jueves, 15 de junio de 2017

SOLEMNIDAD DEL SANTISIMO CORPUS CHRISTI

“Hoy la iglesia pone su acento en la presencia sacramental de Jesucristo. Dios está aquí”


PRIMERA LECTURA
 Deuteronomio 8,2-3.14-16
Y después te alimentó con el maná

  SALMO RESPONSORIAL
Salmo 147

 Glorifica al Señor, Jerusalén
 SEGUNDA LECTURA
1ª  Corintios  10,16-17
Formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan.
 EVANGELIO
Juan 6, 51-58
Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.
Oración para esta  Solemnidad

Señor, Jesús:
Tú nos pides que seamos tu cuerpo
para la vida del mundo.
Aliméntanos aquí y ahora con tu palabra de vida,
danos tu cuerpo como comida
y tu sangre como bebida de alegría,
para que logremos ser más semejantes a ti
y aprendamos de ti a vivir
no ya solo para nosotros mismos

Sino para Dios y para los hermanos.
Haz que logremos ser una sola mente y un
solo corazón,
para que el mundo reconozca
que tú vives en nosotros.
Sé nuestro Señor y Salvador,
ahora y por los siglos de los siglos. Amen.


                                               Comentario- Introducción
Con la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre del Cristo, la iglesia vuelve sus ojos, recién pasada la pascua a otro Jueves, aquel en la Víspera de su pasión que Jesús, se despedía en cálido amor de sus amigos, celebrando la Cena de la nueva Pascua. Pero aquella Cena estaba ensombrecida con el dolor, la tragedia que le esperaba en Getsemaní, el rechazo de su pueblo, la pasión y la muerte en la cruz. Ahora con la alegría de la Resurrección, sabiendo que el triunfo ha sido pleno, eterno y que nosotros somos participes de él, celebramos este día lleno de luz. Sabiendo que Jesús no es un muerto que está en nuestro recuerdo, sino que cada vez que celebramos la Eucaristía, volvemos al misterio de la fe de la Iglesia. A la presencia  de Cristo vivo entre nosotros.
S. Berdonces


HOMILIA
Después de rezar juntos la oración del Señor, el Padrenuestro, el sacerdote que preside la Eucaristía, con los brazos extendidos y poniendo sus ojos en la Hostia Santa, recita esta oración: “Señor Jesucristo, que dijiste a tus Apóstoles; La paz os dejo, mi paz os doy, no tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia…”
Esta fe de la Iglesia es un valor permanente. Nosotros, que no nos fiamos de nosotros mismos, porque nos sabemos pecadores y débiles, sobre todo cuando nos disponemos  a comulgar en Cuerpo y la Sangre del Señor, no encontramos sino un apoyo: el amor del Señor y la fe de su Iglesia.

La fe de la Iglesia.
En la fe de la Iglesia son bautizados los nuevos hijos de Dios. En esa misma fe se celebran todos los sacramentos, y especialmente la Eucaristía. Es la respuesta del pueblo cristiano a la llamada del Señor.
La fe de la Iglesia es una viva realidad, que se hace visible de muchas maneras. Es al mismo tiempo un valor que es imposible controlar. No se le puede catalogar ni cuadricular. Sabemos que está ahí, pero sólo el Señor conoce su alcance y su autenticidad.
Está en la Iglesia. En aquella anciana olvidada, en esa niña de Primera Comunión, en aquel hombre, en el sacerdote…También en el borracho que, una vez cada año se acuerda del Señor y acude a él. Y en el joven alocado, que vive habitualmente sin preocupación por lo religioso; pero luego, en sus momentos, sabe enfrentarse seriamente con Dios en lo más íntimo de su corazón.
Misterio grande la fe de la Iglesia, ante el que habíamos de adoptar una actitud de respeto. De esta fe de la Iglesia es, hermanos, expresión espléndida la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.

Yo estoy con vosotros
La Iglesia recuerda las palabas del Señor: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin de los siglos”. No hay duda de ella, porque tiene fe. Sabe que Jesús cumple siempre su palabra. Está presente en medio de su pueblo.
En la Constitución de la Sagrada Liturgia se nos ha explicado las diferentes maneras de esta presencia de Jesucristo, refiriéndose sólo a la acción litúrgica. Jesucristo se hace presente de muchas maneras: en la palabra leída, que resuena en medio de la Asamblea y llega a nuestros oídos; en la persona de los sacerdotes que presiden en su nombre, a la cabeza del pueblo; en los cantos, en las respuestas. Sobre todo, bajo la especies sacramentales, en este Sacramento del Cuerpo y la Sangre del Señor.
Es ésta una presencia viva, real. En virtud de la palabra de Jesucristo: “Tomad y comed, que esto es mi Cuerpo…””Tomad y bebed, que éste es el cáliz de mi Sangre…”, el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, tal y como son en su misma realidad viva, se hace presente, para que nosotros lo comamos.

                                
Efectos de la presencia
            Hoy la Iglesia pone su acento en esta presencia sacramental de Jesucristo. Él está ahí: nosotros lo miramos con ojos de fe. Sólo captamos sensiblemente las apariencias de pan y de vino. Pero sabemos que eso, que parece pan, no es pan, sino el Cuerpo de Jesucristo. Y eso que, al beberlo, nos parece vino por su sabor, por el olor, por su apariencia, no es vino, sino la Sangre del Señor.
Para la Iglesia, esposa del Señor, esta presencia viva de Jesucristo es el Sacramento, es fuente de beneficios. Os recordaré tres efectos:
Lo primero de todo, es motivo de gozo y alegría. El amor exige la presencia mutua de aquellos que se aman. No descansa sino es en la presencia, en el abrazo, en la entrega. Pues bien, Cristo está ahí para nosotros de una singularísima. Y la Iglesia se goza con la presencia del Señor.
La Iglesia y todos cuantos, con el espíritu de la Esposa, saben amar. La fe vive por el amor.    

Fortaleza y recuerdo
También es motivo de fortaleza. Lo mismo que, cuando aparece el sol, se disipan las sombras; y cuando un valiente luchador se adelanta en la batalla, huyen los enemigos; de manera semejante, al hacerse presente Jesús, da ánimos y fortaleza a quienes siguen.
La Iglesia Esposa. Quizás un tanto tímida o atemorizada ante el peligro y las pruebas, se crece con la presencia del Esposos. La presencia de Jesús en la Eucaristía es para ella fortaleza de Dios, que disipa todo miedo.
Finalmente, para cuantos son olvidadizos, el Cuerpo sacramentado de Jesucristo es recuerdo y acicate para despertarlos  en su tibieza. Van pasando los días para muchos de nosotros y solemos olvidarnos de Jesucristo. Mas. Cuando él se hace presente, todos los hijos lo miran y recuerdan.

Un solo es el pan
Veis cómo esta solemnidad del Santísimo Cuerpo de Cristo es para todos, para los que son fervorosos, para los que aman y tienen fe viva, y para los que están  fríos, para los que son cobardes y para los generosos, para los tibios y para los santos. Porque no hay distinción y Jesucristo sale siempre al encuentro de todos.
Unámonos, pues, en el amor del Señor. La Hostia Santa nos recuerda fundamentalmente la unidad de toda la Iglesia. “Como uno es el pan, así también nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan”.
Como muchos granos y muchas espigas se amasan hasta formar un solo pan, así todos cuantos comen este Pan son uno en Cristo Jesús. Tal es la unidad de la Iglesia.
Sabemos entonces que el Señor está aquí, en el Sacramento. Y que está así mismo en todos y en cada uno de los hermanos. Por eso, esta Solemnidad nos trae también el recuerdo de otras palabras de Jesús: “Lo que hacéis con uno de éstos, lo hacéis conmigo”.


El precepto del amor
De esta forma desembocamos en el mandato nuevo de Jesús: “Amaos unos a otros como yo os he amado” Si Jesucristo está realmente en la Eucaristía y si, cuando nos acercamos al altar para participar de su Cuerpo y de su Sangre, nosotros nos hacemos uno, entonces hemos de volvernos unos a otros, para amarnos en el Señor.
¡Amar al Señor en el hermano! También ahí, en el prójimo que sale a mi encuentro está Jesucristo. De otra manera ciertamente. Esta es otra presencia, pero ahí está Jesús, que me llama y reclama mi atención, y mi ayuda.
Podríamos decir así mismo que el Señor está en mí para el otro. Jesús sale conmigo al encuentro de él.
¡Amar a los hermanos! El amor se manifiesta en la ayuda. Se  manifiesta también en la reconciliación. Para que no haya diferencias irritantes; para que no existan separaciones; para quitar todo motivo de discordia. Para matar el amor propio en cada uno de nosotros, que es, en último término, el gran estorbo para la unidad de la Iglesia con Dios.
Así, al poner los ojos en la Hostia Santa, nuestro corazón fijará los suyos en Jesucristo, el Esposo, el Señor, el Salvador.


Miguel Peinado.
(Que fue Obispo de Jaén)              



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