sábado, 17 de diciembre de 2016

                      DOMINGO IV DE ADVIENTO
“Permitidme que me dirija especialmente ahora a los jóvenes. A ellas y a ellos.”. 

PRIMERA LECTURA
Isaías 7,10-14.  
 Mirad: la virgen está en cinta y da a luz un hijo, y le pone por nombre Emmanuel.  

 SALMO RESPONSORIAL
Salmo 23
Va a entrar el Señor: Él es el Rey de la gloria…
 SEGUNDA LECTURA
 Romanos 1,1-7
Este Evangelio…se refiere según lo humano a su Hijo Jesús
 EVANGELIO
Mateo 1,18-24
Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús.

                                               Comentario- Introducción
Llegamos al cuarto y último domingo de Aviento, hemos recorrido, estamos recorriendo un tiempo de espera.
Hoy, la Iglesia celebra también el día de Nuestra Señora de la Esperanza, que también se le conoce como Virgen de la O, haciendo alusión a las oraciones de la Misa y del Oficio Divino que desde hoy comienza con esta exclamación: Oh María, Oh Vara de Jesé, Oh llave de David…Es la gran fiesta dedicada a María que se declaró precisamente en España, en el X Concilio de Toledo en el año 656, allí los padres del Concilio,  San Ildefonso entre otros célebres, decretaron esta celebración que hoy llena el camino del Adviento y de un modo más singular este año, que coincide con el último domingo antes de la Natividad.
S. Berdonces

HOMILIA

 En la lectura evangélica que se acaba de hacer hay una frase central, que trae hacia sí todos los elementos utilizados por el evangelista San mateo en este pasaje. Es ésta: “José, hijo de David, no temas tomar contigo a tu esposa María, porque lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo” (Mt. 1,20).
Con humildad, con respeto santo, con admiración, la Santa Iglesia ha escuchado esta frase, la ha aceptado en pura fe cristiana, y la ha situado en ese símbolo que nosotros recitamos como fórmula con la que expresamos nuestra fe: “Fue concebido por obra del Espíritu Santo, nació de María Virgen”.
La frase del evangelista se refiere al primero de estos misterios: la generación de Jesucristo. Realmente la lectura que utiliza una traducción para facilitar a todos la inteligencia del pasaje, no expresa lo que dice el original griego. La traducción utilizada dice: “El nacimiento de Jesucristo fue así”. El original dice: “La génesis, la generación del Mesías, Jesús, fue así”. La narración da comienzo con esta indicación precisa. Se trata claramente del comienzo de la existencia humana del Mesías. Y se nos revela el Misterio de la intervención del Espíritu de Dios en esta concepción de una nueva vida humana. Es una intervención plena y exclusiva. Hay aquí un misterio singular. La intervención del Espíritu Santo, es algo nuevo y único en la Historia de la Salvación.

Las “obras admirables” de Dios.
La Historia Sagrada nos cuenta las intervenciones de Dios en la vida de su pueblo. Ya en el principio cuando Dios creó el cielo y la tierra, y cuanto hay en ellos, el autor del libro sagrado dice: “Y el Espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas” (Gen 1, 2) Era la fuerza omnipotente del Señor dando la vida a todos los seres con su misteriosa presencia y con su impulso vivificador.
El salmista cantará después la alabanza de Dios, al contemplar todas las criaturas, las del cielo, las de la tierra y las del mar, que reciben continuamente el ser y la vida de manos del Creador. Al finalizar el salmo 104, dice el poeta, haciendo alusión a la presencia del Espíritu en su oración: “Envías, Señor, tu espíritu y son creados, y renuevas la faz de la tierra” (Sal. 104, 30).
De manera especial se muestra la intervención del Espíritu de Dios en el caso de los profetas, de los reyes y de los sacerdotes de Israel. Se les ungía para consagrarlos como representantes del Señor en medio de su pueblo. En ellos se hacía visible la presencia del Espíritu. Como en el caso de Moisés o de David. Sobre David “vino el Espíritu del Señor “, y lo revistió de fortaleza y de valentía para luchar frente a los enemigos de Israel. De sabiduría y prudencia para pastorear como rey a su pueblo (I Sam, 16, 13; Sal. 78,72).
En relación con la maternidad se señalan en los libros santos algunos casos de mujeres célebres, que eran estériles y a quienes el Señor, de manera admirable, hizo fecunda con vistas a sus planes de salvación.
Sara, la mujer de Abraham, era estéril. Para poder tener descendencia había recurrido a dar su propia esclava a su marido. Pero el Señor después anunció al patriarca que no sería el hijo de la esclava quien lo heredaría, sino el hijo de Sara, su mujer. A la puerta de su tienda se lo prometió el Señor: “Volveré a ti sin falta el año que viene –le dijo- , entonces Sara tu mujer tendrá un hijo”. Sara que estaba detrás, cuando lo oyó, se reía diciendo para sus adentros: “Estando ya tan anciana ¡voy ahora a mocear! Y además mi marido es viejo. Con todo el Señor cumplió su palabra. Concibió y dio a luz a su hijo Isaac, porque para Dios nada hay imposible (Gen. 18, 9ss).
También la madre de Sansón era una mujer estéril. Se le apareció el ángel del Señor en el campo, cuando ella estaba sola y le prometió que tendría un hijo, a condición de que el hijo fuera “nazir”; no probaría vino ni licor para siempre. Luego ella concibió y dio a luz a su hijo Sansón. El niños creció, Dios lo bendijo y el Espíritu se apoderó de Sansón, que venció solo a todos sus enemigos para librar a Israel de la presión de los filisteos (Jue. 13, 8-25).
E Isabel, la esposa de Zacarías, madre de Juan Bautista. El evangelista San Lucas nos cuenta que era estéril y anciana. También ella concibió en su ancianidad, conforme al anuncio del ángel (Lc. 1, 11-25).
En todos estos casos, el Señor intervino en la presencia de su Espíritu para hacerlas fecundas, cuando en el curso natural de la vida resulta imposible la concepción. Sin embargo, aun contando con esa intervención extraordinaria de Dios, la generación de los hijos siguió el curso natural de la unión conyugal del hombre y la mujer. Pero en el caso de María, la madre de Jesús, esa intervención del Espíritu de Dios fue muy distinta. “La generación de Jesucristo fue así: “Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de que convivieran, se encontró que ella había concebido por obra del Espíritu Santo” (Mt. 1, 18).

Maternidad virginal de María.
María es madre virgen. Su maternidad virginal es un caso único y singular en toda la Historia de la salvación. El Espíritu Santo, sin intervención humana alguna, la hizo madre. Jesucristo, el Hijo de Dios, no tiene padre en el orden humano. Es hijo de María. Y, por ella, que estaba desposada con José, viene a formar parte del linaje de David y a entroncar como hombre con todos esos antepasados que el mismo evangelista San Mateo va enumerando  en la genealogía que da comienzo a su Evangelio y precede inmediatamente al pasaje evangélico de hoy.
La maternidad virginal de María es un misterio singular que forma parte del plan trazado y realizado por Dios en orden a la salvación de todos  los hombres. Nosotros, en pura fe cristiana, aceptamos este misterio inefable, revelado por la palabra del Evangelio. Contemplamos ahora con especial atención a María, virgen y madre, “consagrada” por entero a la acción del Espíritu Santo y a la obra de Dios en Cristo Jesús.
Fuera de la Iglesia de Jesucristo esta realidad no ha sido aceptada. Los hombres a lo largo de la historia, han negado de manera sistemática esta verdad de nuestra fe. Se niegan a aceptar esta maternidad virginal. Y no es extraño. Porque “los caminos de Dios no son los caminos de los hombres” (Is. 55, 8); ni “el hombre animal puede aceptar las cosas del Espíritu de Dios; son necedad para él. No las puede entender, pues sólo el Espíritu puede juzgarlas” (I Cor. 2, 14).
Nosotros, los cristianos, que hemos aceptado la revelación de Jesucristo, sí creemos en este misterio. Y admiramos cómo la acción del Espíritu de Dios alcanzó en el caso de María su punto más alto, diríamos, en esta sucesión de “las obras admirables de Dios” con miras a la vida de Jesucristo.
Pero una cosa, hermanos, es “tener fe” y otra bien distinta el “vivir de la fe”. Es verdad; nosotros aceptamos la maternidad virginal de María y, sin embargo, ¡qué olvidados andamos de este misterio en nuestra manera de vivir! ¿No es cierto que la virginidad sea algo para lo que tenemos olvido y cierto desprecio…? Hasta en las predicaciones, los pastores, suelen dar en este punto una ordinaria y constante omisión, como si este  valor del Reino de Dios, no contara para la edificación del pueblo cristiano.

            Llamada a los jóvenes.
   Permitidme, hermanos, que me dirija especialmente ahora a los jóvenes. A ellas y a ellos.
La maternidad y la virginidad han sido integradas de una forma admirable y única en la Madre de Jesucristo.
María es ideal excelso para todos los hombres. Lo es especialmente para vosotros. Advertid que la virginidad, de suyo, no es contraria a la maternidad. Mejor dicho: el espíritu de la maternidad y el espíritu de la virginidad no son contrarios.
Vosotras estáis llamadas por Dios a la maternidad. Toda mujer es madre por vocación y por destino, y en esa misión de madre ha de entregarse a Dios de alguna manera. Guardad vuestro corazón limpio y mantenedlo abierto a la acción del Espíritu de Dios, que actúa en vosotras desde el día de vuestro bautismo. Debéis ser dóciles a los designios de Dios sobre vosotras.
Vosotros, los jóvenes, que aspiráis a un mundo en el que reine la sinceridad y la justicia, poned también vuestros ojos en María. Mirad a la Señora, que es la Madre de Jesús. Y mirad también a ese hombre “justo”, a José, el esposo de María. De quién dice el evangelista que, “como era justo y no quería denunciarla pensó dejarla en silencio” (Mt. 1,19). Aprended aquí a ser fieles, a respetar, a amar hasta el sacrificio. Ved que la vida del mundo está necesitada de hombres y mujeres que sepan someterse generosa y heroicamente a las exigencias del Espíritu           de Dios.
Y todos nosotros, hermanos, cuando nos disponemos a celebrar la fiesta del Nacimiento de Jesucristo, pongamos nuestros ojos en la Señora. Ella es la Madre, siempre Virgen. La Madre de aquel que había de llamarse Jesús “porque había de librar al pueblo de sus pecados” (Mt. 1,21).                                           

 ORACIÓN PARA EL  DÍA DE  NUESTRA SEÑORA DE LA ESPERANZA
Oh María, madre de la esperanza
tu que has conocido nuestra fragilidad
a través del sufrimiento de tu Hijo
vuelve tu mirada de Madre
a todo sufrimiento y debilidad humana.

Tú que esperaste contra toda esperanza
junto a la Cruz de tu Hijo
infundiendo fe a los discípulos
confundidos y desilusionados
alcánzanos el consuelo de la esperanza.

Hoy te imploramos, oh Madre de esperanza:
pide a tu Hijo que tenga misericordia
y nos sostenga en los momentos más oscuro de la vida;
intercede por nosotros para que vivamos el tiempo
con la esperanza de la eternidad
para contemplar con gozo la gloria de
 Cristo Resucitado.

Amén



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