jueves, 26 de enero de 2017

DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO
DIA 29 DE ENERO.
“No siempre, aquellos que suelen hablar de pobreza, saben captar el contenido de estas palabras. Los falsos profetas de todos los tiempos han pretendido apoyarse en ellas, para programar sus reivindicaciones de tipo económico y socio-político”.


PRIMERA LECTURA
Sofonías 2,3; 3,12-13
Dejaré en ti un resto, un pueblo humilde y pobre

  SALMO RESPONSORIAL
Salmo 145

  Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

 SEGUNDA LECTURA
 1 Corintios 1,1-3
Lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los poderosos.

 EVANGELIO
Mateo 5,1-12
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien por mi causa

                                               Comentario- Introducción
En el Evangelio de hoy se nos presenta el gran proyecto de Jesús, las Bienaventuranzas, llama dichoso, feliz, elegido por Dios a todos los que desde el pensamiento judío eran los malditos. Difícil de entender el mensaje de hoy, pero lleno de luz, elevado como el monte donde sube Jesús para proclamarlas; “subió Jesús a un monte” y desde allí anuncia el culmen de su Proyecto: los elegidos de “La Nueva Tierra” prometida. Esta promesa la pone el evangelista Mateo casi al inicio de su Evangelio. Este proyecto se cumple y se rubrica con la sangre de Cristo en otro monte, con su muerte en la cruz. Mientras tanto, Jesús recorre todos los pueblos y aldeas, anunciando la Buena Nueva a todos, hasta llegar a Jerusalén.
S. Berdonces


HOMILIA
Una vez más, queridos hermanos, la escena  evangélica se actualiza aquí y ahora: El Maestro se sienta, se acercan los discípulos y él se pone a hablar enseñándoles.
El Maestro es siempre Jesucristo. Los discípulos sois vosotros que cada domingo os acercáis aquí al Maestro en actitud de fe, para escuchar sus palabras. Yo, uno más entre vosotros, para ser “oidor de la Palabra”, que diría San Agustín, he de servirle aquí de instrumento, para que ella resuene con toda claridad en los oídos de todos.


La montaña
“Al ver Jesús el gentío, subió a la montaña…” (Mt 5,1-12). Recuerdo ahora como San Gregorio de Nisa abordaba el comentario de las bienaventuranzas. Empezaba preguntado: “¿Quién es el tal en esta comunidad que sea discípulo de la Palabra; capaz de ascender con él, desde los bajos, terrenos y oscuros pensamientos, al monte espiritual de la subida contemplación? Ciertamente, este monte, dominando las sombras que proyectan las alturas de la maldad y la oscuridad de los vicios, está iluminado en todas sus partes por los rayos de la verdadera luz, en la limpia serenidad de la verdad” (De Beat.Orat 1ª).
Y es, hermanos, que, en realidad, el monte es el mismo Jesucristo. Pues qué, ¿no es en él, en quien se han hecho vida todas las Bienaventuranzas del Reino…El, Jesucristo, “siendo rico, se hizo pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza?”(2Cor 8, 9). Jesucristo, “manso y humilde de corazón” (Mt 11,29). Que lloró ante la tumba de Lázaro y luego frente a la ciudad de Jerusalén (Jn 11,35; Lc 19,41). Experimentó el hambre y la sed, en el desierto y en la cruz (Mt 4,2; Jn 19,28). Y ¿quién ha tenido jamás entrañas de misericordia, como Jesús frente a la muchedumbre del pueblo, que le seguían hasta el desierto, para escuchar sus palabras, y andaban “como ovejas sin pastor?”(Mc 6,34; 8,2).
Jesucristo, “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29), “limpio de corazón”. Nadie sirvió jamás la causa de la paz, como aquel que “es nuestra paz” (Ef 2, 14). Y, si hablamos de los que padecen persecución por causa de la justicia, ¿Quién podría compararse con aquel que “fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros pecados” (Is 53,5)?

Pobres en el espíritu
La lección de hoy es una síntesis acabada de toda la doctrina cristiana, norma segura de la perfección evangélica, ideal para cuantos aspiran a seguir al Maestro de cerca, la meta hacia la que han de dirigir todos sus pasos cuantos luchan por alcanzar la santidad, aspirando a conseguir la corona incorruptible prometida a los vencedores. Empieza con estas palabras: “Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”.
Desgraciadamente, no siempre, aquellos que suelen hablar de pobreza, saben captar el contenido de estas palabras. Los falsos profetas de todos los tiempos han pretendido apoyarse en ellas, para programar sus reivindicaciones de tipo económico y socio-político. Y nada más lejos del Evangelio. La mera pobreza material no es la que aquí se ensalza, sino aquella que es expresión de una fe a toda prueba.
El sentido de esta pobreza bienaventurada hay que buscarlo en las expresiones de los profetas, cuando anunciaban de parte de Dios la salvación del “resto de Israel”, tras la ruina de la nación: “Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor” (Sof 3,12): Pobres de Yahvé fueron aquellos que, probados por la pobreza y la opresión, conservan siempre el sentido de Dios y esperan, “contra toda esperanza”, la llegada de la salvación.
De este resto fueron aquellos buenos israelitas que, cuando Jesús empezó su predicación del Evangelio del Reino, aceptaron sus palabras y le siguieron. Y cuantos en la primitiva Iglesia y a lo largo de toda su Historia, se han abrazado con la pobreza, para verse libres de la esclavitud del dinero y marchar sin estorbos por los caminos del mundo, hacia la casa del Padre.


            Variantes de un mismo tema
            Las que siguen: “Dichosos los sufridos, dichosos los que lloran, dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia”, vienen a ser variantes de un mismo tema. Reiteración de la primera bienaventuranza, subrayando distintos aspectos y facetas de la pobreza evangélica. De una y otra forma, nos recuerdan a cuantos, “oprimidos” por las injusticias de este mundo a causa de su fe, “toman su cruz cada día y siguen a Jesucristo “(Lc9, 23).
En el Sermón, tal y como nos lo ha transmitido San Mateo, siguen otras tres bienaventuranzas, que dicen cualidades de todos aquellos discípulos, que acaban por convertirse en colaboradores del Maestro, en la predicación del Evangelio: “Dichosos los misericordiosos, dichosos los limpios de corazón, dichosos los que trabajan por la paz. Si las anteriores miran a la vida personal de los verdaderos discípulos, estas otras presentan a nuestras   miradas el panorama auténtico de la actividad apostólica. 
La última de todas ellas “Dichosos los perseguidos por causa de la justicia” es ya revelación de los misteriosos caminos de Dios, para llevar a cabo la obra de la redención. Así, sus elegidos acabarán triunfando de todos los enemigos del Evangelio. Se anunciaba ya la pasión y muerte de Jesucristo. Y el desfile glorioso de sus testigos  en el mundo; los que, con el precio de su sangre o el testimonio de su vida, han proclamado y proclaman ante los hombres que “Jesucristo es el Señor”.

Solo Dios ve el corazón
Queridos hermanos: Ahora podríamos descender del monte y detenernos en observar el panorama de nuestro mundo; el mismo campo de la Iglesia, de la que formamos parte, Para averiguar con esta luz cuántos sean o no, entre nosotros, los cristianos consecuentes con su fe. Lo hacemos con frecuencia, sin darnos cuenta. Siempre hay el peligro de acabar juzgando a los demás.
No juzguemos nosotros a nadie; que sólo Dios ve el corazón.  Contentémonos con examinarnos a nosotros mismos y evaluar nuestra propia vida y conducta, a la luz de esta espléndida lección. Y esforcémonos sin descanso por levantarnos hasta esas cumbres, donde nos espera cada día el Maestro. Él nos ofrece el programa. Él nos ayuda siempre con su gracia, para que podamos alcanzar este ideal, Vamos a pedírselo con toda humildad en la celebración de la Eucaristía.
Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén           


                                                     

                                                  ORACIÓN DEL DÍA

Gracias, Señor, porque proclamándolos dichosos, asignas el reino de Dios y devuelves la dignidad y la esperanza a todos los que el mundo tiene por últimos e infelices: los pobres y los humildes, los que lloran y los que sufren, los que tienen hambre y sed inagotables de fidelidad a Dios, los misericordiosos que saben perdonar a quienes les ofenden, los que proceden con un corazón limpio, noble y sincero, los que fomentan la paz en torno y desechan la violencia, los que son perseguidos por servir a Dios y al evangelio.
Tú fuiste, Señor Jesús, el primero en realizar tal programa.  Tú eres nuestro ejemplo y nuestra fuerza. ¡Bendito seas, Señor! Amén.
(Tomado de B. Caballero: La Palabra cada Domingo, San Pablo, España, 1993, p. 120)





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