PRIMERA LECTURA
Números 6, 22-27
 Invocarán mi nombre sobre los israelitas y yo los bendeciré
  
 SALMO RESPONSORIAL
Salmo 66
 El Señor tenga piedad y nos bendiga.

 SEGUNDA LECTURA
 Gálatas 4, 4-7
Dios envió su Hijo, nacido de una mujer

 EVANGELIO
Lucas 2,16-21
Encontraron a María y a José y al niño. Al cumplirse los ocho días, le pusieron por nombre Jesús

                                               Comentario- Introducción
Hace cuarenta y nueve años, el Papa Pablo VI  escribió: “Nos dirigimos a todos los hombres de buena voluntad para exhortarlos a celebrar «El Día de la Paz» en todo el mundo, el primer día del año civil, 1 de enero de 1968. Sería nuestro deseo que después, cada año, esta celebración se repitiese como presagio y como promesa, al principio del calendario… de que sea la Paz con su justo y benéfico equilibrio la que domine el desarrollo de la historia futura…”
 Este día, al celebrar la fiesta de María, Madre de Dios, incluimos también, con seriedad e insistencia, deseos y plegarias por una paz, profunda y duradera, en un mundo acosado por la violencia, conflictos y luchas fratricidas, ya que María nos dio a Jesucristo, Príncipe de la Paz.
 La homilía habla de  la paz. No podemos dudar que el pastor que obedece de verdad los deseos de la Iglesia, acierta cuando habla de la educación para la paz y todos los ejemplos y modelos que se nos propone en la presente homilía.
Hoy comienza un nuevo año y sinceramente nos deseamos unos a otros todas las bendiciones de Dios: buena salud, bienestar, armonía en la familia, felicidad, paz...Feliz 2017.
S. Berdonces

HOMILIA
“Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”.
Iniciamos, hermanos, el nuevo año, con esta sencilla oración que aprendimos, siendo niños, de labios de nuestra madre, o de quien la sustituyó en el seno de la Iglesia. La Iglesia se goza de orar así. Después de repetir el saludo del ángel: “Dios te salve, llena de gracia…” y las alabanzas de Isabel, iluminada por el Espíritu Santo: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre “, invoca a la Señora con sencillez de niños: “Santa María, Madre de Dios…”

El mejor título.
Es el mejor título que podemos dar a María, la Virgen: “Madre de Dios”. Es el título propio, el que expresa todos los misterios que Dios ha obrado en ella.
El Señor ha integrado perfecta y maravillosamente a María en su plan  eterno de salvación de todos los hombres, destinándola a ser y haciéndola Madre de Jesucristo. Y, por consiguiente, Madre de Dios.
La maternidad es una gloria, un valor definitivo en todos los terrenos. Ninguna cosa hay tan grande en el mundo como las madres. Por eso queremos tanto a la nuestra. Ser madre, comunicar la vida a un ser humano, concebir y dar a luz un hijo.
Para ser madre son necesarias dos cosas: la capacidad y la colaboración.  La capacidad la da Dios. Dios ha preparado a todas las mujeres para ser madres. La maternidad es vocación de toda mujer. En un sentido más o menos profundo, todas están hechas para ser madres; para concebir  en su seno y dar a luz a los hijos, para criarlos, alimentándolos con la leche de sus pechos, para educarlos y prepararlos para la vida. Porque lo principal es la maternidad espiritual. Hay muchas que, sin llegar al matrimonio y ofreciendo su virginidad al Señor, son madres de muchos hijos  de Dios en el mundo y en la Iglesia.
Viene luego la colaboración. Y aquí ya, se dan grados y diferencias notables entre madre y madre. Propio de todas ellas es poner todo su corazón en la empresa. Al recibir en su seno el germen de la vida, cuando se sienten madres, ponen todo su ser, todo su afecto, toda su sensibilidad y su inteligencia en esta nobilísima tarea de dar vida a sus hijos.

A la altura de Dios.
La Virgen María es la Madre de Dios. Podemos pensar en este misterio, en función de la capacidad de colaboración.
Naturalmente hablando, cualquier mujer está capacitada para ser madre, madre de un hombre. ¡Ser madre de Dios!...Para que pudiera serlo, María fue levantada por Dios a lo más alto. Su capacidad está a la misma altura de Dios. El Hijo que de ella había de nacer es el mismo Hijo de Dios, Jesucristo, el hijo de Dios hecho hombre.
María tuvo capacidad para dar a Dios el ser hombre; para que Dios empezara a vivir humanamente. Tal es el misterio de la Encarnación. Tal es así mismo el misterio de la maternidad divina. ¡Cuán alta la colocó el Señor! ¡Qué admirablemente la preparó y la dispuso; y la adornó con tantas cualidades! ¡El poder de dar la vida a Dios en su seno maternal! La vida humana, se entiende; pero la vida.

            Su colaboración
 Pensemos ahora en la mejor madre del mundo. Si ella pone todo su corazón, su sensibilidad, su vida, en esta empresa de dar la vida al hijo, ¿qué puso María?...El Evangelio nos ha recordado la frase conocida: “Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” ¡Qué colaboración la suya! ¡Qué entrega la de María cuando se ofreció a ser Madre de Jesucristo! María hizo todo aquello que incluye la maternidad: engendrar a su Hijo, llevarlo en su seno nueve meses, ambientarlo dentro de sí misma, darlo a luz, criarlo a sus pechos, cuidarlo y educarlo.
Lo concibió por su humildad: “He aquí la esclava del Señor”. Lo llevó en su seno virginal. María fue a casa de Isabel. Esta, en el encuentro, decía: “¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a verme? ¡Bendita tú que has creído…bendito el fruto de tu vientre!”
Lo dio a luz virginalmente. Esto no ocurrió antes nunca, ni se dará después. Lo crió, lo llevaba en sus brazos, lo alimentaba. Y lo educaba. Fue María quien educó a Jesús niño y cuando era adolescente. Supongo que también cuando ya era joven. Los hombres, por mayores que seamos, siempre necesitamos que la madre salga a nuestro encuentro para ultimar un detalle, para limar una aspereza, para integrar con su sensibilidad algún elemento que nosotros se nos escapa.
           
Educar para la paz
En el mensaje de Pablo VI para la jornada de la Paz en este año 1975, hay una frase que me ha llamado la atención. Es todo un programa. La consigna es esta: “educar para la paz”.
La paz es un don de Dios, hermanos. Como es la unidad. Sobre todo lo es la paz hecha por Jesucristo. Está pidiendo la colaboración de todos, absolutamente de todos, chicos y grandes, sacerdotes y laicos. La paz, no sólo se recibe, se guarda. Hay que hacerla además día tras día con esfuerzo, con entusiasmo, con ilusión, con la conciencia de nuestra responsabilidad cristiana.
Precisamente por esta razón, es necesario educar la paz a quienes, siendo ahora pequeños, habrán de ser algún día los apóstoles y defensores de la paz al frente de la vida. Educar a los hijos, a los adolescentes, a los niños, a los jóvenes, al pueblo; educar a todos y a cada uno para esta misión tan noble y urgente.
Digamos con el Papa que, la reconciliación entre los hermanos, empieza por la reconciliación con Dios. Mientras un hombre no se ha reconciliado con él y con el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, es inútil pretender  que haya paz entre los hermanos. Cuando somos cristianos en la medida que debemos serlo, sembramos discordia, desunión y guerra. Aunque no sea nuestra intención.
Todos tenemos que reflexionar. Y, pues estamos reunidos esta mañana junto a la Madre que más y mejor ha contribuido a traer al mundo, al darnos a Jesucristo, que es “nuestra paz”, os invito a rezar con toda sencillez y con gozo íntimo: “Santa María, madre de Dios: ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”.
                       
Miguel Peinado.
(Que fue Obispo de Jaén)        


ORACIÓN DEL DÍA

Oh Dios nuestro, fiel y salvador:
En María, nuestra tierra dijo su sí a tu llamada y allí irrumpieron sobre los hombres bendiciones, perdón, nueva vida, verdadera paz en la persona de tu Hijo Jesucristo.
Danos la fe confiada de María, su Madre, para que siempre permanezcamos cercanos a Jesús, incluso en la oscuridad del sufrimiento, y para que sepamos llevar al mismo Jesús a los pobres, solitarios y afligidos de nuestro mundo Bendícenos por  medio del mismo Jesucristo nuestro Señor.
Amén.


jueves, 29 de diciembre de 2016

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA
JORNADA POR LA FAMILIA Y POR LA VIDA. (30-12-2016)
“La experiencia del destierro, supone una experiencia para Jesús…queda guardado para después en el fondo de su sensibilidad.”


PRIMERA LECTURA

Eclesiástico 3,2-6. 12-14
 El que honra a su padre expía sus pecados.
  
 SALMO RESPONSORIAL
Salmo 127
 Dichosos los que temen al Señor, y siguen sus caminos.

 SEGUNDA LECTURA
 Colosenses 3,12-21
Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos.

 EVANGELIO
Mateo 2, 13-15.19-23
El ángel del Señor se le apareció en sueños a José…se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se  fue a Egipto.

                                               Comentario- Introducción
Hoy es el día de todos nosotros. ¿Quién no pertenece a una familia? Natural o adoptiva, todos tenemos y pertenecemos a una familia, donde nacimos, nos hemos educado, donde hemos reído y llorado, donde…vivimos.
En medio de una fuerte crisis en torno a la integridad de la familia, Dios Amor nos brinda nuevamente el modelo pleno de amor familiar al presentarnos a Jesús, María y José.
 Por ello, a la luz de la Sagrada Escritura y de la homilía de este día, veamos algunos rasgos importantes a tener en cuenta sobre la familia y sobre la familia de Jesús. Él también aprendió, fue educado, rio y lloró en una pequeña y Sagrada Familia, en el hogar de Nazaret.

ORACIÓN A LA SAGRADA FAMILIA

Sagrada Familia de Nazaret; enséñanos el recogimiento, la interioridad; danos la disposición de escuchar las buenas inspiraciones y las palabras de los verdaderos maestros.
Enséñanos la necesidad del trabajo de reparación, del estudio, de la vida interior personal, de la oración, que sólo Dios ve en los secreto; enséñanos lo que es la familia, su comunión de amor, su belleza simple y austera, su carácter sagrado e inviolable. Amén
S. Berdonces

HOMILIA

Los Padres del Concilio Vaticano II estudiaron el tema de la presencia y la actitud de la Iglesia en el mundo moderno. Después de haber considerado con atención la vocación del hombre, sus aspiraciones que hoy tiene planteados la Humanidad. El primero de todos, la familia.
Realmente, si algo queda influido por la transformación y las variaciones del mundo actual, esto es la institución familiar, el matrimonio, las relaciones entre padres e hijos. Aun en las familias cristianas se dan problemas manifiestos y graves.
En el primer capítulo de la segunda parte de la segunda parte de la constitución “Gaudio et spes” está sintetizada la doctrina acerca de la familia, a la luz de la fe cristiana.  Ahí están los principios, las normas, la orientación. Mas la Iglesia, que es Madre y Maestra, no se contenta con dar la doctrina cristiana; procura vivirla. Como buena madre, se esfuerza por hacerla vivir a sus hijos. Y por eso ella, que celebra los misterios de la vida de Cristo, ha incluido en su liturgia la celebración de esta fiesta de la Sagrada Familia, en relación íntima con el misterio de la Navidad.
 
Hijo de una familia.
Hoy debemos poner nuestro corazón y nuestros ojos en esa familia, en la que Jesucristo creció, se educó, se formó para la vida y para llevar a cabo la misión que el Padre había confiado: la Sagrada Familia de Nazaret.
Hay aquí un misterio. El Hijo de Dios se hizo hombre con todas sus consecuencias. Como cualquier otro hombre, como cada uno de nosotros, vivió sometido a las exigencias de la vida familiar. Fue miembro de una familia concreta, la de José y María. En su hogar creció y fue educado.
La presencia de Jesús en el hogar de Nazaret nos recuerda aquel pensamiento frecuente en los Santos Padres: “El Hijo de Dios se hizo hombre, para que el hombre llegue a ser hijo de Dios”. En el caso de la familia diríamos: el Hijo de Dios ha querido hacerse miembro de una familia, para que la familia llegue a ser escuela de formación a lo divino; para que los hombres, que viven en familia, vivan sus deberes familiares como hijos de Dios, patrocinando las virtudes cristianas.

Dio y recibió.
Este es el propósito del Señor. Y, por ayudaros en esta consideración, se me ocurre recordaros cómo se da aquí un valioso trueque o intercambio.  Jesucristo recibió de la familia una serie de bienes, que le ayudaron en su crecimiento y formación. Pero él, por su parte, dio a la familia de lo suyo.

Aquí tenéis un dato. Supone una experiencia para Jesús, la experiencia del destierro. Aunque era muy pequeño, vivió el dolor, la preocupación, la incertidumbre, los temores de aquella hora. Los vivió en íntima comunicación con María y José. Es posible que no se diera cuenta  de lo que ocurría. Mas los niños, aun antes del uso de razón, por pequeños que sean experimentan, sienten y lo viven todo. Queda guardado para después en el fondo de su sensibilidad. “José se levantó, cogió al Niño y a su Madre de noche; se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes”. Aquí tenéis un dato. Supone una experiencia para Jesús, la experiencia del destierro. Aunque era muy pequeño, vivió el dolor, la preocupación, la incertidumbre, los temores de aquella hora. Los vivió en íntima comunicación con María y José. Es posible que no se diera cuenta  de lo que ocurría. Mas los niños, aun antes del uso de razón, por pequeños que sean experimentan, sienten y lo viven todo. Queda guardado para después en el fondo de su sensibilidad.
Al destierro siguió su vuelta a la patria. Esta sería para Jesús, ya mayorcito, una experiencia gozosa. Viviría junto a su Madre la alegría de la noticia. La familia suministró a Jesús una serie de experiencias, una serie de vivencias ricas, que fueron formando como hombre. La experiencia del dolor, de la pobreza, del desprecio, de la amargura de las horas difíciles. Y, junto a ellas, el gozo de la intimidad y del cariño.  

            Las tradiciones de su pueblo
 Otro dato evangélico: “Así se cumplió lo que dijo el Señor por el profeta: De Egipto llamé a mi hijo”. La cita hace también alusión a la liberación de Israel de la esclavitud, camino de la tierra prometida.  
El hecho histórico de la salida de los hijos de Israel de Egipto          es un punto de partida de toda su historia como Pueblo de Dios. Y nos lleva al pensamiento de lo que Jesús recibió de su familia en este orden de cosas: la cultura judía, la historia de Israel, las tradiciones de su pueblo.
Jesús fue educado en aquel ambiente concreto. Conoció la Historia Sagrada. María le contó “las cosas del Señor”, las promesas de Dios, los anuncios de los profetas, las sentencias de los sabios. Aprendió de José el camino del Templo, la participación en las peregrinaciones, el canto de los Salmos, las oraciones…Se ejercitó desde niño en la vida de piedad, ayudado por ellos. Al tiempo aprendía a jugar, a rezar, a trabajar, a pensar…
           
           
            Escuela de virtudes
Un tercer elemento: José, al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allá. Y, avisado en sueños, se retiró a Galilea y se estableció en un pueblo llamado Nazaret.
Allí vivió Jesús los años de su infancia, adolescencia y juventud. Su familia es, sobre todo, “la familia de Nazaret”. Y Nazaret – lo adivinamos siempre- es para Jesús escuela de virtudes y ejemplo de vida. Podemos enumerar: el silencio, la comprensión, el respeto mutuo, la paz inalterable, el espíritu de trabajo, la austeridad de vida, la ayuda generosa, los santos afectos, los lazos de amistad, el tesoro de la pobreza, el amor sincero y profundo…
Todo esto lo vivimos junto a Jesús a José y a María, su madre,. Todo  lo aprendió de ellos, todo lo recibió de su familia. Y ¡bien que le sirvió luego! En aquel ambiente se educó aquella fina sensibilidad que se trasluce en sus parábolas, en sus ejemplos, en su exquisita comprensión para con toda clase de personas. Fue allí y no en otra parte, donde Jesucristo se formó como hombre cabal.

            Lo que dio Jesús
Recibió de su familia. ¿Qué aportó él, en cambio? ¿Qué dio Jesús a la familia…Cuatro cosas podemos anotar: la presencia, la entrega, la colaboración, el amor.
La presencia de Jesús en su propio hogar. ¡Estar! Es ciertamente algo fundamental para la vida de la familia. Estar allí. Acaso es este el mayor de los problemas actuales. ¿Está el padre? ¿Está, al menos todo el tiempo que puede y debe estar con su mujer y junto a sus hijos?...La madre ¡Ah! Hoy muchas madres que se resisten a estar. Huyen de la casa y de sus hijos. ¡Como tienen que realizarse…!
La entrega. En la sujeción y obediencia…”Les estaba sujeto” dice el Evangelio. Y la colaboración. Porque, cuando era ya adolescente y luego, siendo mayor, aportó su actividad, contribuyó con su trabajo y con su parecer a la solución de los problemas comunes.
Puso, sobre todo, su amor. Un amor plenamente humano; en el que estaba perfecta y profundamente encarnada la caridad de Dios. Por Jesús y con Jesús, el amor de Dios inundó el hogar de Nazaret, se hizo presencia viva en la familia, desde allí, se difundió para inundar el mundo entero.

            Familia cristiana
Jesús sigue dando y recibiendo. Ahora está ausente de nosotros, físicamente hablando, Pero está místicamente presente en su Iglesia y en cada uno de los bautizados. Allí donde están los cristianos está Jesús. Porque necesita dar y recibir. Está sobre todo en las familias que son sinceramente cristianas.
Ofrezcamos hoy nuestras oraciones y nuestros buenos propósitos. Oremos por las familias cristianas y por nuestra propia familia. Así, todos unidos, formaremos una familia ejemplar en Cristo Jesús.

Miguel Peinado.
(Que fue Obispo de Jaén)              






sábado, 24 de diciembre de 2016

SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DE JESÚS. MISA DEL DÍA
“Hoy en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”.


PRIMERA LECTURA
Isaías 52,7-10   
 ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz…!
  
 SALMO RESPONSORIAL
Salmo 97
 Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.

 SEGUNDA LECTURA
 Hebreos 1,1-6
Dios, ahora en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo

 EVANGELIO
Juan 1, 1-18.
La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.

                                               Comentario- Introducción
Con la Misa de Media Noche, se ha comenzado el tiempo de la Navidad. Este tiempo que se abre, con el anuncio del nacimiento de Jesús, por medio del Ángel a los pastores, en medio de la noche y que durará hasta el domingo del Bautismo del Señor.
Se desconoce el día exacto del nacimiento de Jesús, aunque se sabe que fue durante el reinado de Herodes. A mediados del siglo IV, el Papa Julio I estableció la fecha del 25 de diciembre, día próximo a muchas fiestas del solsticio de invierno que se celebran en la antigüedad. Y desde entonces este día ha sido y es el día que se celebra el Nacimiento de Jesús.

Hoy la homilía nos acerca en el misterio, pretende contemplar el misterio del Nacimiento y como hicieran los pastores y se va acercando, poco a poco, como si estuviera escalando una montaña, hasta llegar a la cima.


PREGÓN DE NAVIDAD

Os anunciamos, hermanos y hermanas, una buena noticia, / una gran alegría para todo el pueblo. / Escuchadla con corazón gozoso: / Habían pasado miles y miles de años / desde que, al principio, Dios creó el cielo y la tierra / e hizo al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza. / Miles y miles de años habían transcurrido / desde que cesó el diluvio / y el Altísimo hizo resplandecer el arco iris, / signo de alianza y de paz. / En el año 752 de la fundación de Roma; / en el año 42 del imperio de Octavio Augusto, / mientras sobre toda la tierra reinaba la paz, / en la sexta edad del mundo, / hace años, / en Belén de Judá, pueblo humilde de Israel, / ocupado entonces por los romanos, / en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada, / de Santa María la Virgen, esposa de José, / de la casa y familia de David, / nació Jesús, llamado Mesías y Cristo, / que es el Salvador que el pueblo esperaba. / Alegraos, hermanos. / Esta es la buena noticia del ángel: / "Os ha nacido un Salvador: el Mesías, el

S. Berdonces


HOMILIA

“La Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros”.  Esta es, hermanos, la suprema revelación de Dios a los hombres.
La liturgia  de Navidad sigue el ritmo de la Palabra. En esta solemnidad del Nacimiento de Jesucristo empieza el pueblo por congregarse a media noche para la Misa. Todos recuerdan en su imaginación al Niño recién nacido, y le tributan su afecto y su amor, le rinden adoración. “Es la Misa del Gallo”.
Luego, al despertar la aurora, la Iglesia, otra vez se pone en pie, se congrega de nuevo para celebrar la Eucaristía, es la Misa de los Pastores, como solían llamarla. Y después, ya en pleno día, esta tercera Misa, que es la solemne de Navidad de nuestro Señor Jesucristo.
Va creciendo la luz. También la revelación de Dios se ha ido clarificando más y más, al ritmo de la Historia Sagrada. Desde el despuntar de la aurora hasta la plenitud del medio día. La plenitud está aquí: “Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros”.

Promesas de Dios.
Conviene que, tanto nosotros los sacerdotes, como vosotros los fieles, sigamos este ritmo, acompasados a la Palabra de Dios, que ha ido creciendo de luz en luz.
Allí está Abraham, a quien llamó el Señor de Ur de los caldeos. “Sal de tu tierra - le dijo el Señor- a la tierra que yo te mostraré. Haré de ti una nación grande y te bendeciré…Te haré fecundo sobremanera y reyes saldrán de ti…Haré tu descendencia como el polvo de la tierra…Por tu descendencia serán benditas todas las naciones de la tierra” (Gen. 12, 1-3; 13-16; 17,6; 22,15-18).
Todavía, antes de Abraham, había anunciado una primera luz; “lucecica” casi imperceptible: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre su linaje y el suyo…” (Gen 3, 15). Siglos mas tarde, con el apogeo del pueblo de Dios, llegó la promesa hecha a David: “Afirmaré después de ti tu descendencia y consolidaré el trono de tu realeza para siempre… Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí; tu trono estará firme eternamente” (2 Re 7,12-16).

Los profetas
El señor hablo a su pueblo por boca de sus profetas. De manera fragmentaria y de muchos modos hablo Dios en el pasado a nuestros padres, por medio de los profetas, nos ha recordado la lectura del Apóstol.
Por todos, Isaías, cuyas palabras se re4cuerdan especialmente a la vista del niño recién nacido: “he aquí que la virgen ha concebido y da a luz un hijo… porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado… Saldrá un vástago del tronco de Jesé y un retoño de sus raíces brotara. Reposara sobre el espíritu del Señor…” (Is 7,14; 9,5; 11,1).
Luego vinieron tiempos malos. El señor habla a su pueblo por el profeta: “consolad, consolad a mi pueblo… di a las ciudades de Judá: “ahí está vuestro Dios. Ahí viene el señor con poder y su brazo lo juzga todo” (Is 4,1-11).
Más tarde, el Señor dirá por Sofonías: “yo dejare en medio de ti un pueblo humilde y pobre… el resto de Israel”. Y los salmos cantaran las excelencias del Mesías del señor: “dijo el señor a mi señor: siéntate a mi derecha hasta que yo haga de tus enemigos estrago de tus pies” (Sal 109,1).

            Nos habló en el Hijo.
 Va creciendo la luz. El hombre, a su vez, va adaptando esta claridad. A fuerza de sufrimientos y de pruebas, el pueblo acaba por humillarse: y “un resto” se abre a la revelación de Dios. “en estos últimos tiempos, nos ha dicho san Pablo, Dios nos ha hablado por medio del hijo” (Heb 1,2).
Esta expresión del apóstol es, entre todos los pasajes de la escritura, una de las que más comentarios han suscitado de los entendidos, para encontrar su sentido exacto.
Por medio del hijo traducen unos. Y explican que si anteriormente hablo Dios a los padre por, medio de os profetas, es decir, utilizándolos como mensajeros y embajadores suyos, ahora envía a su hijo, como su gran embajador y mensajero; su instrumento definitivo para decir a los hombres cuanto tenemos que decirles.
Otros subrayan mejor el pensamiento y prefieren traducir: “en el hijo”. No es que nos ha hablado por medio de él, sino en él. Como si el hijo fueran en lugar donde nos ha citado para hablarnos y en donde únicamente podemos entendernos con él.



           
            Jesucristo, Palabra de Dios
Cierto: ya no podemos hablar con Dios más que en Jesucristo. Pero hay que tener en cuenta que el hijo es la Palabra de Dios: “en el principio existía la palabra y la palabra estaba junto a Dios, y la palabra era Dios”.
Teniendo en cuenta esta revelación, ya no es solo que Dios nos ha hablado en el hijo o por medio de su hijo, si no que todo cuanto nos dice es su Hijo, Jesucristo. Jesucristo es la palabra de Dios, palabra única y definitiva. Cuanto Dios tiene que decirme a mí, y a todos los demás hombres, es esto y solo esto: Jesucristo.
Aquí ya, el oído se confunde con la mirada. Será necesario mirar para oír y conocer. Hace falta oír para entender y ver con claridad. Y, cuando llegue el fin, entonces ya los oídos no serán necesarios; porque todo será ver, en pura y eterna contemplación de la gloria de Dios. Mientras llega ese día, debemos mirar a este Niño recién nacido, mirar a Jesucristo y oírle. Oír en el silencia y en la fe, para poder entender.
                       
Que Dios hable en nosotros
Hermanos: seria pecado el que nosotros, especialmente los sacerdotes, pretendiéramos volver a aquellos primeros estadios de la revelación y no avanzásemos al ritmo de la Palabra de Dios.
La escritura habla de victorias, de tierra en posesión, de dominios de los enemigos, de pueblo numeroso. Todo esto, entendido superficialmente, nos llevaría a una idea falsa del Reino de Dios. Nosotros no podemos mantenernos en la mentalidad de aquellos que vivieron en tiempos anteriores a Jesucristo, y no conocieron su revelación por el Evangelio.
Ahora se habla frecuentemente de liberación. Ello es oportuno, toda vez que la liberación del pueblo de Dios en el antiguo testamento fue imagen constante en las promesas y en las acciones admirables de Dios salvador. Pero nosotros conocemos ya a Jesucristo, y tenemos claridad bastante para entender esa liberación que Dios nos promete.

“Nos ha nacido un niño; un hijo se nos ha dado”. Es Dios mismo quien se nos da en el hijo. Démonos nosotros también a él. Si Dios nos habla en Jesucristo con toda claridad, si Jesucristo es la palabra hablemos también nosotros a Dios en Jesucristo. Aprendamos a responder a Dios que nos llama. Aprendamos a hablar a nuestros hermanos. Que también en nosotros pueda hablar Dios a su pueblo. Que, en nosotros y por nosotros, diga Dios a los hombres su única Palabra: Jesucristo. A quien sea dada la gloria y el honor, por los siglos de los siglos.


Miguel Peinado Peinado.

(Que fue Obispo de Jaén)        

sábado, 17 de diciembre de 2016

                      DOMINGO IV DE ADVIENTO
“Permitidme que me dirija especialmente ahora a los jóvenes. A ellas y a ellos.”. 

PRIMERA LECTURA
Isaías 7,10-14.  
 Mirad: la virgen está en cinta y da a luz un hijo, y le pone por nombre Emmanuel.  

 SALMO RESPONSORIAL
Salmo 23
Va a entrar el Señor: Él es el Rey de la gloria…
 SEGUNDA LECTURA
 Romanos 1,1-7
Este Evangelio…se refiere según lo humano a su Hijo Jesús
 EVANGELIO
Mateo 1,18-24
Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús.

                                               Comentario- Introducción
Llegamos al cuarto y último domingo de Aviento, hemos recorrido, estamos recorriendo un tiempo de espera.
Hoy, la Iglesia celebra también el día de Nuestra Señora de la Esperanza, que también se le conoce como Virgen de la O, haciendo alusión a las oraciones de la Misa y del Oficio Divino que desde hoy comienza con esta exclamación: Oh María, Oh Vara de Jesé, Oh llave de David…Es la gran fiesta dedicada a María que se declaró precisamente en España, en el X Concilio de Toledo en el año 656, allí los padres del Concilio,  San Ildefonso entre otros célebres, decretaron esta celebración que hoy llena el camino del Adviento y de un modo más singular este año, que coincide con el último domingo antes de la Natividad.
S. Berdonces

HOMILIA

 En la lectura evangélica que se acaba de hacer hay una frase central, que trae hacia sí todos los elementos utilizados por el evangelista San mateo en este pasaje. Es ésta: “José, hijo de David, no temas tomar contigo a tu esposa María, porque lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo” (Mt. 1,20).
Con humildad, con respeto santo, con admiración, la Santa Iglesia ha escuchado esta frase, la ha aceptado en pura fe cristiana, y la ha situado en ese símbolo que nosotros recitamos como fórmula con la que expresamos nuestra fe: “Fue concebido por obra del Espíritu Santo, nació de María Virgen”.
La frase del evangelista se refiere al primero de estos misterios: la generación de Jesucristo. Realmente la lectura que utiliza una traducción para facilitar a todos la inteligencia del pasaje, no expresa lo que dice el original griego. La traducción utilizada dice: “El nacimiento de Jesucristo fue así”. El original dice: “La génesis, la generación del Mesías, Jesús, fue así”. La narración da comienzo con esta indicación precisa. Se trata claramente del comienzo de la existencia humana del Mesías. Y se nos revela el Misterio de la intervención del Espíritu de Dios en esta concepción de una nueva vida humana. Es una intervención plena y exclusiva. Hay aquí un misterio singular. La intervención del Espíritu Santo, es algo nuevo y único en la Historia de la Salvación.

Las “obras admirables” de Dios.
La Historia Sagrada nos cuenta las intervenciones de Dios en la vida de su pueblo. Ya en el principio cuando Dios creó el cielo y la tierra, y cuanto hay en ellos, el autor del libro sagrado dice: “Y el Espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas” (Gen 1, 2) Era la fuerza omnipotente del Señor dando la vida a todos los seres con su misteriosa presencia y con su impulso vivificador.
El salmista cantará después la alabanza de Dios, al contemplar todas las criaturas, las del cielo, las de la tierra y las del mar, que reciben continuamente el ser y la vida de manos del Creador. Al finalizar el salmo 104, dice el poeta, haciendo alusión a la presencia del Espíritu en su oración: “Envías, Señor, tu espíritu y son creados, y renuevas la faz de la tierra” (Sal. 104, 30).
De manera especial se muestra la intervención del Espíritu de Dios en el caso de los profetas, de los reyes y de los sacerdotes de Israel. Se les ungía para consagrarlos como representantes del Señor en medio de su pueblo. En ellos se hacía visible la presencia del Espíritu. Como en el caso de Moisés o de David. Sobre David “vino el Espíritu del Señor “, y lo revistió de fortaleza y de valentía para luchar frente a los enemigos de Israel. De sabiduría y prudencia para pastorear como rey a su pueblo (I Sam, 16, 13; Sal. 78,72).
En relación con la maternidad se señalan en los libros santos algunos casos de mujeres célebres, que eran estériles y a quienes el Señor, de manera admirable, hizo fecunda con vistas a sus planes de salvación.
Sara, la mujer de Abraham, era estéril. Para poder tener descendencia había recurrido a dar su propia esclava a su marido. Pero el Señor después anunció al patriarca que no sería el hijo de la esclava quien lo heredaría, sino el hijo de Sara, su mujer. A la puerta de su tienda se lo prometió el Señor: “Volveré a ti sin falta el año que viene –le dijo- , entonces Sara tu mujer tendrá un hijo”. Sara que estaba detrás, cuando lo oyó, se reía diciendo para sus adentros: “Estando ya tan anciana ¡voy ahora a mocear! Y además mi marido es viejo. Con todo el Señor cumplió su palabra. Concibió y dio a luz a su hijo Isaac, porque para Dios nada hay imposible (Gen. 18, 9ss).
También la madre de Sansón era una mujer estéril. Se le apareció el ángel del Señor en el campo, cuando ella estaba sola y le prometió que tendría un hijo, a condición de que el hijo fuera “nazir”; no probaría vino ni licor para siempre. Luego ella concibió y dio a luz a su hijo Sansón. El niños creció, Dios lo bendijo y el Espíritu se apoderó de Sansón, que venció solo a todos sus enemigos para librar a Israel de la presión de los filisteos (Jue. 13, 8-25).
E Isabel, la esposa de Zacarías, madre de Juan Bautista. El evangelista San Lucas nos cuenta que era estéril y anciana. También ella concibió en su ancianidad, conforme al anuncio del ángel (Lc. 1, 11-25).
En todos estos casos, el Señor intervino en la presencia de su Espíritu para hacerlas fecundas, cuando en el curso natural de la vida resulta imposible la concepción. Sin embargo, aun contando con esa intervención extraordinaria de Dios, la generación de los hijos siguió el curso natural de la unión conyugal del hombre y la mujer. Pero en el caso de María, la madre de Jesús, esa intervención del Espíritu de Dios fue muy distinta. “La generación de Jesucristo fue así: “Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de que convivieran, se encontró que ella había concebido por obra del Espíritu Santo” (Mt. 1, 18).

Maternidad virginal de María.
María es madre virgen. Su maternidad virginal es un caso único y singular en toda la Historia de la salvación. El Espíritu Santo, sin intervención humana alguna, la hizo madre. Jesucristo, el Hijo de Dios, no tiene padre en el orden humano. Es hijo de María. Y, por ella, que estaba desposada con José, viene a formar parte del linaje de David y a entroncar como hombre con todos esos antepasados que el mismo evangelista San Mateo va enumerando  en la genealogía que da comienzo a su Evangelio y precede inmediatamente al pasaje evangélico de hoy.
La maternidad virginal de María es un misterio singular que forma parte del plan trazado y realizado por Dios en orden a la salvación de todos  los hombres. Nosotros, en pura fe cristiana, aceptamos este misterio inefable, revelado por la palabra del Evangelio. Contemplamos ahora con especial atención a María, virgen y madre, “consagrada” por entero a la acción del Espíritu Santo y a la obra de Dios en Cristo Jesús.
Fuera de la Iglesia de Jesucristo esta realidad no ha sido aceptada. Los hombres a lo largo de la historia, han negado de manera sistemática esta verdad de nuestra fe. Se niegan a aceptar esta maternidad virginal. Y no es extraño. Porque “los caminos de Dios no son los caminos de los hombres” (Is. 55, 8); ni “el hombre animal puede aceptar las cosas del Espíritu de Dios; son necedad para él. No las puede entender, pues sólo el Espíritu puede juzgarlas” (I Cor. 2, 14).
Nosotros, los cristianos, que hemos aceptado la revelación de Jesucristo, sí creemos en este misterio. Y admiramos cómo la acción del Espíritu de Dios alcanzó en el caso de María su punto más alto, diríamos, en esta sucesión de “las obras admirables de Dios” con miras a la vida de Jesucristo.
Pero una cosa, hermanos, es “tener fe” y otra bien distinta el “vivir de la fe”. Es verdad; nosotros aceptamos la maternidad virginal de María y, sin embargo, ¡qué olvidados andamos de este misterio en nuestra manera de vivir! ¿No es cierto que la virginidad sea algo para lo que tenemos olvido y cierto desprecio…? Hasta en las predicaciones, los pastores, suelen dar en este punto una ordinaria y constante omisión, como si este  valor del Reino de Dios, no contara para la edificación del pueblo cristiano.

            Llamada a los jóvenes.
   Permitidme, hermanos, que me dirija especialmente ahora a los jóvenes. A ellas y a ellos.
La maternidad y la virginidad han sido integradas de una forma admirable y única en la Madre de Jesucristo.
María es ideal excelso para todos los hombres. Lo es especialmente para vosotros. Advertid que la virginidad, de suyo, no es contraria a la maternidad. Mejor dicho: el espíritu de la maternidad y el espíritu de la virginidad no son contrarios.
Vosotras estáis llamadas por Dios a la maternidad. Toda mujer es madre por vocación y por destino, y en esa misión de madre ha de entregarse a Dios de alguna manera. Guardad vuestro corazón limpio y mantenedlo abierto a la acción del Espíritu de Dios, que actúa en vosotras desde el día de vuestro bautismo. Debéis ser dóciles a los designios de Dios sobre vosotras.
Vosotros, los jóvenes, que aspiráis a un mundo en el que reine la sinceridad y la justicia, poned también vuestros ojos en María. Mirad a la Señora, que es la Madre de Jesús. Y mirad también a ese hombre “justo”, a José, el esposo de María. De quién dice el evangelista que, “como era justo y no quería denunciarla pensó dejarla en silencio” (Mt. 1,19). Aprended aquí a ser fieles, a respetar, a amar hasta el sacrificio. Ved que la vida del mundo está necesitada de hombres y mujeres que sepan someterse generosa y heroicamente a las exigencias del Espíritu           de Dios.
Y todos nosotros, hermanos, cuando nos disponemos a celebrar la fiesta del Nacimiento de Jesucristo, pongamos nuestros ojos en la Señora. Ella es la Madre, siempre Virgen. La Madre de aquel que había de llamarse Jesús “porque había de librar al pueblo de sus pecados” (Mt. 1,21).                                           

 ORACIÓN PARA EL  DÍA DE  NUESTRA SEÑORA DE LA ESPERANZA
Oh María, madre de la esperanza
tu que has conocido nuestra fragilidad
a través del sufrimiento de tu Hijo
vuelve tu mirada de Madre
a todo sufrimiento y debilidad humana.

Tú que esperaste contra toda esperanza
junto a la Cruz de tu Hijo
infundiendo fe a los discípulos
confundidos y desilusionados
alcánzanos el consuelo de la esperanza.

Hoy te imploramos, oh Madre de esperanza:
pide a tu Hijo que tenga misericordia
y nos sostenga en los momentos más oscuro de la vida;
intercede por nosotros para que vivamos el tiempo
con la esperanza de la eternidad
para contemplar con gozo la gloria de
 Cristo Resucitado.

Amén



viernes, 9 de diciembre de 2016

DOMINGO I I I DE ADVIENTO
“Todo está a punto para celebrar la Navidad. ¿Y el corazón está a punto?”. 

PRIMERA LECTURA
Isaías 35,1-6.10.  
Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes.
 SALMO RESPONSORIAL
Salmo 145
Ven, Señor, a salvarnos.
 SEGUNDA LECTURA
 Santiago 5, 7-10
No os quejéis, hermanos, unos de otros para no ser condenados.
 EVANGELIO
Mateo 11,2-11
Los ciegos ven, y los inválidos andan…A los pobres se les anuncia el Evangelio.

                                               Comentario- Introducción
Es el tercer domingo de Adviento, llamado de “gaudete”, por la primera palabra del Introito de la Misa (Gaudete, es decir, Regocíjate). “Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres”. La antífona está tomada de la carta paulina a los filipenses (Flp. 4, 4-5), que sigue diciendo el Señor está cerca. Y efectivamente, en este tercer domingo, que marca la mitad del Adviento, la llegada del Señor se ve cercana. Cuando nos acercamos a la celebración del Nacimiento de Jesús, la palabra de Dios nos recuerda cómo las profecías han sido ya cumplidas.
La homilía de hoy, nos comunica esta alegría, en la espera de Aquel que ya llega.
S. Berdonces

HOMILIA
Ya está la ciudad preparada. Si salís a la calle, observaréis cómo está a punto la iluminación extraordinaria; las tiendas, los escaparates repletos de juguetes, de mercancías que se ofrecen  - no en vano pertenecemos ya (no sé si por suerte o desgracia) a una sociedad de consumo-. Ayer mismo los muchachos me invitaron a su marcha de hoy, para colocar un Belén en lo alto de Jabalcuz y otro en Sierra Mágina.
Todos están a punto, hermanos, para celebrar la Navidad. Os pregunto: Y el corazón ¿está a punto…? ¿Está de verdad nuestro Espíritu allá dentro, en la espera del Señor que viene?  ¿Estamos preparados para celebrar cristianamente el misterio del Nacimiento del Señor?

Palabras de consuelo en el destierro
Era el año 587 antes de Jesucristo. Los habitantes de Jerusalén llevaban más de un año sitiados por los caldeos. El cerco se estrechaba sobre la ciudad. Había hambre, había miseria. Era imposible la resistencia. El rey Sedecías, que había caído en la locura de rebelarse contra el rey de Babilonia, aprovechándola noche mandó abrí un boquete en el muro de la ciudad y se escapó. Lo alcanzaron los soldados del ejército sitiador en los llanos de Jericó y lo trajeron ante el rey, que mandó degollar a sus hijos en su presencia. Inmediatamente le sacaron los ojos, para que aquella imagen terrible del martirio de los suyos quedara marcada para siempre en su alma. Luego la ciudad fue totalmente saqueada y destruida por las llamas, Todo quedó hecho tabla rasa. Los supervivientes cautivos fueron deportados lejos. Tuvieron que vivir  los sufrimientos y penalidades del destierro. ¡No había esperanza!
Pero el Señor se acuerda siempre de su pueblo. Unos cuarenta años más tarde, cuando eran pocos los que todavía conservaban su fe, un profeta, con toda seguridad discípulo de Isaías, trató de levantar la esperanza en el corazón de aquellos deportados en Babilonia. Recordando lo que el Señor había hecho mil años antes con su pueblo, cuando lo sacó de la esclavitud de Egipto en tiempos de Moisés, les decía entre otras cosas: “El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrará el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegraran con gozo y alegría…Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará (1ª lectura).
Con lenguaje poético, el Señor prometía la salvación a los deportados. Así renacía la esperanza en el “resto” de Israel. Y el Señor cumplió efectivamente sus promesas. Unos años más tarde, los acontecimientos políticos del mundo cambiaron de signo. Se dio libertad a los cautivos y ellos volvieron, otra vez camino del desierto, a reconstruir su templo y su ciudad. De nuevo el pueblo de Dios estaba de pie. La esperanza de los buenos israelitas mantuvo la confianza del pueblo en la palabra del Señor.

Respuesta de Jesús al mensaje del Bautista.
Luego pasaron quinientos años. Ya andaba Jesús entre las gentes del pueblo. Un nuevo profeta se había levantado y predicaba a la orilla del Jordán. Despertaba la fe en las muchedumbres que acudían a oír su predicación. Decía Juan Bautista: “Convertíos; porque está cerca el Reino de Dios”. Aquello era un nuevo renaceré espiritual. Mas el profeta, por decir la verdad, estaba ahora en la cárcel. Entre sus discípulos y entre las gentes había dudas, discusiones ante el problema de Jesús de Nazaret. Juan, entonces, envió desde la cárcel a dos discípulos suyos a preguntar a Jesús: “¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro?” (Evangelio).
Jesús contestó con sus obras y palabras, que recordaban la historia de Israel y los anuncios de los profetas. Les dijo: “Id y anunciad a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan…A los pobres se les anuncia el Evangelio. Era lo mismo que decirles: “Ya veis: otra vez el Señor está a punto y viene a Salvaros. Los tiempos mesiánicos son ya realidad.”
Más tarde Jesús murió y resucitó, y subió al cielo. San Mateo, cuya catequesis resulta especialmente luminosa, a continuación de la escena que hoy nos ha recordado la lectura evangélica, se detiene a describir la reacción de muchos oyentes de Jesús ante su predicación. Ante las palabras y las obras de Jesucristo, unos se mantenían indiferentes, otros dudaban, otros se pusieron  frente a Él y llegaron hasta blasfemar. También hace alusión a quienes aceptaron sus palabras. El evangelista nos recuerda aquella escena, maravillosamente bella, en que Jesús exultó de gozo ante las noticias que le traían sus discípulos a la vuelta de la primera misión. Decía, levantando sus ojos al cielo: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeñuelos. Sí, Padre, porque así te ha parecido mejor” (Mt. 11, 25-26).
Es que para salir al encuentro del Señor, es necesaria la sencillez del corazón. Y Jesús, el profeta de Nazaret, despertó la fe en las almas sencillas y en los humildes del pueblo, para que recibieran el mensaje de Dios.
            La primitiva comunidad cristiana.
            Los discípulos de Jesús no podían olvidar las palabras de su Maestro: “Me voy, pero volveré a vosotros” (Jn 14,18). Esperaban la venida del Señor. La esperaban sobre todo, porque habían empezado a cumplirse sus palabras. A los pocos años de su separación empezaban las pruebas y las persecuciones.
La pequeña comunidad cristiana de Jerusalén fue probada con indecibles sufrimientos. Un hombre, que jugó un papel importante en aquella comunidad primitiva, fue Santiago, “el hermano del Señor”. Le llamaban así porque era pariente de Jesús.  Salió al paso de las desorientaciones, las críticas, procuraba alentar el ánimo de los cristianos que sufrían pobreza y persecución. Escribió su carta, de la que hoy se han leído estas frases: “Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca. No os quejéis, hermanos, unos de otros, para no ser condenados. Mirad que el juez está a la puerta. Tomad como ejemplo de sufrimiento y de paciencia a los profetas, que hablaron en nombre del Señor (2ª lectura).
Ya veis: La Historia siempre es hermosa, nos ofrece recuerdos y lecciones admirables. Las que hoy la Iglesia ha querido sacar a relucir, son especialmente interesantes; nos sitúan, a siglos de distancia en momentos críticos para el pueblo de Dios. Es como si, con las lecturas que hemos hecho, hubiéramos dado unos cortes en la Historia Santa para admirar la actuación del Señor, que sale siempre al encuentro de su pueblo para salvarlo.
                                                             
Nuestra situación.
Conviene que nosotros reflexionemos ante esas lecciones que nos ofrece la Historia de la salvación. Porque para eso estamos aquí. Nosotros, sin duda, estamos mejor preparados que todas las generaciones anteriores para entender el misterio de Dios. Y vivimos en una situación muy distinta ¿no es verdad? Porque, aunque no faltan pruebas y sufrimientos, realmente lo tenemos todo a punto, vivimos confortablemente. Nuestra situación, al menos de momento, es muy distinta que la de los israelitas cautivos y la de los primitivos cristianos perseguidos y probados de muchas maneras. Debemos reflexionar.
La vida litúrgica nos lleva al encuentro con Jesucristo. Viene a nosotros realmente. No se trata de un mero recuerdo, no es una figura. En la celebración de su Nacimiento, Jesucristo viene espiritualmente a nosotros y nosotros volvemos a encontrarnos con Él. Ha de ser un encuentro personal.
El profeta de los tiempos del cautiverio despertaba con sus palabras la confianza en los corazones buenos. No en vano su libro es llamado “Libro de la consolación”. Renacía la esperanza en las promesas de Dios, que es fiel para cumplirlas.
Juan Bautista, y luego el mismo Jesucristo, llamaban a las almas a la fe y al arrepentimiento, para que aceptaran el Evangelio. “Convertíos”, era la consigna. Los pecadores venían a la fe; los sencillos, los pobres, los humildes, se preparaban con espíritu de amor para recibir el Reino de Dios.
¿No os dais cuenta, hermanos? La fe, la confianza, la paciencia y la resignación en medio de los acontecimientos de la vida; la pobreza, la sencillez, la esperanza viviente; he aquí el espíritu que nos conviene para salir al encuentro del Señor.
¡Ah! Si los profetas del Antiguo Testamento, y Juan Bautista, el Precursor, y Santiago, el hermano del Señor, preparaban así a sus oyentes en su tiempo ¿qué tendré que hacer yo ahora? ¡Pobre de mí! ¿Cómo acertaré a deciros algo, que de verdad os ayude a ir al encuentro de Jesucristo y a que le podáis recibir ahora que El viene? ¡Ah, los sacerdotes! ¡Cuán difícil es nuestro ministerio; qué grave nuestra responsabilidad! Porque, mientras la ciudad se dispone con tanto ruido a celebrar la Navidad, nosotros acaso no acertamos siquiera a preparar un niño para el encuentro con el Señor.
Orad, hermanos. Oremos juntos y acudamos ahora a la Madre de Jesús. Ella es la que puede socorrernos.
Por lo demás, os diré de nuevo: “Convertíos”. “Preparad los caminos del Señor”. Preparadlos siquiera en vuestra casa, decidles alguna cosa a Jesucristo a vuestros amigos, a vuestros hijos, a vuestros discípulos. Anunciadles que viene y que todos vamos al encuentro del Señor.

 ORACIÓN PARA EL TERCER DOMINGO DE ADVIENTO.
 Estás viendo, Señor, cómo tu pueblo espera con fe la fiesta del nacimiento de tu Hijo; concédenos llegar a la Navidad - fiesta de gozo y salvación - y poder celebrarla con alegría desbordante. Por Jesucristo Nuestro Señor.