DOMINGO V
DE PASCUA
DIA 14 DE
MAYO.
“¡No
perdáis la calma!”
PRIMERA
LECTURA
Hech 6, 1-7
Eligieron a siete hombres
llenos de espíritu
SALMO RESPONSORIAL
Salmo
32
Que
tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de
ti
SEGUNDA LECTURA
1 Pe 2, 4-9
Vosotros, como piedras vivas, entráis en la
construcción de una casa espiritual
EVANGELIO
Juan
14, 1-12
Yo soy el camino, la
verdad y la vida.
Comentario- Introducción
¡Qué
triste es perder el camino; buscar a una persona o una dirección que
no podemos encontrar! Y, más triste todavía, más aun cuando nos
sentimos totalmente “perdidos”, cuando no sabemos dónde estamos
en la vida, cuando todo parece confuso y sin sentido. Hoy Alguien
-Jesús mismo- nos habla en el Evangelio, y nos dice: No sólo “os
voy a mostrar el camino”, sino “YO SOY EL CAMINO”. Venid
conmigo, seguidme, os voy a llevar a vuestra meta en la vida. Esa
“meta” que tal vez no sea la que te imaginaste. Os voy a llevar
de manera segura al Padre y a los hermanos, e incluso a lo más
auténtico de vosotros mismos. Vivid como yo he vivido, pues yo soy
el camino, y la verdad y la vida.
S.
Berdonces
HOMILIA
Ahora que estamos congregados para la celebración de la
Eucaristía, debe avivarse en todos vosotros la conciencia eclesial.
Somos miembros del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.
El sentido eclesial ha de dirigir y orientar toda
nuestra vida. Lo digo porque hoy nos lo recuerda el apóstol San
Pedro: “Acercándonos al Señor –dice-, la piedra desechada por
los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios, también vosotros,
como piedras vivas, entréis en la construcción del templo del
Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios
espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo”.
Este es aquel “sacerdocio común”, que compete y
alcanza a todos los miembros de la Iglesia, en virtud del santo
bautismo.
Problemas y dificultades.
Palabras Con la conciencia de que somos Iglesia,
llevamos en nuestras manos el mensaje de salvación; y en nuestro
corazón el mandato del Señor. Así hemos de enfrentarnos con la
vida.
Mas tengamos en cuenta una cosa: Ni ese mandato del
Señor, ni la fe cristiana, ni el hecho de ser ciudadanos de la
Iglesia nos libra del peso de nuestras obligaciones como ciudadanos
del mundo. Es el Señor quien nos ha situado en el mundo, para que
cumplamos la misión que nos es propia como hombres.
Hemos de contar entonces con las dificultades, con la
lucha de la vida, en la que encontramos tropiezos y problemas. No me
refiero solo a los que tenemos en nuestra casa, nuestra profesión y
trabajo, en el roce con los demás hombres; muchos de ellos son
incrédulos y discrepan de nosotros. Me refiero también a los que
se dan en el seno de la Iglesia. Hay problemas intraeclesiales;
encontramos dificultades y aporías, que resultan difíciles de
superar.
El crecimiento de la Iglesia.
Hoy precisamente nos informa el evangelista San Lucas
del primer problema que se presentó en el seno de la primitiva
comunidad cristiana. Fue un problema de crecimiento. “En aquellos
días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega
se quejaron contra los de la lengua hebrea, diciendo que, en el
suministro diario, no atendían a sus viudas”. Ya, entre los
primeros creyentes, en la misma práctica de la caridad nada menos,
se produjeron dificultades.
Hubo que mediar, hubo que pensar, hubo que hacer
oración. Los Apóstoles propusieron que se eligieran algunos
varones, a los que encomendar parte del ministerio. Se organizaba ya
la colaboración apostólica; y, con ella, dio también comienzo el
fenómeno de la limitación de poderes dentro de la Iglesia.
Consigna
de Jesús
Pero aquí nos sale al encuentro la Palabra de Dios; “En
aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos : No perdáis la calma”.
He aquí el consejo del Señor esta mañana. ¡No perder
la calma! ¡Qué consejo tan bueno! “Creed en Dios y creed también
en mi, decía Jesús a sus oyentes. Aquí está el secreto: la fe
cristiana. Sólo cuando olvidamos la fe es cuando perdemos la calma.
En cambio, en la medida en que vivimos nuestra fe en Dios y en
Jesucristo, recobranmos la serenidad y podemos enfrentarnos serena y
dignamente con los problemas.
Nos centra el Señor, siempre que nos salimos de la
actiud que debemos mantener como cristianos. El nos recuerda nuestro
destino: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas...Voy a
prepararos sitio. Cuando vaya y os lo prepare, volveré y os llevaré
conmigo; para que donde yo esté, estéis vosotros”.
Somos peregrinos
También nos olvidamos que somos un pueblo que peregrina
por el desierto en busca de su Patria. Vamos de camino. Creemos que
vamos a estar siempre aquí, y nos instalamos. ¡Y que bien nos
instalamos todos: los curas y los toreros, los fontaneros y los
gobernantes.
“En la casa de mi Padre hay muchas moradas”.
Jesucristo ha ido delante a prepararnos el lugar. Es lo primero que
habíamos de tener presente cada mañana, cuando nos ponemos en pie:
lo primero de todo, centrar erl corazón para pensar en cristiano.
Vamos al cielo, caminamos hacia Dios, Aquí, hermanos, no hay nada
seguro, bada definitivo. Todo es provisional para el cristiano. Todo,
menos Jesucristo.
¡Cuando tendremos nosotros conciencia clara de esta
realidad ! Así no nos aferraríamos tánto a las cosas, no
defenderíamos nuestra posición a capa y espada frente al hermano,
como solemos hacerlo.
No cumplimos bien esa consigna del Papa y de los Obispos
acerca de la reconciliación . No nos esforzamos por quitar de en
medio las causas y motivos de la enemistad y de la separaciones. Oid
.o que añade Jesús; acaso es más profundo: “Lo que yo os digo no
lo hablo por cuenta propia”. Es lo mismo que decía en otra
ocasión: “Mi dctrina no es mía, sino de aquél que me envió”.
Meros instrumentos
Tú, padre, que te enfrentas con el problema de tus
hijos. Tñu, cura que sales cada día al encuentro de feligreses. Tú,
obispo…lo que tu dices, no lo dices por cuenta propia.
Nos haría falta tener muy viva la conciencia de que
somos legados, embajadores, meros instrumentos del Señor; y de estar
sirviendo una causa que, en último término, no es nuestra, sino de
Dios y de Jesucristo. En tal caso n uestra obligación, como
instrumento que somos suyos, es acoplarnos fielmente a la voluntad de
Dios y al Evangelio. Cuidar de no caer en un peligro grave: Colocarme
to en el centro y defender la causa que llevo en las manos, como si
fuera mía y no de Dios...
Habremos de situarnos siempre como enviados por
Jesucristo. Sin pretender jamás imponer a los otros nuestro parecer;
aunque se trate de los propios hijos. Respetemos siempre la libertad
del otro; dejar a la gracia de Dios y a la propia responsabilidad el
aceptar o no lo que nosotros proponemos o decimos.
Cuando vamos en otra actitud y, a todo trance, el otro
ha de aceptar nuestro parecer, nuestros deseos, nos desequilibramnos,
perdemos la calma y lo echamos todo a rodar. ¡No perdamos la calma!
Que también nos recuerda el Señor: “El Padre permanece en mí, él
mismo hace las obras”.
Ejemplo de Pablo
En esta postura estaba San Pablo. Preso, mientras se
tramitaba su proceso en Roma. Escribía desde allí a los filipenses,
para decirles: “Quiero que sepáis, hermanos, que lo que me ha
sucedido, ha contribuido más bien al progreso del Evangelio”. A
propósito de su prisión, se habían reanimado otros predicadores a
seguir adelante. Mas , entre ellos, había algunos que tenían
envidia al Apóstol. “Es cierto que algunos predican por
envidia…Pero ¿qué al fin y al cabo, hipócrita o sinceramente
Cristo es anunciado, y esto me alegra y seguirá alegrándome. Pues
yo se que esto es para mi salvación…Cristo será glorificado en mi
cuerpo, por mi vida o por mi muerte; pues para mía la vida es Cristo
y la muerte ganancia” (Fil 1, 12-21).
Esta es la convicción que todos habíamos de tener, al
enfrentarnos con la vida y al tratar de llevar adelante el nombre de
Jesucristo. Pidámosle esta convicción, esta serenidad, esta gracia.
¡ Padres, no perdáis la calma; gobernantes, no perdáis la calma,
mis curas, no perdáis la calma!
†
Miguel Peinado.
Que
fue Obispo de Jaén
ORACIÓN
DEL DÍA
Es
domingo; una luz nueva
resucita la
mañana
con su
mirada inocente,
llena de
gozo y de gracia.
Es domingo; la
alegría
del mensaje
de la Pascua
es la
noticia que llega
siempre y
que nunca se gasta.
Es domingo; la
pureza
no sólo
la tierra baña,
que ha
penetrado en la vida
por las
ventanas del alma.
Es domingo; la
presencia
de Cristo
llena la casa:
la Iglesia,
misterio y fiesta,
por él
y en él convocada.
Es domingo;
«éste es el día
que hizo
el Señor», es la Pascua,
día de
la creación
nueva y
siempre renovada.
Es domingo; de
su hoguera
brilla toda
la semana
y vence
oscuras tinieblas
en jornadas
de esperanza.
Es domingo; un
canto nuevo
toda la
tierra le canta
al Padre,
al Hijo, al Espíritu,
único Dios
que nos salva. Amén.
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