jueves, 15 de junio de 2017

SOLEMNIDAD DEL SANTISIMO CORPUS CHRISTI

“Hoy la iglesia pone su acento en la presencia sacramental de Jesucristo. Dios está aquí”


PRIMERA LECTURA
 Deuteronomio 8,2-3.14-16
Y después te alimentó con el maná

  SALMO RESPONSORIAL
Salmo 147

 Glorifica al Señor, Jerusalén
 SEGUNDA LECTURA
1ª  Corintios  10,16-17
Formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan.
 EVANGELIO
Juan 6, 51-58
Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.
Oración para esta  Solemnidad

Señor, Jesús:
Tú nos pides que seamos tu cuerpo
para la vida del mundo.
Aliméntanos aquí y ahora con tu palabra de vida,
danos tu cuerpo como comida
y tu sangre como bebida de alegría,
para que logremos ser más semejantes a ti
y aprendamos de ti a vivir
no ya solo para nosotros mismos

Sino para Dios y para los hermanos.
Haz que logremos ser una sola mente y un
solo corazón,
para que el mundo reconozca
que tú vives en nosotros.
Sé nuestro Señor y Salvador,
ahora y por los siglos de los siglos. Amen.


                                               Comentario- Introducción
Con la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre del Cristo, la iglesia vuelve sus ojos, recién pasada la pascua a otro Jueves, aquel en la Víspera de su pasión que Jesús, se despedía en cálido amor de sus amigos, celebrando la Cena de la nueva Pascua. Pero aquella Cena estaba ensombrecida con el dolor, la tragedia que le esperaba en Getsemaní, el rechazo de su pueblo, la pasión y la muerte en la cruz. Ahora con la alegría de la Resurrección, sabiendo que el triunfo ha sido pleno, eterno y que nosotros somos participes de él, celebramos este día lleno de luz. Sabiendo que Jesús no es un muerto que está en nuestro recuerdo, sino que cada vez que celebramos la Eucaristía, volvemos al misterio de la fe de la Iglesia. A la presencia  de Cristo vivo entre nosotros.
S. Berdonces


HOMILIA
Después de rezar juntos la oración del Señor, el Padrenuestro, el sacerdote que preside la Eucaristía, con los brazos extendidos y poniendo sus ojos en la Hostia Santa, recita esta oración: “Señor Jesucristo, que dijiste a tus Apóstoles; La paz os dejo, mi paz os doy, no tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia…”
Esta fe de la Iglesia es un valor permanente. Nosotros, que no nos fiamos de nosotros mismos, porque nos sabemos pecadores y débiles, sobre todo cuando nos disponemos  a comulgar en Cuerpo y la Sangre del Señor, no encontramos sino un apoyo: el amor del Señor y la fe de su Iglesia.

La fe de la Iglesia.
En la fe de la Iglesia son bautizados los nuevos hijos de Dios. En esa misma fe se celebran todos los sacramentos, y especialmente la Eucaristía. Es la respuesta del pueblo cristiano a la llamada del Señor.
La fe de la Iglesia es una viva realidad, que se hace visible de muchas maneras. Es al mismo tiempo un valor que es imposible controlar. No se le puede catalogar ni cuadricular. Sabemos que está ahí, pero sólo el Señor conoce su alcance y su autenticidad.
Está en la Iglesia. En aquella anciana olvidada, en esa niña de Primera Comunión, en aquel hombre, en el sacerdote…También en el borracho que, una vez cada año se acuerda del Señor y acude a él. Y en el joven alocado, que vive habitualmente sin preocupación por lo religioso; pero luego, en sus momentos, sabe enfrentarse seriamente con Dios en lo más íntimo de su corazón.
Misterio grande la fe de la Iglesia, ante el que habíamos de adoptar una actitud de respeto. De esta fe de la Iglesia es, hermanos, expresión espléndida la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.

Yo estoy con vosotros
La Iglesia recuerda las palabas del Señor: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin de los siglos”. No hay duda de ella, porque tiene fe. Sabe que Jesús cumple siempre su palabra. Está presente en medio de su pueblo.
En la Constitución de la Sagrada Liturgia se nos ha explicado las diferentes maneras de esta presencia de Jesucristo, refiriéndose sólo a la acción litúrgica. Jesucristo se hace presente de muchas maneras: en la palabra leída, que resuena en medio de la Asamblea y llega a nuestros oídos; en la persona de los sacerdotes que presiden en su nombre, a la cabeza del pueblo; en los cantos, en las respuestas. Sobre todo, bajo la especies sacramentales, en este Sacramento del Cuerpo y la Sangre del Señor.
Es ésta una presencia viva, real. En virtud de la palabra de Jesucristo: “Tomad y comed, que esto es mi Cuerpo…””Tomad y bebed, que éste es el cáliz de mi Sangre…”, el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, tal y como son en su misma realidad viva, se hace presente, para que nosotros lo comamos.

                                
Efectos de la presencia
            Hoy la Iglesia pone su acento en esta presencia sacramental de Jesucristo. Él está ahí: nosotros lo miramos con ojos de fe. Sólo captamos sensiblemente las apariencias de pan y de vino. Pero sabemos que eso, que parece pan, no es pan, sino el Cuerpo de Jesucristo. Y eso que, al beberlo, nos parece vino por su sabor, por el olor, por su apariencia, no es vino, sino la Sangre del Señor.
Para la Iglesia, esposa del Señor, esta presencia viva de Jesucristo es el Sacramento, es fuente de beneficios. Os recordaré tres efectos:
Lo primero de todo, es motivo de gozo y alegría. El amor exige la presencia mutua de aquellos que se aman. No descansa sino es en la presencia, en el abrazo, en la entrega. Pues bien, Cristo está ahí para nosotros de una singularísima. Y la Iglesia se goza con la presencia del Señor.
La Iglesia y todos cuantos, con el espíritu de la Esposa, saben amar. La fe vive por el amor.    

Fortaleza y recuerdo
También es motivo de fortaleza. Lo mismo que, cuando aparece el sol, se disipan las sombras; y cuando un valiente luchador se adelanta en la batalla, huyen los enemigos; de manera semejante, al hacerse presente Jesús, da ánimos y fortaleza a quienes siguen.
La Iglesia Esposa. Quizás un tanto tímida o atemorizada ante el peligro y las pruebas, se crece con la presencia del Esposos. La presencia de Jesús en la Eucaristía es para ella fortaleza de Dios, que disipa todo miedo.
Finalmente, para cuantos son olvidadizos, el Cuerpo sacramentado de Jesucristo es recuerdo y acicate para despertarlos  en su tibieza. Van pasando los días para muchos de nosotros y solemos olvidarnos de Jesucristo. Mas. Cuando él se hace presente, todos los hijos lo miran y recuerdan.

Un solo es el pan
Veis cómo esta solemnidad del Santísimo Cuerpo de Cristo es para todos, para los que son fervorosos, para los que aman y tienen fe viva, y para los que están  fríos, para los que son cobardes y para los generosos, para los tibios y para los santos. Porque no hay distinción y Jesucristo sale siempre al encuentro de todos.
Unámonos, pues, en el amor del Señor. La Hostia Santa nos recuerda fundamentalmente la unidad de toda la Iglesia. “Como uno es el pan, así también nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan”.
Como muchos granos y muchas espigas se amasan hasta formar un solo pan, así todos cuantos comen este Pan son uno en Cristo Jesús. Tal es la unidad de la Iglesia.
Sabemos entonces que el Señor está aquí, en el Sacramento. Y que está así mismo en todos y en cada uno de los hermanos. Por eso, esta Solemnidad nos trae también el recuerdo de otras palabras de Jesús: “Lo que hacéis con uno de éstos, lo hacéis conmigo”.


El precepto del amor
De esta forma desembocamos en el mandato nuevo de Jesús: “Amaos unos a otros como yo os he amado” Si Jesucristo está realmente en la Eucaristía y si, cuando nos acercamos al altar para participar de su Cuerpo y de su Sangre, nosotros nos hacemos uno, entonces hemos de volvernos unos a otros, para amarnos en el Señor.
¡Amar al Señor en el hermano! También ahí, en el prójimo que sale a mi encuentro está Jesucristo. De otra manera ciertamente. Esta es otra presencia, pero ahí está Jesús, que me llama y reclama mi atención, y mi ayuda.
Podríamos decir así mismo que el Señor está en mí para el otro. Jesús sale conmigo al encuentro de él.
¡Amar a los hermanos! El amor se manifiesta en la ayuda. Se  manifiesta también en la reconciliación. Para que no haya diferencias irritantes; para que no existan separaciones; para quitar todo motivo de discordia. Para matar el amor propio en cada uno de nosotros, que es, en último término, el gran estorbo para la unidad de la Iglesia con Dios.
Así, al poner los ojos en la Hostia Santa, nuestro corazón fijará los suyos en Jesucristo, el Esposo, el Señor, el Salvador.


Miguel Peinado.
(Que fue Obispo de Jaén)              



viernes, 9 de junio de 2017

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
DIA 11 JUNIO
“Dios, se nos ha manifestado, como un amigo se da a conocer a otro amigo”.        
PRIMERA LECTURA
Éxodo 34, 4-6. 8-9
Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso

  SALMO RESPONSORIAL
Salmo 52

 Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres,
Bendito tu nombre santo y glorioso

 SEGUNDA LECTURA
 1 Corintios 13, 1-13
Os saludan todos los santos
 EVANGELIO
Juan 3, 16-18
Dios mandó a su Hijo para que el mundo se salve por él.
Comentario- Introducción
Esta fiesta nos habla de Dios, pero: ¿más de cómo es o de quién es? Nos parece remitir, a lo que Él ha realizado en nosotros y en el mundo, por medio del Hijo y del Espíritu. La pregunta parece ser: ¿dónde está, dónde se le ve?, y no hay otra respuesta, que en la propia historia personal y la del pueblo. En ella descubrimos el sentido de la existencia, del dolor, de la enfermedad, de la muerte, de nuestra presencia en el mundo, del camino que debemos recorrer. Y por ello, podemos proclamar: “Creo en Dios”, no como una idea, sino como una experiencia, que llamamos experiencia de fe.

ORACIÓN DEL DOMINGO
 Señor, Dios nuestro,
somos demasiado limitados para entenderte,
pero sabemos que tú te preocupas por nosotros
y has vinculado nuestro destino al tuyo.
Gracias por amarnos y por estar a nuestro lado en nuestras tristezas y alegrías.
Gracias por darnos a Jesús
para librarnos de nuestros pecados
y traernos vida, confianza y felicidad.
Gracias por encomendar a tu Espíritu
dirigirnos y movernos en la vida.
Anima cálidamente nuestros corazones y únenos,
dispón nuestro espíritu para acoger todo
tu amor y para responder a él confiándonos a ti
por todo lo que nos has dado y hecho en nosotros.
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.  Amén.

 S. Berdonces
HOMILIA
Todos los domingos, al comenzar la Santa Misa, resuena aquí este saludo: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del padre y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con todos vosotros”. Hoy, estas palabras recobran especial relieve, porque celebramos el misterio de la Santísima Trinidad. Precisamente por eso, en la liturgia del día, han vuelto a proclamarse en la lectura.
La gracia de Jesucristo, el amor de Dios, la comunión del Espíritu Santo…vienen a ser la misma cosa. Se trata de la obra de Dios en nosotros. La obra de Dios, que se ha volcado en amor sobre sus hijos y nos estrecha en la caridad del Espíritu Santo, habiéndonos redimido por obra de su Hijo. Todo eso lo expresan perfectamente estas palabras: la gracia, el amor, la comunión.
Pero, además, este saludo final de la segunda carta a los Corintios, expresa muy bien el misterio de la vida íntima de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo.


Revelación de la divina trinidad.
 Nosotros, los cristianos, sabemos que Dios es tres personas. Lo creemos, porque lo ha dicho Jesucristo. Únicamente por él conocemos que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Moisés pudo conocer a Dios de cerca. Se le manifestó como ningún otro profeta del Antiguo Testamento. Postrado rostro en tierra y aterrado, pudo escuchar como Dios pronunciaba aquellas palabras: “Señor Yavéh, Dios compasivo y misericordioso, tardo a la ira, y rico en clemencia y lealtad” (Ex 34,6). Es lo más que Moisés pudo alcanzar.
Para nosotros Dios ha hablado con mucha mayor claridad, por medios de Jesucristo. Él nos habló de Dios, y nosotros conocemos que Dios tiene un nombre, un nombre bendito. Para los discípulos de Jesucristo, Dios se llama:” Padre, Hijo y Espíritu Santo”. En este nombre somos bendecidos continuamente, porque nosotros somos los hijos de Dios.
Amados hermanos: Dios ha hecho la gracia de revelarse a nosotros. Se nos ha manifestado, como un amigo se da a conocer a otro amigo, como un esposo y una esposa se dan a conocer mutuamente en la intimidad. Y, aunque nosotros no podemos comprender el misterio de la vida de Dios, que es riquísima, íntima, inefable, hemos alcanzado la gracia de haber sido introducidos en ese santuario santísimo de la vida íntima de Dios. Para conocerlo como él es: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
San Juan ha escrito: “A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado “(Jn 1,18), Y San Pablo: “Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios”, así como “nadie conoce lo que hay en el hombre, sino el espíritu del hombre, que está en él”. ¡Ah ¡Pero añade en seguida: “Pero nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que vienen  de Dios (1 Cor 2,11-12).


Se nos ha entregado
Entonces nosotros somos los hijos de Dios, somos amigos suyos. Se nos ha manifestado en la intimidad, nos ha dado a conocer el misterio de su vida. Mas ¿cómo lo ha hecho?...
Dios no se nos ha aparecido para decirnos: “Yo soy de esta manera”. No; Dios, para manifestarse a nosotros, se nos ha dado, se nos ha entregado personalmente. “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).
Nos ha dado a su Hijo, Jesucristo. Y él, como aquel día a Felipe, nos dice”: “El que me ve a mí, ve aquél que me ha enviado” (Jn 12, 45). Y aquello otro: El Padre y yo somos una misma cosa” (Jn 10,30). ¿Veis? Entregándonos a su Hijo, Dios se ha dado a nosotros a nos ha facilitado su conocimiento. No sólo esto. Porque el Padre y el Hijo han puesto su Espíritu en nosotros, y “el amor de Dios se ha derramado en nuestro corazones.
¿Qué más podíamos nosotros desear? ¿Cómo podríamos a ser elevados a tal altura y conocimiento? Si esto ¡ni lo podíamos imaginar! Que Dios mismo se nos manifiesta y se nos entregara como esposo a su esposa, como un hijo a su madre…
Decía el Señor: “Si alguno me ama, guardará mi palabra y mi Padre lo amará; y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23)
Entonces nosotros, unidos por el bautismo, la confirmación y la eucaristía a Jesús, participamos en la vida de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. La vida del padre, Dios creador de todas las cosas. La vida de Jesucristo, el Hijo único de Dios. La vida del Espíritu Santo, que es todo amor, toda gracia, toda comunión. Y esto es lo principal.


            Lo importante es ser
            Quiero subrayar esto, hermanos. ¿Sabéis por qué?...Porque en la medida que se  acentúan ciertas consignas: obrar, realizar, trabajar, organizar…los Pastores de la Iglesia debemos recordaros que lo principal no es la actividad, ni el trabajo, ni la eficacia, ni las obras. ¡Lo importante no es “hacer”, sino “ser”! Antes que las obras, está la actitud, la vida.
La vida cristiana no consiste en las obras, aunque las obras sean el fruto de la vida. San Pablo lo advertía: “¿Por las obras? No, por la fe” (Rom 3,27). Es por la fe, por la que nos viene la justificación. Las obras son exigencia del amor verdadero y de la vida cristiana. Nos lo enseña San Juan: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que Él nos amó  y nos envió a su Hijo para que expiase nuestros pecados” (1 Jn 4, 10).
Es bien claro entonces que lo importante para nosotros es abrirnos a la gracia de Dios, recibir la vida de Dios y vivir en comunión con Él. Ser templos vivos de Dios y vivir como hijos suyos. Estar en continua comunicación con Jesucristo, creer en su gracia. Todo lo demás es consecuencia de esto.
Un día el Señor, exultando en el Espíritu Santo ante las noticias que le traían sus discípulos, a vuelta de su primera misión para predicar el Evangelio, hizo esta oración: “Yo te alabo, Padre, Señor  del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y prudentes y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito…Nadir conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar” (Mt 11, 25-27)
¡Ojalá, hermanos, que esta  revelación del Hijo, que nosotros hemos recibido, aumente en nosotros la luz, la claridad, la paz del corazón. Celebremos la Eucaristía y acerquémonos al Señor. Para que vivamos plenamente la vida de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Trinidad Santísima, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos.


Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén           




sábado, 3 de junio de 2017

                    DOMINGO  DE PENTECOSTÉS
DIA 4  DE JUNIO
“¡Cuántas cosas hay entre nosotros contrarias al Espíritu de Dios!”.
                                                       
PRIMERA LECTURA
Hech    2, 1-11
Si son  galileos. ¿Cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra propia lengua?

 SALMO RESPONSORIAL
Salmo 103

 Envía tu espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

 SEGUNDA LECTURA
1 Cor  12, 3b-7. 12-13
Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo

 SECUENCIA DE LA MISA
Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado
cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones
según la fe de tus siervos.
Por tu bondad y tu gracia
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.
Amén.

 EVANGELIO
Jn 20, 19-23
Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo.


Comentario- Introducción
En el calendario cristiano con Pentecostés termina el tiempo pascual de los  cincuenta días. Los cincuenta días pascuales y las fiestas de la Ascensión y Pentecostés, forman una unidad. No son fiestas aisladas de acontecimientos ocurridos en el tiempo, son parte de un solo y único misterio.
La fiesta de Pentecostés, es el segundo domingo más importante del año litúrgico en donde los cristianos tienen la oportunidad de vivir intensamente la relación existente entre la Resurrección de Cristo, su Ascensión y la venida del Espíritu Santo.     

S. Berdonces
                                                       
                                                      HOMILIA
Han transcurrido exactamente cincuenta días desde aquel, en que celebramos con tanto gozo la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, la Pascua del Señor. Hoy es la fiesta de Pentecostés.
Ambas fiestas, Pascua y Pentecostés, de origen muy antiguo, fueron y son fiestas judías. La primera, establecida en recuerdo y conmemoración de la salida de Egipto, cuando el Señor, por medio de Moisés, liberó a Israel de la esclavitud. La segunda le recordaba el establecimiento de la Alianza junto al Sinaí. Desde aquel día fueron ya un pueblo libre, el pueblo de Dios, en peregrinación hacia la tierra prometida.
Con la presencia y la obra de Jesucristo, estas fiestas judías quedaron revestidas de espíritu cristiano. Precisamente cuando los judíos celebraran la Pascua, Jesucristo se entregó en sacrificio por todos los hombres. Desde entonces la Pascua es fiesta cristiana. Luego, al cumplirse os cincuenta días – que esto significa Pentecostés – el Señor envió su espíritu sobre los suyos de manera solemne, conforme a su promesa. Para nosotros, la fiesta de Pentecostés es  la fiesta del Espíritu Santo. Y la celebramos con gozo, como una de las más importantes de la Iglesia.

Espíritu de Dios y de Jesucristo
 Creemos en el Espíritu Santo. Nuestra fe – bien lo sabéis- no es fruto de razonamiento humano, ni conquista de la ciencia; no es un descubrimiento de los hombres. Se apoya sólo y exclusivamente en la Palabra de Dios. Es el Señor quien nos ha hablado; y nosotros aceptamos sus palabras con pura fe. Por ellas sabemos que hay Espíritu Santo.
Estamos en situación bien distinta de la de aquellos creyentes de Éfeso, a quienes encontró San pablo, a su llegada, y les preguntó se habían recibido el Espíritu Santo. Ellos le contestaron: “Nosotros, ni siquiera habíamos oído decir que existe el Espíritu Santo” (Hech 19,2). En cambio, nosotros sabemos bien que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¿Por qué lo sabemos?...Porque lo ha dicho el Señor. Y no hay otra razón. Jesucristo nos ha hablado de Dios: Nos ha revelado el misterio de su vida. El llamaba a Dios, Padre; “mi Padre”. Nos ha manifestado, sin lugar a dudas, que él es el Hijo de Dios hecho hombre. Por él sabemos que “todo cuanto tiene el Padre” es del Hijo (Jn 16,15). Y que “como el Padre tiene vida en sí mismo, así ha dado al Hijo que la tenga en sí” (Jn 5,26). El Padre y el Hijo son “una misma cosa” (Jn 10, 30). Porque el Padre comunica toda su vida al Hijo, y el Hijo se entrega, con todo cuanto es y tiene a su Padre.
Sabemos también, por Jesucristo, que “Dios es amor” (1 Jn 4,8). “El Padre ama al Hijo y ha puesto e n su mano todas las cosas (Jn3, 35). De la misma manera, el Hijo ama a su Padre y se entrega a él. Por amos a su Padre, Jesucristo ha entregado su vida para la salvación de todos los hombres.
Ahora bien, este amor mutuo del Padre y del Hijo transciende a toda nuestra compresión. Es una realidad inefable y misteriosa; no hay ejemplo en el mundo que nos pueda servir para explicarla. El amor del padre  para con el Hijo y del Hijo con el Padre, es un mismo amor, infinito y eterno. No es como el amor humano. El nuestro es, por muy intenso que lo supongamos, limitado y eterno. No es como el amor humano. El nuestro es, por muy intenso que lo supongamos, limitado y variable, frágil y caduco. Apenas alcanza afuera de nosotros, y con nosotros se viene al suelo. El amor de Dios es tan grande, tiene tanta vida, tanto poder, tanta fuerza, que subsiste por sí mismo. Es persona. El amor de Dios es Dios. Es Espíritu. El Espíritu del Padre y del Hijo. El Espíritu Santo.


Bajo la acción del Espíritu.
Jesucristo es dador del Espíritu. Apenas se apareció a sus discípulos, después de haber resucitado, les decía: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20,22). Él es quien puede darlo y lo da a los suyos. Lo envió sobre ellos, conforme a su promesa, el día de Pentecostés, de una forma solemne y visible. Todos pudieron darse cuenta de la presencia del Espíritu, porque oyeron el ruido de aquel viento fuerte en Jerusalén, y vieron sobre las cabezas de los Apóstoles aquellas lenguas de fuego que aparecieron a vista de todos. Incluso les oyeron hablar de manera que, siendo los oyentes de pueblos y lenguas diferentes, cada uno de ellos lo oía hablar en propio lenguaje.
Desde aquel día, la Iglesia de Jesucristo vive y actúa bajo la acción del Espíritu Santo. Es esto precisamente lo fundamental en la vida de la Iglesia y de cada uno de los cristianos. Jesucristo comunica siempre su Espíritu a cuantos se le entregan por la fe y quieren vivir como discípulos suyos. Hemos oído esta mañana aquella sentencia de Pablo: “Nadie puede decir: Jesús es Señor, sino en el Espíritu Santo”· (1 Cor 12,3). También escribió Pablo aquello de que “los que son movidos por el Espíritu de Dios, ésos son los hijos de Dios (Rom8, 14). Y aquello otro: “El que no tiene el Espíritu de Cristo, ése no es de él” (Rom 8, 9).
Lo que ocurre es, que nosotros somos libres y Dios respeta siempre nuestra libertad, cuando pone su Espíritu en nosotros y nos invita a seguir a Jesucristo. Por eso, podemos sustraernos a la acción del Espíritu Santo, e incluso oponernos con nuestra actitud a su impulso suave y poderoso.

            Escándalos en la Iglesia
            Esto explica, queridos hermanos, los escándalos que se dan en la vida de la Iglesia. Es la explicación de que, en su seno, aun nosotros bajo la acción del Espíritu Jesucristo, haya pecados, infidelidades y miserias. Nadie debe escandalizarse, si tiene verdadera fe. Frecuentemente hay en la Iglesia de Jesucristo cosas desordenadas, que no marchan conforme al Evangelio. Todo eso no es del Espíritu del Señor, sino influencia del espíritu malo, que tiene aún su asidero en cada uno de nosotros. Es fruto solamente de nuestro propio egoísmo.
Nosotros, los pastores de la Iglesia, tenemos un gravísimo deber: Estar atentos a la vida del pueblo cristiano y a nuestra propia vida. Estar atentos y señalar aquello que pueda ser contrario al Espíritu del Señor; predicar sin descanso el Evangelio de Jesucristo, para que no caiga en olvido; orientar  a todos y cada uno, siempre en esta dirección y bajo el influjo del Espíritu, que nos asiste de manera especial en este ministerio de enseñar, exhortar, orientar y corregir.
¡Cuántas cosas hay entre nosotros contrarias al Espíritu de Dios! Sí desgraciadamente las hay… Yo tengo el deber  de confesarlo. Debo deciros que hay muchas, que no están de acuerdo con el Evangelio de Jesucristo. Hay realidades que causan división en nuestras comunidades, separaciones molestas, desunión, cuando el Espíritu de Jesucristo no es el que une. Hay cosas contrarias al Espíritu de sencillez, al espíritu de pobreza, al espíritu de amor entre los hermanos.
Todavía tengo que deciros que hay quienes, dentro de esta misma Iglesia en que estamos, se empeñan en mantener separaciones y discriminación entre unos cristianos y otros. Personas que, teniéndose por cristianos, hacen caso de ciertos valores muy discutibles y se dejan arrastrar de ciertas influencias, hasta en nombre de la misma política, y se empeñan en mantener separaciones dentro del templo. Esto no es lícito; es contrario al Espíritu del Señor.

Nuevos cristianos.
Esta fiesta de Pentecostés nos recuerda que todos hemos de someternos humildemente al influjo del Espíritu Santo, que el Señor derrama sobre los suyos. El Espíritu que nos comunica la vida cristiana y nos hace partícipes del amor de Dios y de Jesucristo.
Vamos a confirmar ahora a estos nuevos cristianos que tengo aquí en primera fila. En ellos, por el Santo bautismo, es realidad viva el misterio de la muerte y de la resurrección de Jesucristo. Debe actualizarse también en cada uno de ellos el misterio de Pentecostés. Así unidos todos hoy, ellos y nosotros, nos acercaremos juntos al altar y podemos decir con especial devoción: “Te pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo”

Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén