DOMINGO II DE PASCUA
DIA 23 DE ABRIL.
“Santo Dios, Santo Fuerte, Santo
Inmortal, ten Misericordia de nosotros y del mundo entero."
PRIMERA LECTURA
Hech 2,42-47
Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común
SALMO RESPONSORIAL
Salmo 117
Dad
gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Aleluya
SEGUNDA
LECTURA
1 Pe 1,
3-9
Por la
resurrección de Jesucristo de entre los muertos nos ha hecho nacer de nuevo
para una esperanza viva.
EVANGELIO
Juan 20, 19-31
A los ocho días llegó Jesús
Comentario-
Introducción
Este domingo
se celebra la Fiesta de la Divina
Misericordia, instituida por el Papa Juan Pablo II quien, al canonizar a Santa
Faustina el 30 de Abril del 2000,
declaró el segundo domingo de Pascua (domingo posterior al de
Resurrección) como el “Domingo de la Misericordia Divina”:
En su homilía, el Papa pronunció las siguientes palabras: “Así
pues, es importante que acojamos íntegramente el mensaje que nos transmite la
palabra de Dios en este segundo domingo de Pascua, que a partir de ahora en
toda la Iglesia se designará con el nombre de "Domingo de la Divina
Misericordia".
Debemos de tener en cuenta que la presente homilía fue escrita y
proclamada con anterioridad a la Institución de esta fiesta, pero no por eso
deja a entrever a lo largo de la misma, el gran misterio de la Misericordia de
Dios con nosotros,
S. Berdonces
HOMILIA
Las lecturas de este
domingo nos trasladan, amados hermanos, al ambiente sencillo, limpio y
fervoroso, de la primitiva comunidad cristiana. Más aun, a aquella casa, donde
estaban encerrados los discípulos, y donde se les apareció Jesús, el mismo día
de la resurrección de nuestro Señor.
La narración de Lucas, el
pasaje de la primera carta de Pedro y ese final del Evangelio de San Juan, son
especialmente aptos para despertar en nuestros corazones la fe cristiana; para
levantarnos “a una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura. Imperecedera,
que nos está reservada en el cielo".
¡Ojalá pudiera decirse de
nosotros aquello que el primer apóstol y pontífice de la Iglesia decía de los
cristianos de su tiempo: “No habéis visto a Jesucristo y lo amáis; no lo veis y
creéis en él, y os alegráis con un gozo infalible y transfigurado, alcanzando
así la meta de vuestra fe” (1Pe 1,8-9)
La misma Iglesia.
Una larga historia nos
separa de aquel “pequeño rebaño” y comunidad primitiva. Nos une, al mismo tiempo, con esa Iglesia de
los comienzos. No obstante las apariencias exteriores, que puedan engañar a
quienes no aciertan a mirar sino con ojos
humanos, somos la misma y única Iglesia de Jesús, ahora crecida, adulta
y extendida por el mundo entero.
¿No es verdad que también
entre nosotros, como en aquellos días primeros, hay muchos hermanos , que
procuran hacer partícipes a los otros con generosidad ejemplar…? ¿No hubo ya, entre
aquellos primeros discípulos de Jesús, algunos de los fallos y problemas que
nosotros seguimos viviendo…?
Ahora bien, no todos los
cristianos, ni siquiera los más, ofrecen al mundo el testimonio de aquella su
vida ejemplar. Por desgracia, somos muchos los que no damos ejemplo de piedad,
de unión, de amor. Hay grupos amplios entre los que confiesan miembros de la
Iglesia, en los que se da una ignorancia lamentable de los misterios
fundamentales y de dejan llevar de opiniones nada evangélicas, o tienen prácticas
religiosas rayanas en la superstición. Los hay que no dan señales de creer en
la resurrección de Jesucristo, y menos en nuestra propia resurrección.
Todo esto produce escándalo,
malestar, escepticismo, Y da ocasión a problemas serios de fe en muchas
personas. Problemas, que luego se complican a causa de la crisis interna que padecemos
y las exigencias de una reforma de las instituciones eclesiales.
No podemos nosotros
eludir la responsabilidad que nos toca, en esta obra de renovación que la
Iglesia ha emprendido y está pidiendo la transformación del mundo. ¿Qué hacer?
¿Cuál debe de ser nuestra actitud? ¿Hasta qué punto tendremos que cambiar y en
qué medida habremos de mantenernos en la postura tradicional…?
Mirando, en concreto a
nuestra propia Diócesis, debemos preguntarnos seriamente cómo debemos emprender
y llevar a cabo las reformas que necesitamos, con los ojos de la vida cristiana
de nuestro pueblo y la colaboración en la tarea de la Iglesia Universal.
Caminos equivocados
Indiquemos brevemente
algunas de las posturas que, por no estar orientadas a la luz del Evangelio, no
pueden ser convenientes.
La primera es de aquellos
que se resisten por sistema a todo cambio, siquiera sea en cosas accidentales.
Instalados en sus prácticas de siempre, apegados a costumbres más o menos
justificables, cerrada la inteligencia a la realidad del mundo actual, no quieren
otro sistema que “hacer lo que hemos
hecho siempre”. Tienen miedo a las reformas, rechazan toda innovación, miran
con antipatía las mismas decisiones adoptadas por la Iglesia para adaptar su
trabajo a las necesidades de los hombres de ahora.
Otros con un espíritu más
o menos ligero, quisieran entrar a saco en el terreno de las estructuras eclesiales.
Entienden que todo debe cambiar y, ante
los cambios obrados ya, no se encuentran satisfechos. Tanto en materia
de liturgia, como en la misma presentación de la doctrina y sobre todo, en las
instituciones, aspiran a una revolución radical. Les molesta cualquier norma,
cualquier iniciativa u orientación que no venga de “la base”. Oponen, por
incompatibles, la Iglesia del espíritu a la Iglesia de las estructuras, como
ellos suelen llamarla.
Relacionados con el grupo
anterior hay otros que, menospreciando el valor de la oración y de la vida
sacramental, entienden que, el programa fundamental de la Iglesia de nuestra
hora, tiene que orientarse, de manera directa, hacia la liberación del mundo
presente de toda forma de esclavitud o alienación. Son aquellos que propugnan
una secularización total: de las personas, de las cosas, de los lugares, hasta
de la misma Eucaristía.
Todavía habrá que mencionar
la actitud, más o menos romántica, de quienes, pensando en la comunidad cristiana
primitiva, de que nos ha hablado la lectura primera, creen que la Iglesia, si
ha de poner remedio a sus males, ha de volver a aquellas formas primitivas,
desligándose de cuanto, a través de los siglos, se ha incorporado a su vida.
Insisten éstos en la autenticidad de la vida cristiana; no admiten la presencia
en la Iglesia y en sus celebraciones, sino la de los cristianos consecuentes.
Parecen olvidar la parábola del Señor: “El Reino de los cielos es como una red
echada al mar, que recoge peces buenos y malos” (Mt 12, 47).
Consignas ineludibles
Pensando,
hermanos, en la realidad de nuestra Diócesis y en vuestra colaboración
apostólica, debo recordaros, a la luz de la resurrección de Jesucristo, ciertas
consignas que considero necesarias par llegar a una actitud razonable, en todo
esto de la renovación de nuestra vida eclesial.
Lo primero ha de ser aceptar la
realidad de la Iglesia, tal como Jesucristo la quiso y la quiere. Y tal como
es, a causa de nuestras limitaciones y de nuestras propias infidelidades. De
ahí tenemos que partir siempre.
Debemos asimilar, así mismo, nuestra
propia historia. Los pueblos que no aciertan a hacerlo arrastran una vida lánguida
e infecunda. En esto la Iglesia no es excepción.
Es necesario, sobre todo, renovar cada
día, cada domingo, cada año, nuestra fe en la resurrección de Jesucristo. “Sin
mí, nada podéis”, nos ha dicho el Señor (Jn 15, 5)
Generosidad grande para el
sufrimiento también. No estamos en ambiente de persecución ahora, se ha estado
y se puede volver a estar. Y, con todo, “quienes aspiran a vivir piadosamente,
habrán de padecer persecución” (2Tim 3,12). Pienso que, para muchos, va a
llegar la hora en que, como escribía San Ignacio mártir, “el negocio no está en
proclamar la fe sino en mantenerse en la fuerza de ella hasta el fin /Ad Ef.
XIV,2).
Necesitamos finalmente una confianza
sin límites. “La fuerza de Dios os custodia en la fe” (1Pe 1, 5). Meditad,
hermanos, todas estas consignas, mientras conmemoras en la Eucaristía el
misterio Pascual.
† Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén
ORACIÓN
DEL DÍA
Gracias,
Señor, porque nos regalas un nuevo y renovado encuentro contigo en cada Eucaristía.
Gracias,
porque nos dices: no tengas miedo y nos das paz y esperanza para vivir.
Abre nuestros
ojos para reconocerte hoy a nuestro lado, en nuestro entorno, en nuestros
hermanos, especialmente en los que sufren.
Con Tomás te
decimos ¡Señor mío y Dios mío!. Fortalece nuestra fe, da seguridad a nuestra
esperanza y constancia a nuestro amor.
Ayúdanos a
ser cristianos misericordiosos como Tú y testigos de la resurrección de tu Hijo
ante el mundo. Por Jesucristo Nuestro
Señor.
Amén.

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