DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO
DIA 15 DE ENERO.
“Hay devociones superficiales, que no
influyen para nada en la vida. Podemos estar aquí vosotros y yo”
PRIMERA LECTURA
Isaías (49,3.5-6):
Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso.»
SALMO RESPONSORIAL
Salmo 39
Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad
SEGUNDA
LECTURA
1 Corintios 1,1-3
A los santos de Dios y a
todos los demás
EVANGELIO
Juan 1, 29-34
Yo lo
he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»
Comentario- Introducción
Comenzamos el camino del tiempo ordinario
del año litúrgico, caminamos domingo tras domingo, semana tras semana, momento
a momento, paso a paso, como es la
propia vida y en es esta vida en la que vamos caminado de la mano de Jesús.
Hoy se nos presenta como el “Cordero
de Dios”, el que viene a ser la realidad del sacrificio, de aquel otro presagio
que fue Isaac, en el sacrificio del monte Moria.
La homilía de hoy, nos conduce por
este camino que se presenta delante del cristiano en el sacrificio de la
Eucaristía. Y se nos pide, que nos equipemos para este camino, con la mochila
de una actitud de entrega generosa en torno a Jesucristo. Sacerdote, Víctima y
Altar.
S. Berdonces
HOMILIA
“Este es el Cordero de
Dios que quita los pecados del mundo”. Así presentó Juan bautista a Jesús al
pueblo y a sus discípulos. Pudo conocerlo claramente gracias a la teofanía del
bautismo, cuando vio el cielo abierto con Jesús y oyó la voz del Padre. Luego presentó
a Jesús: “Este es el Cordero de Dios”.
También ahora el
sacerdote, a la hora de la comunión, toma en sus manos la Hostia consagrada y,
presentándola en alto, dice: “Este es el Cordero de Dios…” Y el pueblo dice con
humildad: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa…”
Anteriormente se ha
cantado, “Cordero de Dios”, después de darnos la paz. Hace siglos que así lo
hace la Iglesia. Por cierto que fueron los sacerdotes y cristianos huidos de
Oriente, cuando el imperio de Mahoma se extendía, los que nos enseñaron a
cantar estas palabras, acompañando el rito de la fracción del pan.
El etíope.
Palabras de presentación
de Jesús. Más de una vez ocurrió así. En los primeros días de la Iglesia, el
Señor inspiró a Felipe, uno de los discípulos, que fuese camino del desierto,
por la ruta que iba de Jerusalén a Gaza. Pasaba un carruaje y en él una persona
importante; era ministro de la reina de Candace, en Etiopía.
Aquel hombre, que era
piadoso – había venido a Jerusalén para orar, aunque él no era judío-; volvió
en su carruaje, leyendo las Escrituras. Leía a la sazón el pasaje de Isaías,
cuando Felipe se le acercó, El etíope le invitó a subir y le preguntó: “Por
favor, dime: ¿de quién dice esto el profeta, de sí mismo o de otro?”
El pasaje era precisamente éste: “Fue llevado como
oveja al matadero; y, como cordero mudo, delante del esquilador…” El
evangelista Lucas dice: “Felipe, entonces, partiendo de este texto de la
Escritura, le anunció la Buena Nueva de Jesús” (Hech. 9, 28-35).
Como veis, también Felipe
presentó a Jesús como Cordero. La imagen estaba ya en todo el imaginario del
pueblo de Israel, en las Escrituras, aunque no con la claridad con que nosotros
ahora la contemplamos.
Isaac
Jesucristo es así
presentado como víctima del sacrificio. Él es, a un tiempo, sacerdote, víctima
y altar. El único sacerdote y la victima agradable a Dios. Conviene recordar a
este propósito otro sacrificio antiguo.
Ahora solemos dar poca
importancia a la Historia Sagrada, pero esta Historia tiene un riquísimo contenido,
a la luz del conocimiento de Jesucristo, y puede ser alimento de nuestra vida
cristiana y espiritual.
El Señor pidió a Abrahán
que le sacrificara su hijo único, Isaac. El patriarca, obediente a la voz de
Dios, tomó al niño, con las cosas necesarias para el sacrificio y, acompañado
de dos criados, se dirigieron al monte Moria. Al llegar allí, Abraham mandó a
los criados detenerse y puso la leña sobre los hombros de Isaac. Padre e hijo siguieron
adelante. Supongo que irían en silencio. De pronto Isaac dijo a su padre: “Aquí
tenemos el fuego y la leña, pero ¿Dónde está el cordero para el sacrificio?...”
Luego Abraham ató a su
hijo como si fuera un cordero, lo puso sobre la leña del altar y se dispuso a
sacrificarlo. Fue entonces cuando el Señor lo llamó desde el cielo y libró de
la muerte a Isaac. En su lugar, inmolaron padre e hijo un carnero que apareció
con los cuernos enredados en la zarza (Gen 22, 1-14)
La Misa Cosa difícil
Todo
esto recordamos al oír al sacerdote decir: “Este es el Cordero de Dios, que
quita el pecado del mundo”. Con razón San Pedro recordaba a los nuevos
bautizados: “Habéis sido rescatados…no con algo caduco, oro o plata, sino con
la preciosa sangre de Cristo, el Cordero sin mancha” (1 Pe 1,18-19).
Ayer tarde los catequistas, en la
Escuela, a propósito del tema de la presencia de Jesús en la Iglesia,
comentábamos el peligro que todos tenemos de ser devotos y perder el tiempo.
Efectivamente, hay devociones superficiales, que no influyen para nada en la
vida. Podemos estar aquí vosotros y yo, sin participar de verdad en la
celebración.
La Misa, hermanos, es cosa difícil. Si
participamos de verdad en la celebración, la Misa es realmente lo más difícil
del mundo. Quiero repetirlo hoy, que están aquí los niños en grupo. Oír Misa no
es fácil, es algo que supone una actitud y una entrega generosa.
Sacrificio de la Iglesia
Hemos de acostumbrarnos a mirar a
Jesús, tal como en la celebración nos es presentado: el Cordero de Dios, la
Víctima del sacrificio.
A propósito del sacrificio de
Jesucristo, en su “Ciudad de Dios” San Agustín explica que: “De esta realidad –
se refiere al hecho histórico del sacrificio de Jesucristo en la cruz- quiso
que fuera sacramento cotidiano el sacrificio de la Iglesia”. Sacramento
cotidiano, es decir, signo que recuerda y actualiza el misterio redentor.
Es significativo que San Agustín
llama aquí a la Eucaristía “el sacrificio de la Iglesia”. Da razón
seguidamente: “Ella –escribe- siendo cuerpo de esa Cabeza, aprendió por su
medio a ofrecerse a sí misma” (La Ciudad de Dios, X, 20).
La participación litúrgica
En la Isa participamos de muchas
formas. Todo cuanto aquí hacemos reunidos, la actitud, los cantos, las
oraciones, la música, los movimientos, todo es, hermanos, para que aprendamos a
ofrecernos y para disponernos realmente a la entrega del corazón. Si la entrega
no se hace, todo ello resulta inútil para nosotros. No hay participación.
Veis cuan fácil es que perdamos el
tiempo aquí. Hoy hemos repetido: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. Lo hemos dicho en el
Salmo. Lo que ocurre es que, a veces, esa voluntad de Dios resulta sangrienta
para nosotros.
A la hora del ofertorio se traen en
procesión los dones hasta el altar. Ese pan y ese vino, que ya están dispuestos,
no son más que símbolo. Símbolo de la ofrenda del pueblo Santo de Dios, de la
ofrenda que cada uno de nosotros hace en silencio, de manera invisible, en el
fondo del corazón.
Debemos entonces de reconcentrarnos
en nuestra conciencia, delante del Señor. Allí, sin perder un momento, es
necesario reflexionar y ver qué nos pide él. Luego suplicaremos con humildad
que nos dé fortaleza para hacer nuestra oblación. “Cordero de Dios, que quitas
el pecado del mundo, ten misericordia de nosotros”.
El problema está en el corazón
El problema de la Misa está, hermanos
míos, en el fondo de nosotros mismos. Es el problema del corazón de cada uno.
Jesucristo puso todo su corazón allí,
junto a él estaba entonces María. Jesús se entregó al sacrificio. Lo hizo mejor
que Isaac, aunque sintió todo el dolor que le costaba: “Padre, si es posible,
pase de mi este cáliz. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Y se entregó
como cordero.
Si tú tienes alguna cosa con tu
hermano; si tienes algún celillo con tu hermano o con tu hermana, alguna
envidia, alguna ofensa, algo que te cueste y te produzca zozobra, si de algo te
acusa tu conciencia, en tu trabajo, en tu parroquia…Si tú tienes algo que darle
al Señor y él te lo está pidiendo, concéntrate ahora, entra dentro de ti mismo
y ofrece tu sacrificio al Señor.
Así, cuando el sacerdote, con la
Hostia en alto, te diga: “Este es el Cordero de Dios…”, tú dirás con viva fe,
impulsado por la fuerza de su Espíritu: “Señor, no soy digno…”Pero yo te abro mi
corazón y quiero ofrecerme a ti.
† Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén
ORACIÓN
DEL DÍA
Oh Dios y
Padre nuestro:
En estos
signos de pan y vino tu Hijo se nos da como incomparable do, como tu Siervo y como nuestro Cordero.
En este
banquete de la eucaristía se nos sirve como nuestra bebida y alimento. Moldéanos,
Padre, a su imagen y semejanza, que como él sepamos darnos totalmente a los
hermanos que nos rodean, y estar siempre
dispuestos a perdonar, ayudar y servir, a alzar a los demás y a darles siempre
ánimo.
Que seamos
realmente hombres y mujeres en quienes vive Jesucristo, Señor y Salvador nuestro por los siglos de
los siglos.
Amén.

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