SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DE JESÚS. MISA DEL DÍA
“Hoy en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”.
PRIMERA LECTURA
Isaías 52,7-10
¡Qué hermosos son sobre los montes los pies
del mensajero que anuncia la paz…!
SALMO RESPONSORIAL
Salmo 97
Los confines de la tierra han contemplado la
victoria de nuestro Dios.
SEGUNDA
LECTURA
Hebreos 1,1-6
Dios, ahora en esta etapa final, nos ha hablado por
el Hijo
EVANGELIO
Juan 1,
1-18.
La Palabra se
hizo carne y acampó entre nosotros.
Comentario- Introducción
Con la Misa de Media Noche, se ha
comenzado el tiempo de la Navidad. Este tiempo que se abre, con el anuncio del
nacimiento de Jesús, por medio del Ángel a los pastores, en medio de la noche y
que durará hasta el domingo del Bautismo del Señor.
Se desconoce el día exacto del
nacimiento de Jesús, aunque se sabe que fue durante el reinado de Herodes. A
mediados del siglo IV, el Papa Julio I estableció la fecha del 25 de diciembre,
día próximo a muchas fiestas del solsticio de invierno que se celebran en la
antigüedad. Y desde entonces este día ha sido y es el día que se celebra el Nacimiento de Jesús.
Hoy la homilía nos acerca en el misterio, pretende contemplar el misterio del Nacimiento y como hicieran los pastores y se va acercando, poco a poco, como si estuviera escalando una montaña, hasta llegar a la cima.
Hoy la homilía nos acerca en el misterio, pretende contemplar el misterio del Nacimiento y como hicieran los pastores y se va acercando, poco a poco, como si estuviera escalando una montaña, hasta llegar a la cima.
PREGÓN DE NAVIDAD
Os
anunciamos, hermanos y hermanas, una buena noticia, / una gran alegría para
todo el pueblo. / Escuchadla con corazón gozoso: / Habían pasado miles y miles
de años / desde que, al principio, Dios creó el cielo y la tierra / e hizo al
hombre y a la mujer a su imagen y semejanza. / Miles y miles de años habían
transcurrido / desde que cesó el diluvio / y el Altísimo hizo resplandecer el
arco iris, / signo de alianza y de paz. / En el año 752 de la fundación de
Roma; / en el año 42 del imperio de Octavio Augusto, / mientras sobre toda la
tierra reinaba la paz, / en la sexta edad del mundo, / hace años, / en Belén de
Judá, pueblo humilde de Israel, / ocupado entonces por los romanos, / en un pesebre,
porque no tenían sitio en la posada, / de Santa María la Virgen, esposa de
José, / de la casa y familia de David, / nació Jesús, llamado Mesías y Cristo,
/ que es el Salvador que el pueblo esperaba. / Alegraos, hermanos. / Esta es la
buena noticia del ángel: / "Os ha nacido un Salvador: el Mesías, el
S. Berdonces
HOMILIA
“La Palabra se hizo carne
y puso su morada entre nosotros”. Esta
es, hermanos, la suprema revelación de Dios a los hombres.
La liturgia de Navidad sigue el ritmo de la Palabra. En
esta solemnidad del Nacimiento de Jesucristo empieza el pueblo por congregarse
a media noche para la Misa. Todos recuerdan en su imaginación al Niño recién
nacido, y le tributan su afecto y su amor, le rinden adoración. “Es la Misa del
Gallo”.
Luego, al despertar la
aurora, la Iglesia, otra vez se pone en pie, se congrega de nuevo para celebrar
la Eucaristía, es la Misa de los Pastores, como solían llamarla. Y después, ya
en pleno día, esta tercera Misa, que es la solemne de Navidad de nuestro Señor Jesucristo.
Va creciendo la luz.
También la revelación de Dios se ha ido clarificando más y más, al ritmo de la
Historia Sagrada. Desde el despuntar de la aurora hasta la plenitud del medio
día. La plenitud está aquí: “Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre
nosotros”.
Promesas de Dios.
Conviene que, tanto
nosotros los sacerdotes, como vosotros los fieles, sigamos este ritmo,
acompasados a la Palabra de Dios, que ha ido creciendo de luz en luz.
Allí está Abraham, a
quien llamó el Señor de Ur de los caldeos. “Sal de tu tierra - le dijo el
Señor- a la tierra que yo te mostraré. Haré de ti una nación grande y te
bendeciré…Te haré fecundo sobremanera y reyes saldrán de ti…Haré tu
descendencia como el polvo de la tierra…Por tu descendencia serán benditas
todas las naciones de la tierra” (Gen. 12, 1-3; 13-16; 17,6; 22,15-18).
Todavía, antes de
Abraham, había anunciado una primera luz; “lucecica” casi imperceptible:
“Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre su linaje y el suyo…” (Gen 3, 15).
Siglos mas tarde, con el apogeo del pueblo de Dios, llegó la promesa hecha a
David: “Afirmaré después de ti tu descendencia y consolidaré el trono de tu
realeza para siempre… Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí; tu
trono estará firme eternamente” (2 Re 7,12-16).
Los profetas
El señor hablo a su
pueblo por boca de sus profetas. De manera fragmentaria y de muchos modos hablo
Dios en el pasado a nuestros padres, por medio de los profetas, nos ha
recordado la lectura del Apóstol.
Por todos, Isaías, cuyas palabras
se re4cuerdan especialmente a la vista del niño recién nacido: “he aquí que la
virgen ha concebido y da a luz un hijo… porque un niño nos ha nacido, un hijo
se nos ha dado… Saldrá un vástago del tronco de Jesé y un retoño de sus raíces brotara.
Reposara sobre el espíritu del Señor…” (Is 7,14; 9,5; 11,1).
Luego vinieron tiempos
malos. El señor habla a su pueblo por el profeta: “consolad, consolad a mi
pueblo… di a las ciudades de Judá: “ahí está vuestro Dios. Ahí viene el señor
con poder y su brazo lo juzga todo” (Is 4,1-11).
Más tarde, el Señor dirá
por Sofonías: “yo dejare en medio de ti un pueblo humilde y pobre… el resto de Israel”.
Y los salmos cantaran las excelencias del Mesías del señor: “dijo el señor a mi
señor: siéntate a mi derecha hasta que yo haga de tus enemigos estrago de tus
pies” (Sal 109,1).
Nos habló en el Hijo.
Va creciendo la luz. El hombre, a su vez, va
adaptando esta claridad. A fuerza de sufrimientos y de pruebas, el pueblo acaba
por humillarse: y “un resto” se abre a la revelación de Dios. “en estos últimos
tiempos, nos ha dicho san Pablo, Dios nos ha hablado por medio del hijo” (Heb 1,2).
Esta expresión del apóstol es, entre todos
los pasajes de la escritura, una de las que más comentarios han suscitado de
los entendidos, para encontrar su sentido exacto.
Por medio del hijo traducen unos. Y explican
que si anteriormente hablo Dios a los padre por, medio de os profetas, es
decir, utilizándolos como mensajeros y embajadores suyos, ahora envía a su
hijo, como su gran embajador y mensajero; su instrumento definitivo para decir
a los hombres cuanto tenemos que decirles.
Otros subrayan mejor el pensamiento y
prefieren traducir: “en el hijo”. No es que nos ha hablado por medio de él, sino
en él. Como si el hijo fueran en lugar donde nos ha citado para hablarnos y en
donde únicamente podemos entendernos con él.
Jesucristo, Palabra de Dios
Cierto: ya no podemos hablar con Dios
más que en Jesucristo. Pero hay que tener en cuenta que el hijo es la Palabra
de Dios: “en el principio existía la palabra y la palabra estaba junto a Dios, y
la palabra era Dios”.
Teniendo en cuenta esta revelación,
ya no es solo que Dios nos ha hablado en el hijo o por medio de su hijo, si no
que todo cuanto nos dice es su Hijo, Jesucristo. Jesucristo es la palabra de Dios,
palabra única y definitiva. Cuanto Dios tiene que decirme a mí, y a todos los demás
hombres, es esto y solo esto: Jesucristo.
Aquí ya, el oído se confunde con la
mirada. Será necesario mirar para oír y conocer. Hace falta oír para entender y
ver con claridad. Y, cuando llegue el fin, entonces ya los oídos no serán necesarios;
porque todo será ver, en pura y eterna contemplación de la gloria de Dios. Mientras
llega ese día, debemos mirar a este Niño recién nacido, mirar a Jesucristo y oírle.
Oír en el silencia y en la fe, para poder entender.
Que Dios hable en nosotros
Hermanos: seria pecado el que
nosotros, especialmente los sacerdotes, pretendiéramos volver a aquellos
primeros estadios de la revelación y no avanzásemos al ritmo de la Palabra de Dios.
La escritura habla de victorias, de tierra
en posesión, de dominios de los enemigos, de pueblo numeroso. Todo esto,
entendido superficialmente, nos llevaría a una idea falsa del Reino de Dios. Nosotros
no podemos mantenernos en la mentalidad de aquellos que vivieron en tiempos
anteriores a Jesucristo, y no conocieron su revelación por el Evangelio.
Ahora se habla frecuentemente de liberación.
Ello es oportuno, toda vez que la liberación del pueblo de Dios en el antiguo
testamento fue imagen constante en las promesas y en las acciones admirables de
Dios salvador. Pero nosotros conocemos ya a Jesucristo, y tenemos claridad
bastante para entender esa liberación que Dios nos promete.
“Nos ha nacido un niño; un hijo se nos ha dado”. Es
Dios mismo quien se nos da en el hijo. Démonos nosotros también a él. Si Dios
nos habla en Jesucristo con toda claridad, si Jesucristo es la palabra hablemos
también nosotros a Dios en Jesucristo. Aprendamos a responder a Dios que nos
llama. Aprendamos a hablar a nuestros hermanos. Que también en nosotros pueda
hablar Dios a su pueblo. Que, en nosotros y por nosotros, diga Dios a los
hombres su única Palabra: Jesucristo. A quien sea dada la gloria y el honor,
por los siglos de los siglos.
† Miguel Peinado
Peinado.
(Que fue Obispo de Jaén)

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