domingo, 23 de abril de 2017

DOMINGO II DE PASCUA
DIA 23 DE ABRIL.
“Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten Misericordia de nosotros y del mundo entero."



PRIMERA LECTURA
Hech 2,42-47
Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común

  SALMO RESPONSORIAL
Salmo 117

  Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Aleluya

 SEGUNDA LECTURA
 1 Pe  1, 3-9
Por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva.

 EVANGELIO
Juan 20, 19-31
 A los ocho días llegó Jesús



                                              
Comentario- Introducción
Este domingo se celebra la  Fiesta de la Divina Misericordia, instituida por el Papa Juan Pablo II quien, al canonizar a Santa Faustina el 30 de Abril del 2000,  declaró el segundo domingo de Pascua (domingo posterior al de Resurrección) como el “Domingo de la Misericordia Divina”:
En su homilía, el Papa pronunció las siguientes palabras: “Así pues, es importante que acojamos íntegramente el mensaje que nos transmite la palabra de Dios en este segundo domingo de Pascua, que a partir de ahora en toda la Iglesia se designará con el nombre de "Domingo de la Divina Misericordia".
Debemos de tener en cuenta que la presente homilía fue escrita y proclamada con anterioridad a la Institución de esta fiesta, pero no por eso deja a entrever a lo largo de la misma, el gran misterio de la Misericordia de Dios con nosotros,

S. Berdonces


HOMILIA
Las lecturas de este domingo nos trasladan, amados hermanos, al ambiente sencillo, limpio y fervoroso, de la primitiva comunidad cristiana. Más aun, a aquella casa, donde estaban encerrados los discípulos, y donde se les apareció Jesús, el mismo día de la resurrección de nuestro Señor.
La narración de Lucas, el pasaje de la primera carta de Pedro y ese final del Evangelio de San Juan, son especialmente aptos para despertar en nuestros corazones la fe cristiana; para levantarnos “a una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura. Imperecedera, que nos está reservada en el cielo".
¡Ojalá pudiera decirse de nosotros aquello que el primer apóstol y pontífice de la Iglesia decía de los cristianos de su tiempo: “No habéis visto a Jesucristo y lo amáis; no lo veis y creéis en él, y os alegráis con un gozo infalible y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe” (1Pe 1,8-9)


La misma Iglesia.
Una larga historia nos separa de aquel “pequeño rebaño” y comunidad primitiva.  Nos une, al mismo tiempo, con esa Iglesia de los comienzos. No obstante las apariencias exteriores, que puedan engañar a quienes no aciertan a mirar sino con ojos  humanos, somos la misma y única Iglesia de Jesús, ahora crecida, adulta y extendida por el mundo entero.
¿No es verdad que también entre nosotros, como en aquellos días primeros, hay muchos hermanos , que procuran hacer partícipes a los otros con generosidad ejemplar…? ¿No hubo ya, entre aquellos primeros discípulos de Jesús, algunos de los fallos y problemas que nosotros seguimos viviendo…?
Ahora bien, no todos los cristianos, ni siquiera los más, ofrecen al mundo el testimonio de aquella su vida ejemplar. Por desgracia, somos muchos los que no damos ejemplo de piedad, de unión, de amor. Hay grupos amplios entre los que confiesan miembros de la Iglesia, en los que se da una ignorancia lamentable de los misterios fundamentales y de dejan llevar de opiniones nada evangélicas, o tienen prácticas religiosas rayanas en la superstición. Los hay que no dan señales de creer en la resurrección de Jesucristo, y menos en nuestra propia resurrección.
Todo esto produce escándalo, malestar, escepticismo, Y da ocasión a problemas serios de fe en muchas personas. Problemas, que luego se complican a causa de la crisis interna que padecemos y las exigencias de una reforma de las instituciones eclesiales.
No podemos nosotros eludir la responsabilidad que nos toca, en esta obra de renovación que la Iglesia ha emprendido y está pidiendo la transformación del mundo. ¿Qué hacer? ¿Cuál debe de ser nuestra actitud? ¿Hasta qué punto tendremos que cambiar y en qué medida habremos de mantenernos en la postura tradicional…?
Mirando, en concreto a nuestra propia Diócesis, debemos preguntarnos seriamente cómo debemos emprender y llevar a cabo las reformas que necesitamos, con los ojos de la vida cristiana de nuestro pueblo y la colaboración en la tarea de la Iglesia Universal.
Caminos equivocados
Indiquemos brevemente algunas de las posturas que, por no estar orientadas a la luz del Evangelio, no pueden ser convenientes.
La primera es de aquellos que se resisten por sistema a todo cambio, siquiera sea en cosas accidentales. Instalados en sus prácticas de siempre, apegados a costumbres más o menos justificables, cerrada la inteligencia a la realidad del mundo actual, no quieren otro sistema  que “hacer lo que hemos hecho siempre”. Tienen miedo a las reformas, rechazan toda innovación, miran con antipatía las mismas decisiones adoptadas por la Iglesia para adaptar su trabajo a las necesidades de los hombres de ahora.
Otros con un espíritu más o menos ligero, quisieran entrar a saco en el terreno de las estructuras eclesiales. Entienden que todo debe cambiar y, ante  los cambios obrados ya, no se encuentran satisfechos. Tanto en materia de liturgia, como en la misma presentación de la doctrina y sobre todo, en las instituciones, aspiran a una revolución radical. Les molesta cualquier norma, cualquier iniciativa u orientación que no venga de “la base”. Oponen, por incompatibles, la Iglesia del espíritu a la Iglesia de las estructuras, como ellos suelen llamarla.
Relacionados con el grupo anterior hay otros que, menospreciando el valor de la oración y de la vida sacramental, entienden que, el programa fundamental de la Iglesia de nuestra hora, tiene que orientarse, de manera directa, hacia la liberación del mundo presente de toda forma de esclavitud o alienación. Son aquellos que propugnan una secularización total: de las personas, de las cosas, de los lugares, hasta de la misma Eucaristía.
Todavía habrá que mencionar la actitud, más o menos romántica, de quienes, pensando en la comunidad cristiana primitiva, de que nos ha hablado la lectura primera, creen que la Iglesia, si ha de poner remedio a sus males, ha de volver a aquellas formas primitivas, desligándose de cuanto, a través de los siglos, se ha incorporado a su vida. Insisten éstos en la autenticidad de la vida cristiana; no admiten la presencia en la Iglesia y en sus celebraciones, sino la de los cristianos consecuentes. Parecen olvidar la parábola del Señor: “El Reino de los cielos es como una red echada al mar, que recoge peces buenos y malos” (Mt 12, 47).

            Consignas ineludibles
      Pensando, hermanos, en la realidad de nuestra Diócesis y en vuestra colaboración apostólica, debo recordaros, a la luz de la resurrección de Jesucristo, ciertas consignas que considero necesarias par llegar a una actitud razonable, en todo esto de la renovación de nuestra vida eclesial.
Lo primero ha de ser aceptar la realidad de la Iglesia, tal como Jesucristo la quiso y la quiere. Y tal como es, a causa de nuestras limitaciones y de nuestras propias infidelidades. De ahí tenemos que partir siempre.
Debemos asimilar, así mismo, nuestra propia historia. Los pueblos que no aciertan a hacerlo arrastran una vida lánguida e infecunda. En esto la Iglesia no es excepción.
Es necesario, sobre todo, renovar cada día, cada domingo, cada año, nuestra fe en la resurrección de Jesucristo. “Sin mí, nada podéis”, nos ha dicho el Señor (Jn 15, 5)
Generosidad grande para el sufrimiento también. No estamos en ambiente de persecución ahora, se ha estado y se puede volver a estar. Y, con todo, “quienes aspiran a vivir piadosamente, habrán de padecer persecución” (2Tim 3,12). Pienso que, para muchos, va a llegar la hora en que, como escribía San Ignacio mártir, “el negocio no está en proclamar la fe sino en mantenerse en la fuerza de ella hasta el fin /Ad Ef. XIV,2).
Necesitamos finalmente una confianza sin límites. “La fuerza de Dios os custodia en la fe” (1Pe 1, 5). Meditad, hermanos, todas estas consignas, mientras conmemoras en la Eucaristía el misterio Pascual.

Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén           


ORACIÓN DEL DÍA

Gracias, Señor, porque nos regalas un nuevo y renovado encuentro contigo en cada Eucaristía.
Gracias, porque nos dices: no tengas miedo y nos das paz y esperanza para vivir.
Abre nuestros ojos para reconocerte hoy a nuestro lado, en nuestro entorno, en nuestros hermanos, especialmente en los que sufren.
Con Tomás te decimos ¡Señor mío y Dios mío!. Fortalece nuestra fe, da seguridad a nuestra esperanza y constancia a nuestro amor.
Ayúdanos a ser cristianos misericordiosos como Tú y testigos de la resurrección de tu Hijo ante el mundo.  Por Jesucristo Nuestro Señor.

Amén.



domingo, 16 de abril de 2017

DOMINGO DE RESURRECCIÓN
DÍA 16 DE ABRIL.
“Este es el día en que actuó el Señor”


PRIMERA LECTURA
 Hechos de los Apóstoles 10, 34a. 37-43
 Nosotros hemos comido y bebido con él, después de su resurrección

  SALMO RESPONSORIAL
Salmo 117
Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.

 SEGUNDA LECTURA
 Colosenses 3, 1-4
Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo
 SECUENCIA DE LA MISA
Ofrezcan los cristianos
Ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.
Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.
Lucharon vida y muerte
en singular batalla
y, muerto el que es Vida,
triunfante se levanta.
¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?
—A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,
los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!
Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.
Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.
Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa.
Amén. Aleluya

EVANGELIO
 Juan 20, 1-9
El había de resucitar de entre los muertos


                                               Comentario- Introducción
La Resurrección nos abre la puerta a la vida eterna en Dios. Cristo ha resucitado aun cuando las mujeres no lo saben. Han visto morir a Jesús y han visto sepultarlo, pero no lo vieron resucitar. Se acercan al sepulcro y no lo encuentran. Nosotros vemos nuestros problemas como ese sepulcro, lugar de muerte, y por ello al sentirnos sin fuerzas nos preguntamos dónde está Cristo. Pero hoy debemos reflexionar sobre las palabras de los ángeles: ¿por qué buscar entre los muertos al que vive?  Ya no está en el sepulcro, pero nos quedamos ahí. Nuestra vida diaria cambiará de rumbo cuando comprendamos que Cristo está vivo, que no está en el sepulcro
El domingo de Resurrección regresa el blanco victorioso de la victoria de Dios.
S. Berdonces

HOMILIA
Entre todas las fiestas que la Iglesia celebra, para nosotros, sus hijos, ésta de la Pascua es, sin duda, la primera y la más importante.
Todos los domingos nos reunimos aquí para celebrar la Eucaristía, conforme al mandato del Señor. Pues bien, éste de hoy, que se llama Domingo de Resurrección, es el que da impulso, imprime su dinamismo, alienta la vida, y pone en orden y armonía todos los domingos del año.                  

Este es el día en que actuó el Señor
La vida de la Iglesia de Jesucristo, toda la vida cristiana, cuando es auténtica y está rectamente orientada, se centra en este día santo. Aquí llegamos a la cumbre. Esta es la meta de nuestra peregrinación y el punto de partida para nuevas ascensiones hacia el monte del Señor. Lo hemos repetido, después de la lectura, una y otra vez. O, como prefieren traducir otros, “este es el día que hizo el Señor”. El significado es el mismo. De todas maneras el piadoso israelita que daba gracias a Dios, porque le había librado con su intervención providencial de no sabemos qué calamidad o desgracia, no podía suponer que esta expresión suya en su acción de gracias (Sal 117), la íbamos a hacer nuestra los cristianos y la habríamos de repetir a través de los siglos, para bendecir a Dios y darle gracias en esta solemnidad de la Pascua Cristiana.
Anoche en la Vigilia, las lecturas nos iban recordando las obras admirables que Dios llevó a cabo en favor de su pueblo. Desde la Creación hasta la llegada de Jesucristo, Dios Salvador intervino una y otra vez en la vida de Israel, para salvarlo de todos los peligros, y sacarlo con vida y libertad frente a todos sus enemigos.
Todas aquellas obras admirables no eran sino el comienzo, el reflejo y anticipo de su gran obra, llevada a cabo por nuestro Señor Jesucristo. La obra grande, sin comparación, su acción decisiva en favor de los hombres es, definitivamente, ésta de la resurrección gloriosa de Jesucristo.

La victoria que vence al mundo
Nuestra fe cristiana es la respuesta al mensaje evangélico, que hoy se complace la Iglesia en proclamar, en nombre de Jesús, con especial solemnidad y gozo. Nosotros oído la palabra de Dios y la aceptamos obedientes. Frente a todos los obstáculos, frente a todos los escepticismos, frente a todas las dificultades de la vida,” nosotros creemos en aquél que resucitó de entre los muertos a Jesús, Señor nuestro, que fue entregado por nuestros delitos y resucitó por nuestra justificación”.
Mejor que en cualquier otra ocasión, nuestros corazones agradecidos deben cantar las alabanzas del Señor, con toda la alegría de que seamos capaces. En el Prefacio, con el que hoy se inicia la Plegaria Eucarística, la Iglesia canta a Jesucristo; “el verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo: muriendo. Destruyó nuestra muerta muerte y, resucitando, restauró la vida”.
Se trata de una victoria singular y misteriosa. “Muriendo, destruyó nuestra muerte”. La venció, la redujo a servidumbre, la destruyó, la aniquiló, le quitó su poder omnímodo, con que tiranizaba a todos los hombres, hijos de Adán, sin remedio ni esperanza.
¡Victoria admirable! Es la victoria de la vida sobre la muerte. El triunfo de aquél, que dijo un día: “Yo soy la vida” (Jn 14,6). Jesús, de quien el Evangelista, después de convivir con Él y contemplarle de cerca con especial afecto escribió en el comienzo de su Evangelio: “En él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron” (Jn 1, 4-5)
Sí, Jesús, a quien “mataron colgándolo de un madero”, está vivo. “Dios lo resucitó al tercer día” (Hech 10, 39-40) No quedo bajo el dominio de la muerte. Ha triunfado de la muerte y del pecado para siempre.

Lejos de todo triunfalismo
Y nosotros, contemplando ahora con los ojos de nuestra de cristiana el triunfo de nuestro Rey y Señor, podemos desafiar, sin miedo, a la muerte, con las palabras del Apóstol: “¡Oh muerte! ¿Dónde está tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado, la Ley. Pero, ¡gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!” (1 Cor15, 55-56).
Su triunfo, hermanos, es nuestro propio triunfo; su victoria es nuestra victoria. Que nadie vaya a escandalizarse de este lenguaje. Cuando nosotros celebramos este misterio con el Espíritu del Señor, y expresamos, en estos términos, nuestra fe cristiana y nuestra esperanza in igualable frente a todas las apariencias de este mundo, estamos lejos de cualquiera clase de triunfalismos.
Aquí no hay, no puede haber desprecio para nadie. Lejos está de nosotros cualquiera sombra de opresión, de dominio, de ostentación, de soberbia. El Reino de Dios no es como los reinos de este mundo. Este que celebramos es el triunfo de la verdad frente a la mentira, de la justicia de Dios frente al pecado, del amor y de la luz sobre toda clase de egoísmos.
Cristo es hoy toda luz para nosotros. Mas esta luz de la gloria, en la que nuestra fe contempla envuelta su humanidad gloriosa, y de la que nosotros esperamos vernos revestidos algún día por su misericordia, no es una luz como las luces que alumbran la tierra. No es una luz que ciega, que irrita, que distrae o, incluso, atormenta los ojos. ¡No! Para decirlo con frase de nuestro San Juan de la Cruz, ésta es “la pura y sencilla luz de Dios” (Subida al Monte Carmelo” I, 4) Nunca, como a la luz gloriosa de Jesucristo resucitado, nosotros nos vemos como somos. Ella nos ayuda para ver con toda claridad nuestras limitaciones, todas nuestras miserias, todos nuestros pecados, toda nuestra nada.
Por eso, expresamos nuestra fe con toda humildad y confianza en la misericordia del Señor para con nosotros. Y le decimos con la Iglesia: “Sabemos que Cristo ha resucitado de entre los muertos verdaderamente. Tú, Rey vencedor, ten misericordia de nosotros”.
Que este Jesús glorioso os bendiga hoy especialmente y os traspase con su luz. Para que esta mañana, al participar en la Eucaristía del Misterio Pascual, cantemos unidos las misericordias del Señor.
Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén                 



ORACIÓN DEL DÍA
                   
Tú me has RESUCITADO
con Cristo, el Señor,
¡Aleluya!
Mi vida está con Él
escondida en Tí,
¡Aleluya!
Has sellado tu Alianza
de Amor y Vida conmigo,
¡Aleluya!
Nada podrá separarme jamás
de tu Amor,
¡Aleluya!
Hazme testigo fiel
de la Resurrección del Señor Jesús,
¡Aleluya!
Padre, renueva en mí tu Alianza
con el fruto de tu ALEGRÍA.
 Amén.




VIERNES SANTO
PASIÓN Y MUERTE DEL SEÑOR
DÍA 14 DE ABRIL.
“¡Victoria ¡Tú reinarás, ¡Oh Cruz, tú nos salvarás!”


PRIMERA LECTURA
 Isaías 52, 13-53, 12
Como muchos se espantaron de él, porque desfigurado no parecía hombre…

  SALMO RESPONSORIAL
Salmo 30
Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.

 SEGUNDA LECTURA
 Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9
Cristo, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte…

 EVANGELIO
Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 18, 1-19, 42
Todo está cumplido.  E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.          

                                               Comentario- Introducción
Hoy no se celebra la Eucaristía en todo el mundo. El altar luce sin mantel,  sin velas ni adornos. Recordamos la muerte de Jesús. Los ministros se postran en el suelo ante el altar al comienzo de la ceremonia. Son la imagen de la humanidad hundida y oprimida, y al tiempo penitente que implora perdón por sus pecados.
Van vestidos de rojo, el color de los mártires: de Jesús, el primer testigo del amor del Padre y de todos aquellos que, como él, dieron y siguen dando su vida por proclamar la liberación que Dios nos ofrece.
La cruz es el centro. Hoy, comulgamos de la reserva eucarística de la Misa de la tarde de ayer.

S. Berdonces

HOMILIA
“Cuando Jesús tomó el vinagre, dijo: “Todo se ha cumplido. Inclinó la cabeza y entregó el espíritu” (Jn 19,39)
¡El último momento de la vida mortal de Jesús! Entregó su espíritu al Padre en generosa donación. En la dulce generosidad de una vida perfectamente acoplada a la santa voluntad de Dios, con plena confianza filial “obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil 2,8).

            Todo se ha cumplido
La muerte de Jesús señala “la plenitud de los tiempos”. Las sombras vienen a plena luz. Se ha hecho realidad todos los anuncios proféticos, todas las figuras del Antiguo Testamento, todas las promesas de Dios Salvador. Su designio eterno de “recapitular en Cristo todas las cosas, las del cielo y las de la tierra” (Ef 1,10) sale adelante; pese a la maldad de los hombres y la dura oposición de todos los poderes del infierno, Alzase en la tierra, Jesucristo atrae a sí a todos.
Este mismo Jesús, nacido de la Virgen María, Hijo de Dios, cordero inocente, santísimo, limpio de todo pecado, de toda mancha, el más hermoso entre los hijos de los hombres, llega a su perfección como mediador de la Nueva Alianza, “convertido en causa de salvación eterna para todos lo que le obedecen, proclamado por Dios Sumo Sacerdote, a semejanza de Melquisedec” (Heb 5, 9-10).

Irrumpe en la tierra en Reino de Dios
Un día, ante los ataques de los fariseos que acechan a mala parte todas sus acciones, Jesús hubo de decirles: “Pues, si en virtud del Espíritu de Dios expulso yo los demonios, señal es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios” (Mt 12,28).
El último suspiro de Jesús señala el momento de la irrupción del Reino de Dios en la tierra. Es un acontecimiento irreversible. A partir de ahora, aquél, “que da el Espíritu sin medida” (Jn 3, 34), saldrá al encuentro de los suyos para darles el Espíritu Santo. Empieza la “nueva creación”. El Espíritu del Señor “renueva la faz de la tierra”.
“Ahora es el juicio del mundo: ahora el príncipe de este mundo será arrojado fuera” (Jn 12, 31). Satanás se bate en retirada; su reino de pecado, de soberbia, de ambición y de mentira, se cuartea. Las ovejas dispersas del rebaño van a ser congregadas por el Pastor, “que da la vida por sus ovejas”. Los cautivos son liberados de su esclavitud; los hombres pueden vivir la libertad de los hijos de Dios.
“La justicia de Dios por la fe de Jesucristo para todos los que creen…Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien Dios exhibió como instrumento de propiciación por su propia sangre” (Rom 3, 22-25)

Invitación
La celebración litúrgica del Viernes Santo, a la hora misma en que murió Jesús para salvar a todos los hombres, es para nosotros, sus discípulos, una invitación a la esperanza. La cruz está en alto. Nos disponemos a adorarla con fe viva. Cantaremos con serena alegría: “¡Victoria! Tú reinarás, ¡Oh Cruz, tú nos salvarás!
Esta es la hora del amor agradecido. ¿Quién hizo más por todos y por cada uno de nosotros?... ¿Quién se ha entregado jamás con tal generosidad?... ¿Quien atendió y sirvió nuestra causa con mayor desprendimiento, con más desinterés?...”Siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios ¡, sino que se despojó de su rango, tomando condición de esclavo, haciéndose pasar por un hombre cualquiera…” (Fil 3,3-7)
En su presencia y contemplando su cruz, debemos renovar nuestra promesas de fidelidad. Lanzando fuera todo temor, toda desconfianza por el recuerdo de nuestras propias experiencias personales y colectivas. “Si, cuánta más razón, estando ya reconciliadas, seremos salvos por su vida” (Rom 5,10).
Repitamos, hermanos, con toda sinceridad, con toda la fuerza de nuestro corazón agradecido: “Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, porque por tu santa cruz has redimido al mundo”.
 † Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén                 


ORACIÓN DEL DÍA
                    Oh Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, tu querido Hijo Jesús se hizo uno de nosotros, fue como nosotros en todo menos en el pecado, cuando nació de nuestra carne y sangre.
Por el sufrimiento de su pasión tú nos salvas de la muerte que merecemos por ser corresponsables del mal y del pecado en nosotros y en el mundo. Que su sufrimiento no haya sido en vano.
Llénanos con la vida y gracia que ganó para nosotros en la cruz, y ayúdanos a imitarle y ser semejantes a él, nuestro Señor resucitado que vive y reina contigo por los siglos de los siglos.
Amén.
                                                 



miércoles, 12 de abril de 2017

JUEVES SANTO
MISA VESPERTINA EN LA CENA DEL SEÑOR
DÍA 13 DE ABRIL.
“Amaba a sus discípulos hasta el extremo...la medida del amor es no tener medida”


PRIMERA LECTURA
Éxodo 12.1-8.11-14
Este mes será para vosotros el principal de los meses...

  SALMO RESPONSORIAL
Salmo 115
 El cáliz de la bendición es comunión con la sangre de Cristo

 SEGUNDA LECTURA
  Corintios 11,23-26
Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.

 EVANGELIO
Juan 13,1-15
Tomando una toalla, echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies…

                                               Comentario- Introducción
Jesús se sienta a la mesa con sus Apóstoles a celebrar la última cena con ellos y les encargó que la celebrasen en el futuro en memoria suya. Esta celebración abre el Triduo Pascual, ésta nos prepara para la celebración por excelencia de los cristianos: la Vigilia Pascual, que celebraremos, Dios mediante, el próximo sábado. Las lecturas de hoy y la homilía, con gran pedagogía, nos ayudarán a entender lo que Jesús hizo y nos dan las pautas para lo que nosotros tenemos que hacer hoy.
S. Berdonces

HOMILIA
Las lecturas que se hacen en esta Misa Vespertina del Jueves Santo inician toda la celebración del Triduo Pascual.
Nos han recordado, en primer término, la institución de la Pascua Judía, como memorial perenne, para los hijos de Israel, de su liberación de la esclavitud de Egipto.
Luego con palabras del Apóstol, la institución de la Eucaristía hecha por Jesús “la noche en iba a ser entregado”, es decir esa misma tarde. Finalmente, la lección evangélica ha evocado, en nuestro recuerdo, la figura de Jesús, en actitud de esclavo para lavar los pies a sus discípulos.
Nos detenemos brevemente en la consideración de este misterio, antes de reproducirlo aquí de manera visible, conforme el rito litúrgico de esta celebración. Ya, desde el principio del relato, Juan Evangelista, que la vivió personalmente, quiere situarnos en la postura exacta; para que estemos en el secreto de esta acción profética realizada por Jesucristo, cuando iba a entregarse al sacrificio.

El amor.
            “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que están en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1).
Quiere decirnos el Evangelista que, la explicación de este proceder de Jesús para con los suyos, no es otra sino el amor. Amaba a sus discípulos hasta el extremo, es decir, sin medida. Jamás, como en este caso, ha sido realidad que “la medida del amor es no tener medida”. Fue el amor  quien decidió  al Maestro dar su última lección a sus discípulos, para ambientar la institución de la Eucaristía. Con la que iba a perpetuarse, a través de los siglos en su Iglesia, su entrada al misterio redentor. Para que pudiéramos tener parte en él los hombres de todos los tiempos y lugares.
Cuando es algo más que apariencia o meras palabras y sentimientos fáciles, el amor es entrega personal al sacrificio por el bien del otro, a quien decimo querer. Lo es siempre y en todo caso, si nos referimos al amor humano. Lo es, sobre todo, cuando hablamos del amor cristiano. Que no es otro, sino el amor con que Jesucristo nos ama, “derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Rom 5,5,).

El servicio
Esto es necesario tenerlo en cuenta y trabajar por mantenerlo bien alto. Lo es de manera especial en medio del mundo que, con tanta frecuencia y tan superficialmente, habla del amor. Lo cual es signo de que, precisamente por eso, nuestro mundo anda muy necesitado del amor cristiano; de la libertad, de la alegría y de la paz del espíritu, que siempre lo acompañan.
Si es auténtico, el amor nos saca de nosotros mismos, para situarnos en actitud de servicio totalmente desinteresado. Al servicio de aquellos a quienes a quienes amamos. Y, por ellos mismos, resulta tan ejemplar la actitud de Jesús a los pies de los discípulos: de Simón Pedro, de Andrés, de Juan, de Santiago, de Judas…; de todos y cada uno de ellos, Nosotros nos gloriamos de contarnos entre los discípulos. “Os he dado ejemplo – nos dice el Maestro-, para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn 13,15).
Servir al otro, ponerse sinceramente a su disposición, compenetrarse con sus alegrías y con sus dolores; estar atento a sus necesidades, darle parte en nuestros bienes, remediar su soledad, procurarle descanso y consuelo, interesándose por sus cosas; en una palabra, sacrificarse por él. Son los distintos y variadísimos aspectos del servicio humano y cristiano.

Y todos los otros
Mas ¡cuidado!, que no se agota con esto el deber del servicio. Aparte y más allá de todas las separaciones y fronteras, mis relaciones personales no pueden quedar reducidas a aquél o a aquellos, con quienes me une la amistad, el parentesco, el agradecimiento. Ahí están todos los hombres sin distinción, en los que está profundamente grabada la imagen de Dios. El amor cristiano me obliga para con todos ellos. Sin excluir a quienes viven lejos, a los que no conozco de cerca. Ni aquellos que tienen opiniones o intereses contrarios a los míos, los que pertenecen a otros grupos, a otros partidos, a otros pueblos; ni a quienes son enemigos míos o me han hecho algún mal. Que tal es la ley del amor, tal como nos ha sido revelado en Jesucristo.
Para poder cumplir con ella y realizar este servicio, he de hacerlo a través de la comunidad humana, en que yo estoy inserto, de la Iglesia de Jesucristo, a la que estoy unido, como miembro del Cuerpo Místico, en virtud de mi bautismo. Desde mi puesto en la propia familia, en la sociedad civil, en la comunidad eclesial, he de estar siempre en actitud de servicio; interesarme por todos, ayudar a todos en la medida de mis fuerzas. Y, muy especial, a cuantos están necesitados de ayuda.
Mas, para todo esto, es indispensable situarse interior y exteriormente en la apertura del Evangelio. En actitud de obediencia y de humildad sincera. Siempre alerta contra toda forma de egoísmo; en lucha constante frente a los desórdenes de mi amor propio. Teniendo presente el ejemplo y las palabras del Señor: “Entre vosotros, el que quiera ser primero, sea vuestro servidor; como el Hijo del hombre, que no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20, 27-28)

Invitación
Queridos hermanos: seamos generosos, seamos valientes, seamos decididos para aceptar de una vez el Evangelio del Señor, en toda sencillez y grandeza. “Corramos al combate que la vida nos ofrece, puestos los ojos en el autor y consumador de nuestra fe” (Heb 12, 1-2).
Mientras así contemplamos a Jesús, que lava los pies a sus discípulos, recordemos a todos los pobres del mundo: a los enfermos, a los niños, a los abandonados, a los perseguidos. Oremos por todos los pecadores necesitados de conversión. Y acerquémonos luego a comer el Cuerpo y la Sangre de Cristo, entregados en sacrificio por la salvación de todos. Alimentados esta tarde con la Eucaristía, salgamos de aquí fortalecidos en la fe, limpio el corazón, encendidos en el amor a Jesucristo.
 † Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén                 


ORACIÓN DEL DÍA
                    Concédenos, Padre todopoderoso, que así como nos has fortalecido aquí en la tierra en la Cena de tu Hijo, merezcamos también saciarnos en la cena de tu Reino eterno. Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.               

Liturgia conclusiva de la misa de este día
La Eucaristía del Jueves Santo omite la conclusión habitual de toda misa: la despedida y la bendición. Queda un espacio abierto que empalma silenciosamente con la liturgia del Viernes Santo; es la continuación de una sola celebración que terminará con la bendición final de la misa de Pascua.
Concluida la celebración de la Misa, se despoja el altar en que se ha celebrado.
Esta noche, después de la oración, el sacerdote no nos despide, sino que nos invita a prolongar nuestra presencia cerca Cristo de cuyo sacramento se reservará en un altar diferente del altar del Sacrificio, signo del trono de nuestro Rey. Según el ejemplo de los apóstoles, roguemos al Señor que nos permita compartir no solamente su Cena, sino también su cruz y su resurrección.
A partir de este momento la comunidad realiza una Adoración prolongada, que puede hacerse en forma solemne delante del Santísimo sacramento reservado. Pasada la medianoche cesa toda adoración solemne, pues ya ha comenzado el día de la Pasión del Señor.
“Cantemos al Amor de los Amores, cantemos al Señor, Dios está aquí…”





sábado, 8 de abril de 2017

DOMINGO DE RAMOS
DÍA 9 DE ABRIL.
“Aceptó generosamente el dolor, la persecución, las calumnias, la mentira, la injusticia”


PRIMERA LECTURA
Isaías 50,4-7
Para decir al abatido una palabra de aliento.

  SALMO RESPONSORIAL
Salmo 21
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

 SEGUNDA LECTURA
  Filipenses 2,6-11
Se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.  

 EVANGELIO
Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo 26,14–27,66
 Padre mío,  aparta de mí este cáliz. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.

                                               Comentario- Introducción
Estamos a las puertas de la Semana Santa y el drama se Jesús entra en su punto álgido de controversia; las autoridades traman su asesinato. En el Evangelio se nos relata cómo la fama de Jesús ha crecido debido a sus signos, en especial por el último realizado, la resurrección de su amigo Lázaro.

Hoy estamos invitados a erradicar nuestro egoísmo y unirnos a Jesús en su entrega de amor. El ego se opone a la entrega, a la fidelidad, al servicio desinteresado. La cruz está presente en el horizonte, por eso los ornamentos litúrgicos de hoy son de color rojo; presagio de la verdadera entrada como Rey, que culminará en el trono del Calvario.
S. Berdonces

HOMILIA
Acabamos de iniciar la celebración solemne del Misterio de la Muerte y de la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Es nuestra Pascua cristiana. Debemos consagrarnos ahora con especial interés a la consideración y a la oración.
Si tomamos en serio de la vida, el problema de la identidad cristiana, la exigencias de la fe, nuestra condición de miembros de la Iglesia, nuestro compromiso con el mundo en que vivimos, como discípulos de Jesucristo, ésta es la ocasión propicia para considerar seriamente la situación real nuestro espíritu, el estado de nuestras relaciones personales con Dios y con los hombres.

Recuerdo vivo.
Hemos empezando por aclamar a Jesucristo, Rey y Señor, vencedor de la muerte y del infierno. Con la procesión de los ramos, nos hemos incorporado sensiblemente al homenaje que le tributaron en este día sus discípulos y los niños, en su entrada en Jerusalén, cabalgando sobre un pollino, para dar cumplimiento a las profecías mesiánicas.
Este homenaje es justo, Redimidos en virtud de su sacrificio, conscientes de la libertad  de hijos a los misterios dolorosos de la vida de nuestro Señor, ocupan la parte más amplia y más interesante del Evangelio. Vienen a ser como una presentación narrativa del kerigma cristiano, tal y como es proclamado por el Iglesia desde los comienzos: “Padeció en tiempos de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado. Resucitó al tercer día de entre los muertos y subió al cielo”.
Es el tema fundamental de la predicación apostólica; el mismo que la Iglesia debe anunciar a los hombres de todos los tiempos.

Se humilló
Este anuncio es un mensaje prometedor; tiene poder salutífero. Apunta  a la raíz de todos los desórdenes, para curar nuestros pecados y nuestras miserias, y liberar al hombre de su propia esclavitud. Es, por eso mismo, una invitación insistente a la imitación de Jesucristo; para que sus discípulos adoptemos siempre su actitud y obremos en consecuencia.
Con una sola palabra ha expresado San Pablo esta actitud y conducta: “Se humilló”. Se abatió a sí mismo, aceptó generosamente el dolor, la persecución, las calumnias, la mentira, la injusticia. Abrazó con anchura de corazón los azotes, las espinas, las injurias, la cruz.
Sus mismos discípulos, sus amigos, lo dejaron solo en la hora difícil; lo negaron, lo traicionaron, lo vendieron. Y él no se quejó, ni se defendió. No abrió la boca para protestar. “Como cordero inocente que no da un balido, como oveja muda llevada  al matadero…”Consciente de lo que hacía, prefirió aceptar la muerte en silencio, con la firme voluntad de obedecer al padre y ofrecer su vida en sacrificio, para la salvación de todos los pecadores del mundo.

            Nuestra contribución
            Gran lección es esta, hermanos. Tenemos aquí el baremo definitivo para medir nuestra ambición, nuestra soberbia, nuestros egoísmos, nuestro espíritu de justicia, nuestro amor a Dios y a los hombres. Los cristianos, ahora más que nunca, hemos de levantar nuestra mirada a esa estampa ejemplar y paciente del Siervo de Dios, Sacerdote y Victima. Desde los dolores de la humanidad, desde lo complicado de nuestros problemas, desde nuestras aporías y falta de luz, debemos levantarnos hacia él por la imitación y el amor.
Y es precisamente ésta nuestra contribución fundamental a la causa de la Humanidad. En último término, ni la violencia, ni el terrorismo, ni la injusta distribución de la riqueza, ni las manipulaciones políticas, ni las discriminaciones irritantes de personas o de pueblos podrán conjurarse, si el corazón de los hombres no se convierte a Dios. Al contrario, seguirán en aumento esos males, pese a los esfuerzos nobles de tantas personas interesadas en la paz.
Hay quienes ponen reparos, en una forma o en otra, al programa de la cruz. Incluso teólogos modernos, que encuentran desacertada la presentación que hace la Iglesia de la obra redentora y de los misterios de la pasión de Jesucristo. Sin embargo, hay algo que, al menos desde el horizonte de la fe, es perfectamente claro: Para que el mundo sea bueno, es necesario que sean buenos los hombres. Y para que lo sean, es necesario matar la soberbia, destruir la ambición, controlar los instintos, encauzar las pasiones y los deseos del corazón. Pero todo esto es humanamente imposible, si no aceptamos a Jesucristo “y éste crucificado”.

Eucaristía
La lectura y consideración de la Pasión tiene su comienzo obligado en la celebración Eucarística. Si el misterio de la Palabra aviva en los creyentes el recuerdo de la obra salvadora de Jesucristo, la acción sacramental hace presente esa misma obra, para que participemos personalmente en el sacrificio y en la victoria de nuestro Señor.
“Se recuerda la memoria de su pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura”, escribió Santo Tomás y la liturgia católica lo recuerda en la antífona del oficio del Corpus Christi.
Apresurémonos, pues, a participar en el misterio de su muerte y resurrección; para que, llenos de la gracia santificante, nos lancemos a la vida con toda generosidad y podamos así esperar confiados el cumplimiento de las promesas.
 † Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén                 


ORACIÓN DEL DÍA
                    Tú eres, Oh Cristo, el Rey de Gloria. Entra en mi corazón de la manera que entraste a Jerusalén, manso y humilde. Con palmas de gozo te recibo y te alabo. Enséñame a ser un verdadero creyente, no de los que te siguen por complacer a la gente, como los judíos que después de recibirte, al cabo de unos días decidieron crucificarte. En esta Semana Mayor, enséñame a amarte Señor, y vivir con auténtica piedad el sufrimiento de tu humanidad.

Amén.