SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA MADRE DE DIOS
DIA 1 DE ENERO.
“Educar para la paz”
PRIMERA LECTURA
Números 6, 22-27
Invocarán mi nombre sobre los israelitas y yo
los bendeciré
SALMO RESPONSORIAL
Salmo 66
El Señor tenga piedad y nos bendiga.
SEGUNDA LECTURA
Gálatas 4, 4-7
Dios envió
su Hijo, nacido de una mujer
EVANGELIO
Lucas
2,16-21
Encontraron a
María y a José y al niño. Al cumplirse los ocho días, le pusieron por nombre
Jesús
Comentario- Introducción
Hace cuarenta y nueve años, el Papa
Pablo VI escribió: “Nos dirigimos a
todos los hombres de buena voluntad para exhortarlos a celebrar «El Día de la
Paz» en todo el mundo, el primer día del año civil, 1 de enero de 1968. Sería
nuestro deseo que después, cada año, esta celebración se repitiese como
presagio y como promesa, al principio del calendario… de que sea la Paz con su
justo y benéfico equilibrio la que domine el desarrollo de la historia futura…”
Este día, al celebrar la fiesta de María,
Madre de Dios, incluimos también, con seriedad e insistencia, deseos y
plegarias por una paz, profunda y duradera, en un mundo acosado por la
violencia, conflictos y luchas fratricidas, ya que María nos dio a Jesucristo,
Príncipe de la Paz.
La homilía habla de la paz. No podemos dudar que el pastor que
obedece de verdad los deseos de la Iglesia, acierta cuando habla de la
educación para la paz y todos los ejemplos y modelos que se nos propone en la
presente homilía.
Hoy comienza un nuevo año y
sinceramente nos deseamos unos a otros todas las bendiciones de Dios: buena
salud, bienestar, armonía en la familia, felicidad, paz...Feliz 2017.
S. Berdonces
HOMILIA
“Santa María, Madre de
Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”.
Iniciamos, hermanos, el
nuevo año, con esta sencilla oración que aprendimos, siendo niños, de labios de
nuestra madre, o de quien la sustituyó en el seno de la Iglesia. La Iglesia se
goza de orar así. Después de repetir el saludo del ángel: “Dios te salve, llena
de gracia…” y las alabanzas de Isabel, iluminada por el Espíritu Santo:
“Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre “, invoca a la
Señora con sencillez de niños: “Santa María, Madre de Dios…”
El mejor título.
Es el mejor título que
podemos dar a María, la Virgen: “Madre de Dios”. Es el título propio, el que
expresa todos los misterios que Dios ha obrado en ella.
El Señor ha integrado
perfecta y maravillosamente a María en su plan
eterno de salvación de todos los hombres, destinándola a ser y
haciéndola Madre de Jesucristo. Y, por consiguiente, Madre de Dios.
La maternidad es una
gloria, un valor definitivo en todos los terrenos. Ninguna cosa hay tan grande
en el mundo como las madres. Por eso queremos tanto a la nuestra. Ser madre,
comunicar la vida a un ser humano, concebir y dar a luz un hijo.
Para ser madre son
necesarias dos cosas: la capacidad y la colaboración. La capacidad la da Dios. Dios ha preparado a
todas las mujeres para ser madres. La maternidad es vocación de toda mujer. En
un sentido más o menos profundo, todas están hechas para ser madres; para
concebir en su seno y dar a luz a los
hijos, para criarlos, alimentándolos con la leche de sus pechos, para educarlos
y prepararlos para la vida. Porque lo principal es la maternidad espiritual.
Hay muchas que, sin llegar al matrimonio y ofreciendo su virginidad al Señor,
son madres de muchos hijos de Dios en el
mundo y en la Iglesia.
Viene luego la
colaboración. Y aquí ya, se dan grados y diferencias notables entre madre y
madre. Propio de todas ellas es poner todo su corazón en la empresa. Al recibir
en su seno el germen de la vida, cuando se sienten madres, ponen todo su ser,
todo su afecto, toda su sensibilidad y su inteligencia en esta nobilísima tarea
de dar vida a sus hijos.
A la altura de Dios.
La Virgen María es la
Madre de Dios. Podemos pensar en este misterio, en función de la capacidad de colaboración.
Naturalmente hablando,
cualquier mujer está capacitada para ser madre, madre de un hombre. ¡Ser madre
de Dios!...Para que pudiera serlo, María fue levantada por Dios a lo más alto.
Su capacidad está a la misma altura de Dios. El Hijo que de ella había de nacer
es el mismo Hijo de Dios, Jesucristo, el hijo de Dios hecho hombre.
María tuvo capacidad para
dar a Dios el ser hombre; para que Dios empezara a vivir humanamente. Tal es el
misterio de la Encarnación. Tal es así mismo el misterio de la maternidad divina.
¡Cuán alta la colocó el Señor! ¡Qué admirablemente la preparó y la dispuso; y la
adornó con tantas cualidades! ¡El poder de dar la vida a Dios en su seno
maternal! La vida humana, se entiende; pero la vida.
Su colaboración
Pensemos ahora en la mejor madre del mundo. Si
ella pone todo su corazón, su sensibilidad, su vida, en esta empresa de dar la
vida al hijo, ¿qué puso María?...El Evangelio nos ha recordado la frase
conocida: “Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”
¡Qué colaboración la suya! ¡Qué entrega la de María cuando se ofreció a ser Madre
de Jesucristo! María hizo todo aquello que incluye la maternidad: engendrar a
su Hijo, llevarlo en su seno nueve meses, ambientarlo dentro de sí misma, darlo
a luz, criarlo a sus pechos, cuidarlo y educarlo.
Lo concibió por su humildad: “He aquí
la esclava del Señor”. Lo llevó en su seno virginal. María fue a casa de
Isabel. Esta, en el encuentro, decía: “¿De dónde a mí que la madre de mi Señor
venga a verme? ¡Bendita tú que has creído…bendito el fruto de tu vientre!”
Lo dio a luz virginalmente. Esto no
ocurrió antes nunca, ni se dará después. Lo crió, lo llevaba en sus brazos, lo
alimentaba. Y lo educaba. Fue María quien educó a Jesús niño y cuando era
adolescente. Supongo que también cuando ya era joven. Los hombres, por mayores
que seamos, siempre necesitamos que la madre salga a nuestro encuentro para
ultimar un detalle, para limar una aspereza, para integrar con su sensibilidad
algún elemento que nosotros se nos escapa.
Educar para la paz
En el mensaje de Pablo VI para la
jornada de la Paz en este año 1975, hay una frase que me ha llamado la
atención. Es todo un programa. La consigna es esta: “educar para la paz”.
La paz es un don de Dios, hermanos.
Como es la unidad. Sobre todo lo es la paz hecha por Jesucristo. Está pidiendo
la colaboración de todos, absolutamente de todos, chicos y grandes, sacerdotes
y laicos. La paz, no sólo se recibe, se guarda. Hay que hacerla además día tras
día con esfuerzo, con entusiasmo, con ilusión, con la conciencia de nuestra
responsabilidad cristiana.
Precisamente por esta razón, es
necesario educar la paz a quienes, siendo ahora pequeños, habrán de ser algún
día los apóstoles y defensores de la paz al frente de la vida. Educar a los
hijos, a los adolescentes, a los niños, a los jóvenes, al pueblo; educar a
todos y a cada uno para esta misión tan noble y urgente.
Digamos con el Papa que, la
reconciliación entre los hermanos, empieza por la reconciliación con Dios.
Mientras un hombre no se ha reconciliado con él y con el Evangelio de nuestro
Señor Jesucristo, es inútil pretender
que haya paz entre los hermanos. Cuando somos cristianos en la medida
que debemos serlo, sembramos discordia, desunión y guerra. Aunque no sea nuestra
intención.
Todos tenemos que reflexionar. Y,
pues estamos reunidos esta mañana junto a la Madre que más y mejor ha
contribuido a traer al mundo, al darnos a Jesucristo, que es “nuestra paz”, os
invito a rezar con toda sencillez y con gozo íntimo: “Santa María, madre de
Dios: ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”.
† Miguel Peinado.
(Que fue Obispo de Jaén)
ORACIÓN
DEL DÍA
Oh Dios nuestro, fiel y salvador:
En María, nuestra tierra dijo su sí a tu llamada y
allí irrumpieron sobre los hombres bendiciones, perdón, nueva vida, verdadera
paz en la persona de tu Hijo Jesucristo.
Danos la fe confiada de María, su Madre, para que
siempre permanezcamos cercanos a Jesús, incluso en la oscuridad del
sufrimiento, y para que sepamos llevar al mismo Jesús a los pobres, solitarios
y afligidos de nuestro mundo Bendícenos por
medio del mismo Jesucristo nuestro Señor.
Amén.

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