viernes, 31 de marzo de 2017

DOMINGO V DE CUAREMA
DIA 2 ABRIL.
¡La vida anuncia ya su victoria definitiva sobre la muerte, para librar a los hombres de su tiranía ”


PRIMERA LECTURA
Lectura del Profeta Ezequiel 37, 12-14.
Os infundiré mi espíritu y viviréis

SALMO RESPONSORIAL
Salmo 129

Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.

SEGUNDA LECTURA
Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 8, 8-11.
El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros


EVANGELIO
Lectura del santo Evangelio según San Juan 11, 1-45.
Yo soy la resurrección y la vida





Comentario- Introducción
La liturgia de hoy en general y la homilía en particular son una fuerte afirmación de nuestra fe en la resurrección, no sólo la de Jesús, sino también la nuestra propia. Jesús resucitó a Lázaro de entre los muertos; Jesús mismo resucitó de la muerte a la vida. Nuestra vida de resucitados comenzó en nuestro bautismo, y esta vida eterna tiene que crecer y seguir resucitando hasta después de nuestra muerte. Dios nos resucita. Jesús nos pregunta hoy: ¿Crees esto? Y nosotros respondemos con Marta: “Sí, Señor, yo creo”. Que esta eucaristía en la que vamos a participar sea el alimento de esa vida en nosotros.
De nuevo el pastor bueno de Jaén, deja atrás todo moralismo. para meterse de lleno en el apasionante misterio de la vida cristiana.
S. Berdonces


HOMILÍA
Nos acercamos, hermanos, a la celebración del Misterio Pascual de la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Es el mismo Señor quien nos viene pre-parando, durante toda la Cuaresma, para esa celebración anual, en la culmina la vida de la Iglesia. Esta debe de ser para nosotros la gran ocasión, para una profunda renovación de nuestra vida espiritual.
En los domingos anteriores, la lectura evangélica nos ha puesto ante los ojos el misterio de la vida cristiana, bajo imágenes, por las que Jesús, en su magisterio, manifestó predilección: el agua y la luz. “El que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed” (Jn 4, 14). “Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean y los que ven se queden ciegos” (Jn 9,39).
Hoy Jesús nos habla abiertamente de la vida: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre” (Jn 11, 25-26).




Testigos de la fidelidad de Dios
Del tema de la vida hablaba así mismo Ezequiel a sus compatriotas, cautivos con él en Babilonia, en los días más trágicos de toda la Historia de Israel.
Estaban ya bien lejanos los tiempos de Abrahán y de Moisés. Habían transcurrido, incluso, cuatrocientos años desde los días gloriosos del rey David. Como fruto de tantas y tan repetidas infidelidades del pueblo de Dios, le había llegado la hora del castigo: Jerusalén fue tomada al asalto, invadida y destruida por los ejércitos de Nabucodonosor; lo mejor de sus habitantes, deportados como esclavos, lejos de su patria.
Cuando todo era destrucción, ruínas, desolación y muerte; cuando todas las esperanzas se habían perdido, Dios envía su mensajero a los cautivos. Los profetas son siempre testigos de la fidelidad de Dios para con su pueblo: “Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío ; y os traeré a la tierra de Israel…Os infundiré mi espíritu y vivireis ; os colocaré en vuestra tierra, y sabreis que yo, el Señor, lo digo y lo hago (Ez 37,12-14).
Tanto este anuncio profético como su cumplimiento, cincuenta años más tarde, en la liberación de los cautivos y su vuelta a la patria, ern virtud del famoso edicto de Ciro, venían a ser, en definitiva, preparación y figura de la salvación de Dios para todos los pecadores del mundo. El Señor lo había dicho una y otra vez, por boca del profeta: “Por mi vida –oráculo del Señor- juro que no quiero la muerte del pecador, sino que cambie de conducta y viva” (Ez 33,11; 18,23)

En lucha constante
El misterio de la muerte y de la vida. Desde los comienzos del mundo, se mantiene la lucha entre la vida y la muerte. “Mors et vita duello conflixere mirando…” canta el texto latino de la espléndida Secuencia del día de Pascua: “Lucharon la muerte y la vida en admirable combate. Muerto el que es la Vida, triunfante se levanta”. Así canta la liturgia cristiana la victoria de la resurrección de Jesucristo. Mas, al principio no fue así: En Adán venció la muerte. Y en todos nosotros, sus hijos, esclavos del pecado.Ahora, contemplamos hoy a Jesucristo en su escenario litúrgico. También él vivía amenazado de muerte en sus enemigos. Al paso de la lectura evangélica lo vemos volver de su retiro, en la región desértica del Jordán, donde Juan había bautizado. Viene diciendo, pese a las advertencias de sus discípulos, consciente del peligro que corre su vida. Ha recibido un recado de Marta y María, las hermanas de Lázaro. “Señor, tu amigo está enfermo”.
Jesús, siempre tan humano, tan sensible a cualquier necesidad o desgracia. Amigo como nadie de sus amigos: “Amaba Jesús –anota el Evangelista- a Marta, a María su hermana y a Lázaro”. También ellos le querían, y Jesús gustaba hospedarse en su casa, en Betania, aldea cercana a la capital.

El último signo
No ha entrado Jesús aún en la aldea, cuando se produce el encuentro. Primero con Marta; luego con María y la multitud de amigos y curios . En el relato de Juan, hecho con admirable finura, se van sucediendo las palabras; la gran revelación por parte de Jesús : “Yo soy la resurrección y la vida…” Las de la fe en boca de Marta: “Sí, yo creo que tu eres el Mesías, el Hijo de Dios, que tenía que venir al mundo”.
Las palabras y el llanto de María, el de sus allegados, el de Jesús: “Jesús viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, sollozó. Y, muy conmovido, preguntó: ¿Dónde lo habéis enterrado? Le contestaron : Señor, ven a verlo. Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban : ¡Cómo lo quería!”
El llanto y los comentarios. También los anota el Evangelista: “Pero algunos dijeron: Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podría haber impedido que muriera éste?”
La acción culmina ante el sepulcro. Jesús se detiene unos momentos orando a su Padre. Luego llama al muerto con voz potente : “Lázaro, ven afuera”. Y, cuando, ante la admiración de todos los presentes, Lázaro sale del sepulcro, “los pies y las manos atadas, y la cara envuelta en el sudario”, Jesús les dice: “Desatadlo y dejadlo andar”. ¡La vida anuncia ya su victoria definitiva sobre la muerte, para librar a los hombres de su tiranía!

Relectura
Os invito, queridos hermanos, a releer vosotros mismos esta página admirable. El discípulo amado completa con ella el relato de “los signos” que hizo Jesús. Aquí la fe, y el amor y la esperanza tienen apoyo y sustento, materia grata a la contemplación, solo para avivar su llama . Si de verdad queréis al Señor y veros libres de agobio, de toda tristeza, de toda amargura – y no nos faltan motivos para ellas-, poned vuestros ojos en Jesús, ahora que él acude a su cita con la muerte, para vencerla y arrebatarle su imperio sobre el mundo.
¡Ah! Y tened siempre en cuenta las palabras del Apóstol: “El que no tiene el espíritu de Cristo, ése no es de Cristo. Si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justicia. Y, si el Espíritu de áquel que resucitó a Jesús entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó a Cristo de entre los muertos vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros” (Rom 8, 9-11).
No temamos a nada, ni a nadie; porque “del Señor viene La misericordia, la redención copiosa” (Sal 129,7).
Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén


ORACIÓN DEL DÍA
Oh Dios de vida:
Tú quieres que vivamos y seamos felices.
Tu Hijo Jesús nos asegura:
Yo soy la resurrección y la vida”.
No permitas que tu vida muera en nosotros.
Haz que salgamos de nuestras tumbas de pecado,
de nuestra mediocridad y de nuestros temores.
Que la vida triunfe en nosotros,
aun en nuestras pruebas e incertidumbres,
y haz que nuestra esperanza sea contagiosa para otros.
Gracias, porque tú nos has destinado para la vida sin fin
por medio del primer nacido de entre los muertos,
Jesucristo nuestro Señor.
Amén





viernes, 24 de marzo de 2017

DOMINGO IV DE CUAREMA
DIA 26 DE MARZO.
“Este ciego de nacimiento es figura de todo el género humano” (S. Agustín)


PRIMERA LECTURA
Samuel 16,6-7.10-13
Vete, por encargo mío, a Jesé, el de Belén, porque entre sus hijos me he elegido un rey.

  SALMO RESPONSORIAL
Salmo

 El  Señor es mi pastor, nada me falta.


 SEGUNDA LECTURA
 Efesios  5,8-14
Caminad como hijos de la luz –toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz–.

 EVANGELIO  
Juan  9,1.6-9.13-17.34-38
  Él dijo: «Creo, Señor.» Y se postró ante él.


                                               Comentario- Introducción
Celebramos el Cuarto Domingo de Cuaresma, denominado de “laetare” de la alegría, porque se quiere como anticipar el gozo de la Pascua, en medio de la cuaresma, ahora en el camino de la Pascua  a la que nos encaminamos. Hoy incluso la liturgia cambia de color y en la celebración se puede utilizar el color rosa, como anticipo al blanco de la Pascua. Hoy el Señor se presenta como Luz del mundo que ha venido a iluminar las tinieblas de nuestro corazón. Escucharemos el relato de la curación del ciego, en el que podremos contemplar cómo Cristo va progresivamente, al tiempo que da la vista al ciego, curando la ceguera interior de éste. En la medida en que uno se abre con humildad a la Luz, ella es capaz de realizar el gran milagro de la fe que nos hace postrarnos ante Dios y reconocerle como Dueño y Señor de nuestra vida.
S. Berdonces

HOMILIA
La primera de las lecturas, que hoy se han hecho, me recuerda mis reacciones de niño, cuando en la casa y en la escuela oía leer o comentar este pasaje. Pocas figuras despertaban en mi tanta simpatía, tal entusiasmo, como David, el pastor de ovejas, a quien  el profeta Samuel, pro mandato del Señor, ungió como rey de Israel, en presencia de su padre y sus hermanos, todos mayores que él.
Ahora, al cabo de los años, me ocurre algo parecido cada vez que contemplo junto a Jesús a este ciego de nacimiento, a quien el Señor dio la luz de sus ojos. Para mí, ésta es una de las páginas más atrayentes de todo el Evangelio. Comentándola en su tiempo  a los cristianos, en presencia de los catecúmenos que se preparaban para recibir el bautismo, en la gran Vigilia Pascual. San Agustín empezaba diciendo: “Larga ha sido la lectura del ciego de nacimiento, al cual el Señor devolvió la vista; y, si tratásemos de explicarla toda, considerando todos los detalles según nuestro alcance, no nos bastaría el día”.
 A nosotros – como a él- nos interesa sobre todo la consideración del misterio del ciego. “Este ciego de nacimiento es figura de todo el género humano”, afirmaba San Agustín en su Homilía.

El hombre redimido
Es posible – pienso yo –que toda esta simpatía que despierta la figura del ciego, tal como aparece  en el relato de Juan, tenga su secreto en esta genial afirmación del “Doctor de la gracia”. Aun sin pensarlo expresamente, cada uno de nosotros, incorporados a Jesucristo por la fe y el bautismo, nos vemos representados en él, Porque ciegos éramos todos; en pecado hemos nacido. La pregunta de sus discípulos al Maestro, a vista del ciego, suponía ignorancia. Con todo, no estaba tan desorientada: ¿Quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?”.
“Ni éste pecó ni sus padres, sino que se manifestarán en él las obras de Dios” les dijo Jesús. Obras admirables eran, en efecto, los milagros, todas aquellas curaciones de las que hablan los Evangelios.

Humanismo sin fe
Necesitamos mantener viva en nosotros, proclamar cada día con mayor empeño ante los hombres, educar en ella a nuestros hijos, esta visión cristiana del hombre y del mundo, frente a la ideología que quiere dominar el mundo. Inmersos cómo andamos en ambientes fuertemente influidos por los humanismos sin fe, nuestro más grave peligro está en perder de vista este horizonte sobrenatural de la gracia, que nos ha sido revelado en el Evangelio de nuestra salvación. Hay que hacer todos los días un gran esfuerzo de interiorización, y pararnos a contemplar en nosotros mismos esa realidad de lo humano, con todas sus luces y sombras.
Hay un concepto radicalmente inhumano del hombre. Es fruto de sistemas filosóficos, para los que el fenómeno humano no es sino un grado más perfecto en las variadas u ascendentes combinaciones de la pura materia. Determinados científicos, amantes de la sociología, no encuentran diferencia esencial entre la realidad del hombre y la del resto de los seres que integran la universalidad del cosmos. En tales sistemas, la vida del hombre, de suyo, carece de sentido; ni tiene otra función que la de crecer, alimentarse, gozar, reproducirse y morir.
Junto con esta visión puramente material de la vida humana, figura los diversos humanismos modernos, que no acaban de ponerse de acuerdo sobre algo tan importante como el sentido de la vida. Sólo convienen en una cosa: negar la transcendencia o, al menos, prescindir de todo aquello que transciende el mundo sensible, a la hora de organizar la actividad humana. De tal manera quieren situar al hombre en el centro, que marginan por sistema a Dios.
Para el humanismo cristiano, también el hombre está en el centro de la creación. Pero empieza por reconocer que el hombre es obra del Creador La más perfecta, la más hermosa del orden visible. Todo está ordenado al hombre, con tal de que el hombre centre su corazón en Dios. Y, porque el hombre no fue fiel a su vocación, Dios envió a su Hijo al mundo, para “recapitular en Cristo todas las cosas, las del cielo y las de la tierra” (Ef 1,10). Dios se hizo hombre, para salvar al hombre. El Papa Juan Pablo II en su carta Encíclica Redemptor hominis dice: “El Redentor del hombre, Jesucristo, es el centro del cosmos y de la historia”.

            Meditación  cuaresmal
            La cuaresma nos ayuda con su liturgia a profundizar en el misterio redentor. Nos invita a contemplar a Jesús, en diálogo con determinadas personas, con quienes se encontró en los años de su ministerio público: Simón Pedro y sus amigos, Nicodemo, la Samaritana, el ciego de nacimiento, Lázaro y sus hermanas…
Por mi parte, os invito a releer despacio y meditar, durante esta semana, el pasaje que estamos comentando. Fijaos en esos grupos humanos que rodean al ciego, que le acosan con preguntas, a propósito de su curación admirable, También ellos nos ayudan a ver nuestra propia realidad.
Primero, los vecinos curiosos. Comentan entre ellos, discuten, preguntan; andan sorprendidos, desorientados. Unos dice: “Sí, es el mismo”. Otros: “No es él, pero se le parece”. Juan Evangelista es único para presentarnos esos cuadros. La ignorancia humana siempre será grande; sobre todo a la hora de conocer a los hombres y sus reacciones. Pero lo más lamentable es la desorientación de muchos, incluso entre aquellos que se precian de conocer a los hombres.
Luego los padres del ciego, acosados por las preguntas de los fariseos. El miedo a caer en su desgracia y encontrarse con problemas, les lleva a refugiarse en la evasiva. Contestan: “Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos, no quién le ha abierto los ojos. Preguntádselo a él; ya es mayor y puede explicarse”.
Finalmente los enemigos de Jesús. Una y otra vez vuelven a la carga, intentando negar la evidencia. En su soberbia egoísta, acaban maldiciendo al ciego y condenan a Jesús. Pero Jesús los condenó a ellos: “Para un juicio he venido yo al mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, queden ciegos”.
Hermanos: la ignorancia, la desorientación, el miedo, la soberbia, el odio manifiesto…Todo eso, en contraste con la fe del ciego y la serenidad de Jesús. Escuchemos de nuevo al Apóstol: “En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz”.


Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén           


ORACIÓN DEL DÍA

Oh  Dios, que, por tu Verbo, realizas de modo admirable la reconciliación del género humano, haz que el pueblo cristiano se apresure, con fe gozosa y entrega diligente, a celebrar las próximas fiestas pascuales.
Por nuestro Señor Jesucristo
Amén.




domingo, 19 de marzo de 2017

DOMINGO III DE CUAREMA
DIA 19 DE MARZO.
“El amor en caridad, que consiste en darse por entero, sin esperar correspondencia alguna”


PRIMERA LECTURA
Éxodo 17,3-7
¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?

  SALMO RESPONSORIAL
Salmo 94

 Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor:
«No endurezcáis vuestro corazón.»


 SEGUNDA LECTURA
 Romanos 5,1-2.5-8:
La esperanza no defrauda.

 EVANGELIO
Juan 4, 5-42
   Jesús le dice a la samaritana: Dame de beber.


                                               Comentario- Introducción
La homilía de este domingo se fija en una escena central. La escena de la samaritana y Jesús  es cautivadora. Cansado del camino, Jesús se sienta junto al manantial de Jacob. Pronto llega una mujer a sacar agua. Pertenece a un pueblo semipagano, despreciado por los judíos. Con toda espontaneidad, Jesús inicia el diálogo con ella. No sabe mirar a nadie con desprecio, sino con ternura grande. «Mujer, dame de beber».
 Con singular maestría la homilía nos pone por delante la realidad, nuestra realidad. No solo la espiritual, sino también la material. Son muchas las personas que, a lo largo de estos años, se han ido alejando de Dios sin apenas advertir lo que realmente estaba ocurriendo en su interior. Hoy Dios les resulta un «ser extraño». Todo lo que está relacionado con él les parece vacío y sin sentido: un mundo infantil cada vez más lejano.
La homilía de este domingo parece escrita hoy, para que la leamos y meditemos y actuemos en consecuencia.
S. Berdonces


HOMILIA
Anoche me regalaron un ramo de flores. Lo enviaban un grupo numerosos de mujeres buenas. En la carta que acompañaban, escribieron: “Cada clavel significa una oración por sus preocupaciones e intenciones”
Finas ellas, las mujeres, acaso adivinaban mi preocupación. Dedicadas como aquellas que siguieron de cerca a Jesús (Lc 8,2-3), también “decirlo con flores”.
Su mensaje llegó precisamente cuando yo andaba meditando que diría hoy en la homilía. Le daba vueltas en mi cabeza a aquella salida de San Agustín, al comentar este mismo pasaje evangélico de hoy: “Iam incipiunt mysteria”, decía el santo. “Ya empiezan los misterios. No se fatiga sin razón Jesús (Tract. In  Io. XV,6) La flores me dieron luz. Me decidí. Estad atentos cuantos no seáis insensibles al amor.




La sed de Jesucristo
Dijo Jesús a la mujer samaritana: “Dame de beber”. Porque Jesús tenía sed en aquella ocasión. No, no adelantamos acontecimientos; no seamos demasiado espirituales. Ya sé que hay otra sed más importante, Y que Jesús la tiene. Mas, ésta de ahora no es una sed espiritual, sino material y fisiológica. Había caminado durante largo rato. Era alrededor del mediodía y debían ser los comienzos del verano. Llegó al pozo de Jacob polvoriento y sudoroso. Tenía sed. Es claro que está sediento.
También en otra ocasión manifestó Jesús que tenía sed. Era una sed ardiente, producida por el sufrimiento y por la fiebre. Nos lo cuenta San Juan en el Evangelio, al narrar la muerte de Jesucristo. Estaba el Señor agonizante en la cruz. Próximo a expirar, dijo: “Tengo sed”. Le dieron a beber vinagre en una esponja. “Luego dijo: Todo se ha cumplido”. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu” (Jn 19, 28-30).
Me dirás: En todo esto no hay misterio alguno; todo es bien natural y corriente. Si venía cansado del camino, sudoroso y en medio de un día de calor, debía sentir sed.  Y aquella sed ardiente de la cruz  es perfectamente explicable, como en el caso de cualquier otro moribundo en tales circunstancias. Todo esto es bien natural. ¿Dónde están los misterios?...Espera un poco.

En qué consiste el amor
San Juan ha escrito en su carta: En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero, y nos envió a su Hijo, como propiciación por nuestros pecados” (1Jn 4,10). Y San Pablo nos acaba de decir en su lectura: “La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nuestros pecados (Rom 5,8).
Ahora lo puedes entender… ¿Por qué tenía que padecer sed? ¿Por qué Jesús había de cansarse? ¿Qué necesidad tenía de meterse por los caminos del mundo? ¿Qué provecho se le seguía de vivir entre nosotros, experimentar nuestras fatigas, pasar hambre y sed, y cansancio? ¿Qué busca el Señor con todo eso…? ¿Lo entiendes ya? ¿Ves porque te decía yo todo esto es un misterio de amor?…
“Dios nos amó primero”. Jesús se somete a la fatiga y al dolor. Se cansa, se fatiga sin necesidad alguna. Sólo por hacernos bien; por librarnos de nuestros pecados de nuestras fatigas y miserias. Quiere redimir al hombre con sus dolores, con sus fatigas, con su sed. Este es el misterio.

Duro contraste
Ahora, ya es necesario recordar que, a más de esa sed material, hay otra sed mucho más ardiente en Jesús. Atendamos las lecturas.
El pueblo de Israel, en el desierto, rebelde contra Moisés y cansado, protestaba porque tenía sed. Llegó hasta tentar a Dios: “Vamos a ver ahora si Dios está con nosotros o no” (Ex 17,7). El Señor condescendió. A pesar de todo, respondió a la de manda de su pueblo. Hizo brotar de la roca un torrente de agua, para que todos bebieran. El pueblo pide. Y Dios responde.
En el caso de la mujer samaritana es todo lo contrario. Jesús le dice: “Dame de beber, y la mujer se niega: se niega en virtud de razones religiosas incluso: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy mujer samaritana?”.
He aquí el contraste: El pueblo pide; pides tú, pido yo. Y Dios nos da. Pide Jesús. Te niegas tú. Y me niego yo. Otra vez nos encontramos con el misterio, Es aquí donde hay que situar la razón profunda por la que Jesús se cansa, tiene sed y se fatiga entre nosotros. Precisamente cuando éramos pecadores, cuando nada esperaba de nosotros, ni había en nosotros cosa amable, es cuando se entrega con el deseo ardiente de hacernos bien. Este es precisamente el amor. Es ésta y no otra la sed misteriosa de Jesucristo.

Hambrientos y hastiados
Pienso, hermanos, que el pueblo del desierto se parece bastante a las gentes de tiempos pasados. Representan a los hombres de otras épocas, que eran religiosas. Se acordaban de Dios y expresaban frecuentemente su fe. Aunque por otra parte, pecaban fuertemente. Hasta blasfemaban y tentaban a Dios en sus mismas oraciones.
Nuestra situación va siendo otra. Nos lo recuerda mejor la mujer de Samaría, en su encuentro con Jesús. Andaba un tanto olvidada de Dios¸ pero seguía hambrienta de amor y de placer. “Anda, llama a tu marido y vuelve aquí con él”, le dijo Jesús. “Ella respondió: No tengo marido. Y Jesús: Has dicho bien que no tienes marido. Porque has tenido cinco, y el que ahora tienes no es tu marido”. ¡Pobre mujer! Hambrienta de amor, hastiada de placer. Desengañada en su propia experiencia de lo que el mundo da de sí. La presentimos en sus idas y venidas hasta el pozo, maquinalmente llevada por la necesidad de cada día; pero hastiada y sin ilusión.
Apelo a los jóvenes y a su propia experiencia. No a los que son incrédulos y han llegado a un egoísmo descarado. Sino aquellos que, a pesar de todo, siguen creyendo en el amor. Hambrientos y hastiados a un mismo tiempo. Buscas algo que te llene; pides con ilusión que te correspondan. Lo exiges. Pero el mundo está demasiado materializado. Y te quejas. Todo es injusto, todo es egoísmo. Así se llega a la actitud de protesta y de cansancio ante un mundo, cuyo mal más generalizado es el aburrimiento y el hastío.
Decía Jesús a la mujer: “Si conocieras el don de Dios…”  Lo peor de todo es la ignorancia. El no conocer el camino verdadero, la única salida del problema.

Solo el amor de Dios salva
El camino es otro. El camino único es el amor de Dios. Aquel amor con que él mismo  nos ama y pone, con su Espíritu, en nuestro corazón. El amor de caridad, que no puede confundirse con ningún otro. Que no consiste en dar para recibir; que no exige para ser correspondido…Sino en dar y darse por entero, sin esperar correspondencia alguna.
Por eso, porque el amor humano es incapaz de alcanzar esta actitud, no hay otro camino sino el de recurrir al Señor. Él nos dice hoy: “Si conocieras el don de Dios y quien es el que te dice: Dame de beber, tú le pedirías a él y él te daría agua viva”. En el bautismo, Dios puso su Espíritu en nosotros. Derramó en nuestros corazones el agua viva de su amor. Pero nos pide continuamente  que le atendamos y abramos nuestro corazón, para que su Espíritu derrame en nosotros nuevas efusiones de su gracia.
En el desierto, junto al agua de la roca, el pueblo recibió el alimento diario que bajaba del cielo: el “maná”. Ahora nos alimenta con su cuerpo y con su sangre. Abramos hermanos, nuestro corazón. Si se lo pedimos, él nos dará esa agua viva. Y se hará en nosotros “una fuente de agua viva, que salta hasta la vida eterna”.

Miguel Peinado.
        Que fue Obispo de Jaén        


ORACIÓN DEL DÍA

BENDITO SEAS SAN JOSE

¡Bendito seas San José,
que fuiste testigo de la Gloria de Dios en la tierra.
Bendito sea el Padre Eterno que te escogió.
Bendito sea el Hijo que te amó
y el Espíritu Santo que te santificó.
Bendita sea María que te amó!

Amén.




sábado, 11 de marzo de 2017

DOMINGO II DE CUAREMA
DIA 12 DE MARZO.
“La cruz es el camino de la gloria”


PRIMERA LECTURA
Génesis 12, 1-4
Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo.

  SALMO RESPONSORIAL
Salmo 32

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.


 SEGUNDA LECTURA
 2 Timoteo 1,8-10
Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios.

 EVANGELIO
Mateo 17, 1-9
 Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta.   

Comentario- Introducción
Vamos caminando con Jesús hacia Jerusalén y en medio, este segundo domingo, llegamos el  monte Tabor. Hoy los relatos bíblicos se fijan en la “gloria” de Dios que se manifiesta en la creación, en el don de la vida cristiana, en la transfiguración.  Todo lo de este domingo es una imagen, como un signo  que nos traslada a la verdadera gloria de Dios es en la persona de Cristo, resplandor de la gloria del Padre, que un día al final de los tiempos, vendrá con gloria y majestad a juzgar y salvar. La gran catequesis de la homilía de este domingo es que Cristo ha ascendido a la gloria de los cielos, donde vive glorificado, después de la pasión. Por eso el monte Tabor es la premonición del nuevo Sinaí. Pero el monte de la Transfiguración hace referencia también al Calvario. Son dos cimas de glorificación, a las que hay que ascender. Quien quiera contemplar, como Pedro, Santiago y Juan, la gloria de Dios, tiene que subir como Cristo al Calvario de la fidelidad y de la entrega.
No cabe duda, la cruz es el camino de la gloria para el cristiano, que conduce a la gloria de la resurrección.
S. Berdonces

HOMILIA
“Dios amó al mundo de tal manera, que entregó a su Hijo Unigénito, para que el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16).
La fe cristiana, queridos hermanos es un don sobrenatural y enteramente gratuito de Dios; pero exige de nosotros apertura de corazón para aceptar sin condiciones su Palabra. Y esa apertura – reconozcámoslo- tropieza en nosotros con serias dificultades.
La Cuaresma está encaminada a ayudarnos a superar esas dificultades, de manera que, compenetrados en todo con Jesucristo, vivimos plenamente la vida cristiana. El misterio de la Transfiguración del Señor, en un momento crucial de su ministerio profético, nos ayuda a ver cómo, en el caso de los primeros discípulos, el Señor les ayudó a superarlas y a compenetrarse con el Maestro.

Doble tropiezo para la fe
Si leemos con atención los Evangelios, nos daremos cuenta de que los primeros discípulos de Jesucristo, en concreto los Doce, hubieron que recorrer con su Maestro un largo camino hasta llegar a penetrar en el misterio de su persona. Frente a la oposición sistemática de los escribas y fariseos, que eran la parte más observante de la Ley, dirigentes del pueblo judío, y a la veleidad y distintas opiniones de la gente, ellos llegaron a la convicción de que Jesús no sólo era un profeta, sino el Mesías enviado por Dios para obrar la salvación.
Seis días hacía tan solo que, en Cesarea de Filipo, estando a solas con sus discípulos, abordó con ellos este tema fundamental para la fe cristiana. Después de oír de sus labios las diferentes opiniones acerca de su persona, les hizo esta pregunta: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Fue Simón Pedro quien se adelantó a responder: “Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 13-16).
Era un primer paso. Había que afianzar esta convicción para seguir adelante. A partir de entonces Jesús empezó a revelarles cuál era en concreto el plan de Dios para que el Mesías llevara a cabo la obra de la salvación: su pasión y muerte en cruz, seguida de la resurrección.  Pero esto ya era demasiado para la fe incipiente de aquellos... Su formación religiosa  no resistía la grandeza del misterio. Y niño el rechazo, empezando por el mismo Pedro, que trató de disuadir a Jesús. Ellos aceptaban, sí, a Jesucristo como Mesías verdadero; pero no podían aceptar que la salvación de Dios hubiera de realizarse por medio de la muerte y de la cruz. Rechazaban que, precisamente su Maestro, hubiera de triunfar de todos sus enemigos con su muerte, para darnos la vida.

El  testimonio de Dios
¿Cómo se venció aquella resistencia?...Fue entonces cuando “Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y se los llevó aparte a una montaña alta” (Mt 7, 1-9) Y, mientras oraba, “se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con Él”.
Moisés y Elías, la Ley y los Profetas, sintetizaban toda la historia de Israel. Junto a Jesucristo transfigurado, venían a ser para aquellos tres discípulos, admirados de la gloria de Dios en Jesucristo, testimonio de que el Maestro era el enviado de Dios, para realizar la obra de la salvación. Ellos, educados en la mentalidad judía, podían entender el alcance de la presencia de aquellos dos personajes gloriosos junto a Jesucristo.
Pero hubo más: una vez que Pedro mostró su entusiasmo y su deseo de quedarse en aquella montaña para siempre, Dios mismo habló desde el cielo. “Todavía estaba hablando Pedro, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra. Y una voz desde la nube decía: “Este mi hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadle”.
Con lo primero, el Padre confirmaba la fe de Pedro manifestada en su confesión reciente en Cesarea de Filipo. Y llevaba a plena luz el misterio de la persona de Jesús: “Este es mi Hijo”. Con lo segundo, salía al paso de la dificultad para aceptar el plan salvador de Dios, tal como Jesús lo había revelado en aquellos días. “Escuchadle”. No rechacéis sus palabras, aceptadlas sin miedo. Aunque, para vosotros resulte difícil entenderlo, la cruz y la muerte de mi Hijo son el camino para la felicidad y la vida.

            Testigos de su gloria.
            Hermanos: Dios acude siempre en nuestra ayuda para que podamos superar todas las dificultades que la fe debe vencer. En este caso, además, quiso confortar a los tres discípulos con la visión anticipada de la gloria de la resurrección. Puso ante sus ojos la realidad de esa gloria, en  la participaremos, en virtud de su muerte y resurrección, cuantos aceptemos sinceramente a Jesucristo y nos compenetremos con él.
Pedro, Santiago y Juan habían de ser testigos privilegiados de todo ello, una vez que el plan de la redención se realizara en todos sus puntos. De momento deberían guardar silencio. Así se lo dijo Jesús al najar de la montaña. Pero ya, desde ahora, estarán preparados para superar la prueba de la cruz y poder proclamar el
Evangelio de la salvación de Dios, frente a las opiniones y a toda la oposición del mundo.
Cuando, más tarde, Pedro quiera confirmar la fe de los primeros cristianos con su segunda Carta, les hablará de la gloria de Jesucristo, diciéndoles como él había sido testigo presencial de su grandeza: “Él recibió de Dios – les decía- honra y gloria- cuando, desde la sublime gloria, le llegó aquella voz singular: “Este es mi Hijo, a quien yo quiero, mi predilecto... Esta voz la oímos nosotros, estamos con él en la montaña sagrada” (2 Pe 1, 16-18). El recuerdo de la transfiguración había quedado grabado en su corazón para siempre.
Testigos valientes del Evangelio, aquellos discípulos acabarían por aceptar con todas sus consecuencias el plan salvador de Dios, realizado en Jesucristo. Y lo abrazarían  para sí mismos, para testimoniar con su propia sangre que la cruz es el camino de la gloria.  Tal es la fe cristiana, cuando acaban de superarse en nosotros los temores y todos los obstáculos.

Sabia pedagogía
Pienso, hermanos, que es ésta una gran lección para nosotros que, en nuestra debilidad, nos resistimos  a abrazarnos de una vez con la cruz de Jesucristo. La liturgia de la Cuaresma pone bien de manifiesto la altísima pedagogía de la Santa Madre Iglesia, atenta siempre a la educación de sus hijos en la fe cristiana. No rechacemos su magisterio; meditemos sus lecciones en este santo tiempo, tan propicio a la práctica de la oración y del vencimiento propio. Para que, superadas en nosotros todas las resistencias, nos entreguemos generosamente a Jesucristo, para cumplir en todo la santa voluntad de Dios.
Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén           

ORACIÓN DEL DÍA

 Señor Dios, Padre amoroso, en tu Hijo Jesús nos has enseñado cómo deberíamos buscar y cumplir tu amorosa voluntad.
Disponnos a responder a tu amor desde lo profundo de nuestro corazón, y siendo fieles a ti en todo lo que hacemos.
Haznos respetuosos con los otros y atentos a las necesidades de la gente, incluso cuando permanecen indiferentes o sin agradecimiento de manera que ayudemos a expulsar el mal de este mundo y traer tu amor y misericordia.

Te lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor.  Amén.


sábado, 4 de marzo de 2017

DOMINGO I DE CUARESMA
DIA 5 DE MARZO.
“Cuando un hombre ha puesto a Dios en el centro de su vida…el amor echa fuera el temor”


PRIMERA LECTURA
Génesis 2, 7-9; 3, 1-7
 Entonces se les abrieron los ojos a los dos y se dieron cuenta de que estaban desnudos.           

  SALMO RESPONSORIAL
Salmo 50

 Misericordia, Señor, hemos pecado.

 SEGUNDA LECTURA
 Romanos 5, 12-19
Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia.

 EVANGELIO
Mateo 4, 1-11
En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado.


                                               Comentario- Introducción
La creación, el lugar privilegiado del hombre y el pecado, todo transcurre en un mismo escenario, todo tiene lugar en lo más profundo del corazón del hombre.
 Nos relata la homilía de este primer domingo de cuaresma la actitud del Jesús, contraponiéndola a la de Adán y Eva, actitud que ha de ser también la del cristiano. La plena confianza en Dios. Sabiendo que Él educa en el desierto, es decir en la dificultad, en el olvido de los que más queremos, en el silencio, en el desprecio, en la enfermedad…” cuando se ha decidido a abrazarse con las humillaciones y la pobreza, “el amor echa fuera el temor”, para manifestarse con toda su fuerza y belleza, en aras del Reino de Dios”.
S. Berdonces
HOMILIA
Imaginamos a un niño de tres años sin padre ni madre, sin hermanos, en un mundo sin compasión para su desgracia; abandonado a su soledad, expuesto a todas las inclemencias y peligros, hambriento, desnudo …Tal es y, sin comparación, mucho mayor la desgracia la situación del hombre si Dios. Todavía el niño no tiene culpa de sus males, el hombre que conscientemente prescinde de Dios, sí.
El olvido de Dios es el mayor de todos los pecados, la más lamentable de todas las miserias, la raíz primera de todas las injusticias. Porque el hombre, “creado por Dios por amor, debe su conservación a  ese mismo amor, y no vive de verdad si no reconoce libremente ese amor y esa entrega a su Creador” (GS 19).
La frase con que termina la primera lectura de hoy es genial. Cuenta el amor del relato del pecado primero, la conducta del varón y de la mujer frente al mandato  divino. Y añade: “Entonces se les abrieron los ojos a los dos y se dieron cuenta de que estaban desnudos” (Gen 3,7). No se podía pintar con mayor realismo, en la ingenuidad del lenguaje primitivo, la miseria interior y exterior del hombre, una vez rota por el pecado la amistad que Dios le ofrecía.

Formas varias de ateísmo.
“El ateísmo es uno de los fenómenos más graves de nuestro tiempo y debe ser sometido a un  examen especialmente atento” (GS). Así lo declararon los padres del Concilio Vaticano II. Y añadieron: “Con la palabra ateísmo se designan fenómenos de muy diversa índole”.
Efectivamente, son  muy variadas las formas en que se manifiesta actualmente este mal. Desde aquellos que niegan abiertamente la existencia de Dios, hasta los que, con afectada indiferencia, escriben en el colmo de la pedantería: “Si Dios existe, ése es su problema”. Desde cuantos han perdido todo el interés por lo religioso, hasta planifican campañas satánicas para arrancar la idea de Dios del corazón de los niños y adolescentes. Desde los que se confiesa creyentes, pero no se acuerdan de Dios más que en determinadas ocasiones y con determinado interés. Hasta los piadosos que, en sus relaciones con el mundo, dejan a un lado la verdad de Dios y las exigencias de su justicia.
Son así mismo varias las causas que influyen en la génesis del ateísmo. “Sin duda –advierten los pastores- no están libres de culpa los que se esfuerzan por alejar a Dios de su corazón y evitar la problemática religiosa, porque no siguen el dictamen de su conciencia; pero los mismos creyentes, con frecuencia, tienen en esto su parte de responsabilidad…en vez de revelar el rostro auténtico de Dios y de la religión, más bien lo velan” (GS 19).
Reconozcamos, hermanos, que, de alguna forma, todos entramos a la parte en esta epidemia general, que es el ateísmo contemporáneo. Y es precisamente éste nuestro gran pecado.

Modelo de hombre
Par remediar la probable dosis de ateísmo que puede haber en cada uno de nosotros, para llenar nuestros vacíos de Dios y convertir nuestra vida en valioso testimonio de fe cristiana, la Madre Iglesia nos invita a entrar generosamente por los caminos austeros y luminosos de la Cuaresma.
Y, como realidad el único camino es Jesucristo, ya donde la primera escena que inicia el drama de su vida pública, nos presenta su figura en la soledad del desierto, la estampa cumplida del más sano humanismo. Acepta la prueba en el momento de iniciar la misión entre los hombres. “En aquel tiempo, dice el Evangelio, Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo. Se le acercó el tentador y le dijo: “Si eres el Hijo de Dios…” Podríamos detenernos con provecho en las consideraciones de estas tentaciones, tal como fueron puestas a Jesús. Los comentaristas coinciden en afirmar que fueron el intento, hecho con toda astucia, de meter a Jesús, el nuevo profeta, por los caminos de un mesianismo político de acuerdo con la mentalidad judía de su tiempo; tan de actualidad en los diversos grupos de nuestro seno de la Iglesia. Pero creo más útil ahora contemplar la figura de Jesús a la luz de sus respuestas.

            Las respuestas
Le dijo el tentador: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes”. Respuesta de Jesús: “Está escrito: No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Jesús se remite con absoluta y total confianza providencia del padre celestial, que sabe alimentar a sus hijos aún en el desierto. Sus palabras evocan una larga historia: la que Israel, que salió de la esclavitud de Egipto y, precisamente en el desierto, fue educado por Dios para la confianza y la fidelidad. Aunque luego fuera infiel a su a Alianza.
Judío cien por cien, hombre que siente hambre al cabo de un largo ayuno de cuarenta días con sus cuarenta noches, la actitud de Jesús se nos muestra aquí perfectamente centrado en Dios. Con ella quedan curadas todas las infidelidades, todas las apostasías de Israel. La Historia del Pueblo de Israel en el antiguo Testamento culmina en su respuesta.
“Tírate de aquí abajo…” También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios. En esta otra respuesta se pone de manifiesto la inefable serenidad de alma de Jesús, su noble firmeza, su profunda serenidad ante la vida. Él es consciente de su misión y de la actitud que corresponde al hombre en sus relaciones con Dios. Nada de soluciones fáciles, nada de ligerezas, nada de eludir la propia responsabilidad ante las situaciones duras, cuando anda por media la santa voluntad del padre y el respeto a sus planes de salvación.
Los hombres solemos meternos alegremente por los caminos del protagonismo político y religioso. Jesús, jamás.

Reacción del amor
Y llegamos al salto definitivo. Dios lo es todo para Jesús. El diablo le muestra todos los reinos del mundo con todo su esplendor  y le dice: “Todo esto te daré…” la reacción surge rapidísima: “Vete, Satanás, que está escrito: Al Señor tu Dios adorarás y solo a Él darás culto”. Es la reacción del amor, en sus más vivos reflejos, frente al intento de separarlo de la persona amada; en este caso, “el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo”.
Cuando un hombre ha puesto a Dios en el centro de su vida y, para ello, ha renunciado a todas sus ventajas; cuando prefiere la libertad de los hijos de Dios a todas sus marrullerías, a los servilismos, a las estratagemas que suelen organizarse en las trastiendas del mundo; cuando se ha decidido a abrazarse con las humillaciones y la pobreza, “el amor echa fuera el temor”, para manifestarse con toda su fuerza y belleza, en aras del Reino de Dios.
Jesús ha vencido al enemigo en toda su línea; está dispuesto a realizar en el mundo la misión que le ha encomendado el padre en beneficio de todos sus hermanos. Ahí queda en alto su ejemplo de religiosidad y limpieza, a vista de corazones sencillos, de corazones valientes, de espíritus nobles y generosos.
Hermanos queridos: Que este ejemplo nos lleve hacia una conversión sincera del nuestro; sea medicina que cure nuestro ateísmo y nuestros olvidos. Así, iluminados por el Evangelio, nos podremos en pie cada día cada mañana para empezar nuestra jornada con esta confesión: “Creo en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra…” Centrados así en Jesucristo en Dios, podemos lanzarnos con Él, cada día, a las santas, silenciosas y nobles batallas del amor.
Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén           


ORACIÓN DEL DÍA

Oremos unos por otros, con la oración que Jesús nos enseñó, para que, participando de la victoria de Cristo, sepamos abrir nuestras puertas a los débiles y a los pobres. Entonces viviremos y daremos un testimonio pleno de la alegría de la Pascua. (Papa Francisco. Cuaresma 2017)