BAUTISMO DEL SEÑOR
DIA 8 DE ENERO.
“La fiesta del Bautismo del Señor
pone ante nuestros ojos el ideal de la vida cristiana”
PRIMERA LECTURA
Isaías 42, 1-4. 6-7
Sobre él he puesto mi espíritu
SALMO RESPONSORIAL
Salmo 28
El Señor bendice a su pueblo con la paz.
SEGUNDA
LECTURA
Hechos de los apóstoles 10, 34-38
Conocéis lo
que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo.
EVANGELIO
Mateo 3, 13-17
En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al
Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.
Comentario- Introducción
Con la fiesta del" Bautismo del
Señor", terminamos el tiempo de la Navidad. Hemos recorrido desde el
nacimiento de Jesús, hasta su manifestación al mundo, el Hijo de Dios ha nacido
de la estirpe de David para el pueblo de Israel y para todo hombre o mujer que
quiera aceptarlo en su corazón, sea de donde fuere.
Hoy toda la liturgia nos habla sobre
el momento en el que Jesús decide
ponerse en la fila de los pecadores, sin tener pecado, delante de Juan
Bautista, para así "tomar la condición de esclavo, pasando por un hombre
cualquiera".
Se nos anuncia un tiempo nuevo, un
bautismo que no es de penitencia, no con ceniza; sino de vida, con agua. Agua
viva que nos hace renacer y saltar hasta la vida eterna.
S. Berdonces
HOMILIA
Hasta aquí hemos celebrado, queridos hermanos, los
misterios de la infancia de nuestro Señor Jesucristo. Tanto Matero como
Lucas nos hablan de ellos den sus
respectivos Evangelios. Lucas subraya especialmente el misterio de la vida
oculta de Nazaret, durante toda su niñez y juventud: “Jesús crecía en
sabiduría, estatura y gracia delante de Dios y de los hombres”. (Lc 2,52).
Luego, para comenzar el relato de su ministerio público, escribe: “Tenía Jesús,
al comenzar, como unos treinta años” (Lc 3, 23).
Nosotros, en este primer
domingo después de la Epifanía, conmemoramos el Bautismo del Señor. Es
precisamente el primero de todos los misterios de la vida pública de
Jesucristo. De ello nos informa San Matero en estos términos: “Entonces fue
Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara” (Mt
3, 13-17).
No lo necesitaba.
Surge en este punto una
pregunta; la misma me parece se hacía la primitiva comunidad cristiana, en los
comienzos de la predicación apostólica: “Pero ¿es que Jesús necesitaba ser
bautizado, para dar principio a su ministerio?”…La respuesta exacta la dio el
mismo Jesús a Juan Bautista. El evangelista San Mateo tiene empeño en
conservarla. Escribe a continuación: “Pero Juan intentaba disuadirlo: Soy yo el
que necesito que tú me bautices y ¿tú vienes a mí? Jesús le contestó: Déjalo
ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere”.
Ciertamente, Jesús,
“probado en todo como nosotros sin llegar al pecado” (Heb 4, 15), no tiene
pecado; no necesita el bautismo para liberarse de su esclavitud. Él es
precisamente “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, como lo
testificó públicamente el mismo Juan (Jn
1, 29). Es “el pontífice que nos convenía: santo, inocente, inmaculado,
separado de los pecadores” (Heb 7, 36).
¡Ah! Pero él. Que no
tiene pecado, quiso hacerse solidario de todos los pecadores del mundo, para
librarlos así de sus pecados. Jesús acudió a recibir el bautismo de Juan, un bautismo
de penitencia, signo del arrepentimiento, con el que los oyentes del bautista
querían prepararse para recibir del Reino de los cielos, que se acercaba. Jesús
no necesita el bautismo; pero tú y yo bien que lo necesitábamos. Necesitábamos
que Jesús lo recibiera, el primero de todos, como signo anticipado de su muerte
y su resurrección.
Simbolismo del agua
Un día, cuando se acercaba
el de su pasión y muerte, dijo a sus discípulos en la intimidad: “Con un
bautismo tengo que ser bautizado y ¡cómo sufro mientras se cumple!” También
preguntó en aquella ocasión a los hijos del Zebedeo, que solicitaban los
primeros puestos en su Reino: “¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber y recibir el bautismo con que yo voy a ser bautizado?” (Lc 12, 50; Mt 20,22).
El bautismo, queridos
hermanos, es signo de la muerte y resurrección, porque el agua, de suyo y
naturalmente, está al servicio de la vida y de la muerte. Las aguas
torrenciales del diluvio, las olas del mar embravecido, el agua de las
inundaciones. Frente al agua cristalina de las fuentes, la que salta y juguetea
en los arroyos o se mantiene serena en los mares, la que baja del cielo para
regar los campos purificar los ambientes contaminados.
San Pablo, refiriéndose
al bautismo cristiano, que todos nosotros hemos recibido, nos recuerda: “Por el
bautismo fuimos sepultados con él en su muerte, a fin de que, como Cristo
resucitó de entre los muertos, así también nosotros vivamos una vida nueva”
(Rom 6, 4).
Jesucristo no necesitaba
ser bautizado. Mas, “obviamente hasta la muerte y una muerte de cruz” (Fil 2,
8), quiso expresar públicamente, con su bautismo en el Jordán, que aceptaba,
con todas sus exigencias, el plan salvador de Dios: llevar a cabo, por la
muerte y la resurrección de su Hijo, la redención del mundo, la salvación de
todos los pecadores. Debía ser el primero de los bautizados. Se cumplía así
“toda justicia, es decir, todo lo que Dios quiere. “Por nosotros los hombres y
por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó
de María, la Virgen y se hizo hombre”.
Plenitud humana
Llegado
a los treinta años de edad, Jesús había alcanzado su plenitud humana. El, que
desde toda la eternidad vivía en la plenitud de Dios. Estaba ahora en su mejor
momento, para abordar la empresa que el padre había puesto en sus manos. Si ya,
al entrar en el mundo, en el momento de su encarnación, había repetido la frase
del Salmo: “Tú no has querido ni sacrificio ni oblación, pero me has formado un
cuerpo. No te han agradado los holocaustos y sacrificios por los pecados. Y
entonces he dicho: He aquí que vengo para hacer, oh Dios, tu voluntad” (Heb 10,
5-7), ¡Cuánto más ahora, pone manos a la obra, dando testimonio público de que
para él, no hay otro norte, otro ideal, otras aspiraciones que hacer la voluntad
del que le envió!
No es extraño entonces que, el ser
bautizado así, se abrieran los cielos sobre él y el Padre hiciera oír su voz
desde el cielo, para que todos tuviéramos un testimonio insuperable de que
Jesús, no sólo es el Hijo de Dios, sino también el modelo acabado del hombre:
“Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto”. A distancia de siglos, venía a ser
el eco de aquella otra palabra profética: “Mirad a mi siervo, a quien sostengo,
mi elegido a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el
derecho a las naciones” (Is 42, 1).
Efectivamente, abierto el cielo,
Jesús “vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba cobre
él”. Fue ungido por el Espíritu Santo, que le asistió en todo momento, le
impulsó en todas su actuaciones, lo fortaleció para la lucha, lo consoló en
momentos álgidos de su ministerio y le llevó, por fin, firme y sereno, hasta
entregarse en el sacrificio de la cruz.
Ideal de vida cristiana
La fiesta del Bautismo del Señor pone
ante nuestros ojos el ideal de la vida cristiana. Que no puede contentarse con decir: “Señor,
Señor”, sino que ha de llevarnos constantemente a “cumplir la voluntad del
Padre que está en los cielos” ( Mt 7, 21). Si, por el bautismo, hemos sido
injertados vitalmente en Jesucristo, si hemos recibido su Espíritu, toda
nuestra vida ha de conformarse con él. Aquí abajo, mientras peregrinamos en un
mundo que ignora esta grandeza. Y luego, definitivamente, cuando por la
participación en su muerte y en su resurrección, reinemos con él para siempre
en el cielo.
† Miguel Peinado.
(Que fue Obispo de Jaén)
ORACIÓN
DEL DÍA
Tú sabes, Señor, que vamos a sentir como
todos, las tentaciones de un mundo seductor y vamos a tener que luchar contra
los engaños del espíritu del mal.
Te pedimos que la fuerza y el poder de
Jesús nos guarden en nuestra marcha de cada día para llegar limpios a la meta
del Cielo.
Jesucristo nuestro Señor.
Amén.

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