DOMINGO XXXIV TIEMPO ORDINARIO.
SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY (24-XI-74)
“Este hombre, arrepentido y vuelto a la luz, penetró al misterio. Y confesó
que Jesús es Rey, que tiene su Reino, en el que todos nosotros podemos tomar
parte”.
PRIMERA LECTURA
Samuel 5, 1-3
El
Señor te ha prometido: "Tú serás el pastor de mi pueblo Israel"
SALMO RESPONSORIAL
Salmo 121
Vamos
alegres a la casa del Señor
SEGUNDA
LECTURA
Colosenses
1,12-20
Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos
ha trasladado al reino de su Hijo querido.
EVANGELIO
Lucas 23,35-43
Había
encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los
judíos.».
Comentario- Introducción
Domingo de Cristo Rey. “Jesús el Rey
de los judíos”.
Termina el año litúrgico, y con él, el año de
la Misericordia. Este año litúrgico no puede acabar de otra forma, sino como acabó
la vida de Jesús, derrochando el mayor
caudal de misericordia que existe, entregando su vida y perdonando. Diálogo
corto, precioso y misericordioso fue el
último de su vida entre nosotros.
¡Ojalá, aprendamos la lección que nos
presenta esta homilía! Para poder decir
al final de nuestra vida, como aquel que moría al lado de Jesús; “Acuérdate de mí
cuando llegues a tu reino”. Y seguro que también escucharemos las mismas
palabras de misericordia: “Te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el paraíso”.
S. Berdonces
HOMILIA
“Este
es el Rey de los judíos”. Así rezaba la inscripción que mandó Pilato poner
sobre la cruz de Jesús, para explicar la causa de su condenación. Los enemigos
le acusaron, ante el Procurador romano, de que pretendía hacerse Rey. Así se
situaba frente al César.
El
Procurador, que despreciaba a Jesús y a sus acusadores, después de oírlos,
trató de salir airoso de aquella causa. Se convenció de la justicia de Jesús,
pero él tenía una conciencia ancha; lo mandó a la cruz para no crearse
problemas. Y manifestó irónicamente su desprecio para con Jesús y sus
acusadores, mandando poner aquel letrero, en todas las lenguas oficiales en
aquel territorio: “El Rey de los judíos es éste”.
Testigo excepcional
Ni
Pilato ni los judíos creyeron el Evangelio del Señor. Estaban cerrados a la
verdad de Dios. Pero no todos se cerraron; la luz de la fe iluminó el corazón
de un testigo excepcional: Uno de los malhechores, que había sido crucificado
junto a Jesús y moría por momentos a su lado.
Cuando
el otro compañero, uniéndose a las burlas del populacho, increpaba a Jesús: “¿No
eres tú el Mesías? Pues sálvate a ti mismo y a nosotros”, él reaccionó frente a
su compañero, reconociendo la justicia de su causa: “Lo nuestro es justo porque
recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio éste no ha faltado en nada”. En
seguida, vuelto hacia Jesús, le dijo: “Acuérdate de mí cunado vengas a tu
reino. Jesús le respondió: Te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el paraíso”.
Este
hombre, arrepentido y vuelto a la luz, penetró al misterio. Y confesó que Jesús
es Rey, que tiene su Reino, en el que todos nosotros podemos tomar parte.
Confesó a Jesús delante de los hombres, cuando Jesús ofrecía su sacrificio como
sacerdote, por la salvación de todos. Y obtuvo más de lo que había pedido: “Hoy
estarás conmigo en el paraíso”.
Rey sacerdote
El
salmo más importante del salterio es el 110, se refiere al Mesías. Jesucristo se lo aplicó a sí mismo. Lo anunciado en el
oráculo profético se cumplía en Él. El Salmo dice así:
“Oráculo
del Señor dice el señor a mi señor: siéntate a mi derecha, hasta que ponga a
tus enemigos debajo de tus pies, debajo del cetro de tu poder extiende el Señor
desde Sión: ¡domina en medio de tus enemigos!” Poco más adelante continúa: “El
Señor ha jurado y no se arrepiente: «Tú eres sacerdote para siempre, según el
orden de Melquisedec.»”
Meditando
atentamente este misterio nos damos cuenta de que el Mesías - Jesucristo es el Mesías- es rey,
precisamente por ser sacerdote. Esta realeza es distinta a la de otros reyes de
la tierra. Estos, algunas veces, han hecho oficios sacerdotales o se han
entremetido en los asuntos de los sacerdotes. Pero ellos no lo son. En cambio
Jesucristo ejerce el poder real, en función de su sacerdocio y de su
sacrificio.
El
ministerio de la realeza de Cristo supera nuestra comprensión. Su reinado es
totalmente distinto del de todos cuantos en el mundo ejercen el gobierno. Los
medios que Jesucristo tiene para ejercer su autoridad sobre los hombres son
otros. El, que ha renunciado a todo poder, tiene dos armas fundamentales: La
verdad de Dios y la caridad.
Como el sol en el cielo.
Recordemos
un ejemplo. A propósito de la obra de Dios, el salmo 19 evoca la imagen del
sol. El sol es criatura insigne en el mundo de la creación. “En el mar – dice–
levantó para el sol una rienda, y él, como un atleta, sale para hacer su
carrera. A un extremo del cielo es su salida, y su órbita llega al otro
extremo, sin que haya nada a su ardor que escape”.
El
reinado del sol. ¿Cómo ejerce su imperio sobre todas las demás criaturas?
Haciéndose presente con su luz y con su calor. Da luz, ilumina todos los
lugares, llama a las cosas y a los hombres del reino de las tinieblas a su
claridad. Todo queda penetrado por su calor y por su energía. Esa energía solar
que bien quisieran ahora los hombres poder
manipular, con vistas a la crisis energética actual.
Luz y
calor. Esta imagen nos puede llevar a la idea del reinado de Jesucristo. De manera semejante
es como Él ejerce su reinado sobre los hombres.
Jesús
se hace presente en el mundo para decirnos la verdad de Dios, para predicar el
mensaje de la salvación, el evangelio del Reino. “Para esto yo he nacido y para esto he venido
al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha
mi voz”. (Jn 18,37). Para decir la verdad y para dar testimonio del amor de
Dios, entregándose al sacrificio de la cruz por sus amigos y por sus enemigos.
“No hay mayor amor”.
Sólo la
verdad y el amor. Jesús ha renunciado a toda fuerza. Tal es su Reino. Con estas
armas trae hacia sí a todos. “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a
todos hacia mí” (Jn 12,32).
Sacerdotes reyes.
Cuantos por el bautismo
estamos a él, participamos de su sacerdocio. Es doctrina de fe. Somos un pueblo sacerdotal, un pueblo de
reyes. San Pedro escribía a los recién bautizados: “Vosotros sois un linaje
elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo de su propiedad” (1 Pe 2,9).
Todos nosotros tenemos
parte en el sacerdocio de Jesucristo y debemos ejercer nuestra función. Cada uno según su condición y su puesto. La
Iglesia nos recuerda que, aparte de este sacerdocio común de todos los bautizados,
hay otro sacerdocio ministerial y
jerárquico. Ambos se diferencian esencialmente.
Nosotros, llamados por
Dios de entre vosotros, y constituidos sacerdotes por el sacramento del Orden,
representamos a Jesucristo como Cabeza y con Él actuamos como ministros suyos.
Vosotros los fieles seglares, ejercéis vuestro sacerdocio también, pero de
manera distinta. Ordenados el uno para el otro, ambos integran la misión de la
Iglesia para la extensión del Reino de Dios en el mundo.
Ministerio pastoral
Hace ahora diez años que
fue proclamada la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, en el Concilio
Vaticano II. En ella se habla de los laicos y de su misión en la Iglesia, como
hasta entonces no se había hecho.
“El carácter secular es
propio y peculiar de los laicos. Pues los miembros del orden sagrado, aun
cuando alguna vez pueden ocuparse de los asuntos seculares incluso ejerciendo
una profesión secular, están destinados principal y expresamente al sagrado
ministerio por razón de su particular vocación” (LG 31).
¿Cómo hemos de ejercer
nuestro ministerio nosotros? Aquí viene el problema pastoral: La angustia de muchos
sacerdotes porque el pueblo se aleja, muchos no creen, nadie nos hace caso. ¿A
qué medios recurrir?
Para nosotros, como
ministros de Cristo, sólo ha de contar la verdad del Evangelio y el amor de
Dios, que se concreta en el Sacrificio. Tales son nuestras armas. Echar mano de
otras es una tentación. Decir la verdad, limpia, serenamente. Recordar el
Evangelio de Cristo a todos, a nivel individual y colectivo. Hacer el
Sacrificio y ofrecerlo, dando testimonio ante todos de la caridad, para no ser
infieles a la vocación con que fuimos llamados. Esta es nuestra misión
sacerdotal.
Consagración del mundo
Vosotros, en cambio,
vivís en el mundo; habéis de ejercer vuestro sacerdocio en otro horizonte. “A
los laicos pertenece por propia vocación buscar el Reino de Dios, tratando y
ordenando según Dios, los asuntos temporales”.
Según Dios. Porque hay
diversas maneras de ordenar y tratar los problemas y los asuntos humanos. Al
modo que lo hacen los hombres y conforme al Espíritu de Dios. Nosotros no
debemos mutilar las palabras del Evangelio ni los textos del magisterio. “Según
Dios”.
Vosotros vivís en el
siglo. “Allí están llamados por Dios,- sigue diciendo el Concilio- para que, desempeñando su propia profesión
guiados por el espíritu evangélico… Por tanto, de manera singular, a ellos
corresponde iluminar y ordenar las realidades temporales a las que están
estrechamente vinculados, de tal modo que sin cesar se realicen y progresen
conforme a Cristo”. Es así como vosotros habéis de consagrar el mundo para Dios
y trabajar por el Reino de Jesucristo.
Cuanto se dice acerca de
la lucha por la justicia, la promoción de los pueblos, la defensa de la verdad en
todos los órdenes, pertenece a los cristianos. En todos los terrenos deben
ellos trabajar y aportar su colaboración, en la familia, en lo social, en lo
económico, en lo profesional y en lo político. Con tal de que, al hacerlo, lo
hagan según el Espíritu de Jesucristo.
Eucaristía
Cada domingo, hermanos, nos
congregamos aquí junto al Señor para celebrar la Eucaristía. Aquí unidos oímos
la proclamación de la Palabra y ofrecemos a Dios el Sacrificio. Si estamos
abiertos a la verdad y nos dejamos penetrar por el amor, el Reino de Dios será
realidad viva en nosotros. Esta es la manera de “oír” la Misa. En esto consiste
la verdadera participación.
Que el Espíritu de Jesucristo nos
mueva de tal manera, que salgamos de aquí y caminemos en la vida como
sacerdotes reyes. Predicando el Evangelio a todos los hombres, dando testimonio
del amor del Señor.
Miguel Peinado Peinado.
ORACIÓN PARA EL ÚLTIMO DOMINGO DEL AÑO DE LA MISERICORDIA.
Señor Jesucristo, tú nos has enseñado a
ser misericordiosos como el Padre del cielo, y nos has dicho que quien te ve,
lo ve también a Él.
Muéstranos tu rostro y obtendremos la
salvación. Tu mirada llena de amor liberó a Zaqueo y a Mateo de la esclavitud
del dinero; a la adúltera y a la Magdalena del buscar la felicidad solamente en
una creatura; hizo llorar a Pedro luego de la traición, y aseguró el Paraíso al
ladrón arrepentido.
Haz que cada uno de nosotros escuche
como propia la palabra que dijiste a la samaritana: ¡Si conocieras el don de
Dios!
Tú eres el rostro visible del Padre
invisible, del Dios que manifiesta su omnipotencia sobre todo con el perdón y
la misericordia: haz que, en el mundo, la Iglesia sea el rostro visible de Ti,
su Señor, resucitado y glorioso.
Tú has querido que también tus ministros
fueran revestidos de debilidad para que sientan sincera compasión por los que
se encuentran en la ignorancia o en el error: haz que quien se acerque a uno de
ellos se sienta esperado, amado y perdonado por Dios.
Manda tu Espíritu y conságranos a todos
con su unción para que el Jubileo de la Misericordia sea un año de gracia del
Señor y tu Iglesia pueda, con renovado entusiasmo, llevar la Buena Nueva a los
pobres proclamar la libertad a los prisioneros y oprimidos y restituir la vista
a los ciegos.
Te lo pedimos por intercesión de María,
Madre de la Misericordia, a ti que vives y reinas con el Padre y el Espíritu
Santo por los siglos de los siglos.
Amén.

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