JUEVES SANTO
MISA VESPERTINA EN LA CENA DEL SEÑOR
DÍA 13 DE ABRIL.
“Amaba a sus discípulos hasta el
extremo...la medida del amor es no tener medida”
PRIMERA LECTURA
Éxodo 12.1-8.11-14
Este mes será para vosotros el principal de los meses...
SALMO RESPONSORIAL
Salmo 115
El cáliz de
la bendición es comunión con la sangre de Cristo
SEGUNDA
LECTURA
Corintios 11,23-26
Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros.
Haced esto en memoria mía.
EVANGELIO
Juan
13,1-15
Tomando una
toalla, echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies…
Comentario- Introducción
Jesús se sienta a la mesa con sus
Apóstoles a celebrar la última cena con ellos y les encargó que la celebrasen
en el futuro en memoria suya. Esta celebración abre el Triduo Pascual, ésta nos
prepara para la celebración por excelencia de los cristianos: la Vigilia
Pascual, que celebraremos, Dios mediante, el próximo sábado. Las lecturas de
hoy y la homilía, con gran pedagogía, nos ayudarán a entender lo que Jesús hizo
y nos dan las pautas para lo que nosotros tenemos que hacer hoy.
S. Berdonces
HOMILIA
Las lecturas que se hacen
en esta Misa Vespertina del Jueves Santo inician toda la celebración del Triduo
Pascual.
Nos han recordado, en
primer término, la institución de la Pascua Judía, como memorial perenne, para
los hijos de Israel, de su liberación de la esclavitud de Egipto.
Luego con palabras del
Apóstol, la institución de la Eucaristía hecha por Jesús “la noche en iba a ser
entregado”, es decir esa misma tarde. Finalmente, la lección evangélica ha
evocado, en nuestro recuerdo, la figura de Jesús, en actitud de esclavo para
lavar los pies a sus discípulos.
Nos detenemos brevemente
en la consideración de este misterio, antes de reproducirlo aquí de manera
visible, conforme el rito litúrgico de esta celebración. Ya, desde el principio
del relato, Juan Evangelista, que la vivió personalmente, quiere situarnos en
la postura exacta; para que estemos en el secreto de esta acción profética
realizada por Jesucristo, cuando iba a entregarse al sacrificio.
El amor.
“Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que
había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los
suyos que están en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1).
Quiere decirnos el
Evangelista que, la explicación de este proceder de Jesús para con los suyos,
no es otra sino el amor. Amaba a sus discípulos hasta el extremo, es decir, sin
medida. Jamás, como en este caso, ha sido realidad que “la medida del amor es
no tener medida”. Fue el amor quien
decidió al Maestro dar su última lección
a sus discípulos, para ambientar la institución de la Eucaristía. Con la que
iba a perpetuarse, a través de los siglos en su Iglesia, su entrada al misterio
redentor. Para que pudiéramos tener parte en él los hombres de todos los
tiempos y lugares.
Cuando es algo más que
apariencia o meras palabras y sentimientos fáciles, el amor es entrega personal
al sacrificio por el bien del otro, a quien decimo querer. Lo es siempre y en
todo caso, si nos referimos al amor humano. Lo es, sobre todo, cuando hablamos
del amor cristiano. Que no es otro, sino el amor con que Jesucristo nos ama,
“derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado”
(Rom 5,5,).
El servicio
Esto es necesario tenerlo
en cuenta y trabajar por mantenerlo bien alto. Lo es de manera especial en
medio del mundo que, con tanta frecuencia y tan superficialmente, habla del
amor. Lo cual es signo de que, precisamente por eso, nuestro mundo anda muy
necesitado del amor cristiano; de la libertad, de la alegría y de la paz del
espíritu, que siempre lo acompañan.
Si es auténtico, el amor
nos saca de nosotros mismos, para situarnos en actitud de servicio totalmente
desinteresado. Al servicio de aquellos a quienes a quienes amamos. Y, por ellos
mismos, resulta tan ejemplar la actitud de Jesús a los pies de los discípulos:
de Simón Pedro, de Andrés, de Juan, de Santiago, de Judas…; de todos y cada uno
de ellos, Nosotros nos gloriamos de contarnos entre los discípulos. “Os he dado
ejemplo – nos dice el Maestro-, para que lo que yo he hecho con vosotros,
vosotros también lo hagáis” (Jn 13,15).
Servir al otro, ponerse
sinceramente a su disposición, compenetrarse con sus alegrías y con sus
dolores; estar atento a sus necesidades, darle parte en nuestros bienes,
remediar su soledad, procurarle descanso y consuelo, interesándose por sus
cosas; en una palabra, sacrificarse por él. Son los distintos y variadísimos
aspectos del servicio humano y cristiano.
Y todos los otros
Mas ¡cuidado!, que no se agota con
esto el deber del servicio. Aparte y más allá de todas las separaciones y
fronteras, mis relaciones personales no pueden quedar reducidas a aquél o a
aquellos, con quienes me une la amistad, el parentesco, el agradecimiento. Ahí
están todos los hombres sin distinción, en los que está profundamente grabada
la imagen de Dios. El amor cristiano me obliga para con todos ellos. Sin
excluir a quienes viven lejos, a los que no conozco de cerca. Ni aquellos que
tienen opiniones o intereses contrarios a los míos, los que pertenecen a otros
grupos, a otros partidos, a otros pueblos; ni a quienes son enemigos míos o me
han hecho algún mal. Que tal es la ley del amor, tal como nos ha sido revelado
en Jesucristo.
Para poder cumplir con ella y
realizar este servicio, he de hacerlo a través de la comunidad humana, en que
yo estoy inserto, de la Iglesia de Jesucristo, a la que estoy unido, como
miembro del Cuerpo Místico, en virtud de mi bautismo. Desde mi puesto en la
propia familia, en la sociedad civil, en la comunidad eclesial, he de estar
siempre en actitud de servicio; interesarme por todos, ayudar a todos en la
medida de mis fuerzas. Y, muy especial, a cuantos están necesitados de ayuda.
Mas, para todo esto, es indispensable
situarse interior y exteriormente en la apertura del Evangelio. En actitud de
obediencia y de humildad sincera. Siempre alerta contra toda forma de egoísmo;
en lucha constante frente a los desórdenes de mi amor propio. Teniendo presente
el ejemplo y las palabras del Señor: “Entre vosotros, el que quiera ser
primero, sea vuestro servidor; como el Hijo del hombre, que no ha venido a ser
servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20, 27-28)
Invitación
Queridos hermanos: seamos generosos,
seamos valientes, seamos decididos para aceptar de una vez el Evangelio del
Señor, en toda sencillez y grandeza. “Corramos al combate que la vida nos
ofrece, puestos los ojos en el autor y consumador de nuestra fe” (Heb 12, 1-2).
Mientras así contemplamos a Jesús,
que lava los pies a sus discípulos, recordemos a todos los pobres del mundo: a
los enfermos, a los niños, a los abandonados, a los perseguidos. Oremos por
todos los pecadores necesitados de conversión. Y acerquémonos luego a comer el
Cuerpo y la Sangre de Cristo, entregados en sacrificio por la salvación de
todos. Alimentados esta tarde con la Eucaristía, salgamos de aquí fortalecidos
en la fe, limpio el corazón, encendidos en el amor a Jesucristo.
†
Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén
ORACIÓN
DEL DÍA
Concédenos,
Padre todopoderoso, que así como nos has fortalecido aquí en la tierra en la
Cena de tu Hijo, merezcamos también saciarnos en la cena de tu Reino eterno.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.
Liturgia conclusiva de la misa de este
día
La Eucaristía del Jueves Santo omite la conclusión
habitual de toda misa: la despedida y la bendición. Queda un espacio abierto
que empalma silenciosamente con la liturgia del Viernes Santo; es la
continuación de una sola celebración que terminará con la bendición final de la
misa de Pascua.
Concluida la celebración de la Misa, se despoja el altar en que se ha
celebrado.
Esta noche, después de la oración, el sacerdote no nos despide, sino
que nos invita a prolongar nuestra presencia cerca Cristo de cuyo sacramento se
reservará en un altar diferente del altar del Sacrificio, signo del trono de
nuestro Rey. Según el ejemplo de los apóstoles, roguemos al Señor que nos
permita compartir no solamente su Cena, sino también su cruz y su resurrección.
A partir de este momento la comunidad realiza una Adoración prolongada,
que puede hacerse en forma solemne delante del Santísimo sacramento reservado.
Pasada la medianoche cesa toda adoración solemne, pues ya ha comenzado el día
de la Pasión del Señor.
“Cantemos al Amor de los Amores,
cantemos al Señor, Dios está aquí…”

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