jueves, 23 de febrero de 2017

DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO
DIA 26 DE FEBRERO.
“Todos estamos obligados a trabajar por la perfección del mundo; de manera que la miseria y el hambre sean desterradas de la humanidad.”


PRIMERA LECTURA
Isaías  49,14-15:
Pues aunque (tu madre) se olvidara, yo nunca te olvidaré.

  SALMO RESPONSORIAL
Salmo 61

 Descansa sólo en Dios, alma mía


 SEGUNDA LECTURA
 1 Corintios 4,1-5
Así, pues, no juzguéis antes de tiempo, dejad que venga el Señor.

 EVANGELIO
Mateo 6, 24-34
  No podéis servir a Dios y al dinero.






                                               Comentario- Introducción
Los que de una u otra forma tuvimos la suerte de convivir con don Miguel, al leer la homilía de este domingo, sabemos que toca dos pilares principales en su vida: la pobreza y la confianza en el Señor.
Al mismo tiempo que transcribía esta homilía, me han venido al pensamiento cientos de imágenes y de vivencias, con este obispo que siempre tuvo como norma vivir de manera radical la pobreza evangélica. Es justo que así lo diga, callar esta actitud  de don Miguel, sería, por miedo al panegírico, omitir uno de los grandes valores de su vida. Y además vivía pobre, sin hacer alarde entre los pobres, sin jugar a ser pobre. Sin pretenderlo fue un auténtico profeta, en esta sociedad, que por doquier aspira a la riqueza.
 Adecuarse a lo mínimo, vivir con lo justo. Mandar remendar su vieja aunque muy digna sotana,  llevar sus desgastadas botas al zapatero… Compartiendo con los pobres cada mes su congrua designación, sin que nadie lo supiera. No quería tener dinero. En él, se podía adivinar la misma parábola del Evangelio de este domingo, como los lirios del campo, como los pájaros del cielo.
S. Berdonces



HOMILIA
Podemos imaginar la atención y las reacciones íntimas de los primeros oyentes de Jesús, cuando el Maestro, en su Sermón de la Montaña, iba dando todas esas consignas de vida cristiana. Ahora resuenan en nuestros oídos, con la proclamación del Evangelio de estos últimos  domingos, en el ambiente de la asamblea eucarística. Pienso que ésta de hoy: “No estéis agobiados por la vida, pensando que vais a comer; ni por el cuerpo, pensando con qué vais a vestir”, debió repetirla Jesús más de una vez, en el transcurso de su predicación.
Aquello de los pájaros y de los lirios del campo cuadraba perfectamente con la mentalidad de las gentes sencillas de Galilea, hombres y mujeres en contacto habitual con la tierra y con el mar. ¡Era aquél mundo tan distinto al nuestro…!
Y, sin embargo, hoy como ayer, Jesús habla para sus discípulos; conviene tenerlo presente, ya que nosotros lo somos. En medio urbanos, como en ambientes de tipo rural, las palabras del Señor serán siempre actuales. Y necesarias, cada día con mayor exigencia, si de verdad pensamos ir a la raíz de los problemas, por los que nuestro mundo se ve afectado.

No hay contrariedad
“Sobre todo, buscad el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura”.
No es fruto esta consigna de una especie de romanticismo utópico, que deja a un lado la prosaica realidad de nuestro diario vivir. Esta confianza cristiana en el amor del Padre que está en los cielos, ese abandono generoso en manos de su providencia, ese amor incondicional en el Reino de Dios y su justicia,  en labios de Jesús, no son contrarios ¡en absoluto! a la misión encomendada por el Creador  a todo hombre que pisa la tierra.
Nadie está exento – ni siquiera los gorriones- del esfuerzo necesario para buscar el pan de cada día. Eso sí, después de haberlo pedido confiadamente al Padre, conforme al modelo de oración que  Jesús ha dado a los suyos. Individual y colectivamente, todos estamos obligados a trabajar por la perfección del mundo; de manera que la miseria y el hambre sean desterradas de la humanidad. La del trabajo es la ley universal. Ya San Pablo hubo de advertirlo a los cristianos de Tesalónica, con ocasión de la actitud pasiva de algunos miembros de aquella comunidad, en la espera de la vuelta del Señor.
Es indudable que Jesucristo, con su ejemplo personal, y luego con su predicación, tuvo presente las exigencias materiales a que estamos sometidos los hijos de Dios en esta tierra; donde los hombres nacen, se mueven, se relacionan entre sí y mueren. Pero, conocedor como nadie del misterio del corazón humano, quiso prevenir a sus discípulos frente a toda desorientación y esclavitud, situándolos en el horizonte propio de la filiación divina.

Para todos sin distinción
“Nadie puede estar al servicio de dos amos. No podéis servir a Dios y al dinero”.
Tampoco se trata aquí, frente a lo que puede parecer, viendo la conducta habitual de muchos cristianos, de un ideal reservado a ciertas personas o grupos seleccionados en el seno de la Iglesia; dejando para el común de los mortales un programa de vida menos exigente. La obligación de buscar, ante todo y sobre todo, el Reino de Dios y su justicia, confiados en el amor providente de Dios, nuestro Señor, afecta a todos los discípulos sin distinción. Es consigna universal del cristianismo. Como lo es la del amor: “Amad a vuestros enemigos, orad por los que os persiguen”. “Amaos los unos a los otros, como yo os he amado”. Ningún cristiano está exento de aceptar tales consignas y ajustar a ellas su vida.
Esto supuesto, en el seno de la iglesia de Jesucristo se da diversidad de condiciones, diversos estados de vida; en relación con la vocación personal y las ayudas que cada uno necesita, para superar su propia debilidad, frente al cumplimiento de la justicia. No cabe duda de que quienes, siguiendo los consejos evangélicos, se consagran, en el sacerdocio o en la vida religiosa, al servicio de Jesucristo y de su Iglesia, en principio, quedan libres de muchos estorbos, de muchas ataduras. Pueden correr tal vez mejor hacia la meta señalada por Jesús.
Otra cosa es la fidelidad con que cada uno de nosotros permanezcamos en el camino emprendido, como auténticos discípulos de Jesucristo, sea cualquiera el estado de vida elegido. Pero hay que insistir en la libertad; porque el dinero, de una forma o de otra hace esclavos. Frente a la tiranía, hay que mantener la integridad, la serenidad del corazón. Y es la confianza filial la que libra a los hijos de Dios de todas las posibilidades trabas, lo mismo en el sacerdocio que en la vida seglar, en la vida religiosa o en el matrimonio. Dios no tiene acepción de personas.

            La fe es útil
            “Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso”.
Como aquella vez primera, también hoy habla Jesús a sus discípulos. Para recordarnos que Dios, nuestro Padre, sabe bien que necesitamos comer, y beber, y vestir, y educar a nuestros hijos…Sabe que nos conveniente el descanso y la recreación a tiempos, y gozar de las alegrías del vivir. El, que es bueno y comprensivo, está de acuerdo con sus hijos en todo eso.
En lo que pienso que no estará de acuerdo, es en la medida en que nosotros queremos exigirlo. En esto de la proporción y la medida, damos la impresión de ser bastantes ignorantes, Y olvidar entre tanto las necesidades de nuestros hermanos. Y puede que sea precisamente ahí, donde esté la explicación de nuestros agobios, de nuestras inquietudes y temores.
No olvido la expresión de cierto padre de familia de Jaén, joven él y cristiano. Desahogándose conmigo, me contaba sus apuros durante una larga temporada que estuvo sin trabajo. Y me decía: “Hasta ahora no he sabido yo lo que se necesita para vivir. Es bastante menos de lo que pensamos de ordinario”.
¿Cuánto se necesita realmente para vivir?...Es difícil contestar a esta pregunta. Y, desde luego, entre todos vosotros, yo soy el menos indicado para hacerlo. Pero me atrevo a dejar aquí, flotando en el ambiente, ahora que son tantos los padres en pluriempleo, para mantener cierto nivel de vida. Y tantas las madres, que no dudan en separarse de sus hijos y se van a la calle a trabajar, con el fin de redondear el sueldo de su marido. ¿Está siempre justificada esta conducta?... ¿Es preferible tener mayores ingresos y no tener tiempo de hablar con los hijos? ¿No sería más rentable estar más tiempo con ellos, aunque los ingresos fueran menores?...
Perdonad, hermanos; bien sé que la de no resuelve el problema de la economía. Ciertamente. Pero da luz para reflexionar seriamente frente a los problemas humanos. Es posible que, si nos fiáramos más de Dios y tuviéramos presentes las consignas de Jesús, nuestro corazón estaría habitualmente sereno. Seríamos además mucho más comprensivos con nuestros hermanos. Con frecuencia, sus necesidades  son más graves que las nuestras.
Y es precisamente todo esto lo que el Señor nos pide, cuando nos acercamos cada domingo al altar, donde él se ofrece por todos nosotros.
Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén           


ORACIÓN DEL DÍA

Señor Dios nuestro, tú eres nuestro Padre:
tú cuidas a los pájaros del cielo,
que encuentran alimento a su debido tiempo;
tú vistes a las flores del campo
con bellos colores y suave fragancia.
Entonces, ¿por qué habríamos de preocuparnos?
Te damos gracias por el don de la vida,
por amarnos y cuidar de nosotros,
de modo gratuito.
Te damos gracias  por los hermanos que nos rodean.
Guárdanos firmemente en tu mano,
a causa de Jesucristo nuestro Señor.
Amén.



sábado, 18 de febrero de 2017

DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO
DIA 19 DE FEBRERO
“Creer en Jesucristo, significa creer que el amor está presente en el mundo, y que este amor es más fuerte que toda clase de mal.  ”


PRIMERA LECTURA
Levítico 19,1-2.17-18
 Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

  SALMO RESPONSORIAL
Salmo  102

 El Señor es compasivo y misericordioso

  SEGUNDA LECTURA
 1 Corintios 3, 16- 23
Todo es vuestro, vosotros de Cristo Y Cristo de Dios.

 EVANGELIO
Mateo 5,38-48
  Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis?


                                               Comentario- Introducción
En este séptimo domingo del tiempo ordinario, las lecturas bíblicas nos hablan de la voluntad de Dios de hacer partícipes a los hombres de su vida: «Sed santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo», se lee en el libro del Levítico (19, 1). Con estas palabras, y los preceptos que se siguen de ellas, el Señor invitaba al pueblo que se había elegido a ser fiel a la alianza con él caminando por sus senderos, y fundaba la legislación social sobre el mandamiento «amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Lv 19, 18). Y si escuchamos a Jesús, en quien Dios asumió un cuerpo mortal para hacerse cercano a cada hombre y revelar su amor infinito por nosotros, encontramos esa misma llamada, ese mismo objetivo audaz. En efecto, dice el Señor: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48). ¿Pero quién podría llegar a ser perfecto? Nuestra perfección es vivir como hijos de Dios cumpliendo concretamente su voluntad. Don Miguel en su libro[1], a propósito  de  este relato trae un texto de  San Cipriano: «a la paternidad de Dios debe corresponder un comportamiento de hijos de Dios, para que Dios sea glorificado y alabado por la buena conducta del hombre».
S. Berdonces


HOMILIA
“Por tanto, sed vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”.
La consigna evangélica actualiza para nosotros aquella otra que, por medio de Moisés, dio el Señor a su pueblo  Israel: “Seréis santos yo, el Señor vuestro Dios, soy santo”. Y el apóstol San pablo, llevándonos a la raíz misma del misterio, nos ha recordado en su lectura del día: ¿No sabéis que sois templo de Dios y el Espíritu Santo habita en vosotros?”
La comunidad cristiana, eclesial,” es templo de Dios vivo”. Lo es en su conjunto. Lo es así mismo en cada uno de sus miembros, incorporados como están, por el bautismo  y la unción del Espíritu Santo, al Cuerpo de Cristo. La Iglesia es santa. Y todos nosotros, miembros de ella, debemos responder a esta vocación: “En la Iglesia todos, lo mismo quienes pertenecen a la jerarquía que la apacentamos por ella, están llamados a  la santidad”. Son palabras de la “Lumen gentium”. Santidad que, “se manifiesta, y sin cesar debe manifestarse, en los frutos de gracia, que el Espíritu produce en los fieles” (LG 19)

Lección continuada
“Por tanto, sed vosotros perfectos…” Este por tanto del texto tiene su fuerza; conviene advertirlo. Nos hace caer en la cuenta de que la consigna de Jesús: “Sed vosotros perfectos…es consecuencia lógica y necesaria de toda la lección sobre la justicia del Evangelio.
Veis que seguimos comentando el texto del sermón de la Montaña. Recordáis las palabras del Señor, leídas y comentadas el domingo pasado. “Os lo aseguro: si vuestra justicia no es más cumplida que la de los letrados y fariseos no entrareis en el Reino de los cielos. A partir de esta información, Jesús nos ha ido dando un criterio frente a determinados problemas morales: el odio, el divorcio, la mentira bajo capa de piedad.
Hoy quiere penetrar con nosotros hasta el fondo mismo del corazón humano, para decirnos con toda claridad cuál ha de ser la actitud radical del discípulo, frente  a los agravios, las injurias, los abusos e injusticias de que podemos ser objeto, por parte de los hombres: “Os han enseñado que se mandó: ojo por ojo, diente por diente…”
Recuerdo ahora aquel niño compañero mío en la Escuela, engreidillo él y valentón, que solía repetir a cada paso: “A mí,  quien me pega, le pego”. Menos mal que el maestro que teníamos, era un gran educador y seriamente cristiano. En cierta ocasión, en que le oyó repetir su frase favorita, le invitó a escribirla en el encerado. A reglón seguido, le hizo escribir las palabras de Jesús: “Pues yo os digo; no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, vuélvele también la otra”.
A partir de aquí, vino el comentario. Para hacernos caer en la cuenta hasta dónde puede llegar un hombre, que se toma la justicia por su mano, cuando se olvidan las palabras de Jesús.



El amor, fuente de la justicia
Hoy también nosotros debemos hacernos como niños, para aprender esta lección. Jesús nos previene contra las reacciones espontáneas – reacciones naturales- de nuestro corazón frente al mal. Su enseñanza culmina esta vez  en una consigna, que es mandato; “Yo en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen, y rezad por los que os persiguen y calumnian”.
En labios del Maestro, esta consigna es enteramente nueva. El amor  a los enemigos es nota distintiva de del cristianismo. Jesús que, en frase lapidaria de San Lucas “hizo y enseñó” (Hech 1,1), ofreció, no la mejilla sino todo su cuerpo, su sangre y su vida, por la salvación de todos los pecadores del mundo. Oró al padre, pidiéndole perdón para los mismos que le crucificaban.
De esta manera, la lección de Jesús sobre la justicia en el cumplimiento de la Ley, viene a desembocar en la consigna del amor universal. Y no podía ser de otra manera. Hecho por Dios para nosotros “sabiduría, justicia, santificación y redención”  (1 Cor 1,30). Jesucristo crucificado es la revelación de la bondad y de la misericordia del Padre. Por él hemos aprendido que “la misericordia es la fuente más profunda de la justicia”. Se trata, por supuesto, de la justicia  “a la medida  de  Dios”, Como ha comentado Juan pablo II, en su encíclica sobre el misterio de la misericordia.[2] Aquella que “nace toda del amor del Padre y del hijo, y que fructifica toda ella en el amor (7 y 14).
Es oportuno, necesario más que nunca, insistir  -como hace el Papa- en esa relación entre la auténtica justicia, que puede salvarnos de tantos males, y el amor universal; en especial, el amor a los enemigos, a todos aquellos que nos injurian, calumnian, molestan o persiguen. “No obstante múltiples prejuicios – contra la misericordia- ella se presenta particularmente necesaria en nuestro tiempo”, afirma el pontífice en su encíclica. Y es precisamente éste el mensaje que trae para nosotros el Evangelio este domingo.

            En el terreno de la educación.
            Perdonad que vuelva al recuerdo de la Escuela, y me refiera en concreto a la oportunidad de nuestra tarea educativa. En las circunstancias político-sociales de las que continuamente nos lamentamos; cuando hasta en el terreno de las instituciones escolares se habla tanto de derechos, de cogestión, de libertad; cuando  se pone tanto empeño en la intervención de los mismos alumnos en la redacción de los programas escolares, en el tomar decisiones, en la adopción de actitudes colectivas, con olvido manifiesto de la primacía del amor sobre todos los otros valores, ¿cómo vamos a arreglarnos para preparar los niños y adolescentes frente a la guerra, frente a toda clase de dictaduras, frente al terrorismo, las torturas, las manipulaciones de todo género?...
Creer en Jesucristo, y este crucificado, significa creer que el amor está presente en el mundo, y que este amor es más fuerte que toda clase de mal, en el que el hombre, la humanidad, el mundo está situado. Creer, creer las palabras de Jesús; estar convencidos de la fuerza del Evangelio. Y educar a nuestros hijos en esta convicción. Ayudarles con nuestra actitud, nuestro cariño, nuestra paciencia, nuestro ejemplo habitual, a no dejarse vencer por el mal, sino a vencer el mal con la fuerza el bien. (Rom12, 21). Esta abundancia del bien que brota a raudales, ante todo  y sobre todo, de lo más íntimo del hombre; cuando, venciendo sus instintos, se entrega generosamente a la acción del Espíritu de Jesucristo en él.
“Así seréis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos”. Aquí está y se nos da la razón definitiva : puesto que el hombre fue hecho  “a imagen de Dios”, el secreto de toda educación  - humana y cristianamente hablando- consiste en ayudar al educando a vivir como hijos de Dios; a imitar, contra viento y marea, la bondad, la misericordia, el amor del padre que está en los cielos.
Es por esta causa de la educación cristiana de nuestros hijos, por lo que nosotros hemos de orar y trabajar todos los días, confiados siempre en la ayuda del Señor.
Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén           
ORACIÓN DEL DÍA

Señor, que cada persona:
Se encuentre con tus ojos, cuando yo lo mire.
Escuche tu palabra, cuando yo le hable.
Note tu mano amiga, cuando yo le abrace.
Sienta el contagio de tu paz y de tu gozo,
cuando yo me cruce silenciosamente con él.
Hable a tus oídos, cuando yo lo escuche.
Se recueste en tu pecho cuando yo le dé confianza.
Se apoye en tu hombro, cuando yo le ayude.
Note tu presencia, cuando yo le acoja.
Experimente tu amor, cuando yo le ame.
Amén.






[1] PEINADO PEINADO M. (1992) La predicación del Evangelio en los Padres de la Iglesia.  Antología de textos patrísticos.  Madrid, BAC.
[2]JUAN PABLO II (1980). Dives in misericordia

sábado, 11 de febrero de 2017

DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO
DIA 12 DE FEBRERO.
COLECTA DE LA CAMPAÑA CONTRA EL HAMBRE EN EL MUNDO
“Si vuestra justicia no es mayor, más abundante, mas cumplida, si no va más allá…no entrareis en el Reino”


PRIMERA LECTURA
Eclesiástico 15, 16-21
Ante ti están puestos fuego y agua: echa mano a lo que quieras;

  SALMO RESPONSORIAL
Salmo 118

 Dichoso el que camina en la voluntad del Señor.

 SEGUNDA LECTURA
 1 Corintios 2, 6-10
Enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios…

 EVANGELIO
Mateo 5, 17-37
 Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda y vete a reconciliarte con tu herma...


                                              
Comentario- Introducción
Celebramos el Domingo de la Sexta Semana del Tiempo Ordinario. Desde Jesucristo comprendemos, a la luz de toda su vida, que Dios necesita de los hombres no para ser Dios sino para ser un Dios de hombres y mujeres y que es imposible gestar un credo razonable al margen de la historia del hombre.
Al renovar las interpretaciones concretas de la Ley dada en el Sinaí, Jesús se presenta superior a Moisés y reclama la necesidad de la renovación del comportamiento humano en la perspectiva del Reino de Dios.
Señor, despierta mi alma y mi inteligencia para que tu palabra penetre en mi corazón y pueda yo saborearla y comprenderla. Y así ser capaz de abrir mi corazón a los  pobres, a los pobres más pobres entre los pobres, a esos que no cuentan para nada, ni tienen lo imprescindible para vivir, más aún, para sobrevivir.
Nuestra actitud ante el hambre en el mundo no admite ambages, o ayudamos o rompemos el centro de toda la justicia, que emana del evangelio, “dar de comer al hambriento”. Y si esto no lo cumplimos sobra todo lo demás.
S. Berdonces


HOMILIA
La lectura evangélica de este domingo no es tan breve como la de los domingos anteriores. Pertenece, como ellas, al Sermón de la Montaña, según la redacción de San Mateo. Como es sabido, San Mateo acentúa el estilo catequético; es un ejemplo continuado de las primitivas catequesis apostólicas, calcadas en la misma predicación de Jesús.
Aquel día, después de haber levantado en alto la bandera de la Bienaventuranzas, y haber concretado en dos imágenes vivas el ideal de la vida cristiana: “Vosotros sois la sal de la tierra…Vosotros sois la luz del mundo…”, el Maestro aborda de lleno el tema complicado de la Ley. Tema prioritario para todo buen israelita. El Señor va a mostrárnoslo a la luz del Evangelio del Reino.
Para no alargarnos en el comentario, podemos centrar la atención en la frase central del texto leído. En ella está la clave de toda la lección. La frase esta: “Os aseguro: si no sois mejores que los letrados y fariseos, no entrareis en el Reino de los cielos”. “Si vuestra justicia no es mayor”, más abundante, más cumplida, si no va más allá que la de los escribas y fariseos.
“Vuestra justicia”, es decir vuestra obediencia a la ley, vuestra religiosidad, vuestra piedad, vuestra honradez; que todo eso y más encierra la palabra “justicia”. Es la actitud radical correspondiente al pueblo de Dios, al que se había dicho: “Yo soy el Señor, vuestro Dios; santificaos y sed santos, porque yo soy santo” (Lev 11,44). Va a ser la consigna de Jesús: “Sed vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48)

Principio fundamental
Una justicia más abundante, más cumplida, que la de los escribas y fariseos. Estos hombres representaban en tiempo de Cristo la religiosidad oficial de Israel. Ejercían su oficio de guías espirituales y maestros del pueblo. Habían puesto todo su empeño en el cumplimiento literal, legalista meramente exterior, de los preceptos de la Ley mosaica. Para aumentar su prestigio y paliar su falta de espíritu, habían añadido una serie innumerable de preceptos y consignas, con las que intentaban resolver toda la casuística. En su hipocresía, habían conseguido complicar lamentablemente la piedad de la gente sencilla. Mientras dejaban a un lado “las cosas más graves de la Ley: el justo juicio, la misericordia, la buena fe” (Mt 23,23).
Frente a tal postura, Jesús reclama la entrega del corazón. El cumplimiento  exterior de la Ley de ser siempre manifestación de una actitud interior. La Ley no es sino un instrumento jurídico, como consecuencia de la Alianza entre Dios y su pueblo. En realidad, es expresión clara de la santa voluntad de Dios; cuya aceptación  por parte del hombre es exigencia de la justicia. Es el hombre entero cuerpo y alma, materia y espíritu, quien ha de abrazarse con el cumplimiento generoso de esa voluntad de Dios. Su aceptación sin condiciones arranca de lo más íntimo de la persona, cuando ésta se mueve en plena libertad. Tal es la justicia, ésta es la piedad auténtica, esto lleva consigo la santidad evangélica.
Enunciando este principio, el maestro desciende a tomar tierra con sus oyentes en problemas concretos. En la lectura del día, aparecen cuatro: el crimen, el adulterio, el repudio de la mujer y la mentira. Problemas siempre actuales, mientras el mundo sea mundo y el hombre se sienta incitado por sus propios impulsos  a rehuir la aceptación del orden justo. La catequesis de Jesús es transparente, profunda, irrefutable para todo aquel que quiera acercarse con sencillez y humildad, u busque, sin condicionamientos previos, la entrada en el Reino de Dios. Os invito a meditarla durante toda la semana.

Cuatro problemas morales
El crimen: “Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás…Pero yo os digo…” Lo que dice Jesús con el lenguaje familiar a sus oyentes judíos, se traduce de esta forma: el odio al hermano es diametralmente opuesto a la voluntad del padre que está en los cielos; consiguientemente, contrario a la Ley. El cristiano ha de desterrarlo decididamente de su corazón, si quiere entrar en el Reino. Porque el odio es la raíz de todos los crímenes del mundo. Frente al odio, frente a las decisiones entre los hermanos, hay que instalar en el corazón el amor hacia todos los hombres, aunque sean nuestros enemigos.
El adulterio: También aquí va Jesús a la raíz. Cuando el corazón y la mirada no son limpios, el hombre es arrastrado por el egoísmo de sus propios instintos. Frente a los desórdenes del vicio y la rebeldía de su propia carne, el cristiano tiene que acogerse a las palabras de Jesús: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. Desde esta posición, se puede luchar con garantías contra el enemigo; que cuenta siempre con nuestra propia debilidad, y anda oculto en los escándalos con que tropezamos en nuestro camino.
El libelo de repudio: Era un expediente legal, con que la Ley mosaica mitigaba, --“por la dureza de vuestro corazón”, son palabras de Jesús a los fariseos- aquello que Dios había establecido desde el principio como norma de la vida matrimonial. El Maestro no dudó en proclamar; frente a la debilidad humana, la voluntad del Creador (Mt 19, 3-9: Dt 24, 1 ss.).  Ahora que el tema está puesto sobre el tapete, conviene a los cristianos escuchar en silencio la voz de Jesús: “El que se divorcie de su mujer, la induce al adulterio; y el que se case con la divorciada comete adulterio”.
Aquello otro del recurso fácil al juramento, para tapar con una cortina de humo piadoso el espíritu de la mentira. Para el Señor  no hay tapujos, ni valen fórmulas  sofisticadas. “A vosotros os basta decir: si o no”. En lenguaje coloquial, podemos traducir nosotros: “Al pan, pan y, al vino,  vino”. Porque lo que pasa de ahí – continua Jesús- “viene del maligno”.

            La sabiduría y el poder.
            “L Ley nos fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad se ha hecho por Jesucristo” (Jn 1,17). Lo afirma San Juan en el comienzo de su Evangelio. De ambas andamos necesitados, si es que queremos que nuestra justica sea mayor que la de los escribas y fariseos.
Necesitamos ante todo la sabiduría de Dios, que brota a raudales en estas catequesis de Jesús. De esa sabiduría se nos ha dicho hoy, con palabra del sabio: “Es inmensa la sabiduría del Señor”. Y el apóstol San Pablo nos ha recordado en su lectura del día, que esa sabiduría que nosotros, como maestros y catequistas enseñamos en nombre de Jesús, es una “sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria”. Tenemos que preferirla a las opiniones y enseñanzas de los sabios de este mundo.
Necesitamos así mismo del poder de Dios, que remedia todas nuestras flaquezas. Por la gracia de Jesucristo, somos partícipes de ese poder, para vencer  en toda la línea. Con ese poder y esa sabiduría, alcanzaremos “las profundidades del misterio de Dios” Y penetramos el misterio del corazón humano. Para que seamos auténticos discípulos y podamos proclamar en el mundo el Evangelio de Jesús.
Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén                 


ORACIÓN DEL DÍA

Oh Dios y Padre nuestro:
nos has mostrado en Jesús
lo que significa decirte Sí.
Que al mismo tiempo que nos unimos a Él por este sacrificio,
podamos decir Sí y hacer lo que nos importa,
que nuestro Si pueda ser
una fiel respuesta a tu amor
y a la gente que nos rodea.
Libéranos para servirte con toda nuestra vida
por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.




jueves, 2 de febrero de 2017

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO
DIA 5 DE FEBRERO.
“Sería, una desgracia para nosotros, en vez de ser luz, que nos contentáramos con ser candelero”


PRIMERA LECTURA
Isaías 58, 7-10
 Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo…

  SALMO RESPONSORIAL
Salmo 111

 El justo brilla en las tinieblas como una luz.

 SEGUNDA LECTURA
 1 Corintios 2, 1-5
Os he anunciado a Cristo crucificado

 EVANGELIO
Mateo 5, 13-16
 Vosotros sois la luz del mundo


                                               Comentario- Introducción
Jesús sigue hablando a quienes lo escuchan, sedientos de palabras de vida, hoy habla de luz, de sal, identificando a los oyentes, a los discípulos con la sal y con la luz. La sal que en el Imperio era como se pagaba a sus  trabajadores; la que daba sabor al pan y a la austera comida de cada día en la mesa del pobre, como único condimento. La luz del candil que en la noche servía para  verse y orientarse en medio de la oscuridad. Un pueblo de pescadores, la gran mayoría de sus convocados como apóstoles, lo eran, y   esos encendían hogueras en lo alto de las torres de vigía que levantaban en puntos destacados de las costas. Para faenar y pecar en la oscuridad. Nada de lo que escuchaban les era ajeno. Lo extrañó es la identificación que hacía con ellos. La identificación de sal y de luz que hace contigo y conmigo, ahora y en esta parte tan transcendental de la Historia para el cristiano, donde hemos de evangelizar, volver a anunciar el Evangelio de Jesucristo a los hombres de nuestra sociedad. Singular manera de acercarnos y acercar al Misterio de Cristo.
S. Berdonces


HOMILIA
Inmediatamente después de las Bienaventuranzas, ideal y norma de toda la vida cristiana, como os decía el domingo anterior, el evangelista San Mateo trae las palabras del Señor, que acabamos de oír en la proclamación del Santo Evangelio: “Vosotros sois la sal de la tierra…Vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5,13-16)
El mundo, la tierra que pisamos y los hombres con quienes convivimos, son el escenario, en el que el cristiano vive, se mueve y desarrolla toda su actividad. Dios ha creado al hombre ser sociable. Y nadie ha de salvarse aislado de sus hermanos. Se nos ha de pedir cuenta de ellos. No cabe duda de que, esta lección, tiene un manifiesto sentido apostólico.

Lo primero es “ser” y “estar”
En la actualidad, como tantas veces hemos dicho, la Iglesia tiene un quehacer primario en relación con el mundo actual. Primario y urgente: evangelizar; volver a anunciar el evangelio de Jesucristo a los hombres de nuestra sociedad, que se descristianiza por momentos y pierde el sentido de Dios.
Ahora bien, a la hora de acometer esta empresa, es necesario tener muy presente los comienzos. El Evangelio ha de ser predicado siempre como lo fue la primera vez. Puede darse el caso –de hecho suele darse con alguna frecuencia- de caer en desorientaciones lamentables. San Pablo recordaba en la carta a los fieles de Corinto cómo, al llegar la primera vez a ellos, para predicar el Evangelio , él dejó conscientemente a un lado toda retórica y toda elocuencia a lo humano, para anunciar lisa y llanamente  “a Jesucristo y este crucificado” (1Cor 2, 1-5).
Hoy se oye a muchos padres, que se tienen por buenos cristianos, lamentarse de que sus hijos andan desorientados, pasotas de la religión, alejados de toda práctica piadosa. No saben que hacer para evitarlo. Mas, habría que recordar a muchos de ellos que, antes de hacer, hay que “ser” y “estar”. Ser, en todo, ejemplo de vida cristiana para sus hijos, estar con ellos el mayor tiempo posible, para dialogar con ellos y quererlos. Muchos fallan en esto, y luego no saben qué hacer. Por mucho que hagan, la cosa tiene poco remedio.
También en el campo pastoral. Suele ponerse todo el interés a la hora de planificar y programar nuestras acciones. Echamos el resto en procurar los medios y abundante material. Pensamos en el poder de los medios de comunicación social. Damos importancia preferente al método y a las técnicas. Todo eso es razonable; con tal de que no se nos olvide que lo primero es el contenido de la evangelización y la catequesis. Antes de animar, de atraer, de interesar, de facilitar, hay que ser y estar. Estar con el rebaño, convivir con las ovejas, estar con los niños, con los jóvenes, con los pecadores, con los enfermos. El primer paso en pastoral es la presencia personal, junto a todos y cada uno de aquellos, que se nos han encomendado.


Vosotros sois
Pienso por todo esto que, en el contexto actual de nuestra vida moderna, tiene especial importancia escuchar a Jesucristo que, dirigiéndose hoy a nosotros, nos dice: “Vosotros sois…”Sí, vosotros “sois”. Como queriendo subrayar el verbo. Para hacernos caer en la cuenta dónde está el secreto para llevar a delante, y con eficacia, nuestra tarea; como cristianos, como colaboradores de Jesucristo y como apóstoles de su Evangelio.
“Vosotros sois la sal de la tierra”. Se trata, hermanos de salvar la vida moderna, no de condenarla. Se trata de sazonar la convivencia entre los hombres, con tanta frecuencia sosa, desagradable, insulsa e infecunda. Se trata de librar de la corrupción, de la podredumbre, toda esta cultura moderna que, en lo puramente material, tiene muchas cosas positivas. Se trata, en fin, de librar de su erosión, de su ruina, a este mundo moderno, tan afectado por las ambiciones de los hombres, de los intereses inconfesables, por el egoísmo maldito de las personas y de los grupos, que todo lo corrompe y lo deja infecundo.
“Vosotros sois la sal…y, si la sal se vuelve insípida, ¿quién la salará? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente”. Si nosotros, discípulos de Jesucristo, sacerdotes, religiosos, padres de familia, educadores, laicos en general, perdemos el sabor de las cosas de Dios, el sentido de lo sobrenatural, la gracia de nuestro  Señor Jesucristo, la misericordia, la bondad, el espíritu de justicia, la mansedumbre, el buen humor, la limpieza de vida…

            La luz.
            “Vosotros sois la luz del mundo”. Es ante todo un problema de luz. Porque, como escribió Juan en el Prólogo se su Evangelio: “en la palabra había vida y la vida era la luz de los hombres. Una luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la recibieron” (Jn 1, 4-5). Este drama, que fue realidad en la misma vida de Jesucristo y, luego, en la primitiva predicación del Evangelio al mundo judío y grecorromano, se repite también en nuestro mundo moderno con especial crudeza. A pesar de tantas luminarias, tanta ciencia, tantos conocimientos, a este mundo le va faltando la luz de arriba; aquella  luz interior, que nos hace ver las realidades últimas, transcendentes, sobrenaturales y definitivas, en cuya posesión consiste la vida eterna.
Aquel que dijo un día: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas; sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12), está aquí con nosotros y nos dice a ti y a mí: “Vosotros sois la luz del mundo”. Y nos advierte: “Yo no te he metido bajo celemín, sino que te he puesto sobre el candelero, para que alumbres a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos”. Sería, por supuesto, una desgracia para nosotros, en vez de ser luz, que nos contentáramos con ser candelero.
¡Ay hermanos! Si todos nosotros resplandeciésemos; si respondiéramos siempre al Señor, que nos invita y nos llama a practicar la misericordia, la justicia, la caridad con todos. “Entonces romperá tu luz como aurora, en seguida te brotará la carne sana, te abrirá camino la justicia, detrás de ti irá la gloria del Señor” (Is 58, 7-9). Lo hemos oído hoy mismo en la lectura del profeta. Y nosotros todos hemos cantado con el Salmista: “El justo brilla en las tinieblas como una luz” (Sal 111, 4).
Hermanos: todo menos dejarnos llevar del pesimismo. A pesar de todos los males que lamentamos, el cristiano ha de estar siempre alegre. La luz es la alegría. La sal pone gracia en la vida. Lo fundamental es que nuestra vida personal sea un claro testimonio del Evangelio de Jesucristo siempre y en todas partes. La salvación de nuestro mundo es cosa de Dios. Y Dios jamás falta a su cita.

Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén                 

ORACIÓN DEL DÍA

Oh Dios y Padre nuestro:
En estos signos de pan y vino tu Hijo se nos da como incomparable do,  como tu Siervo y como nuestro Cordero.
En este banquete de la eucaristía se nos  sirve  como nuestra bebida y alimento. Moldéanos, Padre, a su imagen y semejanza, que como él sepamos darnos totalmente a los hermanos que nos rodean,  y estar siempre dispuestos a perdonar, ayudar y servir, a alzar a los demás y a darles siempre ánimo.
Que seamos realmente hombres y mujeres en quienes vive Jesucristo,  Señor y Salvador nuestro por los siglos de los siglos.
Amén.