viernes, 9 de diciembre de 2016

DOMINGO I I I DE ADVIENTO
“Todo está a punto para celebrar la Navidad. ¿Y el corazón está a punto?”. 

PRIMERA LECTURA
Isaías 35,1-6.10.  
Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes.
 SALMO RESPONSORIAL
Salmo 145
Ven, Señor, a salvarnos.
 SEGUNDA LECTURA
 Santiago 5, 7-10
No os quejéis, hermanos, unos de otros para no ser condenados.
 EVANGELIO
Mateo 11,2-11
Los ciegos ven, y los inválidos andan…A los pobres se les anuncia el Evangelio.

                                               Comentario- Introducción
Es el tercer domingo de Adviento, llamado de “gaudete”, por la primera palabra del Introito de la Misa (Gaudete, es decir, Regocíjate). “Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres”. La antífona está tomada de la carta paulina a los filipenses (Flp. 4, 4-5), que sigue diciendo el Señor está cerca. Y efectivamente, en este tercer domingo, que marca la mitad del Adviento, la llegada del Señor se ve cercana. Cuando nos acercamos a la celebración del Nacimiento de Jesús, la palabra de Dios nos recuerda cómo las profecías han sido ya cumplidas.
La homilía de hoy, nos comunica esta alegría, en la espera de Aquel que ya llega.
S. Berdonces

HOMILIA
Ya está la ciudad preparada. Si salís a la calle, observaréis cómo está a punto la iluminación extraordinaria; las tiendas, los escaparates repletos de juguetes, de mercancías que se ofrecen  - no en vano pertenecemos ya (no sé si por suerte o desgracia) a una sociedad de consumo-. Ayer mismo los muchachos me invitaron a su marcha de hoy, para colocar un Belén en lo alto de Jabalcuz y otro en Sierra Mágina.
Todos están a punto, hermanos, para celebrar la Navidad. Os pregunto: Y el corazón ¿está a punto…? ¿Está de verdad nuestro Espíritu allá dentro, en la espera del Señor que viene?  ¿Estamos preparados para celebrar cristianamente el misterio del Nacimiento del Señor?

Palabras de consuelo en el destierro
Era el año 587 antes de Jesucristo. Los habitantes de Jerusalén llevaban más de un año sitiados por los caldeos. El cerco se estrechaba sobre la ciudad. Había hambre, había miseria. Era imposible la resistencia. El rey Sedecías, que había caído en la locura de rebelarse contra el rey de Babilonia, aprovechándola noche mandó abrí un boquete en el muro de la ciudad y se escapó. Lo alcanzaron los soldados del ejército sitiador en los llanos de Jericó y lo trajeron ante el rey, que mandó degollar a sus hijos en su presencia. Inmediatamente le sacaron los ojos, para que aquella imagen terrible del martirio de los suyos quedara marcada para siempre en su alma. Luego la ciudad fue totalmente saqueada y destruida por las llamas, Todo quedó hecho tabla rasa. Los supervivientes cautivos fueron deportados lejos. Tuvieron que vivir  los sufrimientos y penalidades del destierro. ¡No había esperanza!
Pero el Señor se acuerda siempre de su pueblo. Unos cuarenta años más tarde, cuando eran pocos los que todavía conservaban su fe, un profeta, con toda seguridad discípulo de Isaías, trató de levantar la esperanza en el corazón de aquellos deportados en Babilonia. Recordando lo que el Señor había hecho mil años antes con su pueblo, cuando lo sacó de la esclavitud de Egipto en tiempos de Moisés, les decía entre otras cosas: “El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrará el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegraran con gozo y alegría…Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará (1ª lectura).
Con lenguaje poético, el Señor prometía la salvación a los deportados. Así renacía la esperanza en el “resto” de Israel. Y el Señor cumplió efectivamente sus promesas. Unos años más tarde, los acontecimientos políticos del mundo cambiaron de signo. Se dio libertad a los cautivos y ellos volvieron, otra vez camino del desierto, a reconstruir su templo y su ciudad. De nuevo el pueblo de Dios estaba de pie. La esperanza de los buenos israelitas mantuvo la confianza del pueblo en la palabra del Señor.

Respuesta de Jesús al mensaje del Bautista.
Luego pasaron quinientos años. Ya andaba Jesús entre las gentes del pueblo. Un nuevo profeta se había levantado y predicaba a la orilla del Jordán. Despertaba la fe en las muchedumbres que acudían a oír su predicación. Decía Juan Bautista: “Convertíos; porque está cerca el Reino de Dios”. Aquello era un nuevo renaceré espiritual. Mas el profeta, por decir la verdad, estaba ahora en la cárcel. Entre sus discípulos y entre las gentes había dudas, discusiones ante el problema de Jesús de Nazaret. Juan, entonces, envió desde la cárcel a dos discípulos suyos a preguntar a Jesús: “¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro?” (Evangelio).
Jesús contestó con sus obras y palabras, que recordaban la historia de Israel y los anuncios de los profetas. Les dijo: “Id y anunciad a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan…A los pobres se les anuncia el Evangelio. Era lo mismo que decirles: “Ya veis: otra vez el Señor está a punto y viene a Salvaros. Los tiempos mesiánicos son ya realidad.”
Más tarde Jesús murió y resucitó, y subió al cielo. San Mateo, cuya catequesis resulta especialmente luminosa, a continuación de la escena que hoy nos ha recordado la lectura evangélica, se detiene a describir la reacción de muchos oyentes de Jesús ante su predicación. Ante las palabras y las obras de Jesucristo, unos se mantenían indiferentes, otros dudaban, otros se pusieron  frente a Él y llegaron hasta blasfemar. También hace alusión a quienes aceptaron sus palabras. El evangelista nos recuerda aquella escena, maravillosamente bella, en que Jesús exultó de gozo ante las noticias que le traían sus discípulos a la vuelta de la primera misión. Decía, levantando sus ojos al cielo: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeñuelos. Sí, Padre, porque así te ha parecido mejor” (Mt. 11, 25-26).
Es que para salir al encuentro del Señor, es necesaria la sencillez del corazón. Y Jesús, el profeta de Nazaret, despertó la fe en las almas sencillas y en los humildes del pueblo, para que recibieran el mensaje de Dios.
            La primitiva comunidad cristiana.
            Los discípulos de Jesús no podían olvidar las palabras de su Maestro: “Me voy, pero volveré a vosotros” (Jn 14,18). Esperaban la venida del Señor. La esperaban sobre todo, porque habían empezado a cumplirse sus palabras. A los pocos años de su separación empezaban las pruebas y las persecuciones.
La pequeña comunidad cristiana de Jerusalén fue probada con indecibles sufrimientos. Un hombre, que jugó un papel importante en aquella comunidad primitiva, fue Santiago, “el hermano del Señor”. Le llamaban así porque era pariente de Jesús.  Salió al paso de las desorientaciones, las críticas, procuraba alentar el ánimo de los cristianos que sufrían pobreza y persecución. Escribió su carta, de la que hoy se han leído estas frases: “Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca. No os quejéis, hermanos, unos de otros, para no ser condenados. Mirad que el juez está a la puerta. Tomad como ejemplo de sufrimiento y de paciencia a los profetas, que hablaron en nombre del Señor (2ª lectura).
Ya veis: La Historia siempre es hermosa, nos ofrece recuerdos y lecciones admirables. Las que hoy la Iglesia ha querido sacar a relucir, son especialmente interesantes; nos sitúan, a siglos de distancia en momentos críticos para el pueblo de Dios. Es como si, con las lecturas que hemos hecho, hubiéramos dado unos cortes en la Historia Santa para admirar la actuación del Señor, que sale siempre al encuentro de su pueblo para salvarlo.
                                                             
Nuestra situación.
Conviene que nosotros reflexionemos ante esas lecciones que nos ofrece la Historia de la salvación. Porque para eso estamos aquí. Nosotros, sin duda, estamos mejor preparados que todas las generaciones anteriores para entender el misterio de Dios. Y vivimos en una situación muy distinta ¿no es verdad? Porque, aunque no faltan pruebas y sufrimientos, realmente lo tenemos todo a punto, vivimos confortablemente. Nuestra situación, al menos de momento, es muy distinta que la de los israelitas cautivos y la de los primitivos cristianos perseguidos y probados de muchas maneras. Debemos reflexionar.
La vida litúrgica nos lleva al encuentro con Jesucristo. Viene a nosotros realmente. No se trata de un mero recuerdo, no es una figura. En la celebración de su Nacimiento, Jesucristo viene espiritualmente a nosotros y nosotros volvemos a encontrarnos con Él. Ha de ser un encuentro personal.
El profeta de los tiempos del cautiverio despertaba con sus palabras la confianza en los corazones buenos. No en vano su libro es llamado “Libro de la consolación”. Renacía la esperanza en las promesas de Dios, que es fiel para cumplirlas.
Juan Bautista, y luego el mismo Jesucristo, llamaban a las almas a la fe y al arrepentimiento, para que aceptaran el Evangelio. “Convertíos”, era la consigna. Los pecadores venían a la fe; los sencillos, los pobres, los humildes, se preparaban con espíritu de amor para recibir el Reino de Dios.
¿No os dais cuenta, hermanos? La fe, la confianza, la paciencia y la resignación en medio de los acontecimientos de la vida; la pobreza, la sencillez, la esperanza viviente; he aquí el espíritu que nos conviene para salir al encuentro del Señor.
¡Ah! Si los profetas del Antiguo Testamento, y Juan Bautista, el Precursor, y Santiago, el hermano del Señor, preparaban así a sus oyentes en su tiempo ¿qué tendré que hacer yo ahora? ¡Pobre de mí! ¿Cómo acertaré a deciros algo, que de verdad os ayude a ir al encuentro de Jesucristo y a que le podáis recibir ahora que El viene? ¡Ah, los sacerdotes! ¡Cuán difícil es nuestro ministerio; qué grave nuestra responsabilidad! Porque, mientras la ciudad se dispone con tanto ruido a celebrar la Navidad, nosotros acaso no acertamos siquiera a preparar un niño para el encuentro con el Señor.
Orad, hermanos. Oremos juntos y acudamos ahora a la Madre de Jesús. Ella es la que puede socorrernos.
Por lo demás, os diré de nuevo: “Convertíos”. “Preparad los caminos del Señor”. Preparadlos siquiera en vuestra casa, decidles alguna cosa a Jesucristo a vuestros amigos, a vuestros hijos, a vuestros discípulos. Anunciadles que viene y que todos vamos al encuentro del Señor.

 ORACIÓN PARA EL TERCER DOMINGO DE ADVIENTO.
 Estás viendo, Señor, cómo tu pueblo espera con fe la fiesta del nacimiento de tu Hijo; concédenos llegar a la Navidad - fiesta de gozo y salvación - y poder celebrarla con alegría desbordante. Por Jesucristo Nuestro Señor.


No hay comentarios:

Publicar un comentario