viernes, 25 de noviembre de 2016

DOMINGO I DE ADVIENTO
“La emigración puede ser para nosotros un signo. El signo de los tiempos”. 

PRIMERA LECTURA
Isaías 2,1-5.      
 Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob.  

 SALMO RESPONSORIAL
Salmo 121
Que alegría cuando me dijeron: “Vamos a la casa del Seño”.
 SEGUNDA LECTURA
 Romanos 13,11-14.
Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad.
 EVANGELIO
Mateo 24,37-44.
Estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre.

                                               Comentario- Introducción
Primer Domingo de Adviento. Comienza el camino hacia Belén, la ciudad del Rey David.  Hoy comienza ese camino, hasta encontrarnos como los pastores, contemplando el misterio de Dios que se hace Niño y nace en la más absoluta pobreza, en un establo a las afueras de Belén.
Con esta homilía, Tabor, cumple su primer año de andadura, no exento de dificultades que gracias a Dios hemos podido superar. Os pido a cuantos leáis estas homilías, que seamos a su vez pregoneros de la Palabra de Dios; este es el principal objetivo por el que cobra sentido Tabor, para que la Palabra de Dios,  no  quede escondida, sino que  llegue al corazón de muchos. Y así, juntos, podamos aclamar al Señor con el grito unánime del Adviento: ¡Ven Señor, Jesús!
S. Berdonces
HOMILIA

Os Hoy debemos pedir por los emigrantes.  En especial por todos esos hermanos nuestros, miembros de las comunidades cristianas de nuestra Iglesia Diocesana, que se han visto o se ven forzados a abandonar nuestra tierra temporal o definitivamente. Son miles de personas, hombres y mujeres, que emigran de la Provincia de Jaén, con el ansia de encontrar medios de vida en tierras más o menos lejanas.
La migración es un fenómeno actual. Actualísimo en Andalucía y, en concreto, en muchas zonas de nuestra Diócesis. Padecemos este problema, que arrastra consigo otros muchos y graves.
¿Sus causas…? Sería Difícil concretarlas y ahora no vamos a hacerlo. A poco que se piense, aparecen en este terreno los resultados de notables injusticias. Por otra parte, no puede negarse que se trata de un fenómeno exigido por la transformación social de un mundo desarrollo y hambriento de mejora en muchos aspectos. De todas formas, la emigración lleva consigo graves peligros, es una prueba difícil de superar, supone dolor y fatigas. Y esto basta para que esa penosa realidad nos mueva a orar juntos.
No sólo esto. También deberemos nosotros reflexionar, mirando a la responsabilidad frente a este fenómeno, en el que bien pudiera estar implicada nuestra actuación como cristianos. Que cada uno de nosotros piense lo que, desde su puesto en la vida, puede y debe hacer. Porque, aunque esta dura realidad es irremediable en muchos casos, todavía es posible hacer mucho para mitigar sus efectos.

La vida cristiana, una peregrinación.
Pero la emigración, amados hermanos, puede ser para nosotros un signo. Un signo de los tiempos.
Cuando el patriarca Jacob bajó a Egipto con sus hijos, fue presentado al Faraón por José, que había llegado a ser dueño de toda aquella tierra.
El Faraón le preguntó por su edad y Jacob contestó: “Los años de mis peregrinaciones hacen ciento treinta años; malos y pocos son los días de mi vida”  (Gen 47, 9).  Con mayor razón nosotros, cristianos, debemos recordar que “no tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos buscando la del futuro” (Heb 13, 14). Nuestra patria definitiva es el cielo; nuestro vivir es una continua peregrinación camino de la casa del Padre. Jesucristo, nuestro hermano mayor, al finalizar la suya, decía: “ Yo salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo el mundo y voy al Padre” (Jn 16, 28 ).
Nuestro destino está vinculado al suyo. Por eso hemos de estar prontos a lanzar todo lastre que pueda impedir nuestra marcha. Debemos pensar con alegría : “ Vamos a la casa del Señor”. Recordemos la promesa de Jesús: “En la casa de mi Padre hay muchas mansiones, si no os lo hubiera dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y, cuando haya preparado un lugar, volveré a tomaros conmigo, para que donde yo esté estéis también vosotros” (Jn 14, 2-3).
La Iglesia, Esposa del Señor, espera ansiosa su vuelta. No puede dudar de sus palabras. Recuerda con amor su primera venida y su obra. Conforme a su mandato, se congrega para celebrar la Eucaristía. San Pablo nos recuerda el encargo de Jesús y nos advierte: “Cada vez que comáis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que venga” ( 1 Cor 11, 26 ). Y nosotros oramos al Señor que nos libre de todos los males y nos conceda la paz, para que “vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.”


En actitud de vigilante espera.
Hoy el Señor nos excita a la vigilancia: “Estad preparados, porque el hijo del Hombre vendrá en la hora que menos lo pensáis”. “Velad, pues porque no sabéis en qué día llegará el Señor”. Insiste en este tema de la vigilancia. San Mateo ha recogido en su Evangelio algunas parábolas de Jesús, con las cuales nos recuerda este deber de estar siempre en vela, a la espera de su llegada. Entre ellas hay una muy bella: la de las diez vírgenes. Os invito a leerla hoy; está en el capitulo 25.
Se habían congregado para la boda y esperaban a la puerta la llegada del esposo. Como tardaba, se quedaron dormidas. A media noche sonó la voz: “¡Que viene el esposo!” y ellas se apresuraron a aderezar las lámparas. Pero aquellas cinco, que no habían sido prudentes, hubieron de ir a buscar aceite y luego, cuando volvieron, encontraron cerrada la puerta del festín. No pudieron entrar. El Señor repite al final su consigna: “Vigilad, porque no sabéis ni el día ni la hora” (Mt. 25,13).
Es posible que nosotros andemos adormilados. Quizás profundamente dormidos o entretenidos de tal manera en nuestras cosas, que tengamos olvidada la meta hacia donde caminamos. Todavía será peor, si estamos empeñados en instalarnos cómodamente en la vida, con olvido que hay muchos a quienes  falta qué comer y con qué vestirse; como si no tuviéramos otra preocupación que la de nuestra comodidad y seguridad de nuestro porvenir inmediato. Por eso necesitamos que se nos diga: “Daos cuenta del momento en que vivís; ya es hora de despabilarse, porque ahora nuestra salvación está más  cerca que cuando empezamos a creer” (Rom. 13, 11-12)


            El santo tiempo de Adviento          .
Este es el primer domingo de Adviento. La Iglesia, que piensa constantemente en sus hijos y recuerda siempre al Esposo, pensando en su primera venida en la carne, se prepara para celebrar la festividad de su Nacimiento. Ha ordenado las cosas de tal manera que, durante este tiempo del Adviento, nos prepararemos para el encuentro con el Señor. El misterio de Jesucristo no es mero recuerdo; Jesús está presente en su Iglesia y sale constantemente a nuestro encuentro, cuando celebramos los misterios de su vida.       
Durante este tiempo litúrgico, el gran símbolo es la luz. No en vano esperamos aquel que dijo: “Yo soy la luz del mundo” (Jn. 8, 12). La invitación que nos hace con palabras  del profeta es clara: “Venid, caminemos a la luz del Señor” (Is 2,5). Todas las imágenes coinciden: “La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz” (Rom 13,12).
En otro pasaje de sus cartas, el Apóstol nos habla de los frutos de la luz, que son : “todo bondad, todo justicia y verdad” (Ef. 5, 9 ).

En este santo tiempo, que la Iglesia ordena para que nuestra fe y nuestra esperanza se aviven, en espera de Jesús que iluminará nuestro rostro, debemos de dirigir nuestras miradas a la lámpara bellísima, que Dios preparó para alzar la lis a la vista de todos los hombres. Es también una virgen. “Virgen prudentísima”. Esposa fiel. ¡ La Madre del Señor! Ella es la gran figura del Adviento. Nadie ha sabido esperar  como María. En su pobreza, en su sencillez, estuvo a punto, cuando recibió el mensaje del cielo. Recordemos su actitud: “ He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc. 1, 38).
Pongamos ahora en ella nuestros ojos, hermanos. Imitemos su ejemplo. Andemos vigilantes. Caminemos en el amor,
Miguel Peinado Peinado.                                                       


ORACIÓN PARA EL PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO.

Dios todopoderoso, aviva en tus fieles, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro de Cristo, acompañados por las buenas obras, para que, colocados un día a su derecha, merezcan poseer el reino eterno. Por Jesucristo Nuestro Señor.


No hay comentarios:

Publicar un comentario