DOMINGO DE RAMOS
DÍA 9 DE ABRIL.
“Aceptó generosamente el dolor, la
persecución, las calumnias, la mentira, la injusticia”
PRIMERA LECTURA
Isaías 50,4-7
Para decir al abatido una palabra de aliento.
SALMO RESPONSORIAL
Salmo 21
Dios mío, Dios
mío, ¿por qué me has abandonado?
SEGUNDA
LECTURA
Filipenses 2,6-11
Se rebajó hasta someterse
incluso a la muerte, y una muerte de cruz.
EVANGELIO
Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo
26,14–27,66
Padre mío,
aparta de mí este cáliz. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.
Comentario- Introducción
Estamos a las puertas de la Semana
Santa y el drama se Jesús entra en su punto álgido de controversia; las
autoridades traman su asesinato. En el Evangelio se nos relata cómo la fama de
Jesús ha crecido debido a sus signos, en especial por el último realizado, la
resurrección de su amigo Lázaro.
Hoy estamos invitados a erradicar
nuestro egoísmo y unirnos a Jesús en su entrega de amor. El ego se opone a la
entrega, a la fidelidad, al servicio desinteresado. La cruz está presente en el
horizonte, por eso los ornamentos litúrgicos de hoy son de color rojo; presagio
de la verdadera entrada como Rey, que culminará en el trono del Calvario.
S. Berdonces
HOMILIA
Acabamos de iniciar la
celebración solemne del Misterio de la Muerte y de la Resurrección de nuestro
Señor Jesucristo. Es nuestra Pascua cristiana. Debemos consagrarnos ahora con
especial interés a la consideración y a la oración.
Si tomamos en serio de la
vida, el problema de la identidad cristiana, la exigencias de la fe, nuestra
condición de miembros de la Iglesia, nuestro compromiso con el mundo en que
vivimos, como discípulos de Jesucristo, ésta es la ocasión propicia para
considerar seriamente la situación real nuestro espíritu, el estado de nuestras
relaciones personales con Dios y con los hombres.
Recuerdo vivo.
Hemos empezando por
aclamar a Jesucristo, Rey y Señor, vencedor de la muerte y del infierno. Con la
procesión de los ramos, nos hemos incorporado sensiblemente al homenaje que le
tributaron en este día sus discípulos y los niños, en su entrada en Jerusalén,
cabalgando sobre un pollino, para dar cumplimiento a las profecías mesiánicas.
Este homenaje es justo,
Redimidos en virtud de su sacrificio, conscientes de la libertad de hijos a los misterios dolorosos de la vida
de nuestro Señor, ocupan la parte más amplia y más interesante del Evangelio.
Vienen a ser como una presentación narrativa del kerigma cristiano, tal y como
es proclamado por el Iglesia desde los comienzos: “Padeció en tiempos de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y
sepultado. Resucitó al tercer día de entre los muertos y subió al cielo”.
Es el tema fundamental de
la predicación apostólica; el mismo que la Iglesia debe anunciar a los hombres
de todos los tiempos.
Se humilló
Este anuncio es un
mensaje prometedor; tiene poder salutífero. Apunta a la raíz de todos los desórdenes, para curar
nuestros pecados y nuestras miserias, y liberar al hombre de su propia
esclavitud. Es, por eso mismo, una invitación insistente a la imitación de
Jesucristo; para que sus discípulos adoptemos siempre su actitud y obremos en
consecuencia.
Con una sola palabra ha
expresado San Pablo esta actitud y conducta: “Se humilló”. Se abatió a sí
mismo, aceptó generosamente el dolor, la persecución, las calumnias, la
mentira, la injusticia. Abrazó con anchura de corazón los azotes, las espinas,
las injurias, la cruz.
Sus mismos discípulos,
sus amigos, lo dejaron solo en la hora difícil; lo negaron, lo traicionaron, lo
vendieron. Y él no se quejó, ni se defendió. No abrió la boca para protestar. “Como
cordero inocente que no da un balido, como oveja muda llevada al matadero…”Consciente de lo que hacía,
prefirió aceptar la muerte en silencio, con la firme voluntad de obedecer al
padre y ofrecer su vida en sacrificio, para la salvación de todos los pecadores
del mundo.
Nuestra
contribución
Gran
lección es esta, hermanos. Tenemos aquí el baremo definitivo para medir nuestra
ambición, nuestra soberbia, nuestros egoísmos, nuestro espíritu de justicia,
nuestro amor a Dios y a los hombres. Los cristianos, ahora más que nunca, hemos
de levantar nuestra mirada a esa estampa ejemplar y paciente del Siervo de
Dios, Sacerdote y Victima. Desde los dolores de la humanidad, desde lo
complicado de nuestros problemas, desde nuestras aporías y falta de luz,
debemos levantarnos hacia él por la imitación y el amor.
Y es precisamente ésta nuestra
contribución fundamental a la causa de la Humanidad. En último término, ni la
violencia, ni el terrorismo, ni la injusta distribución de la riqueza, ni las
manipulaciones políticas, ni las discriminaciones irritantes de personas o de
pueblos podrán conjurarse, si el corazón de los hombres no se convierte a Dios.
Al contrario, seguirán en aumento esos males, pese a los esfuerzos nobles de
tantas personas interesadas en la paz.
Hay quienes ponen reparos, en una
forma o en otra, al programa de la cruz. Incluso teólogos modernos, que
encuentran desacertada la presentación que hace la Iglesia de la obra redentora
y de los misterios de la pasión de Jesucristo. Sin embargo, hay algo que, al
menos desde el horizonte de la fe, es perfectamente claro: Para que el mundo
sea bueno, es necesario que sean buenos los hombres. Y para que lo sean, es
necesario matar la soberbia, destruir la ambición, controlar los instintos,
encauzar las pasiones y los deseos del corazón. Pero todo esto es humanamente
imposible, si no aceptamos a Jesucristo “y éste crucificado”.
Eucaristía
La lectura y consideración de la
Pasión tiene su comienzo obligado en la celebración Eucarística. Si el misterio
de la Palabra aviva en los creyentes el recuerdo de la obra salvadora de
Jesucristo, la acción sacramental hace presente esa misma obra, para que
participemos personalmente en el sacrificio y en la victoria de nuestro Señor.
“Se recuerda la memoria de su pasión,
el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura”, escribió
Santo Tomás y la liturgia católica lo recuerda en la antífona del oficio del
Corpus Christi.
Apresurémonos, pues, a participar en
el misterio de su muerte y resurrección; para que, llenos de la gracia
santificante, nos lancemos a la vida con toda generosidad y podamos así esperar
confiados el cumplimiento de las promesas.
†
Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén
ORACIÓN
DEL DÍA
Tú
eres, Oh Cristo, el Rey de Gloria. Entra en mi corazón de la manera que
entraste a Jerusalén, manso y humilde. Con palmas de gozo te recibo y te alabo.
Enséñame a ser un verdadero creyente, no de los que te siguen por complacer a
la gente, como los judíos que después de recibirte, al cabo de unos días
decidieron crucificarte. En esta Semana Mayor, enséñame a amarte Señor, y vivir
con auténtica piedad el sufrimiento de tu humanidad.
Amén.

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