sábado, 13 de mayo de 2017

DOMINGO V DE PASCUA
DIA 14 DE MAYO.
¡No perdáis la calma!”


PRIMERA LECTURA
Hech 6, 1-7
Eligieron a siete hombres llenos de espíritu

SALMO RESPONSORIAL
Salmo 32

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti
SEGUNDA LECTURA
1 Pe 2, 4-9
Vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción de una casa espiritual
EVANGELIO
Juan 14, 1-12
Yo soy el camino, la verdad y la vida.

Comentario- Introducción
¡Qué triste es perder el camino; buscar a una persona o una dirección que no podemos encontrar! Y, más triste todavía, más aun cuando nos sentimos totalmente “perdidos”, cuando no sabemos dónde estamos en la vida, cuando todo parece confuso y sin sentido. Hoy Alguien -Jesús mismo- nos habla en el Evangelio, y nos dice: No sólo “os voy a mostrar el camino”, sino “YO SOY EL CAMINO”. Venid conmigo, seguidme, os voy a llevar a vuestra meta en la vida. Esa “meta” que tal vez no sea la que te imaginaste. Os voy a llevar de manera segura al Padre y a los hermanos, e incluso a lo más auténtico de vosotros mismos. Vivid como yo he vivido, pues yo soy el camino, y la verdad y la vida.

S. Berdonces


HOMILIA
Ahora que estamos congregados para la celebración de la Eucaristía, debe avivarse en todos vosotros la conciencia eclesial. Somos miembros del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.
El sentido eclesial ha de dirigir y orientar toda nuestra vida. Lo digo porque hoy nos lo recuerda el apóstol San Pedro: “Acercándonos al Señor –dice-, la piedra desechada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios, también vosotros, como piedras vivas, entréis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo”.
Este es aquel “sacerdocio común”, que compete y alcanza a todos los miembros de la Iglesia, en virtud del santo bautismo.


Problemas y dificultades.
Palabras Con la conciencia de que somos Iglesia, llevamos en nuestras manos el mensaje de salvación; y en nuestro corazón el mandato del Señor. Así hemos de enfrentarnos con la vida.
Mas tengamos en cuenta una cosa: Ni ese mandato del Señor, ni la fe cristiana, ni el hecho de ser ciudadanos de la Iglesia nos libra del peso de nuestras obligaciones como ciudadanos del mundo. Es el Señor quien nos ha situado en el mundo, para que cumplamos la misión que nos es propia como hombres.
Hemos de contar entonces con las dificultades, con la lucha de la vida, en la que encontramos tropiezos y problemas. No me refiero solo a los que tenemos en nuestra casa, nuestra profesión y trabajo, en el roce con los demás hombres; muchos de ellos son incrédulos y discrepan de nosotros. Me refiero también a los que se dan en el seno de la Iglesia. Hay problemas intraeclesiales; encontramos dificultades y aporías, que resultan difíciles de superar.

El crecimiento de la Iglesia.
Hoy precisamente nos informa el evangelista San Lucas del primer problema que se presentó en el seno de la primitiva comunidad cristiana. Fue un problema de crecimiento. “En aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de la lengua hebrea, diciendo que, en el suministro diario, no atendían a sus viudas”. Ya, entre los primeros creyentes, en la misma práctica de la caridad nada menos, se produjeron dificultades.
Hubo que mediar, hubo que pensar, hubo que hacer oración. Los Apóstoles propusieron que se eligieran algunos varones, a los que encomendar parte del ministerio. Se organizaba ya la colaboración apostólica; y, con ella, dio también comienzo el fenómeno de la limitación de poderes dentro de la Iglesia.

Consigna de Jesús
Pero aquí nos sale al encuentro la Palabra de Dios; “En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos : No perdáis la calma”.
He aquí el consejo del Señor esta mañana. ¡No perder la calma! ¡Qué consejo tan bueno! “Creed en Dios y creed también en mi, decía Jesús a sus oyentes. Aquí está el secreto: la fe cristiana. Sólo cuando olvidamos la fe es cuando perdemos la calma. En cambio, en la medida en que vivimos nuestra fe en Dios y en Jesucristo, recobranmos la serenidad y podemos enfrentarnos serena y dignamente con los problemas.
Nos centra el Señor, siempre que nos salimos de la actiud que debemos mantener como cristianos. El nos recuerda nuestro destino: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas...Voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os lo prepare, volveré y os llevaré conmigo; para que donde yo esté, estéis vosotros”.


Somos peregrinos
También nos olvidamos que somos un pueblo que peregrina por el desierto en busca de su Patria. Vamos de camino. Creemos que vamos a estar siempre aquí, y nos instalamos. ¡Y que bien nos instalamos todos: los curas y los toreros, los fontaneros y los gobernantes.
En la casa de mi Padre hay muchas moradas”. Jesucristo ha ido delante a prepararnos el lugar. Es lo primero que habíamos de tener presente cada mañana, cuando nos ponemos en pie: lo primero de todo, centrar erl corazón para pensar en cristiano. Vamos al cielo, caminamos hacia Dios, Aquí, hermanos, no hay nada seguro, bada definitivo. Todo es provisional para el cristiano. Todo, menos Jesucristo.
¡Cuando tendremos nosotros conciencia clara de esta realidad ! Así no nos aferraríamos tánto a las cosas, no defenderíamos nuestra posición a capa y espada frente al hermano, como solemos hacerlo.
No cumplimos bien esa consigna del Papa y de los Obispos acerca de la reconciliación . No nos esforzamos por quitar de en medio las causas y motivos de la enemistad y de la separaciones. Oid .o que añade Jesús; acaso es más profundo: “Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia”. Es lo mismo que decía en otra ocasión: “Mi dctrina no es mía, sino de aquél que me envió”.

Meros instrumentos
Tú, padre, que te enfrentas con el problema de tus hijos. Tñu, cura que sales cada día al encuentro de feligreses. Tú, obispo…lo que tu dices, no lo dices por cuenta propia.
Nos haría falta tener muy viva la conciencia de que somos legados, embajadores, meros instrumentos del Señor; y de estar sirviendo una causa que, en último término, no es nuestra, sino de Dios y de Jesucristo. En tal caso n uestra obligación, como instrumento que somos suyos, es acoplarnos fielmente a la voluntad de Dios y al Evangelio. Cuidar de no caer en un peligro grave: Colocarme to en el centro y defender la causa que llevo en las manos, como si fuera mía y no de Dios...
Habremos de situarnos siempre como enviados por Jesucristo. Sin pretender jamás imponer a los otros nuestro parecer; aunque se trate de los propios hijos. Respetemos siempre la libertad del otro; dejar a la gracia de Dios y a la propia responsabilidad el aceptar o no lo que nosotros proponemos o decimos.
Cuando vamos en otra actitud y, a todo trance, el otro ha de aceptar nuestro parecer, nuestros deseos, nos desequilibramnos, perdemos la calma y lo echamos todo a rodar. ¡No perdamos la calma! Que también nos recuerda el Señor: “El Padre permanece en mí, él mismo hace las obras”.


Ejemplo de Pablo
En esta postura estaba San Pablo. Preso, mientras se tramitaba su proceso en Roma. Escribía desde allí a los filipenses, para decirles: “Quiero que sepáis, hermanos, que lo que me ha sucedido, ha contribuido más bien al progreso del Evangelio”. A propósito de su prisión, se habían reanimado otros predicadores a seguir adelante. Mas , entre ellos, había algunos que tenían envidia al Apóstol. “Es cierto que algunos predican por envidia…Pero ¿qué al fin y al cabo, hipócrita o sinceramente Cristo es anunciado, y esto me alegra y seguirá alegrándome. Pues yo se que esto es para mi salvación…Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte; pues para mía la vida es Cristo y la muerte ganancia” (Fil 1, 12-21).
Esta es la convicción que todos habíamos de tener, al enfrentarnos con la vida y al tratar de llevar adelante el nombre de Jesucristo. Pidámosle esta convicción, esta serenidad, esta gracia. ¡ Padres, no perdáis la calma; gobernantes, no perdáis la calma, mis curas, no perdáis la calma!
Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén


ORACIÓN DEL DÍA

Es domingo; una luz nueva
resucita la mañana
con su mirada inocente,
llena de gozo y de gracia.

Es domingo; la alegría
del mensaje de la Pascua
es la noticia que llega
siempre y que nunca se gasta.

Es domingo; la pureza
no sólo la tierra baña,
que ha penetrado en la vida
por las ventanas del alma.

Es domingo; la presencia
de Cristo llena la casa:
la Iglesia, misterio y fiesta,
por él y en él convocada.

Es domingo; «éste es el día
que hizo el Señor», es la Pascua,
día de la creación
nueva y siempre renovada.

Es domingo; de su hoguera
brilla toda la semana
y vence oscuras tinieblas
en jornadas de esperanza.

Es domingo; un canto nuevo
toda la tierra le canta
al Padre, al Hijo, al Espíritu,
único Dios que nos salva. Amén.







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