sábado, 8 de abril de 2017

DOMINGO DE RAMOS
DÍA 9 DE ABRIL.
“Aceptó generosamente el dolor, la persecución, las calumnias, la mentira, la injusticia”


PRIMERA LECTURA
Isaías 50,4-7
Para decir al abatido una palabra de aliento.

  SALMO RESPONSORIAL
Salmo 21
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

 SEGUNDA LECTURA
  Filipenses 2,6-11
Se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.  

 EVANGELIO
Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo 26,14–27,66
 Padre mío,  aparta de mí este cáliz. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.

                                               Comentario- Introducción
Estamos a las puertas de la Semana Santa y el drama se Jesús entra en su punto álgido de controversia; las autoridades traman su asesinato. En el Evangelio se nos relata cómo la fama de Jesús ha crecido debido a sus signos, en especial por el último realizado, la resurrección de su amigo Lázaro.

Hoy estamos invitados a erradicar nuestro egoísmo y unirnos a Jesús en su entrega de amor. El ego se opone a la entrega, a la fidelidad, al servicio desinteresado. La cruz está presente en el horizonte, por eso los ornamentos litúrgicos de hoy son de color rojo; presagio de la verdadera entrada como Rey, que culminará en el trono del Calvario.
S. Berdonces

HOMILIA
Acabamos de iniciar la celebración solemne del Misterio de la Muerte y de la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Es nuestra Pascua cristiana. Debemos consagrarnos ahora con especial interés a la consideración y a la oración.
Si tomamos en serio de la vida, el problema de la identidad cristiana, la exigencias de la fe, nuestra condición de miembros de la Iglesia, nuestro compromiso con el mundo en que vivimos, como discípulos de Jesucristo, ésta es la ocasión propicia para considerar seriamente la situación real nuestro espíritu, el estado de nuestras relaciones personales con Dios y con los hombres.

Recuerdo vivo.
Hemos empezando por aclamar a Jesucristo, Rey y Señor, vencedor de la muerte y del infierno. Con la procesión de los ramos, nos hemos incorporado sensiblemente al homenaje que le tributaron en este día sus discípulos y los niños, en su entrada en Jerusalén, cabalgando sobre un pollino, para dar cumplimiento a las profecías mesiánicas.
Este homenaje es justo, Redimidos en virtud de su sacrificio, conscientes de la libertad  de hijos a los misterios dolorosos de la vida de nuestro Señor, ocupan la parte más amplia y más interesante del Evangelio. Vienen a ser como una presentación narrativa del kerigma cristiano, tal y como es proclamado por el Iglesia desde los comienzos: “Padeció en tiempos de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado. Resucitó al tercer día de entre los muertos y subió al cielo”.
Es el tema fundamental de la predicación apostólica; el mismo que la Iglesia debe anunciar a los hombres de todos los tiempos.

Se humilló
Este anuncio es un mensaje prometedor; tiene poder salutífero. Apunta  a la raíz de todos los desórdenes, para curar nuestros pecados y nuestras miserias, y liberar al hombre de su propia esclavitud. Es, por eso mismo, una invitación insistente a la imitación de Jesucristo; para que sus discípulos adoptemos siempre su actitud y obremos en consecuencia.
Con una sola palabra ha expresado San Pablo esta actitud y conducta: “Se humilló”. Se abatió a sí mismo, aceptó generosamente el dolor, la persecución, las calumnias, la mentira, la injusticia. Abrazó con anchura de corazón los azotes, las espinas, las injurias, la cruz.
Sus mismos discípulos, sus amigos, lo dejaron solo en la hora difícil; lo negaron, lo traicionaron, lo vendieron. Y él no se quejó, ni se defendió. No abrió la boca para protestar. “Como cordero inocente que no da un balido, como oveja muda llevada  al matadero…”Consciente de lo que hacía, prefirió aceptar la muerte en silencio, con la firme voluntad de obedecer al padre y ofrecer su vida en sacrificio, para la salvación de todos los pecadores del mundo.

            Nuestra contribución
            Gran lección es esta, hermanos. Tenemos aquí el baremo definitivo para medir nuestra ambición, nuestra soberbia, nuestros egoísmos, nuestro espíritu de justicia, nuestro amor a Dios y a los hombres. Los cristianos, ahora más que nunca, hemos de levantar nuestra mirada a esa estampa ejemplar y paciente del Siervo de Dios, Sacerdote y Victima. Desde los dolores de la humanidad, desde lo complicado de nuestros problemas, desde nuestras aporías y falta de luz, debemos levantarnos hacia él por la imitación y el amor.
Y es precisamente ésta nuestra contribución fundamental a la causa de la Humanidad. En último término, ni la violencia, ni el terrorismo, ni la injusta distribución de la riqueza, ni las manipulaciones políticas, ni las discriminaciones irritantes de personas o de pueblos podrán conjurarse, si el corazón de los hombres no se convierte a Dios. Al contrario, seguirán en aumento esos males, pese a los esfuerzos nobles de tantas personas interesadas en la paz.
Hay quienes ponen reparos, en una forma o en otra, al programa de la cruz. Incluso teólogos modernos, que encuentran desacertada la presentación que hace la Iglesia de la obra redentora y de los misterios de la pasión de Jesucristo. Sin embargo, hay algo que, al menos desde el horizonte de la fe, es perfectamente claro: Para que el mundo sea bueno, es necesario que sean buenos los hombres. Y para que lo sean, es necesario matar la soberbia, destruir la ambición, controlar los instintos, encauzar las pasiones y los deseos del corazón. Pero todo esto es humanamente imposible, si no aceptamos a Jesucristo “y éste crucificado”.

Eucaristía
La lectura y consideración de la Pasión tiene su comienzo obligado en la celebración Eucarística. Si el misterio de la Palabra aviva en los creyentes el recuerdo de la obra salvadora de Jesucristo, la acción sacramental hace presente esa misma obra, para que participemos personalmente en el sacrificio y en la victoria de nuestro Señor.
“Se recuerda la memoria de su pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura”, escribió Santo Tomás y la liturgia católica lo recuerda en la antífona del oficio del Corpus Christi.
Apresurémonos, pues, a participar en el misterio de su muerte y resurrección; para que, llenos de la gracia santificante, nos lancemos a la vida con toda generosidad y podamos así esperar confiados el cumplimiento de las promesas.
 † Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén                 


ORACIÓN DEL DÍA
                    Tú eres, Oh Cristo, el Rey de Gloria. Entra en mi corazón de la manera que entraste a Jerusalén, manso y humilde. Con palmas de gozo te recibo y te alabo. Enséñame a ser un verdadero creyente, no de los que te siguen por complacer a la gente, como los judíos que después de recibirte, al cabo de unos días decidieron crucificarte. En esta Semana Mayor, enséñame a amarte Señor, y vivir con auténtica piedad el sufrimiento de tu humanidad.

Amén.


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