sábado, 27 de mayo de 2017

DOMINGO VII DE PASCUA    
LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR
DIA 28 DE MAYO
“Y subió al  cielo  y está sentado a la derecha del Padre”.
                                                       
PRIMERA LECTURA
Hech    1, 1-11
Lo vieron levantarse

  SALMO RESPONSORIAL
Salmo 46

 Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas.

 SEGUNDA LECTURA
 Ef 1, 17-23
Lo sentó a su derecha en el cielo

 EVANGELIO
Mt 28, 16-20
Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra

Comentario- Introducción
La fiesta de la Ascensión tiene tres protagonistas: El primero, el Señor; de quien celebramos el triunfo definitivo; decimos que “está sentado a la derecha de Dios Padre”. Allí recibe todo honor y gloria por haber realizado la salvación de la Humanidad, al traer al mundo el Reino de Dios, la Buena Noticia de que todos somos hermanos porque somos hijos del mismo Padre.
Los discípulos reciben el encargo de la proclamación de lo que ellos han vivido. Ahora el protagonismo de la misión recae sobre ellos. Una misión que no tiene fronteras, porque la Buena Noticia es para todos los seres humanos. Y finalmente, nosotros, la Iglesia de Jesús. Esta fiesta señala nuestra mayoría de edad; el momento de tomar la iniciativa para asumir el compromiso de nuestro bautismo y confirmación.

ORACIÓN DEL DÍA

Señor y Hermano nuestro Jesús, por haberte rebajado hasta la muerte por nosotros, tu Padre te exaltó y te dio su misma gloria y poder junto a Sí:
Tú destino es nuestro destino, tu gloria será nuestra gloria,  haz que, creyendo en Ti, vivamos siempre en la esperanza en medio de todos los aprietos de la vida, y si tú quieres, seamos testigos tuyos en el mundo, comunicando a los hombres y mujeres de hoy todo lo que nos aportas de vida, de perdón, de confianza.
 Contigo que junto al Padre y al Espíritu, vives  y reinas y eres Dios por los siglos de los siglos.
 Amén.

 S. Berdonces
HOMILIA
El misterio de la Ascensión de nuestro Señor Jesucristo al cielo es uno de los artículos de nuestra fe cristiana: “Resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre”. Junto con el de la muerte y la resurrección del Señor, pertenece al núcleo medular de la revelación de Dios.
San Lucas, al testificar este acontecimiento salvífico, tanto al final de su Evangelio, como al principio de su segundo libro, usa un lenguaje correspondiente a la cultura y mentalidad de su tiempo. Lo mismo en el ambiente judío que en la cultura griega, la imagen del mundo estaba plasmada en tres planos superpuestos: el cielo, la tierra y el abismo o partes inferiores de la tierra.
“Lo vieron levantarse al cielo – escribe el evangelista- hasta que una nube se lo quitó de su vista”. Actualmente esta visión del mundo está superada por el conocimiento científico propio de la cultura moderna. No obstante, la confesión del misterio ha de mantenerse en pie. Una cosa es el lenguaje y la manera de expresión, otra muy distinta el contenido del misterio revelado, realidad viva, que trasciende a todas las épocas del lenguaje humano.

Un tropiezo mayo.
 Mayor atención que el problema del lenguaje merece de nuestra parte otro tropiezo. Alude a él san Lucas cuando nos da cuenta de la pregunta que los discípulos hicieron a Jesús, una vez que le vieron superar la muerte: “Señor; ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?”.
El pueblo judío, pueblo predilecto de tan gloriosa tradición, vivía dominado por un poder extranjero. No podían aquellos discípulos superar las preocupaciones políticas al pensar en el reino de Dios, del que tantas veces habían oído hablar al maestro. Ni penetraban aún el secreto de su obra redentora, a pesar de que Jesús les había instruido, especialmente a ellos, los Doce, en “los misterios del reino de los cielos”.
A la hora de enfrentarse con el misterio de Dios y de su obra, el tropiezo principal no está en la cultura, ni en la pobreza, ni en la soledad, ni en cualquiera de las múltiples limitaciones humanas; está siempre en nuestro propio amor, en los intereses que suelen dominar los corazones de los hombres. Con frecuencia la fe nos exige la renuncia a muchos intereses, para poder captar en plena libertad la realidad del mensaje evangélico.

El poder de Dios en Jesucristo
El misterio de la Ascensión de Jesucristo, revelado a los discípulos, en la realidad tangible de la presencia personal y gloriosa, está expuesto por san Pablo en diversos pasajes de sus cartas. Hoy mismo, en la lectura, hace alusión a “la soberana grandeza del poder de Dios en favor de los creyentes, con forme a la eficacia de su fuerza poderosa”. Y añade a continuación: “la fuerza que desplegó en cristo resucitándoles de entre los muertos y sentándole a su derecha a los cielos” (Ef 1, 19-20).
Se trata sencillamente de la glorificación de Jesús obra de Dios en la que se nos revela el poder y la eficacia de su fuerza .El Padre, que por amor a los ha entregado a su Hijo a la muerte, lo ha resucitado y lo ha levantado sobre toda la creación. Jesús aparece ahora a los ojos de sus discípulos como Mesías único, Rey y Señor de los cielos y de la tierra.
Los Salmos cantan la gloria del Dios de Israel. Yahvéh mostró su poder frente a las resistencias enemigas, subiendo a la cabeza de su pueblo en marcha triunfal, desde el desierto del Sinaí hasta el monte Sión. Allí, en Jerusalén, había puesto su templo y su trono. Allí vendrían los pueblos a ofrecerle tributos. “Los carros de Dios son miles y miles. Dios marcha a Sinaí al santuario. Subiste a la cumbre, llevando cautivos; te dieron tributo de hombres” (Sal 68,17). San Pablo comenta: “Y eso de que subió, ¿por qué es, sino porque descendió primero a las partes más bajas de la tierra? El que descendió es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo” (Ef 4, 9-10).

            Misión apostólica
            Todos los anuncios, todas las figuras y profecías tienen su cumplimiento en Jesucristo; se refieren a él y a su obra redentora, al misterio de su abatimiento y de su exaltación: “Se humilló a sí mismo, obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios lo exaltó y le dio el Nombre-sobre-todo-nombre, para que, al nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielos, en la tierra y en los abismos; y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios padre” (Fil 2, 8-11).
Mas esta exaltación gloriosa de Jesús, como Mesías y Señor, está orientada a la salvación de todos los hombres. El mismo lo manifestaba a sus discípulos en el momento de la separación : “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, haced discípulos a todas las gentes”. Esto mismo indica San Pablo, cuando escribe que “subió por encma de todos los cielos para llenarlo todo”. Y por eso, por haber sido constituido Rey Señor, con plenos poderes de salvación, explica a continuación: “El mismo dio a unos el ser apóstoles, a otros profetas, a otros evangelizadores, a otros pastores y doctores, para el recto ordenamiento de los santos en orden al ministerio, para ña edificación del Cuerpo de Cristo” (Ef 4, 11-12).
De esta suerte, en la plenitud del tiempo escatológico, última y definitiva etapa de la historia de la salvación, la Ascensión de Jesús pone de relieve la importancia de este “tiempo intermedio”, en el que la Iglesia ha de realizar su misión apostólica. Jesús está siempre con ella, conforme a su promesa: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta la consumación del mundo”. Si ahora, la realidad viva de esta presencia está sensiblemente oculta a los ojos de sus discípulos, sabemos que ella está garantizada por la acción del Espíritu Santo.



Vivir la Ascensión.
Participar en la celebración sacramental de esta Solemnidad significa el deseo de compenetración más y más Jesucristo,  dispuestos a vivir el misterio de su Ascensión al cielo. Esto lleva consigo aceptar, en plena fe y con alegre esperanza, la misión apostólica que a todos y a cada uno de nosotros, discípulos de Jesús, nos corresponde. Adoptar una actitud de generosa entrega, en orden a evangelizar el mundo en que vivimos.
Pero esto exige aceptar, así mismo, las renuncias a las que nos llama el Evangelio. Empezando por esa misma ocultación de Jesús y de su presencia visible, consecuencia del misterio de su exultación gloriosa. Pendientes siempre y en pura fe de su palabra; que nos garantiza el cumplimiento de su promesa, y nos señala el ejercicio de nuestra misión apostólica.
Debemos fiarnos de él; mantenernos en actitud serena frente a todos los acontecimientos del mundo. Nos haría mucho bien recordar frecuentemente aquellas palabras del Apóstol: “Si resucitásteis con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está contenida con Cristo en Dios” (Col 3, 1-3)

Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén           

                                                       
 

jueves, 25 de mayo de 2017

DOMINGO VI DE PASCUA
DIA 21 DE MAYO
“El cristianismo es la religión del amor.     
PRIMERA LECTURA
Hech    8,5-8. 14-1
Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo

  SALMO RESPONSORIAL
Salmo 65

 Aclamad al Señor, tierra entera

 SEGUNDA LECTURA
 1 Pe  3,15-18
Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida
 EVANGELIO
Juan 14,15-21
Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor
Comentario- Introducción
Se anuncia en este domingo, que Jesús, el Señor Resucitado, no se nos dejará desamparados. Tendremos un Defensor, el Espíritu de la verdad, que vive con nosotros y está con nosotros. “Dentro de poco (la Ascensión es el domingo que viene) el mundo no me verá, pero vosotros me veréis, y viviréis, porque yo sigo viviendo”. Va tocando a su fin la Pascua, pero Él sigue presente entre nosotros, por medio del Espíritu que es el que recrea la comunidad, Él realiza la comunicación entre Jesús y nosotros en el amor.
“En todo este tema…, anda siempre por medio el misterio del amor”
En una lectura “trasversal” entre las lecturas y de la homilía de hoy, podemos concluir para nuestro tiempo que: Los recelos, las calumnias, las difamaciones, el desprestigio, las malas intenciones y manipulaciones en los medios y muchas otras cosas, no pueden llevarnos a verlo todo negativo. Todo lo contrario, la solución es dar más espacio al Espíritu. Dar espacio al amor.
ORACIÓN DEL DÍA

Padre de nuestro Señor Jesucristo:
Tu Hijo nos prometió
que no nos dejaría huérfanos.
Danos el Espíritu de la Verdad,
para que esté con nosotros y viva en nosotros
y así sepamos a dónde nos encaminamos;
y para que sigamos a Jesucristo
en el camino que conduce a ti y a los hermanos.
Que este Espíritu encienda en nosotros
el amor de Jesús,
para que hagamos visible y tangible a todos
la Buena Noticia de su amor...
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.
Amén.

 S. Berdonces
HOMILIA
Ayer estuve en Andújar, reunido con los profesores y sacerdotes que imparten la asignatura de Religión en escuelas e institutos, que colaboran conmigo en la tarea de la educación de la fe. Los sábados anteriores hice lo mismo en Úbeda y en Alcalá la Real. Y esto, a petición de ellos.
Son cientos y cientos de maestros, cuyo testimonio de fe, en el ambiente de nuestras instituciones escolares, es sumamente válido para la Iglesia. Si a ello se suma los alumnos de nuestra Escuela Catequética y los catequistas de las parroquias. Nuestra Iglesia de Jaén cuenta con miles de colaboradores, religiosos y laicos, para atender esta importante parcela del ministerio apostólico, que es el servicio de la Palabra.
Interesa que este servicio sea llevado a cabo entre nosotros, con el espíritu y preparación apostólica de quienes aceptan el Evangelio de Jesucristo, no a la fuerza, si no de buena gana. El número es lo de menos; aunque pueda ser signo elocuente. Pero es precisamente esta preparación pedagógica y este espíritu evangélico el móvil de nuestros esfuerzos pastorales. Por eso hoy, a propósito de aquella primera expresión de la Palabra, a raíz de la muerte de Esteban y de la actuación de Felipe, el evangelista, que nos ha recordado la lectura del libro de los Hechos, vuelvo una vez más al tema.

Predicar a Jesucristo.
 “Felipe bajó a la ciudad de Samaría y predicaba allí a Cristo”. La frase es especialmente luminosa para nosotros. Señala con toda claridad el cometido fundamental – único, en último término, de toda predicación, de toda catequesis-: dar a conocer a Jesucristo. “Conocer a Jesucristo y éste crucificado”, en expresión de San Pablo.
Se ha acusado y sigue acusándose a la Iglesia Católica de “dogmatismo”. Acusación ésta que puede tener algún fundamento; pero no en el sentido que dan en sus palabras lo que así la acusan, mientras caen ellos mismos en dogmatismos muchos más radicales. El problema no está – como ellos piensan- en si enseñamos con autoridad las verdades reveladas por Dios en Jesucristo. Tal autoridad es inherente al magisterio eclesial, por voluntad del mismo Jesucristo.
En cambio, el verdadero problema puede darse, y se  sigue dando con frecuencia por desgracia, en el empeño con que hacemos aprender a niños y adultos la doctrina de fe, sin dar previamente con ellos el paso fundamental. Lo primero no es el conocimiento y aprendizaje  de la doctrina, sino la presentación, el conocimiento y el amor de la persona de Jesucristo. Tanto más cuanto que, en el Cristianismo, todas las verdades, todos los mandatos, todas las promesas, todos los ritos se concentran en esa realidad viviente y única, que es Jesucristo, el Señor.
¡Con cuanto gozo compruebo yo a diario – esta misma semana en Linares, Chiclana, Mancha Real, Bailén, Andújar – que nuestros niños conocen a Jesucristo, sin posibilidad de confundirlo con nada ni con nadie! ¡Y cómo manifiestan quererlo, con toda sencillez!

El crecimiento
Presentar a Jesucristo, darlo a conocer, ayudar a entenderse con él, amarlo con todo el corazón, y contagiar a los niños, adolescentes y jóvenes de ese amor y de esa entrega; tal es el objeto de la tarea educativa en relación con la vida cristiana. Todo lo demás es secundario; irá integrándose a su tiempo sobre este fundamento ineludible.
Puesto este crecimiento – y nadie puede poner otro- hay que levantar el edificio sólido de la fe cristiana y eclesial. Porque la ley de toda vida es el crecimiento. La educación es siempre una obra que requiere comprensión, constancia, entusiasmo, paciencia…Hay que acompañar al alumno en su experiencia personal de la fe cristiana. Es necesario seguir de cerca el crecimiento de la vida sobrenatural en los bautizados.
Nuestros catecúmenos – casi todos ellos recibieron el don de la fe en el bautismo, recibido antes del uso de razón- deben pasar de esa su fe inicial, infantil, sin problemas, a una fe adulta. Han de progresar en el conocimiento y en el amor  de Jesucristo, con todo lo que ese conocimiento y ese amor llevan consigo. Han de irse familiarizando con su trato, con sus palabras, con sus mandamientos, con sus consignas, sus preferencias, su espíritu, su estilo. De forma que, en la medida en que profundizan el conocimiento, vaya afianzándose el amor, sin equívocos, sin dilaciones, sin retrocesos. El cristianismo es la religión del amor.

            Amor y obras de amor
            En todo este tema del crecimiento y madurez del hombre en la fe cristiana, anda siempre por medio el misterio del amor; que es, en último término. El misterio de Dios con nosotros. Aquella noche de la despedida, Jesús puso a los suyos en el secreto: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”.
Solemos comentar esta frase en el sentido de que, el cumplimiento de los mandatos, es la prueba del amor auténtico. Y es necesario recordarlo siempre. Si yo quiero de verdad a una persona, estoy dispuesto a hacer en todo su voluntad, a ejecutar con prontitud y fidelidad todos sus deseos, sus órdenes. Así, quien ama de verdad a Jesucristo, cumplirá sus mandamientos, vivirá su evangelio lo más perfectamente posible. Lo primero no son las obras, lo primero es el amor. Que me  saca de mí mismo y me impulsa a obrar en todo de acuerdo con aquel a quien amo.
Bien entendido que, ese amor y ese conocimiento personal de Jesucristo, son un don gratuito de Dios. Por eso, Jesús dice en seguida a los suyos: “Yo le pediré al padre que os dé otro consolador, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad…No os dejaré desamparados, volveré a vosotros.
La presencia del Espíritu Santo en los bautizados, el amor que derrama en nuestros corazones, es el secreto de la inhabitación de Dios en aquellos que le aman. “El que acepta mis mandamientos y los guarda ése es el que me ama. Al que me ama, mi Padre lo amará y yo también lo amaré, y me revelaré a él”.
Aquí está, queridos sacerdotes, queridos educadores, queridos catequistas, queridos padres y madres cristianos, toda nuestra ciencia y nuestra técnica, como instrumento de Jesucristo, al servicio de la fe de nuestros niños, adolescentes y jóvenes. Una gran mayoría de ellos han dado ya, con el bautismo, esos esos otros dos pasos de la “iniciación” cristiana: la confirmación y la Eucaristía. Estamos seguros de que la gracia del espíritu está en ellos. Jesucristo los ama con predilección. Irá manifestándose gradualmente a ellos.
A nosotros corresponde acompañarlos en su camino y ayudarles. A la verdad, es precisamente esto lo más grande, lo más noble, lo más fecundo que nosotros podemos hacer. Dios bendice nuestro empeño y nuestra labor, ¡Quiera Él que nunca falte el deseo, el empeño, la entrega, en esa tarea de colaborar con Jesucristo en su obra de salvación de todos los hombres.
Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén           


                                                       


sábado, 13 de mayo de 2017

DOMINGO V DE PASCUA
DIA 14 DE MAYO.
¡No perdáis la calma!”


PRIMERA LECTURA
Hech 6, 1-7
Eligieron a siete hombres llenos de espíritu

SALMO RESPONSORIAL
Salmo 32

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti
SEGUNDA LECTURA
1 Pe 2, 4-9
Vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción de una casa espiritual
EVANGELIO
Juan 14, 1-12
Yo soy el camino, la verdad y la vida.

Comentario- Introducción
¡Qué triste es perder el camino; buscar a una persona o una dirección que no podemos encontrar! Y, más triste todavía, más aun cuando nos sentimos totalmente “perdidos”, cuando no sabemos dónde estamos en la vida, cuando todo parece confuso y sin sentido. Hoy Alguien -Jesús mismo- nos habla en el Evangelio, y nos dice: No sólo “os voy a mostrar el camino”, sino “YO SOY EL CAMINO”. Venid conmigo, seguidme, os voy a llevar a vuestra meta en la vida. Esa “meta” que tal vez no sea la que te imaginaste. Os voy a llevar de manera segura al Padre y a los hermanos, e incluso a lo más auténtico de vosotros mismos. Vivid como yo he vivido, pues yo soy el camino, y la verdad y la vida.

S. Berdonces


HOMILIA
Ahora que estamos congregados para la celebración de la Eucaristía, debe avivarse en todos vosotros la conciencia eclesial. Somos miembros del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.
El sentido eclesial ha de dirigir y orientar toda nuestra vida. Lo digo porque hoy nos lo recuerda el apóstol San Pedro: “Acercándonos al Señor –dice-, la piedra desechada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios, también vosotros, como piedras vivas, entréis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo”.
Este es aquel “sacerdocio común”, que compete y alcanza a todos los miembros de la Iglesia, en virtud del santo bautismo.


Problemas y dificultades.
Palabras Con la conciencia de que somos Iglesia, llevamos en nuestras manos el mensaje de salvación; y en nuestro corazón el mandato del Señor. Así hemos de enfrentarnos con la vida.
Mas tengamos en cuenta una cosa: Ni ese mandato del Señor, ni la fe cristiana, ni el hecho de ser ciudadanos de la Iglesia nos libra del peso de nuestras obligaciones como ciudadanos del mundo. Es el Señor quien nos ha situado en el mundo, para que cumplamos la misión que nos es propia como hombres.
Hemos de contar entonces con las dificultades, con la lucha de la vida, en la que encontramos tropiezos y problemas. No me refiero solo a los que tenemos en nuestra casa, nuestra profesión y trabajo, en el roce con los demás hombres; muchos de ellos son incrédulos y discrepan de nosotros. Me refiero también a los que se dan en el seno de la Iglesia. Hay problemas intraeclesiales; encontramos dificultades y aporías, que resultan difíciles de superar.

El crecimiento de la Iglesia.
Hoy precisamente nos informa el evangelista San Lucas del primer problema que se presentó en el seno de la primitiva comunidad cristiana. Fue un problema de crecimiento. “En aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de la lengua hebrea, diciendo que, en el suministro diario, no atendían a sus viudas”. Ya, entre los primeros creyentes, en la misma práctica de la caridad nada menos, se produjeron dificultades.
Hubo que mediar, hubo que pensar, hubo que hacer oración. Los Apóstoles propusieron que se eligieran algunos varones, a los que encomendar parte del ministerio. Se organizaba ya la colaboración apostólica; y, con ella, dio también comienzo el fenómeno de la limitación de poderes dentro de la Iglesia.

Consigna de Jesús
Pero aquí nos sale al encuentro la Palabra de Dios; “En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos : No perdáis la calma”.
He aquí el consejo del Señor esta mañana. ¡No perder la calma! ¡Qué consejo tan bueno! “Creed en Dios y creed también en mi, decía Jesús a sus oyentes. Aquí está el secreto: la fe cristiana. Sólo cuando olvidamos la fe es cuando perdemos la calma. En cambio, en la medida en que vivimos nuestra fe en Dios y en Jesucristo, recobranmos la serenidad y podemos enfrentarnos serena y dignamente con los problemas.
Nos centra el Señor, siempre que nos salimos de la actiud que debemos mantener como cristianos. El nos recuerda nuestro destino: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas...Voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os lo prepare, volveré y os llevaré conmigo; para que donde yo esté, estéis vosotros”.


Somos peregrinos
También nos olvidamos que somos un pueblo que peregrina por el desierto en busca de su Patria. Vamos de camino. Creemos que vamos a estar siempre aquí, y nos instalamos. ¡Y que bien nos instalamos todos: los curas y los toreros, los fontaneros y los gobernantes.
En la casa de mi Padre hay muchas moradas”. Jesucristo ha ido delante a prepararnos el lugar. Es lo primero que habíamos de tener presente cada mañana, cuando nos ponemos en pie: lo primero de todo, centrar erl corazón para pensar en cristiano. Vamos al cielo, caminamos hacia Dios, Aquí, hermanos, no hay nada seguro, bada definitivo. Todo es provisional para el cristiano. Todo, menos Jesucristo.
¡Cuando tendremos nosotros conciencia clara de esta realidad ! Así no nos aferraríamos tánto a las cosas, no defenderíamos nuestra posición a capa y espada frente al hermano, como solemos hacerlo.
No cumplimos bien esa consigna del Papa y de los Obispos acerca de la reconciliación . No nos esforzamos por quitar de en medio las causas y motivos de la enemistad y de la separaciones. Oid .o que añade Jesús; acaso es más profundo: “Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia”. Es lo mismo que decía en otra ocasión: “Mi dctrina no es mía, sino de aquél que me envió”.

Meros instrumentos
Tú, padre, que te enfrentas con el problema de tus hijos. Tñu, cura que sales cada día al encuentro de feligreses. Tú, obispo…lo que tu dices, no lo dices por cuenta propia.
Nos haría falta tener muy viva la conciencia de que somos legados, embajadores, meros instrumentos del Señor; y de estar sirviendo una causa que, en último término, no es nuestra, sino de Dios y de Jesucristo. En tal caso n uestra obligación, como instrumento que somos suyos, es acoplarnos fielmente a la voluntad de Dios y al Evangelio. Cuidar de no caer en un peligro grave: Colocarme to en el centro y defender la causa que llevo en las manos, como si fuera mía y no de Dios...
Habremos de situarnos siempre como enviados por Jesucristo. Sin pretender jamás imponer a los otros nuestro parecer; aunque se trate de los propios hijos. Respetemos siempre la libertad del otro; dejar a la gracia de Dios y a la propia responsabilidad el aceptar o no lo que nosotros proponemos o decimos.
Cuando vamos en otra actitud y, a todo trance, el otro ha de aceptar nuestro parecer, nuestros deseos, nos desequilibramnos, perdemos la calma y lo echamos todo a rodar. ¡No perdamos la calma! Que también nos recuerda el Señor: “El Padre permanece en mí, él mismo hace las obras”.


Ejemplo de Pablo
En esta postura estaba San Pablo. Preso, mientras se tramitaba su proceso en Roma. Escribía desde allí a los filipenses, para decirles: “Quiero que sepáis, hermanos, que lo que me ha sucedido, ha contribuido más bien al progreso del Evangelio”. A propósito de su prisión, se habían reanimado otros predicadores a seguir adelante. Mas , entre ellos, había algunos que tenían envidia al Apóstol. “Es cierto que algunos predican por envidia…Pero ¿qué al fin y al cabo, hipócrita o sinceramente Cristo es anunciado, y esto me alegra y seguirá alegrándome. Pues yo se que esto es para mi salvación…Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte; pues para mía la vida es Cristo y la muerte ganancia” (Fil 1, 12-21).
Esta es la convicción que todos habíamos de tener, al enfrentarnos con la vida y al tratar de llevar adelante el nombre de Jesucristo. Pidámosle esta convicción, esta serenidad, esta gracia. ¡ Padres, no perdáis la calma; gobernantes, no perdáis la calma, mis curas, no perdáis la calma!
Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén


ORACIÓN DEL DÍA

Es domingo; una luz nueva
resucita la mañana
con su mirada inocente,
llena de gozo y de gracia.

Es domingo; la alegría
del mensaje de la Pascua
es la noticia que llega
siempre y que nunca se gasta.

Es domingo; la pureza
no sólo la tierra baña,
que ha penetrado en la vida
por las ventanas del alma.

Es domingo; la presencia
de Cristo llena la casa:
la Iglesia, misterio y fiesta,
por él y en él convocada.

Es domingo; «éste es el día
que hizo el Señor», es la Pascua,
día de la creación
nueva y siempre renovada.

Es domingo; de su hoguera
brilla toda la semana
y vence oscuras tinieblas
en jornadas de esperanza.

Es domingo; un canto nuevo
toda la tierra le canta
al Padre, al Hijo, al Espíritu,
único Dios que nos salva. Amén.







domingo, 7 de mayo de 2017

DOMINGO IV DE PASCUA
DOMINGO DEL BUEN PASTOR
DIA 7 DE MAYO.
“Él vela por nosotros, y nos conduce a buenos pastos. Él nos llevará hasta el aprisco del cielo”


PRIMERA LECTURA
Hechos de los Apóstoles 2, 14a. 36-41
Los que aceptaron sus palabras se bautizaron.
 
  SALMO RESPONSORIAL
Salmo 22

 El Señor es mi Pastor, nada me falta

 SEGUNDA LECTURA
 1 Pe Pedro 2,20-25
 Pero ahora os habéis convertido al pastor y guardián de vuestras almas.

 EVANGELIO
Juan 10, 1-10
  Él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera.


                                               Comentario- Introducción
 De las varias imágenes que en el Nuevo Testamento intentan describir quién es Jesús para nosotros, en este domingo cuarto de Pascua, el Evangelio de San Juan nos presenta a Jesús como el Buen Pastor, esa puerta por la que pastores y ovejas tienen entrada.
 La homilía que pronuncia el Pastor de la Diócesis, cobra un sentido especial y concreto, sus palabras son las palabras de aquel que quiso considerar el don que había recibido de Cristo, imitando en todo momento lo que conmemoraba en el Altar y conformando su vida  con la Cruz del Señor. Vivió de tal manera el ser el Pastor del rebaño que el Señor le había encomendado; su sello de obispo fue  la imagen de un pastor con la oveja herida sobre sus hombros, en su tumba en la catedral de Jaén, reza como epitafio, Miguel Peinado “Pastor Bonus”. Y así lo fue, buscó a la perdida, curó a la herida, alimentó sin descanso a la que estaba en el redil… Fruto de ese alimento son estas homilías que publicamos.
S. Berdonces


HOMILIA
“En aquel tiempo dijo Jesús a los fariseos: Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas” (Jn 10, 1-2).
Se lo dejo a los fariseos. ¿Por qué a ellos?...

No aceptaban a Jesús.
No era esta la primera vez. Desde los mismos comienzos del ministerio público de Jesucristo, aquellos hombres se habían enfrentado con el nuevo profeta, salido de Nazaret. No podían tolerar que las multitudes del pueblo fueran tras él y lo llamaran Maestro. Según ellos, los maestros espirituales del pueblo eran observantes con toda la frialdad de la ley, Jesús no respetaba el sábado, ni tenía en cuenta las tradiciones de los mayores. Los milagros que Jesús hacía, como signos de Dios por confirmar sus palabras, les irritaban. No aceptaban a Jesús.
Jesús había ejercitado su paciencia con ellos; que deberían haber sido los primeros en aceptarlo como enviado de Dios, por su conocimiento de las Escrituras. Pero los fariseos habían endurecido su corazón frente al Evangelio. Había crecido en ellos el odio y, en su impotencia para quitarle autoridad ante el pueblo, acabaron por tramar su muerte, con el pretexto de que blasfemaba, por llamar a Dios padre.
Las últimas veces que se habían enfrentado con él, fue en la fiesta de los Tabernáculos, en Jerusalén. En aquellos días, Jesús había liberado de sus manos a una mujer adúltera, a quien ellos le habían traído para poder cogerlo en sus palabras. “El que esté libre de pecado, tire la primera piedra”, les dijo en aquella ocasión. Y, una vez que ellos se fueron marchando, Jesús perdonó a la mujer pecadora ( Jn 8,1-11).
Poco después, con ocasión de haber dado vista a un ciego de nacimiento, de nuevo volvieron los fariseos a la carga, con el pretexto de que aquél hombre no respetaba el sábado, ni era discípulo de Moisés. Ese capítulo 9 del evangelio de San Juan, termina con estas palabras de Jesús a sus enemigos: “Si fuereis ciegos, no tendríais pecado; pero como decís: vemos, vuestro pecado permanece”.


Nuevo encuentro
Así las cosas, en un nuevo encuentro por aquellos días, Jesús quiso invitarlos a reflexionar; para que, mudada su actitud y convertido su corazón, aceptaran el Evangelio de la salvación. Les recordó la imagen del rebaño, recogido en el aprisco, para que cayeran en la cuenta de que eran malos pastores. Debían ellos conocer – y hasta es posible que, en aquellos días de fiesta, se leyera al pueblo- que pasaje de Ezequiel en el que Dios, por boca del profeta, se queja de los pastores de Israel:
“¡ay de los pastores de Israel, que se apacientan a sí mismos! ¿No son las ovejas lo que tienen que apacentar los pastores?... Me voy a enfrentar con los pastores; les reclamaré mis ovejas, para que dejen de apacentarse a sí mismos los pastores… Yo mismo en persona buscare a mis ovejas, siguiendo su rastro. Los apacentaré en ricos pastos… buscaré las ovejas perdidas, recogeré a las descarriadas, vendaré las heridas, curaré a las enfermas…” (Ez 34, 2-16)
En este contexto, no es extraño que Jesús les recuerde la imagen del rebaño. Eran ellos precisamente los pastores. Para acabar diciéndoles con toda claridad: “En verdad, en verdad os digo: Yo soy la puerta de las ovejas…Yo soy la puerta: si alguno entra por mí, se salvará; entrará y saldrá, encontrará pasto…Yo vine para que tengan vida, y vida abundante” (Jn 10,7-10).
Que era lo mismo que decirles: Pues que vosotros, de la misma forma que los otros que vinieron antes, no habéis cuidado del rebaño conforme a los mandatos del Señor, he venido yo, enviado por él, para que las ovejas puedan salvarse. Yo soy el Mesías prometido, que vosotros esperáis. “El Espíritu del Señor está sobre mí. Porque me ha ungido, me ha enviado para evangelizar a los pobres, para predicar a los cautivos la libertad y a los ciegos la curación…” (Lc 4, 16-19).
Pero ellos no querían aceptarle. Se resistían a entrar por la puerta. Preferían seguir saltando las tapias, para dominar, robar y matar.

            Actitud de los discípulos
       Con esta postura, cerrada e injusta, contrasta fuertemente la de los discípulos de Jesús, que le seguían de cerca. Ya, en los comienzos, ante el testimonio del Bautista: “He aquí el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29), algunos de ellos le siguieron y atrajeron a otros hacia Jesús. Todos ellos, ante  la llamada del maestro, lo dejaron todo para seguirle (Mt 4, 18-22). Entraron por la puerta que Dios les abría, con la presencia de Jesús, y se incorporaron a su tarea apostólica.
Eran hombres sencillos y rudos. En principio, no tenían una idea clara del Mesías que esperaban, como buenos israelitas. Junto a Jesús, se fueron abriendo a la fe, y lo confesaron como el Cristo enviado por Dios para obrar la salvación. Cierto: cuando el maestro empezó a revelarles un Mesías, destinado a la muerte, y muerte de cruz, se resistían a aceptar sus palabras. Mas acabaron por aceptarlas y ver con claridad los planes de Dios Salvador. La muerte de Jesucristo los atrajo hacia él para siempre.
Luego, cuando Jesús resucitó de entre los muertos, les dio su Espíritu y los envió como ministros suyos: “La paz sea con vosotros. Como el Padre me ha enviado, así os envío yo a vosotros” (Jn 20,21). Habían entrado por la puerta en el aprisco. Jesús los dejará como pastores al frente de su rebaño. Ellos proclamarían ante el  mundo, como lo hizo Pedro el mismo día de Pentecostés: “Todo Israel está cierto de que Dios ha hecho Señor y Mesías a este Jesús, a quien vosotros habéis crucificado” (Hech 2,36). Hasta acabar sellando esta verdad con el testimonio de su sangre.
Queridos hermanos: Entremos también nosotros por esa puerta. Permanezcamos siempre junto a Jesucristo, el Mesías, el Señor. Él nos ha dado la vida. Él nos alimenta con su Cuerpo y con su Sangre. El vela por nosotros, y nos conduce a buenos pastos. Él nos llevará hasta el aprisco del cielo.   

Miguel Peinado.

Que fue Obispo de Jaén