sábado, 31 de diciembre de 2016

SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA MADRE DE DIOS
DIA 1 DE ENERO.
“Educar para la paz”


PRIMERA LECTURA
Números 6, 22-27
 Invocarán mi nombre sobre los israelitas y yo los bendeciré
  
 SALMO RESPONSORIAL
Salmo 66
 El Señor tenga piedad y nos bendiga.

 SEGUNDA LECTURA
 Gálatas 4, 4-7
Dios envió su Hijo, nacido de una mujer

 EVANGELIO
Lucas 2,16-21
Encontraron a María y a José y al niño. Al cumplirse los ocho días, le pusieron por nombre Jesús

                                               Comentario- Introducción
Hace cuarenta y nueve años, el Papa Pablo VI  escribió: “Nos dirigimos a todos los hombres de buena voluntad para exhortarlos a celebrar «El Día de la Paz» en todo el mundo, el primer día del año civil, 1 de enero de 1968. Sería nuestro deseo que después, cada año, esta celebración se repitiese como presagio y como promesa, al principio del calendario… de que sea la Paz con su justo y benéfico equilibrio la que domine el desarrollo de la historia futura…”
 Este día, al celebrar la fiesta de María, Madre de Dios, incluimos también, con seriedad e insistencia, deseos y plegarias por una paz, profunda y duradera, en un mundo acosado por la violencia, conflictos y luchas fratricidas, ya que María nos dio a Jesucristo, Príncipe de la Paz.
 La homilía habla de  la paz. No podemos dudar que el pastor que obedece de verdad los deseos de la Iglesia, acierta cuando habla de la educación para la paz y todos los ejemplos y modelos que se nos propone en la presente homilía.
Hoy comienza un nuevo año y sinceramente nos deseamos unos a otros todas las bendiciones de Dios: buena salud, bienestar, armonía en la familia, felicidad, paz...Feliz 2017.
S. Berdonces

HOMILIA
“Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”.
Iniciamos, hermanos, el nuevo año, con esta sencilla oración que aprendimos, siendo niños, de labios de nuestra madre, o de quien la sustituyó en el seno de la Iglesia. La Iglesia se goza de orar así. Después de repetir el saludo del ángel: “Dios te salve, llena de gracia…” y las alabanzas de Isabel, iluminada por el Espíritu Santo: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre “, invoca a la Señora con sencillez de niños: “Santa María, Madre de Dios…”

El mejor título.
Es el mejor título que podemos dar a María, la Virgen: “Madre de Dios”. Es el título propio, el que expresa todos los misterios que Dios ha obrado en ella.
El Señor ha integrado perfecta y maravillosamente a María en su plan  eterno de salvación de todos los hombres, destinándola a ser y haciéndola Madre de Jesucristo. Y, por consiguiente, Madre de Dios.
La maternidad es una gloria, un valor definitivo en todos los terrenos. Ninguna cosa hay tan grande en el mundo como las madres. Por eso queremos tanto a la nuestra. Ser madre, comunicar la vida a un ser humano, concebir y dar a luz un hijo.
Para ser madre son necesarias dos cosas: la capacidad y la colaboración.  La capacidad la da Dios. Dios ha preparado a todas las mujeres para ser madres. La maternidad es vocación de toda mujer. En un sentido más o menos profundo, todas están hechas para ser madres; para concebir  en su seno y dar a luz a los hijos, para criarlos, alimentándolos con la leche de sus pechos, para educarlos y prepararlos para la vida. Porque lo principal es la maternidad espiritual. Hay muchas que, sin llegar al matrimonio y ofreciendo su virginidad al Señor, son madres de muchos hijos  de Dios en el mundo y en la Iglesia.
Viene luego la colaboración. Y aquí ya, se dan grados y diferencias notables entre madre y madre. Propio de todas ellas es poner todo su corazón en la empresa. Al recibir en su seno el germen de la vida, cuando se sienten madres, ponen todo su ser, todo su afecto, toda su sensibilidad y su inteligencia en esta nobilísima tarea de dar vida a sus hijos.

A la altura de Dios.
La Virgen María es la Madre de Dios. Podemos pensar en este misterio, en función de la capacidad de colaboración.
Naturalmente hablando, cualquier mujer está capacitada para ser madre, madre de un hombre. ¡Ser madre de Dios!...Para que pudiera serlo, María fue levantada por Dios a lo más alto. Su capacidad está a la misma altura de Dios. El Hijo que de ella había de nacer es el mismo Hijo de Dios, Jesucristo, el hijo de Dios hecho hombre.
María tuvo capacidad para dar a Dios el ser hombre; para que Dios empezara a vivir humanamente. Tal es el misterio de la Encarnación. Tal es así mismo el misterio de la maternidad divina. ¡Cuán alta la colocó el Señor! ¡Qué admirablemente la preparó y la dispuso; y la adornó con tantas cualidades! ¡El poder de dar la vida a Dios en su seno maternal! La vida humana, se entiende; pero la vida.

            Su colaboración
 Pensemos ahora en la mejor madre del mundo. Si ella pone todo su corazón, su sensibilidad, su vida, en esta empresa de dar la vida al hijo, ¿qué puso María?...El Evangelio nos ha recordado la frase conocida: “Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” ¡Qué colaboración la suya! ¡Qué entrega la de María cuando se ofreció a ser Madre de Jesucristo! María hizo todo aquello que incluye la maternidad: engendrar a su Hijo, llevarlo en su seno nueve meses, ambientarlo dentro de sí misma, darlo a luz, criarlo a sus pechos, cuidarlo y educarlo.
Lo concibió por su humildad: “He aquí la esclava del Señor”. Lo llevó en su seno virginal. María fue a casa de Isabel. Esta, en el encuentro, decía: “¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a verme? ¡Bendita tú que has creído…bendito el fruto de tu vientre!”
Lo dio a luz virginalmente. Esto no ocurrió antes nunca, ni se dará después. Lo crió, lo llevaba en sus brazos, lo alimentaba. Y lo educaba. Fue María quien educó a Jesús niño y cuando era adolescente. Supongo que también cuando ya era joven. Los hombres, por mayores que seamos, siempre necesitamos que la madre salga a nuestro encuentro para ultimar un detalle, para limar una aspereza, para integrar con su sensibilidad algún elemento que nosotros se nos escapa.
           
Educar para la paz
En el mensaje de Pablo VI para la jornada de la Paz en este año 1975, hay una frase que me ha llamado la atención. Es todo un programa. La consigna es esta: “educar para la paz”.
La paz es un don de Dios, hermanos. Como es la unidad. Sobre todo lo es la paz hecha por Jesucristo. Está pidiendo la colaboración de todos, absolutamente de todos, chicos y grandes, sacerdotes y laicos. La paz, no sólo se recibe, se guarda. Hay que hacerla además día tras día con esfuerzo, con entusiasmo, con ilusión, con la conciencia de nuestra responsabilidad cristiana.
Precisamente por esta razón, es necesario educar la paz a quienes, siendo ahora pequeños, habrán de ser algún día los apóstoles y defensores de la paz al frente de la vida. Educar a los hijos, a los adolescentes, a los niños, a los jóvenes, al pueblo; educar a todos y a cada uno para esta misión tan noble y urgente.
Digamos con el Papa que, la reconciliación entre los hermanos, empieza por la reconciliación con Dios. Mientras un hombre no se ha reconciliado con él y con el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, es inútil pretender  que haya paz entre los hermanos. Cuando somos cristianos en la medida que debemos serlo, sembramos discordia, desunión y guerra. Aunque no sea nuestra intención.
Todos tenemos que reflexionar. Y, pues estamos reunidos esta mañana junto a la Madre que más y mejor ha contribuido a traer al mundo, al darnos a Jesucristo, que es “nuestra paz”, os invito a rezar con toda sencillez y con gozo íntimo: “Santa María, madre de Dios: ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”.
                       
Miguel Peinado.
(Que fue Obispo de Jaén)        


ORACIÓN DEL DÍA

Oh Dios nuestro, fiel y salvador:
En María, nuestra tierra dijo su sí a tu llamada y allí irrumpieron sobre los hombres bendiciones, perdón, nueva vida, verdadera paz en la persona de tu Hijo Jesucristo.
Danos la fe confiada de María, su Madre, para que siempre permanezcamos cercanos a Jesús, incluso en la oscuridad del sufrimiento, y para que sepamos llevar al mismo Jesús a los pobres, solitarios y afligidos de nuestro mundo Bendícenos por  medio del mismo Jesucristo nuestro Señor.
Amén.


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