viernes, 25 de noviembre de 2016

DOMINGO I DE ADVIENTO
“La emigración puede ser para nosotros un signo. El signo de los tiempos”. 

PRIMERA LECTURA
Isaías 2,1-5.      
 Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob.  

 SALMO RESPONSORIAL
Salmo 121
Que alegría cuando me dijeron: “Vamos a la casa del Seño”.
 SEGUNDA LECTURA
 Romanos 13,11-14.
Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad.
 EVANGELIO
Mateo 24,37-44.
Estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre.

                                               Comentario- Introducción
Primer Domingo de Adviento. Comienza el camino hacia Belén, la ciudad del Rey David.  Hoy comienza ese camino, hasta encontrarnos como los pastores, contemplando el misterio de Dios que se hace Niño y nace en la más absoluta pobreza, en un establo a las afueras de Belén.
Con esta homilía, Tabor, cumple su primer año de andadura, no exento de dificultades que gracias a Dios hemos podido superar. Os pido a cuantos leáis estas homilías, que seamos a su vez pregoneros de la Palabra de Dios; este es el principal objetivo por el que cobra sentido Tabor, para que la Palabra de Dios,  no  quede escondida, sino que  llegue al corazón de muchos. Y así, juntos, podamos aclamar al Señor con el grito unánime del Adviento: ¡Ven Señor, Jesús!
S. Berdonces
HOMILIA

Os Hoy debemos pedir por los emigrantes.  En especial por todos esos hermanos nuestros, miembros de las comunidades cristianas de nuestra Iglesia Diocesana, que se han visto o se ven forzados a abandonar nuestra tierra temporal o definitivamente. Son miles de personas, hombres y mujeres, que emigran de la Provincia de Jaén, con el ansia de encontrar medios de vida en tierras más o menos lejanas.
La migración es un fenómeno actual. Actualísimo en Andalucía y, en concreto, en muchas zonas de nuestra Diócesis. Padecemos este problema, que arrastra consigo otros muchos y graves.
¿Sus causas…? Sería Difícil concretarlas y ahora no vamos a hacerlo. A poco que se piense, aparecen en este terreno los resultados de notables injusticias. Por otra parte, no puede negarse que se trata de un fenómeno exigido por la transformación social de un mundo desarrollo y hambriento de mejora en muchos aspectos. De todas formas, la emigración lleva consigo graves peligros, es una prueba difícil de superar, supone dolor y fatigas. Y esto basta para que esa penosa realidad nos mueva a orar juntos.
No sólo esto. También deberemos nosotros reflexionar, mirando a la responsabilidad frente a este fenómeno, en el que bien pudiera estar implicada nuestra actuación como cristianos. Que cada uno de nosotros piense lo que, desde su puesto en la vida, puede y debe hacer. Porque, aunque esta dura realidad es irremediable en muchos casos, todavía es posible hacer mucho para mitigar sus efectos.

La vida cristiana, una peregrinación.
Pero la emigración, amados hermanos, puede ser para nosotros un signo. Un signo de los tiempos.
Cuando el patriarca Jacob bajó a Egipto con sus hijos, fue presentado al Faraón por José, que había llegado a ser dueño de toda aquella tierra.
El Faraón le preguntó por su edad y Jacob contestó: “Los años de mis peregrinaciones hacen ciento treinta años; malos y pocos son los días de mi vida”  (Gen 47, 9).  Con mayor razón nosotros, cristianos, debemos recordar que “no tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos buscando la del futuro” (Heb 13, 14). Nuestra patria definitiva es el cielo; nuestro vivir es una continua peregrinación camino de la casa del Padre. Jesucristo, nuestro hermano mayor, al finalizar la suya, decía: “ Yo salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo el mundo y voy al Padre” (Jn 16, 28 ).
Nuestro destino está vinculado al suyo. Por eso hemos de estar prontos a lanzar todo lastre que pueda impedir nuestra marcha. Debemos pensar con alegría : “ Vamos a la casa del Señor”. Recordemos la promesa de Jesús: “En la casa de mi Padre hay muchas mansiones, si no os lo hubiera dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y, cuando haya preparado un lugar, volveré a tomaros conmigo, para que donde yo esté estéis también vosotros” (Jn 14, 2-3).
La Iglesia, Esposa del Señor, espera ansiosa su vuelta. No puede dudar de sus palabras. Recuerda con amor su primera venida y su obra. Conforme a su mandato, se congrega para celebrar la Eucaristía. San Pablo nos recuerda el encargo de Jesús y nos advierte: “Cada vez que comáis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que venga” ( 1 Cor 11, 26 ). Y nosotros oramos al Señor que nos libre de todos los males y nos conceda la paz, para que “vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.”


En actitud de vigilante espera.
Hoy el Señor nos excita a la vigilancia: “Estad preparados, porque el hijo del Hombre vendrá en la hora que menos lo pensáis”. “Velad, pues porque no sabéis en qué día llegará el Señor”. Insiste en este tema de la vigilancia. San Mateo ha recogido en su Evangelio algunas parábolas de Jesús, con las cuales nos recuerda este deber de estar siempre en vela, a la espera de su llegada. Entre ellas hay una muy bella: la de las diez vírgenes. Os invito a leerla hoy; está en el capitulo 25.
Se habían congregado para la boda y esperaban a la puerta la llegada del esposo. Como tardaba, se quedaron dormidas. A media noche sonó la voz: “¡Que viene el esposo!” y ellas se apresuraron a aderezar las lámparas. Pero aquellas cinco, que no habían sido prudentes, hubieron de ir a buscar aceite y luego, cuando volvieron, encontraron cerrada la puerta del festín. No pudieron entrar. El Señor repite al final su consigna: “Vigilad, porque no sabéis ni el día ni la hora” (Mt. 25,13).
Es posible que nosotros andemos adormilados. Quizás profundamente dormidos o entretenidos de tal manera en nuestras cosas, que tengamos olvidada la meta hacia donde caminamos. Todavía será peor, si estamos empeñados en instalarnos cómodamente en la vida, con olvido que hay muchos a quienes  falta qué comer y con qué vestirse; como si no tuviéramos otra preocupación que la de nuestra comodidad y seguridad de nuestro porvenir inmediato. Por eso necesitamos que se nos diga: “Daos cuenta del momento en que vivís; ya es hora de despabilarse, porque ahora nuestra salvación está más  cerca que cuando empezamos a creer” (Rom. 13, 11-12)


            El santo tiempo de Adviento          .
Este es el primer domingo de Adviento. La Iglesia, que piensa constantemente en sus hijos y recuerda siempre al Esposo, pensando en su primera venida en la carne, se prepara para celebrar la festividad de su Nacimiento. Ha ordenado las cosas de tal manera que, durante este tiempo del Adviento, nos prepararemos para el encuentro con el Señor. El misterio de Jesucristo no es mero recuerdo; Jesús está presente en su Iglesia y sale constantemente a nuestro encuentro, cuando celebramos los misterios de su vida.       
Durante este tiempo litúrgico, el gran símbolo es la luz. No en vano esperamos aquel que dijo: “Yo soy la luz del mundo” (Jn. 8, 12). La invitación que nos hace con palabras  del profeta es clara: “Venid, caminemos a la luz del Señor” (Is 2,5). Todas las imágenes coinciden: “La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz” (Rom 13,12).
En otro pasaje de sus cartas, el Apóstol nos habla de los frutos de la luz, que son : “todo bondad, todo justicia y verdad” (Ef. 5, 9 ).

En este santo tiempo, que la Iglesia ordena para que nuestra fe y nuestra esperanza se aviven, en espera de Jesús que iluminará nuestro rostro, debemos de dirigir nuestras miradas a la lámpara bellísima, que Dios preparó para alzar la lis a la vista de todos los hombres. Es también una virgen. “Virgen prudentísima”. Esposa fiel. ¡ La Madre del Señor! Ella es la gran figura del Adviento. Nadie ha sabido esperar  como María. En su pobreza, en su sencillez, estuvo a punto, cuando recibió el mensaje del cielo. Recordemos su actitud: “ He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc. 1, 38).
Pongamos ahora en ella nuestros ojos, hermanos. Imitemos su ejemplo. Andemos vigilantes. Caminemos en el amor,
Miguel Peinado Peinado.                                                       


ORACIÓN PARA EL PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO.

Dios todopoderoso, aviva en tus fieles, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro de Cristo, acompañados por las buenas obras, para que, colocados un día a su derecha, merezcan poseer el reino eterno. Por Jesucristo Nuestro Señor.


jueves, 17 de noviembre de 2016

 DOMINGO XXXIV TIEMPO ORDINARIO.
SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY (24-XI-74)
“Este hombre, arrepentido y vuelto a la luz, penetró al misterio. Y confesó que Jesús es Rey, que tiene su Reino, en el que todos nosotros podemos tomar parte”.  

PRIMERA LECTURA
Samuel 5, 1-3

  El Señor te ha prometido: "Tú serás el pastor de mi pueblo Israel"

 SALMO RESPONSORIAL
Salmo 121
Vamos alegres a la casa del Señor
 SEGUNDA LECTURA
 Colosenses 1,12-20
Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido.
 EVANGELIO
Lucas 23,35-43
 Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos.».
                                               Comentario- Introducción
Domingo de Cristo Rey. “Jesús el Rey de los judíos”.
 Termina el año litúrgico, y con él, el año de la Misericordia. Este año litúrgico no puede acabar de otra forma, sino como acabó la vida  de Jesús, derrochando el mayor caudal de misericordia que existe, entregando su vida y perdonando. Diálogo corto, precioso y misericordioso fue  el último de su vida entre nosotros.
¡Ojalá, aprendamos la lección que nos presenta esta homilía! Para poder  decir al final de nuestra vida, como aquel que moría al lado de Jesús; “Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Y seguro que también escucharemos las mismas palabras de misericordia: “Te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el paraíso”.
S. Berdonces
HOMILIA
“Este es el Rey de los judíos”. Así rezaba la inscripción que mandó Pilato poner sobre la cruz de Jesús, para explicar la causa de su condenación. Los enemigos le acusaron, ante el Procurador romano, de que pretendía hacerse Rey. Así se situaba frente al César.
El Procurador, que despreciaba a Jesús y a sus acusadores, después de oírlos, trató de salir airoso de aquella causa. Se convenció de la justicia de Jesús, pero él tenía una conciencia ancha; lo mandó a la cruz para no crearse problemas. Y manifestó irónicamente su desprecio para con Jesús y sus acusadores, mandando poner aquel letrero, en todas las lenguas oficiales en aquel territorio: “El Rey de los judíos es éste”.

          Testigo excepcional
Ni Pilato ni los judíos creyeron el Evangelio del Señor. Estaban cerrados a la verdad de Dios. Pero no todos se cerraron; la luz de la fe iluminó el corazón de un testigo excepcional: Uno de los malhechores, que había sido crucificado junto a Jesús y moría por momentos a su lado.
Cuando el otro compañero, uniéndose a las burlas del populacho, increpaba a Jesús: “¿No eres tú el Mesías? Pues sálvate a ti mismo y a nosotros”, él reaccionó frente a su compañero, reconociendo la justicia de su causa: “Lo nuestro es justo porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio éste no ha faltado en nada”. En seguida, vuelto hacia Jesús, le dijo: “Acuérdate de mí cunado vengas a tu reino. Jesús le respondió: Te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el paraíso”.
Este hombre, arrepentido y vuelto a la luz, penetró al misterio. Y confesó que Jesús es Rey, que tiene su Reino, en el que todos nosotros podemos tomar parte. Confesó a Jesús delante de los hombres, cuando Jesús ofrecía su sacrificio como sacerdote, por la salvación de todos. Y obtuvo más de lo que había pedido: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

           
Rey sacerdote
El salmo más importante del salterio es el 110, se refiere al Mesías. Jesucristo  se lo aplicó a sí mismo. Lo anunciado en el oráculo profético se cumplía en Él. El Salmo dice así:
“Oráculo del Señor dice el señor a mi señor: siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies, debajo del cetro de tu poder extiende el Señor desde Sión: ¡domina en medio de tus enemigos!” Poco más adelante continúa: “El Señor ha jurado y no se arrepiente: «Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec.»”
Meditando atentamente este misterio nos damos cuenta de que el Mesías  - Jesucristo es el Mesías- es rey, precisamente por ser sacerdote. Esta realeza es distinta a la de otros reyes de la tierra. Estos, algunas veces, han hecho oficios sacerdotales o se han entremetido en los asuntos de los sacerdotes. Pero ellos no lo son. En cambio Jesucristo ejerce el poder real, en función de su sacerdocio y de su sacrificio.
El ministerio de la realeza de Cristo supera nuestra comprensión. Su reinado es totalmente distinto del de todos cuantos en el mundo ejercen el gobierno. Los medios que Jesucristo tiene para ejercer su autoridad sobre los hombres son otros. El, que ha renunciado a todo poder, tiene dos armas fundamentales: La verdad de Dios y la caridad.

Como el sol en el cielo.
Recordemos un ejemplo. A propósito de la obra de Dios, el salmo 19 evoca la imagen del sol. El sol es criatura insigne en el mundo de la creación. “En el mar – dice– levantó para el sol una rienda, y él, como un atleta, sale para hacer su carrera. A un extremo del cielo es su salida, y su órbita llega al otro extremo, sin que haya nada a su ardor que escape”.
El reinado del sol. ¿Cómo ejerce su imperio sobre todas las demás criaturas? Haciéndose presente con su luz y con su calor. Da luz, ilumina todos los lugares, llama a las cosas y a los hombres del reino de las tinieblas a su claridad. Todo queda penetrado por su calor y por su energía. Esa energía solar que bien quisieran ahora  los hombres poder manipular, con vistas a la crisis energética actual.
Luz y calor. Esta imagen nos puede llevar a la idea  del reinado de Jesucristo. De manera semejante es como Él ejerce su reinado sobre los hombres.
Jesús se hace presente en el mundo para decirnos la verdad de Dios, para predicar el mensaje de la salvación, el evangelio del Reino.  “Para esto yo he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz”. (Jn 18,37). Para decir la verdad y para dar testimonio del amor de Dios, entregándose al sacrificio de la cruz por sus amigos y por sus enemigos. “No hay mayor amor”.
Sólo la verdad y el amor. Jesús ha renunciado a toda fuerza. Tal es su Reino. Con estas armas trae hacia sí a todos. “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32).

Sacerdotes reyes.
Cuantos por el bautismo estamos a él, participamos de su sacerdocio. Es doctrina de fe.  Somos un pueblo sacerdotal, un pueblo de reyes. San Pedro escribía a los recién bautizados: “Vosotros sois un linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo de su propiedad” (1 Pe 2,9).
Todos nosotros tenemos parte en el sacerdocio de Jesucristo y debemos ejercer nuestra función.  Cada uno según su condición y su puesto. La Iglesia nos recuerda que, aparte de este sacerdocio común de todos los bautizados, hay otro sacerdocio ministerial  y jerárquico. Ambos se diferencian esencialmente.
Nosotros, llamados por Dios de entre vosotros, y constituidos sacerdotes por el sacramento del Orden, representamos a Jesucristo como Cabeza y con Él actuamos como ministros suyos. Vosotros los fieles seglares, ejercéis vuestro sacerdocio también, pero de manera distinta. Ordenados el uno para el otro, ambos integran la misión de la Iglesia para la extensión del Reino de Dios en el mundo.

Ministerio pastoral
Hace ahora diez años que fue proclamada la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, en el Concilio Vaticano II. En ella se habla de los laicos y de su misión en la Iglesia, como hasta entonces no se había hecho.
“El carácter secular es propio y peculiar de los laicos. Pues los miembros del orden sagrado, aun cuando alguna vez pueden ocuparse de los asuntos seculares incluso ejerciendo una profesión secular, están destinados principal y expresamente al sagrado ministerio por razón de su particular vocación” (LG 31).
¿Cómo hemos de ejercer nuestro ministerio nosotros? Aquí viene el problema pastoral: La angustia de muchos sacerdotes porque el pueblo se aleja, muchos no creen, nadie nos hace caso. ¿A qué medios recurrir?
Para nosotros, como ministros de Cristo, sólo ha de contar la verdad del Evangelio y el amor de Dios, que se concreta en el Sacrificio. Tales son nuestras armas. Echar mano de otras es una tentación. Decir la verdad, limpia, serenamente. Recordar el Evangelio de Cristo a todos, a nivel individual y colectivo. Hacer el Sacrificio y ofrecerlo, dando testimonio ante todos de la caridad, para no ser infieles a la vocación con que fuimos llamados. Esta es nuestra misión sacerdotal.

Consagración del mundo
Vosotros, en cambio, vivís en el mundo; habéis de ejercer vuestro sacerdocio en otro horizonte. “A los laicos pertenece por propia vocación buscar el Reino de Dios, tratando y ordenando según Dios, los asuntos temporales”.
Según Dios. Porque hay diversas maneras de ordenar y tratar los problemas y los asuntos humanos. Al modo que lo hacen los hombres y conforme al Espíritu de Dios. Nosotros no debemos mutilar las palabras del Evangelio ni los textos del magisterio. “Según Dios”.
Vosotros vivís en el siglo. “Allí están llamados por Dios,- sigue diciendo el Concilio-  para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico… Por tanto, de manera singular, a ellos corresponde iluminar y ordenar las realidades temporales a las que están estrechamente vinculados, de tal modo que sin cesar se realicen y progresen conforme a Cristo”. Es así como vosotros habéis de consagrar el mundo para Dios y trabajar por el Reino de Jesucristo.
Cuanto se dice acerca de la lucha por la justicia, la promoción de los pueblos, la defensa de la verdad en todos los órdenes, pertenece a los cristianos. En todos los terrenos deben ellos trabajar y aportar su colaboración, en la familia, en lo social, en lo económico, en lo profesional y en lo político. Con tal de que, al hacerlo, lo hagan según el Espíritu de Jesucristo.

Eucaristía
Cada domingo, hermanos, nos congregamos aquí junto al Señor para celebrar la Eucaristía. Aquí unidos oímos la proclamación de la Palabra y ofrecemos a Dios el Sacrificio. Si estamos abiertos a la verdad y nos dejamos penetrar por el amor, el Reino de Dios será realidad viva en nosotros. Esta es la manera de “oír” la Misa. En esto consiste la verdadera participación.
Que el Espíritu de Jesucristo nos mueva de tal manera, que salgamos de aquí y caminemos en la vida como sacerdotes reyes. Predicando el Evangelio a todos los hombres, dando testimonio del amor del Señor.
Miguel Peinado Peinado.  


ORACIÓN PARA EL ÚLTIMO DOMINGO DEL AÑO DE LA MISERICORDIA.
Señor Jesucristo, tú nos has enseñado a ser misericordiosos como el Padre del cielo, y nos has dicho que quien te ve, lo ve también a Él.
Muéstranos tu rostro y obtendremos la salvación. Tu mirada llena de amor liberó a Zaqueo y a Mateo de la esclavitud del dinero; a la adúltera y a la Magdalena del buscar la felicidad solamente en una creatura; hizo llorar a Pedro luego de la traición, y aseguró el Paraíso al ladrón arrepentido.
Haz que cada uno de nosotros escuche como propia la palabra que dijiste a la samaritana: ¡Si conocieras el don de Dios!
Tú eres el rostro visible del Padre invisible, del Dios que manifiesta su omnipotencia sobre todo con el perdón y la misericordia: haz que, en el mundo, la Iglesia sea el rostro visible de Ti, su Señor, resucitado y glorioso.
Tú has querido que también tus ministros fueran revestidos de debilidad para que sientan sincera compasión por los que se encuentran en la ignorancia o en el error: haz que quien se acerque a uno de ellos se sienta esperado, amado y perdonado por Dios.
Manda tu Espíritu y conságranos a todos con su unción para que el Jubileo de la Misericordia sea un año de gracia del Señor y tu Iglesia pueda, con renovado entusiasmo, llevar la Buena Nueva a los pobres proclamar la libertad a los prisioneros y oprimidos y restituir la vista a los ciegos.
Te lo pedimos por intercesión de María, Madre de la Misericordia, a ti que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos.
Amén.



viernes, 11 de noviembre de 2016

Esquemas catequéticos.


 DOMINGO XXXIII TIEMPO ORDINARIO (17-XI-74)
“Hay regiones y pueblos  donde el ser cristiano resulta un crimen”

PRIMERA LECTURA
Malaquías 3,19-20

 A los que honra mi nombre los iluminará un sol de justicia.

 SALMO RESPONSORIAL
Salmo 97
El Señor llega para regir la tierra con rectitud.

SEGUNDA LECTURA
 2 Tesalonicenses 3,7-12.
Cuando viví con vosotros os lo dije: el que no trabaja, que no coma.
 EVANGELIO
Lucas 21,5-19
 Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.

            Comentario- Introducción
Este domingo, cercano ya el fin del año litúrgico, el trigésimo tercero, es el penúltimo del Tiempo Ordinario del presente año litúrgico, y como tal, las lecturas hablan sobre el final de los tiempos, tema que suele, con mucha frecuencia, sobrecoger a quienes lo escuchan.
 La homilía de este domingo diferencia de manera sutil el discurso apocalíptico y el discurso escatológico, entremezclados principalmente en la primera lectura y el Evangelio tomado del capítulo veintiuno del texto de san Lucas. Y finalmente, poder dilucidar el comportamiento adecuado que todo cristiano ha de llevar ante la inminencia de este  final. Mientras andamos en este mundo, mientras recorremos esta vida.
S. Berdonces


HOMILIA
Siguiendo una tradición de siglos, hoy hemos acompañado a la imagen de Nuestra Señor de la Antigua en la procesión de entrada para la celebración eucarística. Hemos venido con ella hasta el altar. Y esto está bien que lo hagamos si quiera una vez al año, para recordar que no podemos llegar sin ella hasta aquí.
Tendríamos que acordarnos de María todos los domingos, cuando venimos camino del templo. Porque  ¿A dónde va Jesús sin María? Y nosotros, ¿ a dónde iremos sin María? Venir a Misa es cosa difícil; celebrar la Eucaristía es empresa grande, que supera nuestras fuerzas. Supone habernos preparado y tener todo dispuesto para entregar nuestro corazón al Señor en el sacrificio.
Nosotros somos débiles. Necesitamos que la Madre de Dios venga con nosotros. Ella está junto a la cruz del Señor siempre. Contemplando su ejemplo, seremos capaces de poner también  nuestra ofrenda sobre el altar.

          Os perseguirán
Hoy el Señor, a propósito del anuncio de la destrucción del Templo de Jerusalén y de la Ciudad, habla de persecuciones, de pruebas, de sufrimientos para los discípulos. Esto era para entonces y para siempre.
El evangelista San Lucas, ante la confusión que pudo darse en la primera generación de los cristianos, por causa de los acontecimientos de su tiempo, quiso recordar las palabras de Jesús: “Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá enseguida”.
Con la destrucción de Jerusalén y el fin del judaísmo no llegaría el final de los tiempos  y de las cosas. Hasta que llegue la consumación del Reino de Dios, con el fin del mundo, la Iglesia peregrina tendrá que hacer su tarea. El Evangelio ha de ser predicado a todos los hombres, en todos los tiempos y lugares. Los cristianos deben de dar testimonio de que Jesucristo  es el único Salvador. Jesús ha muerto y ha resucitado para la salvación de todos los hombres.
La consumación de todas las cosas vendrá en el momento y hora que sabe el Padre. Nosotros tenemos que aceptar mientras tato la Palabra de Dios y el anuncio de Jesucristo: Tendréis persecuciones. Debemos aceptar las pruebas, las contradicciones, los sufrimientos.

            Testigos
A través de veinte siglos la Iglesia padeció persecución. Ha habido mártires. El testimonio de aquellos que derraman su sangre y ofrecen su vida sin resistencia, por puro amor, para confesar su fe en Jesucristo, es el testimonio por excelencia. Los mártires son los grandes testigos de Jesús.
Nosotros debemos invocar su ayuda. ¡El coro glorioso de los mártires! Rogad por nosotros, para que también nosotros sepamos dar testimonio de nuestra fe.
Sigue habiendo persecuciones en el mundo. Hay regiones y pueblos en el mundo donde ser cristiano resulta un crimen. No se puede, sin riesgo, confesarse creyente. Lo anunciado por el Señor sigue cumpliéndose y seguirá  siendo realidad  entre los hombres. Con todo, a nosotros puede parecernos todo esto algo lejano, algo que no va con nosotros. Conviene recordar que el anuncio de Jesús va también con nosotros. “Todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecuciones”, escribía San Pablo (1 Tim 3,12).
No es necesario recurrir siempre a los reyes y gobernadores; no hace falta acudir a los poderes y a los políticos. Sin necesidad de llegar a persecuciones abiertas, en el mundo siempre habrá y hay mucho de persecuciones, de dificultades, de obstáculos, de oposición a la marcha del Reino de Dios. Y no sólo causadas por los que no creen en Jesucristo, sino también por parte de los que tienen o dicen tener fe.


Sin mala voluntad.
Pues qué, ¿no soy yo obispo en esta tierra donde la gente es tan buena y tan creyente, y he de sufrir contradicciones con frecuencia? Es la ley de mi cargo, de mi oficio de pastor. ¿No tiene un padre, un párroco muchas dificultades y obstáculos y molestias, por parte de los de su misma casa o iglesia?.
Habló el Señor también de padres e hijos a propósito de las persecuciones. Y todo esto no supone siempre mala voluntad. Es cierto que la maldad de los hombres está frente a la verdad, a la justicia, al amor, a la luz del evangelio. Mas no siempre es necesario recurrir a la maldad de los hombres . Muchas veces, sin mala voluntad de nadie, se producen dificultades, contradicciones y hasta persecuciones.
Delante del rey Agripa hacía San pablo la confesión de su vida, con la ilusión de atraerlo a la fe cristiana. Entre otras cosas dijo aquello: “ Y yo me creí obligado a luchar con todos los medios contra el nombre de Jesús Nazareno”(Hech 26,9). Se creía obligado también cuando guardaba las ropas de los que apedreaban a Esteban en su martirio. Es posible que, si pablo no se hubiera convertido, Dios lo hubiera premiado, porque actuaba de buena fe, él pensaba que tenía que luchar contra los cristianos.
Lo anunció también Jesús cuando dijo a los discípulos: “Llegará la hora en que todo el que es mate piense que da culto a Dios”(Jn 16,2). ¡Ah!, hermanos, la marcha del Evangelio en el mundo es misteriosa. Seamos humildes, para explicar el misterio del Reino de Dios no actuamos por sistema, a la maldad de los que están enfrente.

La oscuridad de la fe.
Quería yo recordaros que la fe es oscura, difícil para nosotros. Es esto lo que explica sobre todo la contradicción y los sufrimientos que por su causa hemos de soportar. ¿Quién me va a razonar a mí la cruz? ¿Cómo puedo yo aceptar prácticamente que en ella está la vida, si me lleva a la muerte?. El que los pobres sean bienaventurados, y felices los que son perseguidos, ¿quién lo puede entender?.
La fe nos obliga a caminar en oscuridad y esto resulta difícil. Y nos hace sufrir. La Palabra del Evangelio contradice al mismo tiempo muchas de nuestras tendencias y aspiraciones. Que nosotros estimamos legítimas , pero que no se compaginan con la maravillosa providencia del Señor. El busca no sólo mi bien, sino el de todos los hombres.
Hemos de aceptar sin condiciones esta providencia amorosa de Dios, manifestada en los acontecimientos de la vida; sobre todo cuando ésta se nos pone de frente y nos lleva a la prueba dolorosa. Ser fieles al Evangelio de Jesucristo acarrea serias dificultades. Y esto explica ya el que tengamos que sufrir y padecer.  

La limitación humana
Hay algo más: nuestra propia limitación, las limitaciones de los hombres. Eso de que, a penas nos ponemos a hablar de algún tema, cada uno lo ve desde un aspecto sin alcanzar lo que el otro mira. Y no hay forma de ponerse de acuerdo. ¡Difícil el entenderse!
¿Qué se puede hacer…? Ante todo tener paciencia para saber esperar hasta que el Señor haga la luz y todos podamos ver el camino claro a seguir. Si aceptáramos esto, respetaríamos más a los otros, alcanzaríamos la parte de razón que el otro tiene, nos entenderíamos mejor. Y evitaríamos muchas molestias y sufrimientos.
¡Cuantas veces no podemos entendernos! Y no por mala voluntad, sino por causa de nuestras limitaciones. Como somos así creemos que estamos defendiendo la verdad o la justicia, cuando atacamos al de enfrente. Entendemos que hacemos un buen servicio a Dios. Y se produce la contradicción, las molestias, el sufrir, sin que para ello haya verdaderamente una causa real.
El sufrimiento es mucho más intenso cuando se trata de los que tengo cerca de mí, aquellos a quienes yo quiero y deseo ayudar. Quisiera unirme a ellos más y mejor y me siento distanciado, o los veo molestos, porque no me comprenden, porque no acierto a darme a entender, porque no es posible que alcancen, en una situación concreta, las razones que me mueven a mí.
Todo esto tenemos que tener presente los cristianos, para no desesperar, para no margarnos, para seguir adelante con paz. Especialmente hemos de tenerlo en cuenta quienes llevamos el oficio de predicar el Evangelio del Señor.

Nuestra ofrenda
Todos necesitamos más paciencia, más humildad, más caridad, más confianza en el Señor.  Faltamos mucho en todo esto. Con todo, esto tiene un aspecto muy positivo: Así podemos venir aquí cada domingo, no con las manos vacías, sino con las manos llenas presentar nuestra ofrenda sobre el altar.
La Iglesia ofrece la Victima única, Jesucristo. Y al ofrecerla a Dios con Jesucristo, ella misma se ofrece. ¿Qué podemos ofrecer nosotros?. Nuestras pruebas, nuestros trabajos, nuestros sufrimientos, nuestras contradicciones y esfuerzos. Aquí tendríamos que traerlo todo cada domingo, para sacrificarlo a Dios juntamente con el sacrificio de Jesucristo.
María estaba junto a la cruz del Señor. ¡Cómo ofreció ella en su corazón al Hijo y cómo se ofreció ella así misma con El! A ejemplo de Jesús y de María, traigamos aquí, hermanos, nuestra ofrenda, para que seamos aceptos al Señor.

Miguel Peinado.





ORACIÓN PARA ESTE DOMINGO.
Oh Dios y Padre nuestro:
Creemos que tus planes sobre nosotros
son de paz, y no de desastre y temor.
Mantén abiertos nuestros ojos a los signos
de la constante venida de Jesús, tu Hijo.
Ayúdanos a comprometernos plenamente
en el crecimiento del Reino entre nosotros
llevando a cabo tus planes de paz y de amor.
Ayúdanos a hacer de este “nuestro mundo”
más “tu mundo” y el camino hacia tu Casa en el cielo.
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.


  

viernes, 4 de noviembre de 2016

DOMINGO XXXII TIEMPO ORDINARIO (10-XI-74)
“Si queremos que los niños y los adolescentes vivan cristianamente y no rechacen la fe, primero tendremos nosotros que ser consecuentes con ella”

PRIMERA LECTURA
2 Macabeos 7, 1-2.9-14

 Vale la pena morir a manos cuando se espera que Dios nos resucitará.
SALMO RESPONSORIAL
Salmo 16
Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.

SEGUNDA LECTURA
 2 Tesalonicenses  2,16-3.5.
 Que el Señor Jesucristo… os dé fuerza para toda clase de palabras y obras buenas.
 EVANGELIO
Lucas 20, 27-38
 No es un Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos.

            Comentario- Introducción
Hoy, en este domingo, en el Evangelio de Lucas que se proclama  aparece “la trampa saducea”. Se presenta algo que en esta sociedad no “vende”, no se demanda que es hablar después de la muerte. No interesa porque nos alejaría mucho de una sociedad de consumo, es mejor no pensar y mirar solo lo que ven nuestros ojos y palpan nuestros sentidos.
Cuando los saduceos –que no creían en la resurrección—se acercan a Jesús quieren proponerle un tema sin más solución que la de ellos. Pero Jesús les enseña algo en lo que nunca habían pensado: que cuando resucitemos seremos como ángeles y que las necesidades de esta vida mortal no aparecerán en esa Vida Futura. Para nosotros, Jesús de Nazaret nos hace una promesa de eternidad que, creyendo en ella, ha de cambiar nuestra existencia terrena. La vida de Jesucristo que se ha quedado en nosotros por su Santo Espíritu.
 S. Berdonces


HOMILIA
“Acuérdate de Jesucristo resucitado de entre los muertos…Por Él estoy sufriendo hasta llevar cadenas como un malhechor…Esta afirmación es cierta: Si hemos muerto con Él, también resucitaremos con Él” (2 Tim 2, 8-11).
Esto le encargaba San pablo a su discípulo Timoteo, cuando se despedía de él en su carta. Nuestra fe no es tan viva como la del Apóstol. Nosotros no estamos sufriendo hasta llevar cadenas por causa del Señor. A veces, ni siquiera toleramos lo más mínimo, porque nuestra fe cristiana anda dormida.
Por eso la Iglesia, nuestra Madre, nos recuerda la Palabra del Señor, que nos habla de la resurrección gloriosa. Si morimos con Él cada día, también resucitaremos con Él.

  Las lecturas del día
Es el Señor mismo quien nos sale hoy al encuentro con las lecturas para recordarnos el tema de la resurrección.
Aquellos siete hermanos macabeos – hoy hay delante en ese banco muchos niños- fueron llevados al martirio. Su madre, junto a ellos los animaba a morir dignamente. Decía uno de ellos: “
Tú, malvado, nos arrancarás la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna”.
Otro, entregando las manos para que se las cortaran, decía: “De Dios las recibí y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios”
Sobre todo, la lección evangélica. A propósito de aquella dificultad de los hombres casados con una sola mujer – eran también siete hermanos-, que propusieron a Jesús los saduceos incrédulos, aclaró el Señor: “En la resurrección de entre los muertos ni ellos tomarán mujer, ni ellas marido”.
Allí, hermanos, no habrá casamientos. Ya no serán necesarios. No habrá fotografías, ni flores, ni invitados, ni todas esas cosas que aquí se acostumbra. Aquella es otra situación, otra vida.

Dos vidas
Quienes no tienen la fe de Jesucristo pueden opinar de otra manera. Nosotros creemos la Palabra del Señor. Sabemos que hay dos vidas, dos estadios, dos situaciones para el hombre: La situación presente, la vida temporal, y la eterna.
Esta semana la sociedad honra a los jubilados, a los ancianos. Es una demostración de afecto hacia ellos. Sus cuerpos han perdido ya lozanía, se van marchitando. Ellos son para nosotros un testimonio. Es obra humanitaria mostrarles afecto, honrarlos como se debe.
Mas, si prescindimos de la fe, es posible que lleguemos a todo eso que ya está llegando en Europa y en América: Acelerar la muerte de tales hombres, con el pretexto de que ya no sirven y son carga para la sociedad.
La moral cristiana se apoya en la fe de la resurrección. Tiene en cuenta esta vida temporal en la que los hombres se casan, y luchan, y trabajan, y gozan, y sufren, y se divierten, y se desesperan, y mueren. Pero tiene también a la vista que hay otra vida, la vida inmortal a partir de la resurrección de Jesucristo.
Esta fe ha de mantenerse siempre viva en nuestro corazón hasta la muerte. Y entonces, si hemos sido fieles al evangelio, seremos también nosotros revestidos de la gloria del Señor. Y viviremos para siempre. Tendrá lugar aquello que se dice tanto ahora: Nos realizaremos plenamente, alcanzaremos todas nuestras aspiraciones. Será la vida eterna y feliz. Con ella no cuentan ni el tiempo, ni las limitaciones, ni las categorías de este mundo caduco.


Germen de inmortalidad
Esta vida inmortal ya, de alguna manera, es realidad en nosotros. El Señor lo ha puesto en nuestro corazón como un germen. “Ahora somos hijos de Dios, pero no se ha manifestado lo que seremos” “Porque habéis muerto y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces vosotros apareceréis gloriosos con Él” (1 Jn 3,2; Col 3,3-4).
El bautismo nos ha configurado con Jesucristo; ha puesto en nosotros la vida de Dios. Somos sus hijos, participamos de la vida eterna. Con Jesucristo “fuimos sepultados por el bautismo en su muerte, para vivir y resucitar con Él” (Rom 6,4).
Digamos hoy, con especial acento: “Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida”. Él es nuestro compañero de siempre. Nuestro huésped interior. Él es quien resuelve el problema de nuestras limitaciones y nuestras dificultades; cuando oramos, cuando trabajamos, cuando sufrimos, cuando hemos de enfrentarnos con los problemas de este mundo.

Educación cristiana.
Teníamos que educar a los hijos en esta doctrina. Yo preguntaría a los padres: ¿Cuántas veces has hablado a tus hijos del Espíritu Santo?
El padre de Orígenes – se cuenta- solía ponerse de rodillas junto a la cama de su hijo bautizado y con todo respeto lo besaba en el pecho, porque era templo del Espíritu de Jesucristo. Tendríamos que acercarnos a nuestros hijos con santo respeto, teniendo en cuenta quien es Aquel que vie en ellos.
Educar a los hijos desde pequeños en esta realidad; recordársela, hacérsela ver. ¿No habéis visto a los niños pequeños hablar, estando solos, con personajes invisibles? Ellos se entienden con sus “amigos” en un mundo que nosotros no podemos captar. ¡Cuán fácil sería que ellos hablaran con el Señor y con el Espíritu Santo!
Hablémosle de Jesucristo, del Espíritu del Señor, de la gracia que el Señor ha puesto en ellos. Así crecerían y, al llegar a la adolescencia, tendrían conciencia de que su cuerpo, sus ojos, sus manos, son santos, deben de ser limpios y moverse no a nuestro capricho, sino obedientes a los impulsos del Espíritu.

El ejemplo
Mas por ello habría que darles ejemplo. En la resurrección no habrá casamientos; aquí sí que los hay. Andan los hombres y las mujeres unidos en el matrimonio. También se descasan. Muchos no lo hacen porque no les conviene; pero vive como si no estuvieran casados.
La moral del matrimonio radica también en la presencia del Espíritu Santo en nosotros y en la resurrección. Estáis unidos en el Espíritu. Debéis convivir, trabajar, ayudaros, caminar jun tos en el Espíritu de Dios y de Jesucristo. Han de verlo vuestros hijos.
Si queremos que los niños y los adolescentes vivan cristianamente y no rechacen la fe, primero tendremos nosotros que ser consecuentes con ella, En lugar de secundar los caprichos de la carne, los consejos de nuestro egoísmo, habremos de obedecer los mandatos del Espíritu del Señor.
San Pablo aconsejaba a todos: “Pero quiero deciros, hermanos, que el tiempo se acorta; por lo tanto, el que tiene esposa debe vivir como si no la tuviera;  el que llora, como si no llorara; el que se alegra, como si no se alegrara; el que compra, como si no tuviera nada; y el que disfruta de este mundo, como si no lo disfrutara; porque el mundo que conocemos está por desaparecer” (1 Cor 7, 29-31).

El predicador, entre dos peligros
Recuerdo que el primer año entre vosotros, en cierta reunión que tuve en un pueblo con sacerdotes y seglares, una joven hizo alusión a mi predicación y me dijo: “Sus homilías son demasiado espirituales”.
Debemos oír a todos y estar atentos a las observaciones que nos hacen. Yo sé bien que el pietismo ha sido un peligro para la Iglesia y para la vida cristiana. Pero  hay otro peligro no menos notable en el temporal del pueblo, y la otra realidad que transciende el horizonte del mundo presente.
Sería lamentable que los pastores olvidásemos cualquiera de ellas. Pero en la actualidad, al menos, parece que va siendo mucho más necesario recordar la vertiente de lo eterno, por aquello de estar más olvidada.  Nuestra obligación es, ante todo, proclamar el Evangelio de Jesucristo y sus misterios. Mantener en alto la fe de la resurrección y de la vida eterna.
Por lo demás, - el Apóstol lo ha dicho esta mañana- “rezad por nosotros, para que la Palabra de Dios siga el avance glorioso que comenzó entre vosotros”. Ya sé bien que hay ciertos derrotismos. Pero hay muchos curas buenos en Jaén, celosos, entregados a su misión. Y advierto como en vosotros y en muchos avanza la Palabra de Dios. Cada adía me siento más obligado a dar gracias por ello. No tengáis miedo, vivid en el Espíritu y sed fieles a la palabra. “Si hemos muerto con Cristo, también resucitaremos con Él”.
Miguel Peinado.
ORACIÓN PARA ESTE DOMINGO.
QUE NO ME IMPORTE, SEÑOR
La  burla de los que no se molestan en buscarte
La  sonrisa de los que, sintiéndose poderosos,
Serán  nada y polilla después de su grandeza      
QUE  NO ME IMPORTE, SEÑOR
Las  falsas promesas que el mundo me ofrece
Frente  a las tuyas que han de ser eternas
Los  cortos caminos, que me llevan al abismo,
Frente  a los tuyos –estrechos y difíciles-
Pero  con final feliz y glorioso.

QUE  NO ME IMPORTE, SEÑOR.  ( Javier Leoz. En www.betania.es)