sábado, 11 de marzo de 2017

DOMINGO II DE CUAREMA
DIA 12 DE MARZO.
“La cruz es el camino de la gloria”


PRIMERA LECTURA
Génesis 12, 1-4
Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo.

  SALMO RESPONSORIAL
Salmo 32

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.


 SEGUNDA LECTURA
 2 Timoteo 1,8-10
Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios.

 EVANGELIO
Mateo 17, 1-9
 Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta.   

Comentario- Introducción
Vamos caminando con Jesús hacia Jerusalén y en medio, este segundo domingo, llegamos el  monte Tabor. Hoy los relatos bíblicos se fijan en la “gloria” de Dios que se manifiesta en la creación, en el don de la vida cristiana, en la transfiguración.  Todo lo de este domingo es una imagen, como un signo  que nos traslada a la verdadera gloria de Dios es en la persona de Cristo, resplandor de la gloria del Padre, que un día al final de los tiempos, vendrá con gloria y majestad a juzgar y salvar. La gran catequesis de la homilía de este domingo es que Cristo ha ascendido a la gloria de los cielos, donde vive glorificado, después de la pasión. Por eso el monte Tabor es la premonición del nuevo Sinaí. Pero el monte de la Transfiguración hace referencia también al Calvario. Son dos cimas de glorificación, a las que hay que ascender. Quien quiera contemplar, como Pedro, Santiago y Juan, la gloria de Dios, tiene que subir como Cristo al Calvario de la fidelidad y de la entrega.
No cabe duda, la cruz es el camino de la gloria para el cristiano, que conduce a la gloria de la resurrección.
S. Berdonces

HOMILIA
“Dios amó al mundo de tal manera, que entregó a su Hijo Unigénito, para que el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16).
La fe cristiana, queridos hermanos es un don sobrenatural y enteramente gratuito de Dios; pero exige de nosotros apertura de corazón para aceptar sin condiciones su Palabra. Y esa apertura – reconozcámoslo- tropieza en nosotros con serias dificultades.
La Cuaresma está encaminada a ayudarnos a superar esas dificultades, de manera que, compenetrados en todo con Jesucristo, vivimos plenamente la vida cristiana. El misterio de la Transfiguración del Señor, en un momento crucial de su ministerio profético, nos ayuda a ver cómo, en el caso de los primeros discípulos, el Señor les ayudó a superarlas y a compenetrarse con el Maestro.

Doble tropiezo para la fe
Si leemos con atención los Evangelios, nos daremos cuenta de que los primeros discípulos de Jesucristo, en concreto los Doce, hubieron que recorrer con su Maestro un largo camino hasta llegar a penetrar en el misterio de su persona. Frente a la oposición sistemática de los escribas y fariseos, que eran la parte más observante de la Ley, dirigentes del pueblo judío, y a la veleidad y distintas opiniones de la gente, ellos llegaron a la convicción de que Jesús no sólo era un profeta, sino el Mesías enviado por Dios para obrar la salvación.
Seis días hacía tan solo que, en Cesarea de Filipo, estando a solas con sus discípulos, abordó con ellos este tema fundamental para la fe cristiana. Después de oír de sus labios las diferentes opiniones acerca de su persona, les hizo esta pregunta: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Fue Simón Pedro quien se adelantó a responder: “Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 13-16).
Era un primer paso. Había que afianzar esta convicción para seguir adelante. A partir de entonces Jesús empezó a revelarles cuál era en concreto el plan de Dios para que el Mesías llevara a cabo la obra de la salvación: su pasión y muerte en cruz, seguida de la resurrección.  Pero esto ya era demasiado para la fe incipiente de aquellos... Su formación religiosa  no resistía la grandeza del misterio. Y niño el rechazo, empezando por el mismo Pedro, que trató de disuadir a Jesús. Ellos aceptaban, sí, a Jesucristo como Mesías verdadero; pero no podían aceptar que la salvación de Dios hubiera de realizarse por medio de la muerte y de la cruz. Rechazaban que, precisamente su Maestro, hubiera de triunfar de todos sus enemigos con su muerte, para darnos la vida.

El  testimonio de Dios
¿Cómo se venció aquella resistencia?...Fue entonces cuando “Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y se los llevó aparte a una montaña alta” (Mt 7, 1-9) Y, mientras oraba, “se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con Él”.
Moisés y Elías, la Ley y los Profetas, sintetizaban toda la historia de Israel. Junto a Jesucristo transfigurado, venían a ser para aquellos tres discípulos, admirados de la gloria de Dios en Jesucristo, testimonio de que el Maestro era el enviado de Dios, para realizar la obra de la salvación. Ellos, educados en la mentalidad judía, podían entender el alcance de la presencia de aquellos dos personajes gloriosos junto a Jesucristo.
Pero hubo más: una vez que Pedro mostró su entusiasmo y su deseo de quedarse en aquella montaña para siempre, Dios mismo habló desde el cielo. “Todavía estaba hablando Pedro, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra. Y una voz desde la nube decía: “Este mi hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadle”.
Con lo primero, el Padre confirmaba la fe de Pedro manifestada en su confesión reciente en Cesarea de Filipo. Y llevaba a plena luz el misterio de la persona de Jesús: “Este es mi Hijo”. Con lo segundo, salía al paso de la dificultad para aceptar el plan salvador de Dios, tal como Jesús lo había revelado en aquellos días. “Escuchadle”. No rechacéis sus palabras, aceptadlas sin miedo. Aunque, para vosotros resulte difícil entenderlo, la cruz y la muerte de mi Hijo son el camino para la felicidad y la vida.

            Testigos de su gloria.
            Hermanos: Dios acude siempre en nuestra ayuda para que podamos superar todas las dificultades que la fe debe vencer. En este caso, además, quiso confortar a los tres discípulos con la visión anticipada de la gloria de la resurrección. Puso ante sus ojos la realidad de esa gloria, en  la participaremos, en virtud de su muerte y resurrección, cuantos aceptemos sinceramente a Jesucristo y nos compenetremos con él.
Pedro, Santiago y Juan habían de ser testigos privilegiados de todo ello, una vez que el plan de la redención se realizara en todos sus puntos. De momento deberían guardar silencio. Así se lo dijo Jesús al najar de la montaña. Pero ya, desde ahora, estarán preparados para superar la prueba de la cruz y poder proclamar el
Evangelio de la salvación de Dios, frente a las opiniones y a toda la oposición del mundo.
Cuando, más tarde, Pedro quiera confirmar la fe de los primeros cristianos con su segunda Carta, les hablará de la gloria de Jesucristo, diciéndoles como él había sido testigo presencial de su grandeza: “Él recibió de Dios – les decía- honra y gloria- cuando, desde la sublime gloria, le llegó aquella voz singular: “Este es mi Hijo, a quien yo quiero, mi predilecto... Esta voz la oímos nosotros, estamos con él en la montaña sagrada” (2 Pe 1, 16-18). El recuerdo de la transfiguración había quedado grabado en su corazón para siempre.
Testigos valientes del Evangelio, aquellos discípulos acabarían por aceptar con todas sus consecuencias el plan salvador de Dios, realizado en Jesucristo. Y lo abrazarían  para sí mismos, para testimoniar con su propia sangre que la cruz es el camino de la gloria.  Tal es la fe cristiana, cuando acaban de superarse en nosotros los temores y todos los obstáculos.

Sabia pedagogía
Pienso, hermanos, que es ésta una gran lección para nosotros que, en nuestra debilidad, nos resistimos  a abrazarnos de una vez con la cruz de Jesucristo. La liturgia de la Cuaresma pone bien de manifiesto la altísima pedagogía de la Santa Madre Iglesia, atenta siempre a la educación de sus hijos en la fe cristiana. No rechacemos su magisterio; meditemos sus lecciones en este santo tiempo, tan propicio a la práctica de la oración y del vencimiento propio. Para que, superadas en nosotros todas las resistencias, nos entreguemos generosamente a Jesucristo, para cumplir en todo la santa voluntad de Dios.
Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén           

ORACIÓN DEL DÍA

 Señor Dios, Padre amoroso, en tu Hijo Jesús nos has enseñado cómo deberíamos buscar y cumplir tu amorosa voluntad.
Disponnos a responder a tu amor desde lo profundo de nuestro corazón, y siendo fieles a ti en todo lo que hacemos.
Haznos respetuosos con los otros y atentos a las necesidades de la gente, incluso cuando permanecen indiferentes o sin agradecimiento de manera que ayudemos a expulsar el mal de este mundo y traer tu amor y misericordia.

Te lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor.  Amén.


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