jueves, 26 de enero de 2017

DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO
DIA 29 DE ENERO.
“No siempre, aquellos que suelen hablar de pobreza, saben captar el contenido de estas palabras. Los falsos profetas de todos los tiempos han pretendido apoyarse en ellas, para programar sus reivindicaciones de tipo económico y socio-político”.


PRIMERA LECTURA
Sofonías 2,3; 3,12-13
Dejaré en ti un resto, un pueblo humilde y pobre

  SALMO RESPONSORIAL
Salmo 145

  Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

 SEGUNDA LECTURA
 1 Corintios 1,1-3
Lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los poderosos.

 EVANGELIO
Mateo 5,1-12
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien por mi causa

                                               Comentario- Introducción
En el Evangelio de hoy se nos presenta el gran proyecto de Jesús, las Bienaventuranzas, llama dichoso, feliz, elegido por Dios a todos los que desde el pensamiento judío eran los malditos. Difícil de entender el mensaje de hoy, pero lleno de luz, elevado como el monte donde sube Jesús para proclamarlas; “subió Jesús a un monte” y desde allí anuncia el culmen de su Proyecto: los elegidos de “La Nueva Tierra” prometida. Esta promesa la pone el evangelista Mateo casi al inicio de su Evangelio. Este proyecto se cumple y se rubrica con la sangre de Cristo en otro monte, con su muerte en la cruz. Mientras tanto, Jesús recorre todos los pueblos y aldeas, anunciando la Buena Nueva a todos, hasta llegar a Jerusalén.
S. Berdonces


HOMILIA
Una vez más, queridos hermanos, la escena  evangélica se actualiza aquí y ahora: El Maestro se sienta, se acercan los discípulos y él se pone a hablar enseñándoles.
El Maestro es siempre Jesucristo. Los discípulos sois vosotros que cada domingo os acercáis aquí al Maestro en actitud de fe, para escuchar sus palabras. Yo, uno más entre vosotros, para ser “oidor de la Palabra”, que diría San Agustín, he de servirle aquí de instrumento, para que ella resuene con toda claridad en los oídos de todos.


La montaña
“Al ver Jesús el gentío, subió a la montaña…” (Mt 5,1-12). Recuerdo ahora como San Gregorio de Nisa abordaba el comentario de las bienaventuranzas. Empezaba preguntado: “¿Quién es el tal en esta comunidad que sea discípulo de la Palabra; capaz de ascender con él, desde los bajos, terrenos y oscuros pensamientos, al monte espiritual de la subida contemplación? Ciertamente, este monte, dominando las sombras que proyectan las alturas de la maldad y la oscuridad de los vicios, está iluminado en todas sus partes por los rayos de la verdadera luz, en la limpia serenidad de la verdad” (De Beat.Orat 1ª).
Y es, hermanos, que, en realidad, el monte es el mismo Jesucristo. Pues qué, ¿no es en él, en quien se han hecho vida todas las Bienaventuranzas del Reino…El, Jesucristo, “siendo rico, se hizo pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza?”(2Cor 8, 9). Jesucristo, “manso y humilde de corazón” (Mt 11,29). Que lloró ante la tumba de Lázaro y luego frente a la ciudad de Jerusalén (Jn 11,35; Lc 19,41). Experimentó el hambre y la sed, en el desierto y en la cruz (Mt 4,2; Jn 19,28). Y ¿quién ha tenido jamás entrañas de misericordia, como Jesús frente a la muchedumbre del pueblo, que le seguían hasta el desierto, para escuchar sus palabras, y andaban “como ovejas sin pastor?”(Mc 6,34; 8,2).
Jesucristo, “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29), “limpio de corazón”. Nadie sirvió jamás la causa de la paz, como aquel que “es nuestra paz” (Ef 2, 14). Y, si hablamos de los que padecen persecución por causa de la justicia, ¿Quién podría compararse con aquel que “fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros pecados” (Is 53,5)?

Pobres en el espíritu
La lección de hoy es una síntesis acabada de toda la doctrina cristiana, norma segura de la perfección evangélica, ideal para cuantos aspiran a seguir al Maestro de cerca, la meta hacia la que han de dirigir todos sus pasos cuantos luchan por alcanzar la santidad, aspirando a conseguir la corona incorruptible prometida a los vencedores. Empieza con estas palabras: “Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”.
Desgraciadamente, no siempre, aquellos que suelen hablar de pobreza, saben captar el contenido de estas palabras. Los falsos profetas de todos los tiempos han pretendido apoyarse en ellas, para programar sus reivindicaciones de tipo económico y socio-político. Y nada más lejos del Evangelio. La mera pobreza material no es la que aquí se ensalza, sino aquella que es expresión de una fe a toda prueba.
El sentido de esta pobreza bienaventurada hay que buscarlo en las expresiones de los profetas, cuando anunciaban de parte de Dios la salvación del “resto de Israel”, tras la ruina de la nación: “Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor” (Sof 3,12): Pobres de Yahvé fueron aquellos que, probados por la pobreza y la opresión, conservan siempre el sentido de Dios y esperan, “contra toda esperanza”, la llegada de la salvación.
De este resto fueron aquellos buenos israelitas que, cuando Jesús empezó su predicación del Evangelio del Reino, aceptaron sus palabras y le siguieron. Y cuantos en la primitiva Iglesia y a lo largo de toda su Historia, se han abrazado con la pobreza, para verse libres de la esclavitud del dinero y marchar sin estorbos por los caminos del mundo, hacia la casa del Padre.


            Variantes de un mismo tema
            Las que siguen: “Dichosos los sufridos, dichosos los que lloran, dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia”, vienen a ser variantes de un mismo tema. Reiteración de la primera bienaventuranza, subrayando distintos aspectos y facetas de la pobreza evangélica. De una y otra forma, nos recuerdan a cuantos, “oprimidos” por las injusticias de este mundo a causa de su fe, “toman su cruz cada día y siguen a Jesucristo “(Lc9, 23).
En el Sermón, tal y como nos lo ha transmitido San Mateo, siguen otras tres bienaventuranzas, que dicen cualidades de todos aquellos discípulos, que acaban por convertirse en colaboradores del Maestro, en la predicación del Evangelio: “Dichosos los misericordiosos, dichosos los limpios de corazón, dichosos los que trabajan por la paz. Si las anteriores miran a la vida personal de los verdaderos discípulos, estas otras presentan a nuestras   miradas el panorama auténtico de la actividad apostólica. 
La última de todas ellas “Dichosos los perseguidos por causa de la justicia” es ya revelación de los misteriosos caminos de Dios, para llevar a cabo la obra de la redención. Así, sus elegidos acabarán triunfando de todos los enemigos del Evangelio. Se anunciaba ya la pasión y muerte de Jesucristo. Y el desfile glorioso de sus testigos  en el mundo; los que, con el precio de su sangre o el testimonio de su vida, han proclamado y proclaman ante los hombres que “Jesucristo es el Señor”.

Solo Dios ve el corazón
Queridos hermanos: Ahora podríamos descender del monte y detenernos en observar el panorama de nuestro mundo; el mismo campo de la Iglesia, de la que formamos parte, Para averiguar con esta luz cuántos sean o no, entre nosotros, los cristianos consecuentes con su fe. Lo hacemos con frecuencia, sin darnos cuenta. Siempre hay el peligro de acabar juzgando a los demás.
No juzguemos nosotros a nadie; que sólo Dios ve el corazón.  Contentémonos con examinarnos a nosotros mismos y evaluar nuestra propia vida y conducta, a la luz de esta espléndida lección. Y esforcémonos sin descanso por levantarnos hasta esas cumbres, donde nos espera cada día el Maestro. Él nos ofrece el programa. Él nos ayuda siempre con su gracia, para que podamos alcanzar este ideal, Vamos a pedírselo con toda humildad en la celebración de la Eucaristía.
Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén           


                                                     

                                                  ORACIÓN DEL DÍA

Gracias, Señor, porque proclamándolos dichosos, asignas el reino de Dios y devuelves la dignidad y la esperanza a todos los que el mundo tiene por últimos e infelices: los pobres y los humildes, los que lloran y los que sufren, los que tienen hambre y sed inagotables de fidelidad a Dios, los misericordiosos que saben perdonar a quienes les ofenden, los que proceden con un corazón limpio, noble y sincero, los que fomentan la paz en torno y desechan la violencia, los que son perseguidos por servir a Dios y al evangelio.
Tú fuiste, Señor Jesús, el primero en realizar tal programa.  Tú eres nuestro ejemplo y nuestra fuerza. ¡Bendito seas, Señor! Amén.
(Tomado de B. Caballero: La Palabra cada Domingo, San Pablo, España, 1993, p. 120)





sábado, 21 de enero de 2017

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO
DIA 22 DE ENERO.
“Sus oyentes, sencillos galileos de pueblos y aldeas, podían entender su mensaje”


PRIMERA LECTURA
Isaías 8,23-9,3
El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande.

  SALMO RESPONSORIAL
Salmo 26

El Señor es mi luz y mi salvación.

 SEGUNDA LECTURA
 1 Corintios 1,10-13.17
Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir.

 EVANGELIO
Mateo 4, 12-23
  Jesús recorría todos los pueblos de Galilea.


                                               Comentario- Introducción
Las lecturas y la homilía este Tercer Domingo del Tiempo Ordinario nos muestra como Jesús inicia su camino de evangelización. Tras su encuentro con Juan, su bautismo y la misión anunciada por el Padre, hay que iniciar el apoyo a los hermanos. Mateo nos va a ir describiendo el relato de la vida pública de Jesús de Nazaret semana a semana. Y nosotros debemos acompañarle en ese camino, junto a los apóstoles recién elegidos. Es un desafío maravilloso que puede ser fundamental para nuestras vidas. No podemos menos que decir, como la propia homilía nos afirma:
“¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero, que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia la salvación!” (Is 52,7).
S. Berdonces


HOMILIA
Congregados para celebrar el misterio de la muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo, cada domingo nos sale al encuentro la Palabra de Dios, para despertar nuestra fe y levantarnos la esperanza de los bienes eternos. Hoy nos trae el recuerdo luminoso de los comienzos.
“Al enterarse Jesús que Juan había sido encarcelado, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaúm, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí…Entonces empezó Jesús a predicar diciendo: “Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos”. El evangelista ve cumplirse en aquella “Galilea de los gentiles”, una antigua profecía: “El pueblo que habitaba en tinieblas, vio una gran luz; a los que estaban sentados en paraje de sombras de muerte, una luz les amaneció” (Is 8, 23-9,1).
Sería bueno que, con el recuerdo de este amanecer evangélico, reflexionáramos sobre nosotros mismos, para ver hasta qué punto esa luz penetra todos los  espacios de nuestra vida.

Tres situaciones
 Fundamentalmente tres son las situaciones posibles frente al Evangelio: la de quienes, con culpa o sin ella, no lo aceptan; la de los que han aceptado la Palabra: iniciados en la fe, andan necesitados de instrucción catequética y deben ejercitarse en las virtudes cristianas: la de los adultos que, gracias a su entrega, pueden colaborar en la predicación del mensaje salvador. ¿Cuál de las tres es nuestra situación personal?
Otro tema: el pasaje evangélico, que nos ha recordado así mismo la vocación y respuesta de los primeros discípulos: “Les dijo Jesús: Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres. Ellos dejaron inmediatamente las redes y le siguieron”. ¿Es tal nuestra entrega a la causa del Evangelio…?
Cuenta San Lucas en los Hechos de los Apóstoles cómo, a raíz de la muerte de Esteban, el primer mártir cristiano, se desató una gran persecución contra la comunidad de Jerusalén; hubieron de dispersarse. Y escribe: “Los que se habían dispersado iban por todas partes anunciando la Buena Nueva de la Palabra…Y la Palabra de Dios crecía y se multiplicaba” (Hech 8,4; 12,24).
¿Seremos nosotros capaces de anunciar el Evangelio con tal eficacia a los hombres, con quienes nos encontramos y convivimos? ¿Estamos preparados doctrinal, pedagógica y espiritualmente, para esta colaboración apostólica?...Como sacerdotes, como catequistas, como padres y educadores, ¿aportamos en esta empresa aquel entusiasmo, aquella convicción, aquella entrega que está pidiendo de nosotros?...Por la respuesta sincera a tales preguntas, ha de medirse nuestra fe, y el amor que nos mueve hacia Jesucristo y hacia nuestros hermanos. No todo consiste en defender los derechos de nuestros hijos a la educación cristiana en las escuelas, y salvar las instituciones. Se nos pide la participación personal en la predicación evangélica.

Presentar a Jesucristo
Jesús dio comienzo a su ministerio profético con esta exhortación: “Convertíos, porque está cerca el Reino de Dios”. Sus oyentes, sencillos galileos de pueblos y aldeas, podían entender su mensaje, familiarizados como estaban con el recuerdo de las promesas de Dios a su pueblo. Nuestro caso es bien distinto.
Mas lo decisivo no son, en último término, las palabras, sino su contenido. Cuanto se encierra en la expresión “Reino de Dios, se concreta en un nombre querido, cuya noticia, más o menos precisa, ha llegado a todos los oídos: Jesucristo. La fe cristiana consiste en aceptarle, tal como es él y se ofrece a nosotros en su misteriosa realidad. Entregarse a él, seguirle, obedecerle incondicionalmente, rendirle nuestra inteligencia, nuestro corazón, nuestros sentimientos, nuestra vida.
Desde los mismos comienzos, a partir de la Ascensión del Señor y de Pentecostés, los apóstoles anunciaban a Jesús de Nazaret, “muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación” (Rom 4,25). En Jerusalén, en Atenas, en Corinto, en Roma, Pedro y Pablo proclamaron el Evangelio de la salvación, presentando a Jesucristo como Mesías de Dios y único Salvador de los hombres.
Como discípulos del maestro, todos tenemos obligación de confesar nuestra fe cristiana, “Se cree con el corazón para conseguir la justificación; con la boca se confiesa, para alcanzar la salvación” (Rom 10,10) Hemos de dar testimonio ante los hombres, en especial ante aquellos con quienes convivimos y a los que nos debemos. En este sentido fundamental, la colaboración apostólica fluye como compromiso, en virtud de los sacramentos recibidos: el Bautismo, la confirmación, la Eucaristía…

            Dificultades
            El cumplimiento fiel de este compromiso cristiano tiene sus dificultades. Dificultades que parecen agravarse en el mundo en que nos movemos; muy en especial, en el complicado de las ciudades modernas. Herederos de unas generaciones que se confesaban creyentes y mantenían sus prácticas de piedad tradicionales, hoy nos encontramos con serios obstáculos para la transición del Evangelio.
Aparte las causas permanentes de la incredulidad: la inclinación al mal, como fruto del pecado de origen, la debilidad de nuestra carne, la esclavitud de los vicios, la codicia de los bienes materiales, la dificultad inherente a la obediencia en la fe, tenemos que contar con el espíritu materializado y utilitarista que domina nuestra sociedad de consumo, los hábitos mentales de una juventud educada en el racionalismo científico, la disgregación de la familia y la instintiva oposición a toda estructura jerárquica. Se dice aceptar a Jesucristo, pero se rechaza a la Iglesia: a menos que se consienta en acomodarla a las ideologías y caprichos de muchos.
Pero hemos de reconocer que la dificultad principal no está en todo eso, sino en la actitud misma de los que estamos puestos para la predicación del mensaje. Porque con frecuencia, quienes nos decimos mensajeros del Evangelio, ofrecemos el testimonio de una vida que tiene mucho de negativo. Porque, en la falta de entrega personal a la Palabra, que predicamos, se hace visible nuestra falta de fe. Porque en la escandalosa disociación  entre nuestra religiosidad y el cumplimiento de la justicia, la predicación queda vaciada de su contenido; se convierte para nuestros oyentes en vana palabrería. Y de todo esto sí que nos pedirá estrecha cuenta.

El gozo de la colaboración
La predicación del Evangelio, que tuvo su comienzo en la oscura Galilea, sigue en pie a través del tiempo y del espacio. Es empresa de Dios. Debe cumplirse la consigna del Señor a sus discípulos: “Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16,15). La Iglesia de Jesucristo es un pueblo en misión. El tiempo trabaja siempre a favor de su causa, a pesar de todas las apariencias.
Frente al desánimo de tantos cristianos y a la indiferencia de muchos, la lectura evangélica nos llama a la reflexión. Quienes se sienten libres del miedo y la desconfianza; quienes crean en la verdad, la bondad y la belleza del mensaje, y sepan compenetrarse con él, entenderán la invitación que se nos hace: “Venid conmigo  y os haré pescadores de hombres”. Nada hay en el mundo comparable con el gozo de aceptar esta llamada y colaborar en su empresa.
Pero esta colaboración lleva consigo dos cosas fundamentales: desprendimiento generoso de todo interés, de todo egoísmo; serenidad a toda prueba, en lo íntimo de nuestro corazón y en toda actitud. “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero, que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia la salvación!” (Is 52,7). Todo lo demás, hermanos, es cosa del Señor. Su palabra permanece para siempre.
Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén           
ORACIÓN DEL DÍA

Oh Dios y Padre nuestro:
Tu  Hijo nos invita, de modo suave pero insistente,
a seguirle como discípulos fieles.
Abre nuestras mentes a su luz,
haz que respondamos a su amor
y que le confiemos a él todo nuestro ser.
Que su reino crezca en cada uno de nosotros y en todo el mundo,
para que nos lleve con esperanza
a la alegría que tú has preparado para nosotros en tu casa
Te lo pedimos por medio de Jesucristo nuestro Señor.
Amén



sábado, 14 de enero de 2017

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO
DIA 15 DE ENERO.
“Hay devociones superficiales, que no influyen para nada en la vida. Podemos estar aquí vosotros y yo”


PRIMERA LECTURA
Isaías (49,3.5-6):
Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso.»

  SALMO RESPONSORIAL
Salmo 39

 Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad

 SEGUNDA LECTURA
 1 Corintios 1,1-3
A los santos de Dios y a todos los demás

 EVANGELIO
Juan 1, 29-34
  Yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»


                                               Comentario- Introducción
Comenzamos el camino del tiempo ordinario del año litúrgico, caminamos domingo tras domingo, semana tras semana, momento a momento, paso a paso,  como es la propia vida y en es esta vida en la que vamos caminado de la mano de Jesús.
Hoy se nos presenta como el “Cordero de Dios”, el que viene a ser la realidad del sacrificio, de aquel otro presagio que fue Isaac, en el sacrificio del monte Moria.
La homilía de hoy, nos conduce por este camino que se presenta delante del cristiano en el sacrificio de la Eucaristía. Y se nos pide, que nos equipemos para este camino, con la mochila de una actitud de entrega generosa en torno a Jesucristo. Sacerdote, Víctima y Altar.
S. Berdonces


HOMILIA
“Este es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo”. Así presentó Juan bautista a Jesús al pueblo y a sus discípulos. Pudo conocerlo claramente gracias a la teofanía del bautismo, cuando vio el cielo abierto con Jesús y oyó la voz del Padre. Luego presentó a Jesús: “Este es el Cordero de Dios”.
También ahora el sacerdote, a la hora de la comunión, toma en sus manos la Hostia consagrada y, presentándola en alto, dice: “Este es el Cordero de Dios…” Y el pueblo dice con humildad: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa…”
Anteriormente se ha cantado, “Cordero de Dios”, después de darnos la paz. Hace siglos que así lo hace la Iglesia. Por cierto que fueron los sacerdotes y cristianos huidos de Oriente, cuando el imperio de Mahoma se extendía, los que nos enseñaron a cantar estas palabras, acompañando el rito de la fracción del pan.


El etíope.
Palabras de presentación de Jesús. Más de una vez ocurrió así. En los primeros días de la Iglesia, el Señor inspiró a Felipe, uno de los discípulos, que fuese camino del desierto, por la ruta que iba de Jerusalén a Gaza. Pasaba un carruaje y en él una persona importante; era ministro de la reina de Candace, en Etiopía.
Aquel hombre, que era piadoso – había venido a Jerusalén para orar, aunque él no era judío-; volvió en su carruaje, leyendo las Escrituras. Leía a la sazón el pasaje de Isaías, cuando Felipe se le acercó, El etíope le invitó a subir y le preguntó: “Por favor, dime: ¿de quién dice esto el profeta, de sí mismo o de otro?”
El pasaje  era precisamente éste: “Fue llevado como oveja al matadero; y, como cordero mudo, delante del esquilador…” El evangelista Lucas dice: “Felipe, entonces, partiendo de este texto de la Escritura, le anunció la Buena Nueva de Jesús” (Hech. 9, 28-35).
Como veis, también Felipe presentó a Jesús como Cordero. La imagen estaba ya en todo el imaginario del pueblo de Israel, en las Escrituras, aunque no con la claridad con que nosotros ahora la contemplamos.

Isaac
Jesucristo es así presentado como víctima del sacrificio. Él es, a un tiempo, sacerdote, víctima y altar. El único sacerdote y la victima agradable a Dios. Conviene recordar a este propósito otro sacrificio antiguo.
Ahora solemos dar poca importancia a la Historia Sagrada, pero esta Historia tiene un riquísimo contenido, a la luz del conocimiento de Jesucristo, y puede ser alimento de nuestra vida cristiana y espiritual.
El Señor pidió a Abrahán que le sacrificara su hijo único, Isaac. El patriarca, obediente a la voz de Dios, tomó al niño, con las cosas necesarias para el sacrificio y, acompañado de dos criados, se dirigieron al monte Moria. Al llegar allí, Abraham mandó a los criados detenerse y puso la leña sobre los hombros de Isaac. Padre e hijo siguieron adelante. Supongo que irían en silencio. De pronto Isaac dijo a su padre: “Aquí tenemos el fuego y la leña, pero ¿Dónde está el cordero para el sacrificio?...”
Luego Abraham ató a su hijo como si fuera un cordero, lo puso sobre la leña del altar y se dispuso a sacrificarlo. Fue entonces cuando el Señor lo llamó desde el cielo y libró de la muerte a Isaac. En su lugar, inmolaron padre e hijo un carnero que apareció con los cuernos enredados en la zarza (Gen 22, 1-14)

            La Misa Cosa difícil
            Todo esto recordamos al oír al sacerdote decir: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Con razón San Pedro recordaba a los nuevos bautizados: “Habéis sido rescatados…no con algo caduco, oro o plata, sino con la preciosa sangre de Cristo, el Cordero sin mancha” (1 Pe 1,18-19).
Ayer tarde los catequistas, en la Escuela, a propósito del tema de la presencia de Jesús en la Iglesia, comentábamos el peligro que todos tenemos de ser devotos y perder el tiempo. Efectivamente, hay devociones superficiales, que no influyen para nada en la vida. Podemos estar aquí vosotros y yo, sin participar de verdad en la celebración.
La Misa, hermanos, es cosa difícil. Si participamos de verdad en la celebración, la Misa es realmente lo más difícil del mundo. Quiero repetirlo hoy, que están aquí los niños en grupo. Oír Misa no es fácil, es algo que supone una actitud y una entrega generosa.

Sacrificio de la Iglesia
Hemos de acostumbrarnos a mirar a Jesús, tal como en la celebración nos es presentado: el Cordero de Dios, la Víctima del sacrificio.
A propósito del sacrificio de Jesucristo, en su “Ciudad de Dios” San Agustín explica que: “De esta realidad – se refiere al hecho histórico del sacrificio de Jesucristo en la cruz- quiso que fuera sacramento cotidiano el sacrificio de la Iglesia”. Sacramento cotidiano, es decir, signo que recuerda y actualiza el misterio redentor.
Es significativo que San Agustín llama aquí a la Eucaristía “el sacrificio de la Iglesia”. Da razón seguidamente: “Ella –escribe- siendo cuerpo de esa Cabeza, aprendió por su medio a ofrecerse a sí misma” (La Ciudad de Dios, X, 20).

La participación litúrgica
En la Isa participamos de muchas formas. Todo cuanto aquí hacemos reunidos, la actitud, los cantos, las oraciones, la música, los movimientos, todo es, hermanos, para que aprendamos a ofrecernos y para disponernos realmente a la entrega del corazón. Si la entrega no se hace, todo ello resulta inútil para nosotros. No hay participación.
Veis cuan fácil es que perdamos el tiempo aquí. Hoy hemos repetido: “Aquí estoy, Señor,  para hacer tu voluntad. Lo hemos dicho en el Salmo. Lo que ocurre es que, a veces, esa voluntad de Dios resulta sangrienta para nosotros.
A la hora del ofertorio se traen en procesión los dones hasta el altar. Ese pan y ese vino, que ya están dispuestos, no son más que símbolo. Símbolo de la ofrenda del pueblo Santo de Dios, de la ofrenda que cada uno de nosotros hace en silencio, de manera invisible, en el fondo del corazón.
Debemos entonces de reconcentrarnos en nuestra conciencia, delante del Señor. Allí, sin perder un momento, es necesario reflexionar y ver qué nos pide él. Luego suplicaremos con humildad que nos dé fortaleza para hacer nuestra oblación. “Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten misericordia de nosotros”.

El problema está en el corazón
El problema de la Misa está, hermanos míos, en el fondo de nosotros mismos. Es el problema del corazón de cada uno.
Jesucristo puso todo su corazón allí, junto a él estaba entonces María. Jesús se entregó al sacrificio. Lo hizo mejor que Isaac, aunque sintió todo el dolor que le costaba: “Padre, si es posible, pase de mi este cáliz. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Y se entregó como cordero.
Si tú tienes alguna cosa con tu hermano; si tienes algún celillo con tu hermano o con tu hermana, alguna envidia, alguna ofensa, algo que te cueste y te produzca zozobra, si de algo te acusa tu conciencia, en tu trabajo, en tu parroquia…Si tú tienes algo que darle al Señor y él te lo está pidiendo, concéntrate ahora, entra dentro de ti mismo y ofrece tu sacrificio al Señor.
Así, cuando el sacerdote, con la Hostia en alto, te diga: “Este es el Cordero de Dios…”, tú dirás con viva fe, impulsado por la fuerza de su Espíritu: “Señor, no soy digno…”Pero yo te abro mi corazón y quiero ofrecerme a ti.
Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén           


ORACIÓN DEL DÍA

Oh Dios y Padre nuestro:
En estos signos de pan y vino tu Hijo se nos da como incomparable do,  como tu Siervo y como nuestro Cordero.
En este banquete de la eucaristía se nos  sirve  como nuestra bebida y alimento. Moldéanos, Padre, a su imagen y semejanza, que como él sepamos darnos totalmente a los hermanos que nos rodean,  y estar siempre dispuestos a perdonar, ayudar y servir, a alzar a los demás y a darles siempre ánimo.
Que seamos realmente hombres y mujeres en quienes vive Jesucristo,  Señor y Salvador nuestro por los siglos de los siglos.
Amén.



sábado, 7 de enero de 2017

BAUTISMO DEL SEÑOR
DIA 8 DE ENERO.
“La fiesta del Bautismo del Señor pone ante nuestros ojos el ideal de la vida cristiana”


PRIMERA LECTURA
Isaías 42, 1-4. 6-7
 Sobre él he puesto mi espíritu
  
 SALMO RESPONSORIAL
Salmo 28

 El Señor bendice a su pueblo con la paz.

 SEGUNDA LECTURA
 Hechos de los apóstoles 10, 34-38
Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo.

 EVANGELIO
Mateo 3, 13-17
 En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.

                                               Comentario- Introducción
Con la fiesta del" Bautismo del Señor", terminamos el tiempo de la Navidad. Hemos recorrido desde el nacimiento de Jesús, hasta su manifestación al mundo, el Hijo de Dios ha nacido de la estirpe de David para el pueblo de Israel y para todo hombre o mujer que quiera aceptarlo en su corazón, sea de donde fuere.
Hoy toda la liturgia nos habla sobre el momento en el que Jesús decide  ponerse en la fila de los pecadores, sin tener pecado, delante de Juan Bautista, para así "tomar la condición de esclavo, pasando por un hombre cualquiera".
Se nos anuncia un tiempo nuevo, un bautismo que no es de penitencia, no con ceniza; sino de vida, con agua. Agua viva que nos hace renacer y saltar hasta la vida eterna.

S. Berdonces


HOMILIA
Hasta  aquí hemos celebrado, queridos hermanos, los misterios de la infancia de nuestro Señor Jesucristo. Tanto Matero como Lucas  nos hablan de ellos den sus respectivos Evangelios. Lucas subraya especialmente el misterio de la vida oculta de Nazaret, durante toda su niñez y juventud: “Jesús crecía en sabiduría, estatura y gracia delante de Dios y de los hombres”. (Lc 2,52). Luego, para comenzar el relato de su ministerio público, escribe: “Tenía Jesús, al comenzar, como unos treinta años” (Lc 3, 23).
Nosotros, en este primer domingo después de la Epifanía, conmemoramos el Bautismo del Señor. Es precisamente el primero de todos los misterios de la vida pública de Jesucristo. De ello nos informa San Matero en estos términos: “Entonces fue Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara” (Mt 3, 13-17).

No lo necesitaba.
Surge en este punto una pregunta; la misma me parece se hacía la primitiva comunidad cristiana, en los comienzos de la predicación apostólica: “Pero ¿es que Jesús necesitaba ser bautizado, para dar principio a su ministerio?”…La respuesta exacta la dio el mismo Jesús a Juan Bautista. El evangelista San Mateo tiene empeño en conservarla. Escribe a continuación: “Pero Juan intentaba disuadirlo: Soy yo el que necesito que tú me bautices y ¿tú vienes a mí? Jesús le contestó: Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere”.
Ciertamente, Jesús, “probado en todo como nosotros sin llegar al pecado” (Heb 4, 15), no tiene pecado; no necesita el bautismo para liberarse de su esclavitud. Él es precisamente “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, como lo testificó públicamente el mismo Juan  (Jn 1, 29). Es “el pontífice que nos convenía: santo, inocente, inmaculado, separado de los pecadores” (Heb 7, 36).
¡Ah! Pero él. Que no tiene pecado, quiso hacerse solidario de todos los pecadores del mundo, para librarlos así de sus pecados. Jesús acudió a recibir el bautismo de Juan, un bautismo de penitencia, signo del arrepentimiento, con el que los oyentes del bautista querían prepararse para recibir del Reino de los cielos, que se acercaba. Jesús no necesita el bautismo; pero tú y yo bien que lo necesitábamos. Necesitábamos que Jesús lo recibiera, el primero de todos, como signo anticipado de su muerte y su resurrección.

Simbolismo del agua
Un día, cuando se acercaba el de su pasión y muerte, dijo a sus discípulos en la intimidad: “Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡cómo sufro mientras se cumple!” También preguntó en aquella ocasión a los hijos del Zebedeo, que solicitaban los primeros puestos en su Reino: “¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber  y recibir el bautismo con que yo voy  a ser bautizado?” (Lc 12, 50; Mt 20,22).
El bautismo, queridos hermanos, es signo de la muerte y resurrección, porque el agua, de suyo y naturalmente, está al servicio de la vida y de la muerte. Las aguas torrenciales del diluvio, las olas del mar embravecido, el agua de las inundaciones. Frente al agua cristalina de las fuentes, la que salta y juguetea en los arroyos o se mantiene serena en los mares, la que baja del cielo para regar los campos purificar los ambientes contaminados.
San Pablo, refiriéndose al bautismo cristiano, que todos nosotros hemos recibido, nos recuerda: “Por el bautismo fuimos sepultados con él en su muerte, a fin de que, como Cristo resucitó de entre los muertos, así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rom 6, 4).
Jesucristo no necesitaba ser bautizado. Mas, “obviamente hasta la muerte y una muerte de cruz” (Fil 2, 8), quiso expresar públicamente, con su bautismo en el Jordán, que aceptaba, con todas sus exigencias, el plan salvador de Dios: llevar a cabo, por la muerte y la resurrección de su Hijo, la redención del mundo, la salvación de todos los pecadores. Debía ser el primero de los bautizados. Se cumplía así “toda justicia, es decir, todo lo que Dios quiere. “Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen y se hizo hombre”.

            Plenitud humana
            Llegado a los treinta años de edad, Jesús había alcanzado su plenitud humana. El, que desde toda la eternidad vivía en la plenitud de Dios. Estaba ahora en su mejor momento, para abordar la empresa que el padre había puesto en sus manos. Si ya, al entrar en el mundo, en el momento de su encarnación, había repetido la frase del Salmo: “Tú no has querido ni sacrificio ni oblación, pero me has formado un cuerpo. No te han agradado los holocaustos y sacrificios por los pecados. Y entonces he dicho: He aquí que vengo para hacer, oh Dios, tu voluntad” (Heb 10, 5-7), ¡Cuánto más ahora, pone manos a la obra, dando testimonio público de que para él, no hay otro norte, otro ideal, otras aspiraciones que hacer la voluntad del que le envió!
No es extraño entonces que, el ser bautizado así, se abrieran los cielos sobre él y el Padre hiciera oír su voz desde el cielo, para que todos tuviéramos un testimonio insuperable de que Jesús, no sólo es el Hijo de Dios, sino también el modelo acabado del hombre: “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto”. A distancia de siglos, venía a ser el eco de aquella otra palabra profética: “Mirad a mi siervo, a quien sostengo, mi elegido a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones” (Is 42, 1).
Efectivamente, abierto el cielo, Jesús “vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba cobre él”. Fue ungido por el Espíritu Santo, que le asistió en todo momento, le impulsó en todas su actuaciones, lo fortaleció para la lucha, lo consoló en momentos álgidos de su ministerio y le llevó, por fin, firme y sereno, hasta entregarse en el sacrificio de la cruz.
           


Ideal de vida cristiana
La fiesta del Bautismo del Señor pone ante nuestros ojos el ideal de la vida cristiana. Que  no puede contentarse con decir: “Señor, Señor”, sino que ha de llevarnos constantemente a “cumplir la voluntad del Padre que está en los cielos” ( Mt 7, 21). Si, por el bautismo, hemos sido injertados vitalmente en Jesucristo, si hemos recibido su Espíritu, toda nuestra vida ha de conformarse con él. Aquí abajo, mientras peregrinamos en un mundo que ignora esta grandeza. Y luego, definitivamente, cuando por la participación en su muerte y en su resurrección, reinemos con él para siempre en el cielo.
Miguel Peinado.
(Que fue Obispo de Jaén)        


ORACIÓN DEL DÍA

Tú sabes, Señor, que vamos a sentir como todos, las tentaciones de un mundo seductor y vamos a tener que luchar contra los engaños del espíritu del mal.
Te pedimos que la fuerza y el poder de Jesús nos guarden en nuestra marcha de cada día para llegar limpios a la meta del Cielo.
Jesucristo nuestro Señor.

Amén.


viernes, 6 de enero de 2017

                                         EPIFANÍA DEL SEÑOR
                                                        DIA 6 DE ENERO. SOLEMNIDAD
“Los Magos hubieron de dialogar entre sí, informarse, preguntar, perseverar en su empeño frente a la ignorancia de muchos, la perfidia de Herodes y la indiferencia de los sacerdotes y escribas judíos”.


PRIMERA LECTURA
Isaías 60, 1-6
 Tus hijos llegan desde lejos
  
 SALMO RESPONSORIAL
Salmo 71
 Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra.

 SEGUNDA LECTURA
 Efesios 3, 2-6
También los paganos participan de una misma herencia, son miembros de un mismo Cuerpo

 EVANGELIO
Mateo 2, 1-12
Unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén y preguntaron: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?

                                              


Comentario- Introducción
En la homilía de este día de “Los Reyes Magos”, se han dado cita de manera clara, el sereno estudio de muchos años del autor y la espontaneidad con la que el pastor habla a su pueblo.
La misma homilía  va tomando cuerpo “in crescendo”, a cerca del mensaje que pretende transmitir:
La sencillez con que habla el Evangelio de Mateo sobre  el nacimiento de Jesús y su infancia y en el caso de hoy de la adoración de los Magos al  “Rey de Israel”. Y en segundo lugar y no menos importante, se subraya un hecho esencial, la iglesia se ve representada en aquellos tres hombres. Preciosa catequesis cargada de misterio, como la magia y el misterio que tiene este día. Es el momento de aquellos que son capaces de hacerse como niños, desde la noche estrellada hasta el día y durante todo el año, de los que así lo viven, de ellos es el Reino de los cielos.
S. Berdonces

HOMILIA
Con gozo cristiano hemos coreado los versos del Salmo. Al hacerlo, introducimos en el texto una versión leve, pero también expresiva. El salmista escribió: “Se postraran ante ti todos los reyes de la tierra”. Nosotros hemos dicho: “Se postraran ante ti…” Israel pensaba en el rey ideal que suscitaría para salvar a su pueblo; nosotros conocemos a Jesucristo, y estamos seguros de que él es precisamente el Mesías esperado, Rey de reyes y Señor de los señores.
La liturgia de la Epifanía nos pone en contacto con el misterio de Dios, manifestado a nosotros en la humanidad del Niño recién nacido. Al contemplar a los Magos postrados en actitud de adoración, nos sentimos invitados a llega hasta Belén. Para rendirle así mismo nuestro homenaje de adoración y hacerle ofrenda.
Esos hombres son primicia del pueblo fiel, llegado de la gentilidad; ejemplo ideal para nosotros y para cuantos, en pos de ellos, vienen a Jesús desde todas las latitudes y en todos los tiempos. Los Magos venidos desde Oriente: representación nobilísima de la Iglesia Santa, que reconoce a Jesús como único Señor y Salvador, y le ofrece continuamente, con amor de esposa.



La búsqueda de Dios.
Tal viene a ser el contenido esencial de la lección evangélica. El relato responde sin duda a la necesidad de catequesis, en la Iglesia naciente, para quienes debían ser instruidos en el misterio de Cristo. Mas hay en ella elementos que orientan el ejercicio de nuestra fe cristiana. Por ejemplo:
Después de ver la presencia de la estrella de Oriente, los Magos anduvieron un largo camino hasta encontrar a Jesús. Perseveraron en la búsqueda. Hubieron de dialogar entre sí, informarse, preguntar, perseverar en su empeño frente a la ignorancia de muchos, la perfidia de Herodes y la indiferencia de los sacerdotes y escribas judíos. Sólo más tarde, ya en ruta hacia Belén, volvió a aparecer la estrella; que los llenó de alegría y los condujo hasta el sitio mismo donde se encontraba el Niño, “con María su Madre”.
La búsqueda de Dios a partir de sus llamadas, siempre es empresa laboriosa, que pone a prueba nuestra debilidad. La gracia del cielo no dispensa al hombre de su esfuerzo personal en el campo oscuro de la fe, hasta el encuentro con el Salvador. San pablo recordaba, en su discurso en Atenas, a los intelectuales de su tiempo cómo Dios “creó de un solo principio todo el linaje humano, para que habitase sobre la faz de la tierra, y determinó con exactitud  los límites del lugar donde habían de habitar, con el fin de que buscaran a Dios: para ver si, a tientas, le buscaban y le hallaban…”

Espacio a la libertad.
Buscarle a tientas: como el ciego que, desde su profunda oscuridad, va tanteando de una parte a otra dar con la salida; como un niño que camina solo, se encuentra frente a una encrucijada y no sabe hacia dónde tirar. Desde los comienzos, el ejercicio de la fe es camino arduo, lleno de dificultades y de sorpresas.
Aquí, la iniciativa es siempre de Dios. Su llamada, el punto de partida. Aros Magos les envía la luz de la estrella; los pastores sencillos son informados por mensajeros celestiales. Variadísimos, misteriosos son siempre  los caminos de Dios; admirable sobremanera esa misericordiosa condescendencia con el hombre, para entenderse con todos y con cada uno.
Eso sí, Dios suele manifestársenos, ocultándosenos a un tiempo. Así prueba a los amigos. Una vez que su voz se ha dejado oír en el corazón, permanece a la espera de la respuesta, dando amplio margen a la libertad. El silencio de Dios, su respeto a la libertad, que él mismo ha creado, es una de las constantes  más notables en la Historia de la Salvación.
Lo que ocurre es que, este silencio y ocultación de Dios, dejan al hombre en la oscuridad, para que su respuesta sea dada en pura fe. Por eso resulta tan laborioso y -tan  misterioso – el ejercicio de la vida religiosa, cuando se realiza con toda sinceridad. A veces Dios nos lleva hasta el borde del heroísmo. Resulta mucho más difícil seguir adelante, después de largo tiempo de vida cristiana, que aquello que algunos llaman “la tribulación de entrada”, los comienzos de la fe.

            Pedagogía divina
 Y no es que el Señor abandone a sus amigos. Lo hace constar el Apóstol en su discurso: “…por si a tientas le buscaban y le hallaban; aunque no esté lejos de cada uno de nosotros – añade- pues en él vivimos, nos movemos y existimos” (Hech 17, 24-28).
Por más que nuestra experiencia sensible nos quiera convencer de lo contrario y la credulidad de muchos se empeñe en confirmarla, Dios nunca se va de nuestro lado; camina con nosotros, nos acompaña con su gracia, nos asiste, nos mira con ternura…Dios siempre está apunto; hasta se deja ver en el momento preciso. De antemano tiene preparado cuando podemos necesitar; su providencia paternal es una maravilla de su discreción, de amor, de bondad. Si es que nosotros somos humildes para entenderlo.
El Seño obra sapientísimamente; nos educa. Sin adelantarse a nuestras decisiones personales, ni dejarse llevar de nuestra debilidad y caprichos. Su altísima pedagogía nos conduce desde los primeros pasos de la infancia espiritual hasta las alturas de la perfección evangélica. Lo mismo en el caso de los Magos, que en el de los pastores; en el hombre rudo o en una madre de familia cargada de obligaciones, que cuando se trata de la vida sacerdotal y religiosa. Para Dios no hay acepción de personas, ni cuadrículas espirituales. Sólo pide que nos fiemos de él, que seamos generosos, que le busquemos sin descanso hasta encontrarle.
            También hoy.
La perseverancia de los Magos en su búsqueda resulta ejemplar para nosotros, que andamos tan complicados con problemas en el mundo que vivimos y en la Iglesia. Como en los días de Herodes, también ahora hemos de contar con graves dificultades y obstáculos de toda clase. Sigue habiendo enemigos poderosos, maestros incrédulos, gente indiferente, sacerdotes infieles y débiles. Pero Jesucristo es el mismo, “ayer, hoy y por los siglos”.
Pienso que, cuando se decidan en su presencia por la fidelidad, habrán de tomar nota de dos elementos importantes: una fe grande en la providencia amorosa del padre celestial y sumo respeto a la libertad de todo hombre. Habremos de volver, pues son tan necesarios, sobre estos valores.
Ahora, celebremos con redoblado amor la Eucaristía. Confortados con la gracia de Jesucristo, seguiremos nuestro camino, lleno el corazón de alegría a la vista de esa estrella, que conduce a los Magos hasta Belén, donde encontraremos siempre al Niño junto a su Madre. 
† Miguel Peinado.
-Que fue Obispo de Jaén-               


ORACIÓN DEL DÍA

Señor Jesús: que a imitación de los Magos de Oriente vayamos también nosotros frecuentemente a adorarte en tu Casa que es el Templo y no vayamos jamás con las manos vacías.
Que te llevemos el oro de nuestras ofrendas, el incienso de nuestra oración fervorosa, y la mirra de los sacrificios que hacemos para permanecer fieles a Ti, y que te encontremos siempre junto a tu Madre Santísima María, a quien queremos honrar y venerar siempre como Madre Tuya y Madre nuestra.
Amé.