DOMINGO IV DE
ADVIENTO
“Permitidme que me dirija especialmente ahora a los jóvenes. A ellas y a
ellos.”.
PRIMERA LECTURA
Isaías 7,10-14.
Mirad: la virgen está en cinta y da a luz un
hijo, y le pone por nombre Emmanuel.
SALMO RESPONSORIAL
Salmo 23
Va a entrar
el Señor: Él es el Rey de la gloria…
SEGUNDA
LECTURA
Romanos 1,1-7
Este Evangelio…se refiere según lo humano a su Hijo
Jesús
EVANGELIO
Mateo
1,18-24
Dará a luz
un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús.
Comentario- Introducción
Llegamos al cuarto y último domingo
de Aviento, hemos recorrido, estamos recorriendo un tiempo de espera.
Hoy, la Iglesia celebra también el
día de Nuestra Señora de la Esperanza, que también se le conoce como Virgen de
la O, haciendo alusión a las oraciones de la Misa y del Oficio Divino que desde
hoy comienza con esta exclamación: Oh María, Oh Vara de Jesé, Oh llave de
David…Es la gran fiesta dedicada a María que se declaró precisamente en España,
en el X Concilio de Toledo en el año 656, allí los padres del Concilio, San Ildefonso entre otros célebres,
decretaron esta celebración que hoy llena el camino del Adviento y de un modo
más singular este año, que coincide con el último domingo antes de la
Natividad.
S. Berdonces
HOMILIA
En la lectura evangélica que se acaba de hacer
hay una frase central, que trae hacia sí todos los elementos utilizados por el
evangelista San mateo en este pasaje. Es ésta: “José, hijo de David, no temas
tomar contigo a tu esposa María, porque lo concebido en ella es obra del
Espíritu Santo” (Mt. 1,20).
Con humildad, con respeto
santo, con admiración, la Santa Iglesia ha escuchado esta frase, la ha aceptado
en pura fe cristiana, y la ha situado en ese símbolo que nosotros recitamos
como fórmula con la que expresamos nuestra fe: “Fue concebido por obra del
Espíritu Santo, nació de María Virgen”.
La frase del evangelista
se refiere al primero de estos misterios: la generación de Jesucristo.
Realmente la lectura que utiliza una traducción para facilitar a todos la
inteligencia del pasaje, no expresa lo que dice el original griego. La
traducción utilizada dice: “El nacimiento de Jesucristo fue así”. El original
dice: “La génesis, la generación del Mesías, Jesús, fue así”. La narración da
comienzo con esta indicación precisa. Se trata claramente del comienzo de la
existencia humana del Mesías. Y se nos revela el Misterio de la intervención
del Espíritu de Dios en esta concepción de una nueva vida humana. Es una
intervención plena y exclusiva. Hay aquí un misterio singular. La intervención
del Espíritu Santo, es algo nuevo y único en la Historia de la Salvación.
Las “obras admirables” de Dios.
La Historia Sagrada nos
cuenta las intervenciones de Dios en la vida de su pueblo. Ya en el principio
cuando Dios creó el cielo y la tierra, y cuanto hay en ellos, el autor del
libro sagrado dice: “Y el Espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las
aguas” (Gen 1, 2) Era la fuerza omnipotente del Señor dando la vida a todos los
seres con su misteriosa presencia y con su impulso vivificador.
El salmista cantará
después la alabanza de Dios, al contemplar todas las criaturas, las del cielo,
las de la tierra y las del mar, que reciben continuamente el ser y la vida de
manos del Creador. Al finalizar el salmo 104, dice el poeta, haciendo alusión a
la presencia del Espíritu en su oración: “Envías, Señor, tu espíritu y son
creados, y renuevas la faz de la tierra” (Sal. 104, 30).
De manera especial se
muestra la intervención del Espíritu de Dios en el caso de los profetas, de los
reyes y de los sacerdotes de Israel. Se les ungía para consagrarlos como
representantes del Señor en medio de su pueblo. En ellos se hacía visible la
presencia del Espíritu. Como en el caso de Moisés o de David. Sobre David “vino
el Espíritu del Señor “, y lo revistió de fortaleza y de valentía para luchar
frente a los enemigos de Israel. De sabiduría y prudencia para pastorear como
rey a su pueblo (I Sam, 16, 13; Sal. 78,72).
En relación con la
maternidad se señalan en los libros santos algunos casos de mujeres célebres,
que eran estériles y a quienes el Señor, de manera admirable, hizo fecunda con
vistas a sus planes de salvación.
Sara, la mujer de
Abraham, era estéril. Para poder tener descendencia había recurrido a dar su
propia esclava a su marido. Pero el Señor después anunció al patriarca que no
sería el hijo de la esclava quien lo heredaría, sino el hijo de Sara, su mujer.
A la puerta de su tienda se lo prometió el Señor: “Volveré a ti sin falta el
año que viene –le dijo- , entonces Sara tu mujer tendrá un hijo”. Sara que estaba
detrás, cuando lo oyó, se reía diciendo para sus adentros: “Estando ya tan
anciana ¡voy ahora a mocear! Y además mi marido es viejo. Con todo el Señor
cumplió su palabra. Concibió y dio a luz a su hijo Isaac, porque para Dios nada
hay imposible (Gen. 18, 9ss).
También la madre de
Sansón era una mujer estéril. Se le apareció el ángel del Señor en el campo,
cuando ella estaba sola y le prometió que tendría un hijo, a condición de que
el hijo fuera “nazir”; no probaría vino ni licor para siempre. Luego ella concibió
y dio a luz a su hijo Sansón. El niños creció, Dios lo bendijo y el Espíritu se
apoderó de Sansón, que venció solo a todos sus enemigos para librar a Israel de
la presión de los filisteos (Jue. 13, 8-25).
E Isabel, la esposa de
Zacarías, madre de Juan Bautista. El evangelista San Lucas nos cuenta que era
estéril y anciana. También ella concibió en su ancianidad, conforme al anuncio
del ángel (Lc. 1, 11-25).
En todos estos casos, el
Señor intervino en la presencia de su Espíritu para hacerlas fecundas, cuando
en el curso natural de la vida resulta imposible la concepción. Sin embargo,
aun contando con esa intervención extraordinaria de Dios, la generación de los
hijos siguió el curso natural de la unión conyugal del hombre y la mujer. Pero
en el caso de María, la madre de Jesús, esa intervención del Espíritu de Dios
fue muy distinta. “La generación de Jesucristo fue así: “Su madre, María,
estaba desposada con José y, antes de que convivieran, se encontró que ella
había concebido por obra del Espíritu Santo” (Mt. 1, 18).
Maternidad virginal de María.
María es madre virgen. Su
maternidad virginal es un caso único y singular en toda la Historia de la
salvación. El Espíritu Santo, sin intervención humana alguna, la hizo madre.
Jesucristo, el Hijo de Dios, no tiene padre en el orden humano. Es hijo de
María. Y, por ella, que estaba desposada con José, viene a formar parte del
linaje de David y a entroncar como hombre con todos esos antepasados que el
mismo evangelista San Mateo va enumerando
en la genealogía que da comienzo a su Evangelio y precede inmediatamente
al pasaje evangélico de hoy.
La maternidad virginal de
María es un misterio singular que forma parte del plan trazado y realizado por
Dios en orden a la salvación de todos
los hombres. Nosotros, en pura fe cristiana, aceptamos este misterio
inefable, revelado por la palabra del Evangelio. Contemplamos ahora con
especial atención a María, virgen y madre, “consagrada” por entero a la acción
del Espíritu Santo y a la obra de Dios en Cristo Jesús.
Fuera de la Iglesia de Jesucristo
esta realidad no ha sido aceptada. Los hombres a lo largo de la historia, han
negado de manera sistemática esta verdad de nuestra fe. Se niegan a aceptar
esta maternidad virginal. Y no es extraño. Porque “los caminos de Dios no son
los caminos de los hombres” (Is. 55, 8); ni “el hombre animal puede aceptar las
cosas del Espíritu de Dios; son necedad para él. No las puede entender, pues
sólo el Espíritu puede juzgarlas” (I Cor. 2, 14).
Nosotros, los cristianos,
que hemos aceptado la revelación de Jesucristo, sí creemos en este misterio. Y
admiramos cómo la acción del Espíritu de Dios alcanzó en el caso de María su
punto más alto, diríamos, en esta sucesión de “las obras admirables de Dios”
con miras a la vida de Jesucristo.
Pero una cosa, hermanos,
es “tener fe” y otra bien distinta el “vivir de la fe”. Es verdad; nosotros
aceptamos la maternidad virginal de María y, sin embargo, ¡qué olvidados
andamos de este misterio en nuestra manera de vivir! ¿No es cierto que la
virginidad sea algo para lo que tenemos olvido y cierto desprecio…? Hasta en
las predicaciones, los pastores, suelen dar en este punto una ordinaria y
constante omisión, como si este valor
del Reino de Dios, no contara para la edificación del pueblo cristiano.
Llamada a los jóvenes.
Permitidme, hermanos, que me dirija
especialmente ahora a los jóvenes. A ellas y a ellos.
La maternidad y la virginidad han
sido integradas de una forma admirable y única en la Madre de Jesucristo.
María es ideal excelso para todos los
hombres. Lo es especialmente para vosotros. Advertid que la virginidad, de
suyo, no es contraria a la maternidad. Mejor dicho: el espíritu de la
maternidad y el espíritu de la virginidad no son contrarios.
Vosotras estáis llamadas por Dios a
la maternidad. Toda mujer es madre por vocación y por destino, y en esa misión
de madre ha de entregarse a Dios de alguna manera. Guardad vuestro corazón
limpio y mantenedlo abierto a la acción del Espíritu de Dios, que actúa en
vosotras desde el día de vuestro bautismo. Debéis ser dóciles a los designios
de Dios sobre vosotras.
Vosotros, los jóvenes, que aspiráis a
un mundo en el que reine la sinceridad y la justicia, poned también vuestros
ojos en María. Mirad a la Señora, que es la Madre de Jesús. Y mirad también a
ese hombre “justo”, a José, el esposo de María. De quién dice el evangelista que,
“como era justo y no quería denunciarla pensó dejarla en silencio” (Mt. 1,19).
Aprended aquí a ser fieles, a respetar, a amar hasta el sacrificio. Ved que la
vida del mundo está necesitada de hombres y mujeres que sepan someterse
generosa y heroicamente a las exigencias del Espíritu de Dios.
Y todos nosotros, hermanos, cuando
nos disponemos a celebrar la fiesta del Nacimiento de Jesucristo, pongamos
nuestros ojos en la Señora. Ella es la Madre, siempre Virgen. La Madre de aquel
que había de llamarse Jesús “porque había de librar al pueblo de sus pecados” (Mt.
1,21).
ORACIÓN PARA EL DÍA DE
NUESTRA SEÑORA DE LA ESPERANZA
Oh María, madre de la esperanza
tu que has conocido nuestra fragilidad
a través del sufrimiento de tu Hijo
vuelve tu mirada de Madre
a todo sufrimiento y debilidad humana.
Tú que esperaste contra toda esperanza
junto a la Cruz de tu Hijo
infundiendo fe a los discípulos
confundidos y desilusionados
alcánzanos el consuelo de la esperanza.
Hoy te imploramos, oh Madre de esperanza:
pide a tu Hijo que tenga misericordia
y nos sostenga en los momentos más oscuro de la vida;
intercede por nosotros para que vivamos el tiempo
con la esperanza de la eternidad
para contemplar con gozo la gloria de
Cristo Resucitado.
Amén
tu que has conocido nuestra fragilidad
a través del sufrimiento de tu Hijo
vuelve tu mirada de Madre
a todo sufrimiento y debilidad humana.
Tú que esperaste contra toda esperanza
junto a la Cruz de tu Hijo
infundiendo fe a los discípulos
confundidos y desilusionados
alcánzanos el consuelo de la esperanza.
Hoy te imploramos, oh Madre de esperanza:
pide a tu Hijo que tenga misericordia
y nos sostenga en los momentos más oscuro de la vida;
intercede por nosotros para que vivamos el tiempo
con la esperanza de la eternidad
para contemplar con gozo la gloria de
Cristo Resucitado.
Amén

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