sábado, 3 de diciembre de 2016

DOMINGO I I DE ADVIENTO
“La vida cristiana es una aventura…El hombre se lo juega todo a una carta”. 

PRIMERA LECTURA
Isaías 11.1-10.  
 Juzgará a los pobres con justicia
 SALMO RESPONSORIAL
Salmo 71
Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente.
 SEGUNDA LECTURA
 Romanos 15,4-9
Cristo salva a todos los hombres
 EVANGELIO
Mateo 3,1-12
Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos


                                               Comentario- Introducción
 En este segundo domingo de adviento, la Iglesia nos presenta a Juan Bautista, llamándonos a la conversión de corazón. Mientras que el mensaje de Juan es severo, el profeta Isaías, en la primera lectura, nos presenta un rey ideal dotado de los dones del espíritu y cuyo reinado nos traerá la paz y la justicia. Nosotros los cristianos, sabemos por la fe, que Cristo vino a este mundo y que constantemente nos entrega sus dones.
 Hoy, el obispo,  en una de sus primeras homilías, hace obligada  referencia a su lema pastoral “en espíritu y en verdad”, refiriéndose al verdadero culto al Señor, sin egoísmo, ni personalismos, ni anacronismos, unidos a toda la Iglesia, con la oración de la propia Iglesia nos ofrece. Dejando toda la confianza en el Señor.
S. Berdonces
HOMILIA

No cabe duda, hermanos, que la participación en la vida litúrgica de la Iglesia es el gran medio para santificar nuestra vida. En la liturgia vivimos el misterio de nuestra fe cristiana, porque sabemos que Jesucristo está presente en las acciones litúrgicas, especialmente en la celebración de la Eucaristía. Así, en unión con Él, en unidad de espíritu, ofrecemos a Dios Padre el culto que le es debido, “en espíritu y en verdad”.
La Madre Iglesia, siempre solícita del bien de sus hijos, ordena su vida y su culto de tal manera que, nosotros todos, lo mismo los ignorantes que los sabios, los incipientes, igual que los perfectos, podemos correr por nuestra parte al encuentro del Señor, unirnos con El y seguirle. Acomodada su vida al ritmo del tiempo humano. De esta forma, la organización del año litúrgico  nos facilita el caminar junto a Jesús y vivir con El los misterios de la vida, de su pasión y muerte, de su resurrección, de su ascensión gloriosa y de su venida final.
El Espíritu del Adviento
Si ahora me preguntáis qué verdades. Qué misterios, vivimos especialmente en estos días de preparación para la fiesta del Nacimiento del Señor, os diré:
Jesucristo es el Mesías. El Ungido. “Sobre él se posará el Espíritu del Señor…”, nos dice Isaías en la lectura. Sus palabras hoy hacen relación a los tiempos mesiánicos; nos recuerdan la esperanza de Israel. Nos ayudan a situarnos en el ambiente espiritual de aquellos que, en el seno del pueblo judío, esperaban el cumplimento de las promesas del Señor.
San Pablo, por su parte, nos ha dicho que “Cristo se hizo servidor de los judíos para probar la fidelidad de Dios, cumpliendo las promesas hechas a los patriarcas”. Y añade: “Por otra parte, acoge a los gentiles para que alaben a Dios por su misericordia”. Es decir: la fidelidad y la misericordia de Dios se nos muestran siempre en Jesucristo.
Al mismo tiempo el Adviento nos hace vivir otra realidad importante en nuestra fe cristiana: Jesucristo es siempre “el que viene”. No esperamos a otro. Él es “el que ha de venir” a salvarnos. Es el único Salvador de todos los hombres.
Son estas las verdades que orientan ahora la vida de la Iglesia. Estos, los misterios que sintetizan el espíritu del Adviento y nos ayudan a situarnos espiritualmente en la postura conveniente.
De este modo nos será fácil entender cómo es esa figura, tan austera y tan sugestiva del mismo tiempo, del precursor del Señor, Juan Bautista, se nos hace presente a nosotros hoy. Acabamos de escuchar su predicación, oímos su voz. Como la oyeron un día en las orillas del Jordán las gentes de toda clase y condición social, hombres y mujeres de todas las clases, que acudían a escuchar al nuevo profeta. Él los invitaba a la conversión y, a cuantos atendían sus consignas, los bautizaba con aquel su bautismo de penitencia. Así disponía  los pecadores para el encuentro con nuestro Señor.
Nosotros también le oímos. Aquí y ahora: “Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos”.

La conversión.
Recordáis la consigna que se nos daba el domingo pasado: “Estad preparados, vigilad” Hoy aquella consigna se hace más concreta. O, si queréis, se nos da una nueva que concreta nuestra vida espiritual en estos días de espera: “¡Convertíos!”.
Convertirse. Todos nosotros debemos hacerlo. Aquel que se crea excluido de la invitación, no es digno del Reino de los cielos. El que piense que no necesita convertirse, no está preparado para salir al encuentro del Señor y aceptar su Evangelio. Escuchemos, pues, esta llamada; atendamos, hermanos, esta invitación y tomémosla en serio, Esta consigna es para todos sin distinción.
Mas debemos entender lo que esta consigna significa. Convertirse es cambiar de actitud. Supone tomar una decisión personal frente a otro. Lleva consigo el establecimiento de unas relaciones nuevas con aquel hacia quien nos convertimos. Se trata, claro está, de un cambio sincero y profundo, que se produce allá en lo más profundo de nuestro corazón. Convertirse es establecer nuevas relaciones con Dios.
Piense ahora cada cual cómo andan sus relaciones íntimas con el Señor. Es posible que están interrumpidas, que se cortaran hace tiempo. Acaso entendamos nosotros que andamos en buenas relaciones con Dios, mientras Él tiene muchas quejas por nuestra manera de proceder. Bien pudiera suceder que, en relación con Jesucristo a quien un día juramos fidelidad en el bautismo, vivamos como aquellos que se conocieron por algún tiempo, pero luego no se tratan ni saben que decirse… ¿Cuáles y en qué situación andan nuestras relaciones con Dios? Es interesante saberlo. Porque sólo así podremos conocer, a un tiempo, cuáles sean nuestras relaciones con nuestros hermanos.
“Convertíos, porque se acerca el Reino de Dios”. Ya veis que esta invitación y llamada tienen carácter de urgencia, Está cerca el Señor, que llega. Du llamada apremia ahora y no podemos demorar nuestra decisión. Jesucristo, por medio de su precursor, nos invita a dar nuestra respuesta personal. Nadie puede hacerlo por nosotros. No se trata de una decisión colectiva; cada cual ha de tomarla por su cuenta.
Permitidme, hermanos, que, al llegar a este punto, os diga una vez más mi desconfianza en relación con las organizaciones, las técnicas pastorales y los recursos humanos, si descuidamos o no tomamos en serio este problema de nuestra propia conversión. Hemos de arrancar de aquí. El primer es que cada uno de nosotros se convierta, se vuelva sinceramente a Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, y se entienda con Él. Porque de no ser así, nada nos puede servir; todo será superficial. Nuestros esfuerzos – no temo decirlo- pueden acabar, como tantas veces, en puro folklore o entrenamiento.

           


            La vida cristiana es aventura          .
   Al pensar en la renovación de nuestras relaciones con Dios, por medio de la conversión, podemos caer en un peligro: Hacernos la ilusión de que somos nosotros quienes podemos establecerlas. ¡Cuidado! Nosotros en este terreno, nunca podemos olvidar que “somos siervos inútiles” (Lc 17,10).
Convertirse es reanudar o establecer nuevas relaciones entre el hombre y Dios. Más teniendo siempre en cuenta que la salvación es, toda, obra exclusiva de Dios. Al hombre sólo le toca recibir, confiar, entregarse, abrirse a la gracia que se le ofrece.
En realidad la vida cristiana es una aventura. ¿No recordáis aquellas dos parábolas del tesoro escondido en un campo y la de la perla preciosa de gran valor que encontró un mercader? En ambas, el hombre se encuentra frente al tesoro desconocido, “va, vende todo cuanto tiene y lo compra” (Mt. 13, 44-46). Se lo juega todo a una carta. Con la diferencia de que, en este asunto Reino de los cielos, no valen la prudencia, ni la suerte, ni la astucia, como en los negocios o las empresas a lo humano. Esta es otra aventura y negocio. Este es un asunto de amor. Aquí sólo rigen la confianza y la generosidad de la entrega. Los recursos humanos no cuentan.  Sólo hay un punto de apoyo: la Palabra del Señor.
“Que en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente”. Este ha sido el estribillo del salmo, que hemos recitado hoy. Es un salmo mesiánico. Quiera el Señor quitar en nosotros todos los estorbos a la justicia, y “el fruto de la justicia será la paz” (Is. 32,17).
                                     
                                     



 ORACIÓN PARA EL SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO.
(Tomado de B. Caballero: La Palabra cada Domingo, San Pablo, España, 1993, p. 25)

Señor, en este domingo de adviento nos reconocemos pobres, miserables y pecadores ante ti y ante los hermanos.
Nos creemos los mejores, nos vemos superiores a los demás, contabilizamos nuestros méritos, vivimos autosatisfechos y decimos estar ya convertidos del todo. ¡Cuánta mentira!
Ábrenos los ojos, Señor, para que nos veamos cómo somos: egoístas, cobardes, rebosantes de complejos y apatía, repelentes de soberbia y envidia, insolidarios, falsos,
Injustos, agresivos, perezosos, materialistas y sensuales.
Conviértenos, Señor, de tanta hipocresía estúpida a una sensatez humilde, para dar frutos de conversión.

Amén.       




                                              

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