DOMINGO DE PENTECOSTÉS
DIA 4 DE JUNIO
“¡Cuántas cosas hay entre nosotros
contrarias al Espíritu de Dios!”.
PRIMERA LECTURA
Hech 2, 1-11
Si son galileos. ¿Cómo es que cada
uno los oímos hablar en nuestra propia lengua?
SALMO RESPONSORIAL
Salmo 103
Envía tu
espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.
SEGUNDA
LECTURA
1 Cor 12, 3b-7. 12-13
Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo
SECUENCIA DE LA MISA
Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado
cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones
según la fe de tus siervos.
Por tu bondad y tu gracia
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.
Amén.
EVANGELIO
Jn 20, 19-23
Como el
Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo.
Comentario-
Introducción
En el calendario cristiano con
Pentecostés termina el tiempo pascual de los
cincuenta días. Los cincuenta días pascuales y las fiestas de la
Ascensión y Pentecostés, forman una unidad. No son fiestas aisladas de
acontecimientos ocurridos en el tiempo, son parte de un solo y único misterio.
La fiesta de Pentecostés, es el segundo
domingo más importante del año litúrgico en donde los cristianos tienen la
oportunidad de vivir intensamente la relación existente entre la Resurrección
de Cristo, su Ascensión y la venida del Espíritu Santo.
S. Berdonces
HOMILIA
Han transcurrido
exactamente cincuenta días desde aquel, en que celebramos con tanto gozo la
resurrección de nuestro Señor Jesucristo, la Pascua del Señor. Hoy es la fiesta
de Pentecostés.
Ambas fiestas, Pascua y
Pentecostés, de origen muy antiguo, fueron y son fiestas judías. La primera,
establecida en recuerdo y conmemoración de la salida de Egipto, cuando el
Señor, por medio de Moisés, liberó a Israel de la esclavitud. La segunda le
recordaba el establecimiento de la Alianza junto al Sinaí. Desde aquel día
fueron ya un pueblo libre, el pueblo de Dios, en peregrinación hacia la tierra
prometida.
Con la presencia y la
obra de Jesucristo, estas fiestas judías quedaron revestidas de espíritu
cristiano. Precisamente cuando los judíos celebraran la Pascua, Jesucristo se
entregó en sacrificio por todos los hombres. Desde entonces la Pascua es fiesta
cristiana. Luego, al cumplirse os cincuenta días – que esto significa
Pentecostés – el Señor envió su espíritu sobre los suyos de manera solemne,
conforme a su promesa. Para nosotros, la fiesta de Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo. Y la celebramos
con gozo, como una de las más importantes de la Iglesia.
Espíritu de Dios y de Jesucristo
Creemos en el Espíritu Santo. Nuestra fe –
bien lo sabéis- no es fruto de razonamiento humano, ni conquista de la ciencia;
no es un descubrimiento de los hombres. Se apoya sólo y exclusivamente en la
Palabra de Dios. Es el Señor quien nos ha hablado; y nosotros aceptamos sus
palabras con pura fe. Por ellas sabemos que hay Espíritu Santo.
Estamos en situación bien
distinta de la de aquellos creyentes de Éfeso, a quienes encontró San pablo, a
su llegada, y les preguntó se habían recibido el Espíritu Santo. Ellos le
contestaron: “Nosotros, ni siquiera habíamos oído decir que existe el Espíritu
Santo” (Hech 19,2). En cambio, nosotros sabemos bien que Dios es Padre, Hijo y
Espíritu Santo.
¿Por qué lo sabemos?...Porque
lo ha dicho el Señor. Y no hay otra razón. Jesucristo nos ha hablado de Dios:
Nos ha revelado el misterio de su vida. El llamaba a Dios, Padre; “mi Padre”.
Nos ha manifestado, sin lugar a dudas, que él es el Hijo de Dios hecho hombre.
Por él sabemos que “todo cuanto tiene el Padre” es del Hijo (Jn 16,15). Y que “como
el Padre tiene vida en sí mismo, así ha dado al Hijo que la tenga en sí” (Jn
5,26). El Padre y el Hijo son “una misma cosa” (Jn 10, 30). Porque el Padre
comunica toda su vida al Hijo, y el Hijo se entrega, con todo cuanto es y tiene
a su Padre.
Sabemos también, por
Jesucristo, que “Dios es amor” (1 Jn 4,8). “El Padre ama al Hijo y ha puesto e
n su mano todas las cosas (Jn3, 35). De la misma manera, el Hijo ama a su Padre
y se entrega a él. Por amos a su Padre, Jesucristo ha entregado su vida para la
salvación de todos los hombres.
Ahora bien, este amor
mutuo del Padre y del Hijo transciende a toda nuestra compresión. Es una
realidad inefable y misteriosa; no hay ejemplo en el mundo que nos pueda servir
para explicarla. El amor del padre para
con el Hijo y del Hijo con el Padre, es un mismo amor, infinito y eterno. No es
como el amor humano. El nuestro es, por muy intenso que lo supongamos, limitado
y eterno. No es como el amor humano. El nuestro es, por muy intenso que lo
supongamos, limitado y variable, frágil y caduco. Apenas alcanza afuera de
nosotros, y con nosotros se viene al suelo. El amor de Dios es tan grande,
tiene tanta vida, tanto poder, tanta fuerza, que subsiste por sí mismo. Es
persona. El amor de Dios es Dios. Es Espíritu. El Espíritu del Padre y del
Hijo. El Espíritu Santo.
Bajo la acción del Espíritu.
Jesucristo es dador del
Espíritu. Apenas se apareció a sus discípulos, después de haber resucitado, les
decía: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20,22). Él es quien puede darlo y lo da
a los suyos. Lo envió sobre ellos, conforme a su promesa, el día de
Pentecostés, de una forma solemne y visible. Todos pudieron darse cuenta de la
presencia del Espíritu, porque oyeron el ruido de aquel viento fuerte en
Jerusalén, y vieron sobre las cabezas de los Apóstoles aquellas lenguas de
fuego que aparecieron a vista de todos. Incluso les oyeron hablar de manera
que, siendo los oyentes de pueblos y lenguas diferentes, cada uno de ellos lo
oía hablar en propio lenguaje.
Desde aquel día, la
Iglesia de Jesucristo vive y actúa bajo la acción del Espíritu Santo. Es esto
precisamente lo fundamental en la vida de la Iglesia y de cada uno de los
cristianos. Jesucristo comunica siempre su Espíritu a cuantos se le entregan
por la fe y quieren vivir como discípulos suyos. Hemos oído esta mañana aquella
sentencia de Pablo: “Nadie puede decir: Jesús es Señor, sino en el Espíritu
Santo”· (1 Cor 12,3). También escribió Pablo aquello de que “los que son
movidos por el Espíritu de Dios, ésos son los hijos de Dios (Rom8, 14). Y
aquello otro: “El que no tiene el Espíritu de Cristo, ése no es de él” (Rom 8, 9).
Lo que ocurre es, que
nosotros somos libres y Dios respeta siempre nuestra libertad, cuando pone su
Espíritu en nosotros y nos invita a seguir a Jesucristo. Por eso, podemos sustraernos
a la acción del Espíritu Santo, e incluso oponernos con nuestra actitud a su
impulso suave y poderoso.
Escándalos en la Iglesia
Esto
explica, queridos hermanos, los escándalos que se dan en la vida de la Iglesia.
Es la explicación de que, en su seno, aun nosotros bajo la acción del Espíritu
Jesucristo, haya pecados, infidelidades y miserias. Nadie debe escandalizarse,
si tiene verdadera fe. Frecuentemente hay en la Iglesia de Jesucristo cosas
desordenadas, que no marchan conforme al Evangelio. Todo eso no es del Espíritu
del Señor, sino influencia del espíritu malo, que tiene aún su asidero en cada
uno de nosotros. Es fruto solamente de nuestro propio egoísmo.
Nosotros, los pastores de la Iglesia,
tenemos un gravísimo deber: Estar atentos a la vida del pueblo cristiano y a
nuestra propia vida. Estar atentos y señalar aquello que pueda ser contrario al
Espíritu del Señor; predicar sin descanso el Evangelio de Jesucristo, para que
no caiga en olvido; orientar a todos y cada
uno, siempre en esta dirección y bajo el influjo del Espíritu, que nos asiste
de manera especial en este ministerio de enseñar, exhortar, orientar y corregir.
¡Cuántas cosas hay entre nosotros contrarias
al Espíritu de Dios! Sí desgraciadamente las hay… Yo tengo el deber de confesarlo. Debo deciros que hay muchas,
que no están de acuerdo con el Evangelio de Jesucristo. Hay realidades que
causan división en nuestras comunidades, separaciones molestas, desunión,
cuando el Espíritu de Jesucristo no es el que une. Hay cosas contrarias al
Espíritu de sencillez, al espíritu de pobreza, al espíritu de amor entre los
hermanos.
Todavía tengo que deciros que hay
quienes, dentro de esta misma Iglesia en que estamos, se empeñan en mantener
separaciones y discriminación entre unos cristianos y otros. Personas que,
teniéndose por cristianos, hacen caso de ciertos valores muy discutibles y se
dejan arrastrar de ciertas influencias, hasta en nombre de la misma política, y
se empeñan en mantener separaciones dentro del templo. Esto no es lícito; es
contrario al Espíritu del Señor.
Nuevos cristianos.
Esta fiesta de Pentecostés nos
recuerda que todos hemos de someternos humildemente al influjo del Espíritu
Santo, que el Señor derrama sobre los suyos. El Espíritu que nos comunica la
vida cristiana y nos hace partícipes del amor de Dios y de Jesucristo.
Vamos a confirmar ahora a estos
nuevos cristianos que tengo aquí en primera fila. En ellos, por el Santo
bautismo, es realidad viva el misterio de la muerte y de la resurrección de
Jesucristo. Debe actualizarse también en cada uno de ellos el misterio de
Pentecostés. Así unidos todos hoy, ellos y nosotros, nos acercaremos juntos al
altar y podemos decir con especial devoción: “Te pedimos humildemente que el
Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y
Sangre de Cristo”
† Miguel Peinado.
Que fue
Obispo de Jaén

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