jueves, 17 de noviembre de 2016

 DOMINGO XXXIV TIEMPO ORDINARIO.
SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY (24-XI-74)
“Este hombre, arrepentido y vuelto a la luz, penetró al misterio. Y confesó que Jesús es Rey, que tiene su Reino, en el que todos nosotros podemos tomar parte”.  

PRIMERA LECTURA
Samuel 5, 1-3

  El Señor te ha prometido: "Tú serás el pastor de mi pueblo Israel"

 SALMO RESPONSORIAL
Salmo 121
Vamos alegres a la casa del Señor
 SEGUNDA LECTURA
 Colosenses 1,12-20
Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido.
 EVANGELIO
Lucas 23,35-43
 Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos.».
                                               Comentario- Introducción
Domingo de Cristo Rey. “Jesús el Rey de los judíos”.
 Termina el año litúrgico, y con él, el año de la Misericordia. Este año litúrgico no puede acabar de otra forma, sino como acabó la vida  de Jesús, derrochando el mayor caudal de misericordia que existe, entregando su vida y perdonando. Diálogo corto, precioso y misericordioso fue  el último de su vida entre nosotros.
¡Ojalá, aprendamos la lección que nos presenta esta homilía! Para poder  decir al final de nuestra vida, como aquel que moría al lado de Jesús; “Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Y seguro que también escucharemos las mismas palabras de misericordia: “Te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el paraíso”.
S. Berdonces
HOMILIA
“Este es el Rey de los judíos”. Así rezaba la inscripción que mandó Pilato poner sobre la cruz de Jesús, para explicar la causa de su condenación. Los enemigos le acusaron, ante el Procurador romano, de que pretendía hacerse Rey. Así se situaba frente al César.
El Procurador, que despreciaba a Jesús y a sus acusadores, después de oírlos, trató de salir airoso de aquella causa. Se convenció de la justicia de Jesús, pero él tenía una conciencia ancha; lo mandó a la cruz para no crearse problemas. Y manifestó irónicamente su desprecio para con Jesús y sus acusadores, mandando poner aquel letrero, en todas las lenguas oficiales en aquel territorio: “El Rey de los judíos es éste”.

          Testigo excepcional
Ni Pilato ni los judíos creyeron el Evangelio del Señor. Estaban cerrados a la verdad de Dios. Pero no todos se cerraron; la luz de la fe iluminó el corazón de un testigo excepcional: Uno de los malhechores, que había sido crucificado junto a Jesús y moría por momentos a su lado.
Cuando el otro compañero, uniéndose a las burlas del populacho, increpaba a Jesús: “¿No eres tú el Mesías? Pues sálvate a ti mismo y a nosotros”, él reaccionó frente a su compañero, reconociendo la justicia de su causa: “Lo nuestro es justo porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio éste no ha faltado en nada”. En seguida, vuelto hacia Jesús, le dijo: “Acuérdate de mí cunado vengas a tu reino. Jesús le respondió: Te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el paraíso”.
Este hombre, arrepentido y vuelto a la luz, penetró al misterio. Y confesó que Jesús es Rey, que tiene su Reino, en el que todos nosotros podemos tomar parte. Confesó a Jesús delante de los hombres, cuando Jesús ofrecía su sacrificio como sacerdote, por la salvación de todos. Y obtuvo más de lo que había pedido: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

           
Rey sacerdote
El salmo más importante del salterio es el 110, se refiere al Mesías. Jesucristo  se lo aplicó a sí mismo. Lo anunciado en el oráculo profético se cumplía en Él. El Salmo dice así:
“Oráculo del Señor dice el señor a mi señor: siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies, debajo del cetro de tu poder extiende el Señor desde Sión: ¡domina en medio de tus enemigos!” Poco más adelante continúa: “El Señor ha jurado y no se arrepiente: «Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec.»”
Meditando atentamente este misterio nos damos cuenta de que el Mesías  - Jesucristo es el Mesías- es rey, precisamente por ser sacerdote. Esta realeza es distinta a la de otros reyes de la tierra. Estos, algunas veces, han hecho oficios sacerdotales o se han entremetido en los asuntos de los sacerdotes. Pero ellos no lo son. En cambio Jesucristo ejerce el poder real, en función de su sacerdocio y de su sacrificio.
El ministerio de la realeza de Cristo supera nuestra comprensión. Su reinado es totalmente distinto del de todos cuantos en el mundo ejercen el gobierno. Los medios que Jesucristo tiene para ejercer su autoridad sobre los hombres son otros. El, que ha renunciado a todo poder, tiene dos armas fundamentales: La verdad de Dios y la caridad.

Como el sol en el cielo.
Recordemos un ejemplo. A propósito de la obra de Dios, el salmo 19 evoca la imagen del sol. El sol es criatura insigne en el mundo de la creación. “En el mar – dice– levantó para el sol una rienda, y él, como un atleta, sale para hacer su carrera. A un extremo del cielo es su salida, y su órbita llega al otro extremo, sin que haya nada a su ardor que escape”.
El reinado del sol. ¿Cómo ejerce su imperio sobre todas las demás criaturas? Haciéndose presente con su luz y con su calor. Da luz, ilumina todos los lugares, llama a las cosas y a los hombres del reino de las tinieblas a su claridad. Todo queda penetrado por su calor y por su energía. Esa energía solar que bien quisieran ahora  los hombres poder manipular, con vistas a la crisis energética actual.
Luz y calor. Esta imagen nos puede llevar a la idea  del reinado de Jesucristo. De manera semejante es como Él ejerce su reinado sobre los hombres.
Jesús se hace presente en el mundo para decirnos la verdad de Dios, para predicar el mensaje de la salvación, el evangelio del Reino.  “Para esto yo he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz”. (Jn 18,37). Para decir la verdad y para dar testimonio del amor de Dios, entregándose al sacrificio de la cruz por sus amigos y por sus enemigos. “No hay mayor amor”.
Sólo la verdad y el amor. Jesús ha renunciado a toda fuerza. Tal es su Reino. Con estas armas trae hacia sí a todos. “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32).

Sacerdotes reyes.
Cuantos por el bautismo estamos a él, participamos de su sacerdocio. Es doctrina de fe.  Somos un pueblo sacerdotal, un pueblo de reyes. San Pedro escribía a los recién bautizados: “Vosotros sois un linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo de su propiedad” (1 Pe 2,9).
Todos nosotros tenemos parte en el sacerdocio de Jesucristo y debemos ejercer nuestra función.  Cada uno según su condición y su puesto. La Iglesia nos recuerda que, aparte de este sacerdocio común de todos los bautizados, hay otro sacerdocio ministerial  y jerárquico. Ambos se diferencian esencialmente.
Nosotros, llamados por Dios de entre vosotros, y constituidos sacerdotes por el sacramento del Orden, representamos a Jesucristo como Cabeza y con Él actuamos como ministros suyos. Vosotros los fieles seglares, ejercéis vuestro sacerdocio también, pero de manera distinta. Ordenados el uno para el otro, ambos integran la misión de la Iglesia para la extensión del Reino de Dios en el mundo.

Ministerio pastoral
Hace ahora diez años que fue proclamada la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, en el Concilio Vaticano II. En ella se habla de los laicos y de su misión en la Iglesia, como hasta entonces no se había hecho.
“El carácter secular es propio y peculiar de los laicos. Pues los miembros del orden sagrado, aun cuando alguna vez pueden ocuparse de los asuntos seculares incluso ejerciendo una profesión secular, están destinados principal y expresamente al sagrado ministerio por razón de su particular vocación” (LG 31).
¿Cómo hemos de ejercer nuestro ministerio nosotros? Aquí viene el problema pastoral: La angustia de muchos sacerdotes porque el pueblo se aleja, muchos no creen, nadie nos hace caso. ¿A qué medios recurrir?
Para nosotros, como ministros de Cristo, sólo ha de contar la verdad del Evangelio y el amor de Dios, que se concreta en el Sacrificio. Tales son nuestras armas. Echar mano de otras es una tentación. Decir la verdad, limpia, serenamente. Recordar el Evangelio de Cristo a todos, a nivel individual y colectivo. Hacer el Sacrificio y ofrecerlo, dando testimonio ante todos de la caridad, para no ser infieles a la vocación con que fuimos llamados. Esta es nuestra misión sacerdotal.

Consagración del mundo
Vosotros, en cambio, vivís en el mundo; habéis de ejercer vuestro sacerdocio en otro horizonte. “A los laicos pertenece por propia vocación buscar el Reino de Dios, tratando y ordenando según Dios, los asuntos temporales”.
Según Dios. Porque hay diversas maneras de ordenar y tratar los problemas y los asuntos humanos. Al modo que lo hacen los hombres y conforme al Espíritu de Dios. Nosotros no debemos mutilar las palabras del Evangelio ni los textos del magisterio. “Según Dios”.
Vosotros vivís en el siglo. “Allí están llamados por Dios,- sigue diciendo el Concilio-  para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico… Por tanto, de manera singular, a ellos corresponde iluminar y ordenar las realidades temporales a las que están estrechamente vinculados, de tal modo que sin cesar se realicen y progresen conforme a Cristo”. Es así como vosotros habéis de consagrar el mundo para Dios y trabajar por el Reino de Jesucristo.
Cuanto se dice acerca de la lucha por la justicia, la promoción de los pueblos, la defensa de la verdad en todos los órdenes, pertenece a los cristianos. En todos los terrenos deben ellos trabajar y aportar su colaboración, en la familia, en lo social, en lo económico, en lo profesional y en lo político. Con tal de que, al hacerlo, lo hagan según el Espíritu de Jesucristo.

Eucaristía
Cada domingo, hermanos, nos congregamos aquí junto al Señor para celebrar la Eucaristía. Aquí unidos oímos la proclamación de la Palabra y ofrecemos a Dios el Sacrificio. Si estamos abiertos a la verdad y nos dejamos penetrar por el amor, el Reino de Dios será realidad viva en nosotros. Esta es la manera de “oír” la Misa. En esto consiste la verdadera participación.
Que el Espíritu de Jesucristo nos mueva de tal manera, que salgamos de aquí y caminemos en la vida como sacerdotes reyes. Predicando el Evangelio a todos los hombres, dando testimonio del amor del Señor.
Miguel Peinado Peinado.  


ORACIÓN PARA EL ÚLTIMO DOMINGO DEL AÑO DE LA MISERICORDIA.
Señor Jesucristo, tú nos has enseñado a ser misericordiosos como el Padre del cielo, y nos has dicho que quien te ve, lo ve también a Él.
Muéstranos tu rostro y obtendremos la salvación. Tu mirada llena de amor liberó a Zaqueo y a Mateo de la esclavitud del dinero; a la adúltera y a la Magdalena del buscar la felicidad solamente en una creatura; hizo llorar a Pedro luego de la traición, y aseguró el Paraíso al ladrón arrepentido.
Haz que cada uno de nosotros escuche como propia la palabra que dijiste a la samaritana: ¡Si conocieras el don de Dios!
Tú eres el rostro visible del Padre invisible, del Dios que manifiesta su omnipotencia sobre todo con el perdón y la misericordia: haz que, en el mundo, la Iglesia sea el rostro visible de Ti, su Señor, resucitado y glorioso.
Tú has querido que también tus ministros fueran revestidos de debilidad para que sientan sincera compasión por los que se encuentran en la ignorancia o en el error: haz que quien se acerque a uno de ellos se sienta esperado, amado y perdonado por Dios.
Manda tu Espíritu y conságranos a todos con su unción para que el Jubileo de la Misericordia sea un año de gracia del Señor y tu Iglesia pueda, con renovado entusiasmo, llevar la Buena Nueva a los pobres proclamar la libertad a los prisioneros y oprimidos y restituir la vista a los ciegos.
Te lo pedimos por intercesión de María, Madre de la Misericordia, a ti que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos.
Amén.



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