domingo, 23 de abril de 2017

DOMINGO II DE PASCUA
DIA 23 DE ABRIL.
“Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten Misericordia de nosotros y del mundo entero."



PRIMERA LECTURA
Hech 2,42-47
Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común

  SALMO RESPONSORIAL
Salmo 117

  Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Aleluya

 SEGUNDA LECTURA
 1 Pe  1, 3-9
Por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva.

 EVANGELIO
Juan 20, 19-31
 A los ocho días llegó Jesús



                                              
Comentario- Introducción
Este domingo se celebra la  Fiesta de la Divina Misericordia, instituida por el Papa Juan Pablo II quien, al canonizar a Santa Faustina el 30 de Abril del 2000,  declaró el segundo domingo de Pascua (domingo posterior al de Resurrección) como el “Domingo de la Misericordia Divina”:
En su homilía, el Papa pronunció las siguientes palabras: “Así pues, es importante que acojamos íntegramente el mensaje que nos transmite la palabra de Dios en este segundo domingo de Pascua, que a partir de ahora en toda la Iglesia se designará con el nombre de "Domingo de la Divina Misericordia".
Debemos de tener en cuenta que la presente homilía fue escrita y proclamada con anterioridad a la Institución de esta fiesta, pero no por eso deja a entrever a lo largo de la misma, el gran misterio de la Misericordia de Dios con nosotros,

S. Berdonces


HOMILIA
Las lecturas de este domingo nos trasladan, amados hermanos, al ambiente sencillo, limpio y fervoroso, de la primitiva comunidad cristiana. Más aun, a aquella casa, donde estaban encerrados los discípulos, y donde se les apareció Jesús, el mismo día de la resurrección de nuestro Señor.
La narración de Lucas, el pasaje de la primera carta de Pedro y ese final del Evangelio de San Juan, son especialmente aptos para despertar en nuestros corazones la fe cristiana; para levantarnos “a una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura. Imperecedera, que nos está reservada en el cielo".
¡Ojalá pudiera decirse de nosotros aquello que el primer apóstol y pontífice de la Iglesia decía de los cristianos de su tiempo: “No habéis visto a Jesucristo y lo amáis; no lo veis y creéis en él, y os alegráis con un gozo infalible y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe” (1Pe 1,8-9)


La misma Iglesia.
Una larga historia nos separa de aquel “pequeño rebaño” y comunidad primitiva.  Nos une, al mismo tiempo, con esa Iglesia de los comienzos. No obstante las apariencias exteriores, que puedan engañar a quienes no aciertan a mirar sino con ojos  humanos, somos la misma y única Iglesia de Jesús, ahora crecida, adulta y extendida por el mundo entero.
¿No es verdad que también entre nosotros, como en aquellos días primeros, hay muchos hermanos , que procuran hacer partícipes a los otros con generosidad ejemplar…? ¿No hubo ya, entre aquellos primeros discípulos de Jesús, algunos de los fallos y problemas que nosotros seguimos viviendo…?
Ahora bien, no todos los cristianos, ni siquiera los más, ofrecen al mundo el testimonio de aquella su vida ejemplar. Por desgracia, somos muchos los que no damos ejemplo de piedad, de unión, de amor. Hay grupos amplios entre los que confiesan miembros de la Iglesia, en los que se da una ignorancia lamentable de los misterios fundamentales y de dejan llevar de opiniones nada evangélicas, o tienen prácticas religiosas rayanas en la superstición. Los hay que no dan señales de creer en la resurrección de Jesucristo, y menos en nuestra propia resurrección.
Todo esto produce escándalo, malestar, escepticismo, Y da ocasión a problemas serios de fe en muchas personas. Problemas, que luego se complican a causa de la crisis interna que padecemos y las exigencias de una reforma de las instituciones eclesiales.
No podemos nosotros eludir la responsabilidad que nos toca, en esta obra de renovación que la Iglesia ha emprendido y está pidiendo la transformación del mundo. ¿Qué hacer? ¿Cuál debe de ser nuestra actitud? ¿Hasta qué punto tendremos que cambiar y en qué medida habremos de mantenernos en la postura tradicional…?
Mirando, en concreto a nuestra propia Diócesis, debemos preguntarnos seriamente cómo debemos emprender y llevar a cabo las reformas que necesitamos, con los ojos de la vida cristiana de nuestro pueblo y la colaboración en la tarea de la Iglesia Universal.
Caminos equivocados
Indiquemos brevemente algunas de las posturas que, por no estar orientadas a la luz del Evangelio, no pueden ser convenientes.
La primera es de aquellos que se resisten por sistema a todo cambio, siquiera sea en cosas accidentales. Instalados en sus prácticas de siempre, apegados a costumbres más o menos justificables, cerrada la inteligencia a la realidad del mundo actual, no quieren otro sistema  que “hacer lo que hemos hecho siempre”. Tienen miedo a las reformas, rechazan toda innovación, miran con antipatía las mismas decisiones adoptadas por la Iglesia para adaptar su trabajo a las necesidades de los hombres de ahora.
Otros con un espíritu más o menos ligero, quisieran entrar a saco en el terreno de las estructuras eclesiales. Entienden que todo debe cambiar y, ante  los cambios obrados ya, no se encuentran satisfechos. Tanto en materia de liturgia, como en la misma presentación de la doctrina y sobre todo, en las instituciones, aspiran a una revolución radical. Les molesta cualquier norma, cualquier iniciativa u orientación que no venga de “la base”. Oponen, por incompatibles, la Iglesia del espíritu a la Iglesia de las estructuras, como ellos suelen llamarla.
Relacionados con el grupo anterior hay otros que, menospreciando el valor de la oración y de la vida sacramental, entienden que, el programa fundamental de la Iglesia de nuestra hora, tiene que orientarse, de manera directa, hacia la liberación del mundo presente de toda forma de esclavitud o alienación. Son aquellos que propugnan una secularización total: de las personas, de las cosas, de los lugares, hasta de la misma Eucaristía.
Todavía habrá que mencionar la actitud, más o menos romántica, de quienes, pensando en la comunidad cristiana primitiva, de que nos ha hablado la lectura primera, creen que la Iglesia, si ha de poner remedio a sus males, ha de volver a aquellas formas primitivas, desligándose de cuanto, a través de los siglos, se ha incorporado a su vida. Insisten éstos en la autenticidad de la vida cristiana; no admiten la presencia en la Iglesia y en sus celebraciones, sino la de los cristianos consecuentes. Parecen olvidar la parábola del Señor: “El Reino de los cielos es como una red echada al mar, que recoge peces buenos y malos” (Mt 12, 47).

            Consignas ineludibles
      Pensando, hermanos, en la realidad de nuestra Diócesis y en vuestra colaboración apostólica, debo recordaros, a la luz de la resurrección de Jesucristo, ciertas consignas que considero necesarias par llegar a una actitud razonable, en todo esto de la renovación de nuestra vida eclesial.
Lo primero ha de ser aceptar la realidad de la Iglesia, tal como Jesucristo la quiso y la quiere. Y tal como es, a causa de nuestras limitaciones y de nuestras propias infidelidades. De ahí tenemos que partir siempre.
Debemos asimilar, así mismo, nuestra propia historia. Los pueblos que no aciertan a hacerlo arrastran una vida lánguida e infecunda. En esto la Iglesia no es excepción.
Es necesario, sobre todo, renovar cada día, cada domingo, cada año, nuestra fe en la resurrección de Jesucristo. “Sin mí, nada podéis”, nos ha dicho el Señor (Jn 15, 5)
Generosidad grande para el sufrimiento también. No estamos en ambiente de persecución ahora, se ha estado y se puede volver a estar. Y, con todo, “quienes aspiran a vivir piadosamente, habrán de padecer persecución” (2Tim 3,12). Pienso que, para muchos, va a llegar la hora en que, como escribía San Ignacio mártir, “el negocio no está en proclamar la fe sino en mantenerse en la fuerza de ella hasta el fin /Ad Ef. XIV,2).
Necesitamos finalmente una confianza sin límites. “La fuerza de Dios os custodia en la fe” (1Pe 1, 5). Meditad, hermanos, todas estas consignas, mientras conmemoras en la Eucaristía el misterio Pascual.

Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén           


ORACIÓN DEL DÍA

Gracias, Señor, porque nos regalas un nuevo y renovado encuentro contigo en cada Eucaristía.
Gracias, porque nos dices: no tengas miedo y nos das paz y esperanza para vivir.
Abre nuestros ojos para reconocerte hoy a nuestro lado, en nuestro entorno, en nuestros hermanos, especialmente en los que sufren.
Con Tomás te decimos ¡Señor mío y Dios mío!. Fortalece nuestra fe, da seguridad a nuestra esperanza y constancia a nuestro amor.
Ayúdanos a ser cristianos misericordiosos como Tú y testigos de la resurrección de tu Hijo ante el mundo.  Por Jesucristo Nuestro Señor.

Amén.



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