DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO
DIA 26 DE FEBRERO.
“Todos estamos obligados a trabajar
por la perfección del mundo; de manera que la miseria y el hambre sean
desterradas de la humanidad.”
PRIMERA LECTURA
Isaías 49,14-15:
Pues aunque (tu madre) se olvidara, yo nunca te olvidaré.
SALMO RESPONSORIAL
Salmo 61
Descansa sólo en Dios, alma mía
SEGUNDA
LECTURA
1 Corintios 4,1-5
Así, pues, no juzguéis antes
de tiempo, dejad que venga el Señor.
EVANGELIO
Mateo 6, 24-34
No
podéis servir a Dios y al dinero.
Comentario- Introducción
Los que de una u otra forma tuvimos
la suerte de convivir con don Miguel, al leer la homilía de este domingo,
sabemos que toca dos pilares principales en su vida: la pobreza y la confianza
en el Señor.
Al mismo tiempo que transcribía esta
homilía, me han venido al pensamiento cientos de imágenes y de vivencias, con
este obispo que siempre tuvo como norma vivir de manera radical la pobreza
evangélica. Es justo que así lo diga, callar esta actitud de don Miguel, sería, por miedo al panegírico,
omitir uno de los grandes valores de su vida. Y además vivía pobre, sin hacer
alarde entre los pobres, sin jugar a ser pobre. Sin pretenderlo fue un
auténtico profeta, en esta sociedad, que por doquier aspira a la riqueza.
Adecuarse a lo mínimo, vivir con lo justo.
Mandar remendar su vieja aunque muy digna sotana, llevar sus desgastadas botas al zapatero…
Compartiendo con los pobres cada mes su congrua designación, sin que nadie lo
supiera. No quería tener dinero. En él, se podía adivinar la misma parábola del
Evangelio de este domingo, como los lirios del campo, como los pájaros del
cielo.
S. Berdonces
HOMILIA
Podemos imaginar la
atención y las reacciones íntimas de los primeros oyentes de Jesús, cuando el
Maestro, en su Sermón de la Montaña, iba dando todas esas consignas de vida
cristiana. Ahora resuenan en nuestros oídos, con la proclamación del Evangelio
de estos últimos domingos, en el
ambiente de la asamblea eucarística. Pienso que ésta de hoy: “No estéis
agobiados por la vida, pensando que vais a comer; ni por el cuerpo, pensando
con qué vais a vestir”, debió repetirla Jesús más de una vez, en el transcurso
de su predicación.
Aquello de los pájaros y
de los lirios del campo cuadraba perfectamente con la mentalidad de las gentes
sencillas de Galilea, hombres y mujeres en contacto habitual con la tierra y
con el mar. ¡Era aquél mundo tan distinto al nuestro…!
Y, sin embargo, hoy como
ayer, Jesús habla para sus discípulos; conviene tenerlo presente, ya que
nosotros lo somos. En medio urbanos, como en ambientes de tipo rural, las
palabras del Señor serán siempre actuales. Y necesarias, cada día con mayor
exigencia, si de verdad pensamos ir a la raíz de los problemas, por los que
nuestro mundo se ve afectado.
No hay contrariedad
“Sobre todo, buscad el
Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura”.
No es fruto esta consigna
de una especie de romanticismo utópico, que deja a un lado la prosaica realidad
de nuestro diario vivir. Esta confianza cristiana en el amor del Padre que está
en los cielos, ese abandono generoso en manos de su providencia, ese amor
incondicional en el Reino de Dios y su justicia, en labios de Jesús, no son contrarios ¡en
absoluto! a la misión encomendada por el Creador a todo hombre que pisa la tierra.
Nadie está exento – ni
siquiera los gorriones- del esfuerzo necesario para buscar el pan de cada día.
Eso sí, después de haberlo pedido confiadamente al Padre, conforme al modelo de
oración que Jesús ha dado a los suyos.
Individual y colectivamente, todos estamos obligados a trabajar por la
perfección del mundo; de manera que la miseria y el hambre sean desterradas de
la humanidad. La del trabajo es la ley universal. Ya San Pablo hubo de
advertirlo a los cristianos de Tesalónica, con ocasión de la actitud pasiva de
algunos miembros de aquella comunidad, en la espera de la vuelta del Señor.
Es indudable que
Jesucristo, con su ejemplo personal, y luego con su predicación, tuvo presente
las exigencias materiales a que estamos sometidos los hijos de Dios en esta tierra;
donde los hombres nacen, se mueven, se relacionan entre sí y mueren. Pero,
conocedor como nadie del misterio del corazón humano, quiso prevenir a sus
discípulos frente a toda desorientación y esclavitud, situándolos en el horizonte
propio de la filiación divina.
Para todos sin distinción
“Nadie puede estar al
servicio de dos amos. No podéis servir a Dios y al dinero”.
Tampoco se trata aquí,
frente a lo que puede parecer, viendo la conducta habitual de muchos
cristianos, de un ideal reservado a ciertas personas o grupos seleccionados en
el seno de la Iglesia; dejando para el común de los mortales un programa de
vida menos exigente. La obligación de buscar, ante todo y sobre todo, el Reino
de Dios y su justicia, confiados en el amor providente de Dios, nuestro Señor,
afecta a todos los discípulos sin distinción. Es consigna universal del
cristianismo. Como lo es la del amor: “Amad a vuestros enemigos, orad por los
que os persiguen”. “Amaos los unos a los otros, como yo os he amado”. Ningún
cristiano está exento de aceptar tales consignas y ajustar a ellas su vida.
Esto supuesto, en el seno
de la iglesia de Jesucristo se da diversidad de condiciones, diversos estados
de vida; en relación con la vocación personal y las ayudas que cada uno
necesita, para superar su propia debilidad, frente al cumplimiento de la
justicia. No cabe duda de que quienes, siguiendo los consejos evangélicos, se
consagran, en el sacerdocio o en la vida religiosa, al servicio de Jesucristo y
de su Iglesia, en principio, quedan libres de muchos estorbos, de muchas ataduras.
Pueden correr tal vez mejor hacia la meta señalada por Jesús.
Otra cosa es la fidelidad
con que cada uno de nosotros permanezcamos en el camino emprendido, como
auténticos discípulos de Jesucristo, sea cualquiera el estado de vida elegido.
Pero hay que insistir en la libertad; porque el dinero, de una forma o de otra
hace esclavos. Frente a la tiranía, hay que mantener la integridad, la
serenidad del corazón. Y es la confianza filial la que libra a los hijos de
Dios de todas las posibilidades trabas, lo mismo en el sacerdocio que en la
vida seglar, en la vida religiosa o en el matrimonio. Dios no tiene acepción de
personas.
La fe es útil
“Ya
sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso”.
Como aquella vez primera, también hoy
habla Jesús a sus discípulos. Para recordarnos que Dios, nuestro Padre, sabe
bien que necesitamos comer, y beber, y vestir, y educar a nuestros hijos…Sabe
que nos conveniente el descanso y la recreación a tiempos, y gozar de las
alegrías del vivir. El, que es bueno y comprensivo, está de acuerdo con sus
hijos en todo eso.
En lo que pienso que no estará de
acuerdo, es en la medida en que nosotros queremos exigirlo. En esto de la
proporción y la medida, damos la impresión de ser bastantes ignorantes, Y
olvidar entre tanto las necesidades de nuestros hermanos. Y puede que sea
precisamente ahí, donde esté la explicación de nuestros agobios, de nuestras
inquietudes y temores.
No olvido la expresión de cierto
padre de familia de Jaén, joven él y cristiano. Desahogándose conmigo, me
contaba sus apuros durante una larga temporada que estuvo sin trabajo. Y me
decía: “Hasta ahora no he sabido yo lo que se necesita para vivir. Es bastante
menos de lo que pensamos de ordinario”.
¿Cuánto se necesita realmente para
vivir?...Es difícil contestar a esta pregunta. Y, desde luego, entre todos
vosotros, yo soy el menos indicado para hacerlo. Pero me atrevo a dejar aquí,
flotando en el ambiente, ahora que son tantos los padres en pluriempleo, para
mantener cierto nivel de vida. Y tantas las madres, que no dudan en separarse
de sus hijos y se van a la calle a trabajar, con el fin de redondear el sueldo
de su marido. ¿Está siempre justificada esta conducta?... ¿Es preferible tener
mayores ingresos y no tener tiempo de hablar con los hijos? ¿No sería más
rentable estar más tiempo con ellos, aunque los ingresos fueran menores?...
Perdonad, hermanos; bien sé que la de
no resuelve el problema de la economía. Ciertamente. Pero da luz para
reflexionar seriamente frente a los problemas humanos. Es posible que, si nos
fiáramos más de Dios y tuviéramos presentes las consignas de Jesús, nuestro
corazón estaría habitualmente sereno. Seríamos además mucho más comprensivos
con nuestros hermanos. Con frecuencia, sus necesidades son más graves que las nuestras.
Y es precisamente todo esto lo que el
Señor nos pide, cuando nos acercamos cada domingo al altar, donde él se ofrece
por todos nosotros.
† Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén
ORACIÓN
DEL DÍA
Señor Dios
nuestro, tú eres nuestro Padre:
tú cuidas a
los pájaros del cielo,
que
encuentran alimento a su debido tiempo;
tú vistes a
las flores del campo
con bellos
colores y suave fragancia.
Entonces,
¿por qué habríamos de preocuparnos?
Te damos
gracias por el don de la vida,
por amarnos y
cuidar de nosotros,
de modo
gratuito.
Te damos
gracias por los hermanos que nos rodean.
Guárdanos
firmemente en tu mano,
a causa de
Jesucristo nuestro Señor.
Amén.



