DOMINGO I I DE ADVIENTO
“La vida cristiana es una aventura…El hombre se lo juega todo a una carta”.
PRIMERA LECTURA
Isaías 11.1-10.
Juzgará a los pobres con justicia
SALMO RESPONSORIAL
Salmo 71
Que en sus
días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente.
SEGUNDA
LECTURA
Romanos 15,4-9
Cristo
salva a todos los hombres
EVANGELIO
Mateo
3,1-12
Convertíos,
porque está cerca el reino de los cielos
Comentario- Introducción
En este segundo domingo de adviento, la
Iglesia nos presenta a Juan Bautista, llamándonos a la conversión de corazón.
Mientras que el mensaje de Juan es severo, el profeta Isaías, en la primera
lectura, nos presenta un rey ideal dotado de los dones del espíritu y cuyo
reinado nos traerá la paz y la justicia. Nosotros los cristianos, sabemos por
la fe, que Cristo vino a este mundo y que constantemente nos entrega sus dones.
Hoy, el obispo, en una de sus primeras homilías, hace
obligada referencia a su lema pastoral
“en espíritu y en verdad”, refiriéndose al verdadero culto al Señor, sin
egoísmo, ni personalismos, ni anacronismos, unidos a toda la Iglesia, con la
oración de la propia Iglesia nos ofrece. Dejando toda la confianza en el Señor.
S. Berdonces
HOMILIA
No cabe duda, hermanos,
que la participación en la vida litúrgica de la Iglesia es el gran medio para
santificar nuestra vida. En la liturgia vivimos el misterio de nuestra fe
cristiana, porque sabemos que Jesucristo está presente en las acciones
litúrgicas, especialmente en la celebración de la Eucaristía. Así, en unión con
Él, en unidad de espíritu, ofrecemos a Dios Padre el culto que le es debido,
“en espíritu y en verdad”.
La Madre Iglesia, siempre
solícita del bien de sus hijos, ordena su vida y su culto de tal manera que,
nosotros todos, lo mismo los ignorantes que los sabios, los incipientes, igual
que los perfectos, podemos correr por nuestra parte al encuentro del Señor,
unirnos con El y seguirle. Acomodada su vida al ritmo del tiempo humano. De
esta forma, la organización del año litúrgico
nos facilita el caminar junto a Jesús y vivir con El los misterios de la
vida, de su pasión y muerte, de su resurrección, de su ascensión gloriosa y de
su venida final.
El Espíritu del Adviento
Si ahora me preguntáis
qué verdades. Qué misterios, vivimos especialmente en estos días de preparación
para la fiesta del Nacimiento del Señor, os diré:
Jesucristo es el Mesías.
El Ungido. “Sobre él se posará el Espíritu del Señor…”, nos dice Isaías en la
lectura. Sus palabras hoy hacen relación a los tiempos mesiánicos; nos recuerdan
la esperanza de Israel. Nos ayudan a situarnos en el ambiente espiritual de
aquellos que, en el seno del pueblo judío, esperaban el cumplimento de las
promesas del Señor.
San Pablo, por su parte,
nos ha dicho que “Cristo se hizo servidor de los judíos para probar la
fidelidad de Dios, cumpliendo las promesas hechas a los patriarcas”. Y añade:
“Por otra parte, acoge a los gentiles para que alaben a Dios por su
misericordia”. Es decir: la fidelidad y la misericordia de Dios se nos muestran
siempre en Jesucristo.
Al mismo tiempo el
Adviento nos hace vivir otra realidad importante en nuestra fe cristiana:
Jesucristo es siempre “el que viene”. No esperamos a otro. Él es “el que ha de
venir” a salvarnos. Es el único Salvador de todos los hombres.
Son estas las verdades
que orientan ahora la vida de la Iglesia. Estos, los misterios que sintetizan
el espíritu del Adviento y nos ayudan a situarnos espiritualmente en la postura
conveniente.
De este modo nos será
fácil entender cómo es esa figura, tan austera y tan sugestiva del mismo
tiempo, del precursor del Señor, Juan Bautista, se nos hace presente a nosotros
hoy. Acabamos de escuchar su predicación, oímos su voz. Como la oyeron un día
en las orillas del Jordán las gentes de toda clase y condición social, hombres
y mujeres de todas las clases, que acudían a escuchar al nuevo profeta. Él los
invitaba a la conversión y, a cuantos atendían sus consignas, los bautizaba con
aquel su bautismo de penitencia. Así disponía
los pecadores para el encuentro con nuestro Señor.
Nosotros también le
oímos. Aquí y ahora: “Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos”.
La conversión.
Recordáis la consigna que
se nos daba el domingo pasado: “Estad preparados, vigilad” Hoy aquella consigna
se hace más concreta. O, si queréis, se nos da una nueva que concreta nuestra
vida espiritual en estos días de espera: “¡Convertíos!”.
Convertirse. Todos
nosotros debemos hacerlo. Aquel que se crea excluido de la invitación, no es
digno del Reino de los cielos. El que piense que no necesita convertirse, no
está preparado para salir al encuentro del Señor y aceptar su Evangelio.
Escuchemos, pues, esta llamada; atendamos, hermanos, esta invitación y
tomémosla en serio, Esta consigna es para todos sin distinción.
Mas debemos entender lo
que esta consigna significa. Convertirse es cambiar de actitud. Supone tomar
una decisión personal frente a otro. Lleva consigo el establecimiento de unas
relaciones nuevas con aquel hacia quien nos convertimos. Se trata, claro está,
de un cambio sincero y profundo, que se produce allá en lo más profundo de
nuestro corazón. Convertirse es establecer nuevas relaciones con Dios.
Piense ahora cada cual
cómo andan sus relaciones íntimas con el Señor. Es posible que están
interrumpidas, que se cortaran hace tiempo. Acaso entendamos nosotros que
andamos en buenas relaciones con Dios, mientras Él tiene muchas quejas por
nuestra manera de proceder. Bien pudiera suceder que, en relación con
Jesucristo a quien un día juramos fidelidad en el bautismo, vivamos como
aquellos que se conocieron por algún tiempo, pero luego no se tratan ni saben
que decirse… ¿Cuáles y en qué situación andan nuestras relaciones con Dios? Es
interesante saberlo. Porque sólo así podremos conocer, a un tiempo, cuáles sean
nuestras relaciones con nuestros hermanos.
“Convertíos, porque se
acerca el Reino de Dios”. Ya veis que esta invitación y llamada tienen carácter
de urgencia, Está cerca el Señor, que llega. Du llamada apremia ahora y no
podemos demorar nuestra decisión. Jesucristo, por medio de su precursor, nos
invita a dar nuestra respuesta personal. Nadie puede hacerlo por nosotros. No
se trata de una decisión colectiva; cada cual ha de tomarla por su cuenta.
Permitidme, hermanos,
que, al llegar a este punto, os diga una vez más mi desconfianza en relación
con las organizaciones, las técnicas pastorales y los recursos humanos, si
descuidamos o no tomamos en serio este problema de nuestra propia conversión.
Hemos de arrancar de aquí. El primer es que cada uno de nosotros se convierta,
se vuelva sinceramente a Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, y se
entienda con Él. Porque de no ser así, nada nos puede servir; todo será
superficial. Nuestros esfuerzos – no temo decirlo- pueden acabar, como tantas
veces, en puro folklore o entrenamiento.
La vida cristiana es aventura .
Al pensar en la renovación de
nuestras relaciones con Dios, por medio de la conversión, podemos caer en un
peligro: Hacernos la ilusión de que somos nosotros quienes podemos
establecerlas. ¡Cuidado! Nosotros en este terreno, nunca podemos olvidar que
“somos siervos inútiles” (Lc 17,10).
Convertirse es reanudar o establecer
nuevas relaciones entre el hombre y Dios. Más teniendo siempre en cuenta que la
salvación es, toda, obra exclusiva de Dios. Al hombre sólo le toca recibir,
confiar, entregarse, abrirse a la gracia que se le ofrece.
En realidad la vida cristiana es una
aventura. ¿No recordáis aquellas dos parábolas del tesoro escondido en un campo
y la de la perla preciosa de gran valor que encontró un mercader? En ambas, el hombre
se encuentra frente al tesoro desconocido, “va, vende todo cuanto tiene y lo
compra” (Mt. 13, 44-46). Se lo juega todo a una carta. Con la diferencia de
que, en este asunto Reino de los cielos, no valen la prudencia, ni la suerte,
ni la astucia, como en los negocios o las empresas a lo humano. Esta es otra
aventura y negocio. Este es un asunto de amor. Aquí sólo rigen la confianza y
la generosidad de la entrega. Los recursos humanos no cuentan. Sólo hay un punto de apoyo: la Palabra del
Señor.
“Que en sus días florezca la justicia
y la paz abunde eternamente”. Este ha sido el estribillo del salmo, que hemos
recitado hoy. Es un salmo mesiánico. Quiera el Señor quitar en nosotros todos
los estorbos a la justicia, y “el fruto de la justicia será la paz” (Is.
32,17).
ORACIÓN
PARA EL SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO.
(Tomado de B. Caballero: La Palabra
cada Domingo, San Pablo, España, 1993, p. 25)
Señor, en este domingo de adviento
nos reconocemos pobres, miserables y pecadores ante ti y ante los hermanos.
Nos creemos los mejores, nos vemos
superiores a los demás, contabilizamos nuestros méritos, vivimos
autosatisfechos y decimos estar ya convertidos del todo. ¡Cuánta mentira!
Ábrenos los ojos, Señor, para que nos
veamos cómo somos: egoístas, cobardes, rebosantes de complejos y apatía, repelentes
de soberbia y envidia, insolidarios, falsos,
Injustos, agresivos, perezosos,
materialistas y sensuales.
Conviértenos, Señor, de tanta
hipocresía estúpida a una sensatez humilde, para dar frutos de conversión.
Amén.

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