DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO
DIA 29 DE ENERO.
“No siempre, aquellos que suelen
hablar de pobreza, saben captar el contenido de estas palabras. Los falsos
profetas de todos los tiempos han pretendido apoyarse en ellas, para programar
sus reivindicaciones de tipo económico y socio-político”.
PRIMERA LECTURA
Sofonías 2,3; 3,12-13
Dejaré en ti un resto, un pueblo humilde y pobre
SALMO RESPONSORIAL
Salmo 145
Dichosos los pobres en el espíritu, porque de
ellos es el Reino de los Cielos.
SEGUNDA LECTURA
1 Corintios 1,1-3
Lo débil
del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los poderosos.
EVANGELIO
Mateo 5,1-12
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien
por mi causa
Comentario- Introducción
En el Evangelio de hoy se nos
presenta el gran proyecto de Jesús, las Bienaventuranzas, llama dichoso, feliz,
elegido por Dios a todos los que desde el pensamiento judío eran los malditos.
Difícil de entender el mensaje de hoy, pero lleno de luz, elevado como el monte
donde sube Jesús para proclamarlas; “subió Jesús a un monte” y desde allí
anuncia el culmen de su Proyecto: los elegidos de “La Nueva Tierra” prometida.
Esta promesa la pone el evangelista Mateo casi al inicio de su Evangelio. Este
proyecto se cumple y se rubrica con la sangre de Cristo en otro monte, con su
muerte en la cruz. Mientras tanto, Jesús recorre todos los pueblos y aldeas, anunciando
la Buena Nueva a todos, hasta llegar a Jerusalén.
S. Berdonces
HOMILIA
Una vez más, queridos
hermanos, la escena evangélica se
actualiza aquí y ahora: El Maestro se sienta, se acercan los discípulos y él se
pone a hablar enseñándoles.
El Maestro es siempre
Jesucristo. Los discípulos sois vosotros que cada domingo os acercáis aquí al
Maestro en actitud de fe, para escuchar sus palabras. Yo, uno más entre
vosotros, para ser “oidor de la Palabra”, que diría San Agustín, he de servirle
aquí de instrumento, para que ella resuene con toda claridad en los oídos de
todos.
La montaña
“Al ver Jesús el gentío,
subió a la montaña…” (Mt 5,1-12). Recuerdo ahora como San Gregorio de Nisa
abordaba el comentario de las bienaventuranzas. Empezaba preguntado: “¿Quién es
el tal en esta comunidad que sea discípulo de la Palabra; capaz de ascender con
él, desde los bajos, terrenos y oscuros pensamientos, al monte espiritual de la
subida contemplación? Ciertamente, este monte, dominando las sombras que
proyectan las alturas de la maldad y la oscuridad de los vicios, está iluminado
en todas sus partes por los rayos de la verdadera luz, en la limpia serenidad
de la verdad” (De Beat.Orat 1ª).
Y es, hermanos, que, en
realidad, el monte es el mismo Jesucristo. Pues qué, ¿no es en él, en quien se
han hecho vida todas las Bienaventuranzas del Reino…El, Jesucristo, “siendo
rico, se hizo pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza?”(2Cor 8, 9).
Jesucristo, “manso y humilde de corazón” (Mt 11,29). Que lloró ante la tumba de
Lázaro y luego frente a la ciudad de Jerusalén (Jn 11,35; Lc 19,41).
Experimentó el hambre y la sed, en el desierto y en la cruz (Mt 4,2; Jn 19,28).
Y ¿quién ha tenido jamás entrañas de misericordia, como Jesús frente a la
muchedumbre del pueblo, que le seguían hasta el desierto, para escuchar sus
palabras, y andaban “como ovejas sin pastor?”(Mc 6,34; 8,2).
Jesucristo, “Cordero de
Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29), “limpio de corazón”. Nadie
sirvió jamás la causa de la paz, como aquel que “es nuestra paz” (Ef 2, 14). Y,
si hablamos de los que padecen persecución por causa de la justicia, ¿Quién
podría compararse con aquel que “fue traspasado por nuestras rebeliones,
triturado por nuestros pecados” (Is 53,5)?
Pobres en el espíritu
La lección de hoy es una
síntesis acabada de toda la doctrina cristiana, norma segura de la perfección
evangélica, ideal para cuantos aspiran a seguir al Maestro de cerca, la meta
hacia la que han de dirigir todos sus pasos cuantos luchan por alcanzar la
santidad, aspirando a conseguir la corona incorruptible prometida a los
vencedores. Empieza con estas palabras: “Bienaventurados los pobres en el
espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”.
Desgraciadamente, no
siempre, aquellos que suelen hablar de pobreza, saben captar el contenido de
estas palabras. Los falsos profetas de todos los tiempos han pretendido
apoyarse en ellas, para programar sus reivindicaciones de tipo económico y
socio-político. Y nada más lejos del Evangelio. La mera pobreza material no es
la que aquí se ensalza, sino aquella que es expresión de una fe a toda prueba.
El sentido de esta
pobreza bienaventurada hay que buscarlo en las expresiones de los profetas,
cuando anunciaban de parte de Dios la salvación del “resto de Israel”, tras la
ruina de la nación: “Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que
confiará en el nombre del Señor” (Sof 3,12): Pobres de Yahvé fueron aquellos
que, probados por la pobreza y la opresión, conservan siempre el sentido de
Dios y esperan, “contra toda esperanza”, la llegada de la salvación.
De este resto fueron
aquellos buenos israelitas que, cuando Jesús empezó su predicación del
Evangelio del Reino, aceptaron sus palabras y le siguieron. Y cuantos en la
primitiva Iglesia y a lo largo de toda su Historia, se han abrazado con la
pobreza, para verse libres de la esclavitud del dinero y marchar sin estorbos
por los caminos del mundo, hacia la casa del Padre.
Variantes de un mismo tema
Las
que siguen: “Dichosos los sufridos, dichosos los que lloran, dichosos los que
tienen hambre y sed de la justicia”, vienen a ser variantes de un mismo tema.
Reiteración de la primera bienaventuranza, subrayando distintos aspectos y
facetas de la pobreza evangélica. De una y otra forma, nos recuerdan a cuantos,
“oprimidos” por las injusticias de este mundo a causa de su fe, “toman su cruz
cada día y siguen a Jesucristo “(Lc9, 23).
En el Sermón, tal y como nos lo ha
transmitido San Mateo, siguen otras tres bienaventuranzas, que dicen cualidades
de todos aquellos discípulos, que acaban por convertirse en colaboradores del
Maestro, en la predicación del Evangelio: “Dichosos los misericordiosos,
dichosos los limpios de corazón, dichosos los que trabajan por la paz. Si las
anteriores miran a la vida personal de los verdaderos discípulos, estas otras
presentan a nuestras miradas el
panorama auténtico de la actividad apostólica.
La última de todas ellas “Dichosos
los perseguidos por causa de la justicia” es ya revelación de los misteriosos
caminos de Dios, para llevar a cabo la obra de la redención. Así, sus elegidos
acabarán triunfando de todos los enemigos del Evangelio. Se anunciaba ya la
pasión y muerte de Jesucristo. Y el desfile glorioso de sus testigos en el mundo; los que, con el precio de su
sangre o el testimonio de su vida, han proclamado y proclaman ante los hombres
que “Jesucristo es el Señor”.
Solo Dios ve el corazón
Queridos hermanos: Ahora podríamos
descender del monte y detenernos en observar el panorama de nuestro mundo; el
mismo campo de la Iglesia, de la que formamos parte, Para averiguar con esta
luz cuántos sean o no, entre nosotros, los cristianos consecuentes con su fe.
Lo hacemos con frecuencia, sin darnos cuenta. Siempre hay el peligro de acabar
juzgando a los demás.
No juzguemos nosotros a nadie; que
sólo Dios ve el corazón. Contentémonos
con examinarnos a nosotros mismos y evaluar nuestra propia vida y conducta, a
la luz de esta espléndida lección. Y esforcémonos sin descanso por levantarnos
hasta esas cumbres, donde nos espera cada día el Maestro. Él nos ofrece el
programa. Él nos ayuda siempre con su gracia, para que podamos alcanzar este
ideal, Vamos a pedírselo con toda humildad en la celebración de la Eucaristía.
† Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén
ORACIÓN
DEL DÍA
Gracias, Señor, porque proclamándolos
dichosos, asignas el reino de Dios y devuelves la dignidad y la esperanza a todos los que el mundo tiene por últimos e infelices: los pobres y los
humildes, los que lloran y los que sufren, los que tienen hambre y sed
inagotables de fidelidad a Dios, los misericordiosos que saben perdonar a
quienes les ofenden, los que proceden con un corazón limpio, noble y sincero, los
que fomentan la paz en torno y desechan la violencia, los que son perseguidos
por servir a Dios y al evangelio.
Tú fuiste, Señor Jesús, el primero en
realizar tal programa. Tú eres nuestro
ejemplo y nuestra fuerza. ¡Bendito seas, Señor! Amén.
(Tomado de B. Caballero: La Palabra cada
Domingo, San Pablo, España, 1993, p. 120)

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