DOMINGO XXXIII TIEMPO ORDINARIO (17-XI-74)
“Hay regiones y pueblos donde el ser
cristiano resulta un crimen”
PRIMERA LECTURA
Malaquías 3,19-20
A los que honra mi nombre los iluminará un sol de
justicia.
SALMO RESPONSORIAL
Salmo 97
El Señor llega para regir la tierra con rectitud.
SEGUNDA LECTURA
2
Tesalonicenses 3,7-12.
Cuando viví con vosotros os lo dije: el que no
trabaja, que no coma.
EVANGELIO
Lucas 21,5-19
Con
vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.
Comentario-
Introducción
Este domingo, cercano ya el fin del
año litúrgico, el trigésimo tercero, es el penúltimo del Tiempo Ordinario del
presente año litúrgico, y como tal, las lecturas hablan sobre el final de los
tiempos, tema que suele, con mucha frecuencia, sobrecoger a quienes lo
escuchan.
La homilía de este domingo diferencia de
manera sutil el discurso apocalíptico y el discurso escatológico,
entremezclados principalmente en la primera lectura y el Evangelio tomado del
capítulo veintiuno del texto de san Lucas. Y finalmente, poder dilucidar el
comportamiento adecuado que todo cristiano ha de llevar ante la inminencia de
este final. Mientras andamos en este
mundo, mientras recorremos esta vida.
S. Berdonces
HOMILIA
Siguiendo
una tradición de siglos, hoy hemos acompañado a la imagen de Nuestra Señor de
la Antigua en la procesión de entrada para la celebración eucarística. Hemos
venido con ella hasta el altar. Y esto está bien que lo hagamos si quiera una
vez al año, para recordar que no podemos llegar sin ella hasta aquí.
Tendríamos
que acordarnos de María todos los domingos, cuando venimos camino del templo.
Porque ¿A dónde va Jesús sin María? Y
nosotros, ¿ a dónde iremos sin María? Venir a Misa es cosa difícil; celebrar la
Eucaristía es empresa grande, que supera nuestras fuerzas. Supone habernos preparado
y tener todo dispuesto para entregar nuestro corazón al Señor en el sacrificio.
Nosotros
somos débiles. Necesitamos que la Madre de Dios venga con nosotros. Ella está
junto a la cruz del Señor siempre. Contemplando su ejemplo, seremos capaces de
poner también nuestra ofrenda sobre el
altar.
Os perseguirán
Hoy el
Señor, a propósito del anuncio de la destrucción del Templo de Jerusalén y de
la Ciudad, habla de persecuciones, de pruebas, de sufrimientos para los
discípulos. Esto era para entonces y para siempre.
El
evangelista San Lucas, ante la confusión que pudo darse en la primera
generación de los cristianos, por causa de los acontecimientos de su tiempo,
quiso recordar las palabras de Jesús: “Porque eso tiene que ocurrir primero,
pero el final no vendrá enseguida”.
Con la
destrucción de Jerusalén y el fin del judaísmo no llegaría el final de los
tiempos y de las cosas. Hasta que llegue
la consumación del Reino de Dios, con el fin del mundo, la Iglesia peregrina
tendrá que hacer su tarea. El Evangelio ha de ser predicado a todos los
hombres, en todos los tiempos y lugares. Los cristianos deben de dar testimonio
de que Jesucristo es el único Salvador.
Jesús ha muerto y ha resucitado para la salvación de todos los hombres.
La
consumación de todas las cosas vendrá en el momento y hora que sabe el Padre.
Nosotros tenemos que aceptar mientras tato la Palabra de Dios y el anuncio de
Jesucristo: Tendréis persecuciones. Debemos aceptar las pruebas, las
contradicciones, los sufrimientos.
Testigos
A
través de veinte siglos la Iglesia padeció persecución. Ha habido mártires. El
testimonio de aquellos que derraman su sangre y ofrecen su vida sin
resistencia, por puro amor, para confesar su fe en Jesucristo, es el testimonio
por excelencia. Los mártires son los grandes testigos de Jesús.
Nosotros
debemos invocar su ayuda. ¡El coro glorioso de los mártires! Rogad por
nosotros, para que también nosotros sepamos dar testimonio de nuestra fe.
Sigue
habiendo persecuciones en el mundo. Hay regiones y pueblos en el mundo donde
ser cristiano resulta un crimen. No se puede, sin riesgo, confesarse creyente.
Lo anunciado por el Señor sigue cumpliéndose y seguirá siendo realidad entre los hombres. Con todo, a nosotros puede
parecernos todo esto algo lejano, algo que no va con nosotros. Conviene
recordar que el anuncio de Jesús va también con nosotros. “Todos los que
quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecuciones”, escribía
San Pablo (1 Tim 3,12).
No es
necesario recurrir siempre a los reyes y gobernadores; no hace falta acudir a
los poderes y a los políticos. Sin necesidad de llegar a persecuciones
abiertas, en el mundo siempre habrá y hay mucho de persecuciones, de
dificultades, de obstáculos, de oposición a la marcha del Reino de Dios. Y no
sólo causadas por los que no creen en Jesucristo, sino también por parte de los
que tienen o dicen tener fe.
Sin mala voluntad.
Pues
qué, ¿no soy yo obispo en esta tierra donde la gente es tan buena y tan
creyente, y he de sufrir contradicciones con frecuencia? Es la ley de mi cargo,
de mi oficio de pastor. ¿No tiene un padre, un párroco muchas dificultades y
obstáculos y molestias, por parte de los de su misma casa o iglesia?.
Habló
el Señor también de padres e hijos a propósito de las persecuciones. Y todo esto
no supone siempre mala voluntad. Es cierto que la maldad de los hombres está
frente a la verdad, a la justicia, al amor, a la luz del evangelio. Mas no
siempre es necesario recurrir a la maldad de los hombres . Muchas veces, sin
mala voluntad de nadie, se producen dificultades, contradicciones y hasta
persecuciones.
Delante
del rey Agripa hacía San pablo la confesión de su vida, con la ilusión de
atraerlo a la fe cristiana. Entre otras cosas dijo aquello: “ Y yo me creí
obligado a luchar con todos los medios contra el nombre de Jesús Nazareno”(Hech
26,9). Se creía obligado también cuando guardaba las ropas de los que
apedreaban a Esteban en su martirio. Es posible que, si pablo no se hubiera
convertido, Dios lo hubiera premiado, porque actuaba de buena fe, él pensaba
que tenía que luchar contra los cristianos.
Lo
anunció también Jesús cuando dijo a los discípulos: “Llegará la hora en que
todo el que es mate piense que da culto a Dios”(Jn 16,2). ¡Ah!, hermanos, la
marcha del Evangelio en el mundo es misteriosa. Seamos humildes, para explicar
el misterio del Reino de Dios no actuamos por sistema, a la maldad de los que
están enfrente.
La oscuridad de la fe.
Quería yo recordaros que
la fe es oscura, difícil para nosotros. Es esto lo que explica sobre todo la
contradicción y los sufrimientos que por su causa hemos de soportar. ¿Quién me
va a razonar a mí la cruz? ¿Cómo puedo yo aceptar prácticamente que en ella
está la vida, si me lleva a la muerte?. El que los pobres sean bienaventurados,
y felices los que son perseguidos, ¿quién lo puede entender?.
La fe nos obliga a
caminar en oscuridad y esto resulta difícil. Y nos hace sufrir. La Palabra del
Evangelio contradice al mismo tiempo muchas de nuestras tendencias y aspiraciones.
Que nosotros estimamos legítimas , pero que no se compaginan con la maravillosa
providencia del Señor. El busca no sólo mi bien, sino el de todos los hombres.
Hemos de aceptar sin
condiciones esta providencia amorosa de Dios, manifestada en los acontecimientos
de la vida; sobre todo cuando ésta se nos pone de frente y nos lleva a la
prueba dolorosa. Ser fieles al Evangelio de Jesucristo acarrea serias
dificultades. Y esto explica ya el que tengamos que sufrir y padecer.
La limitación humana
Hay algo más: nuestra
propia limitación, las limitaciones de los hombres. Eso de que, a penas nos
ponemos a hablar de algún tema, cada uno lo ve desde un aspecto sin alcanzar lo
que el otro mira. Y no hay forma de ponerse de acuerdo. ¡Difícil el entenderse!
¿Qué se puede hacer…?
Ante todo tener paciencia para saber esperar hasta que el Señor haga la luz y
todos podamos ver el camino claro a seguir. Si aceptáramos esto, respetaríamos
más a los otros, alcanzaríamos la parte de razón que el otro tiene, nos
entenderíamos mejor. Y evitaríamos muchas molestias y sufrimientos.
¡Cuantas veces no podemos
entendernos! Y no por mala voluntad, sino por causa de nuestras limitaciones.
Como somos así creemos que estamos defendiendo la verdad o la justicia, cuando
atacamos al de enfrente. Entendemos que hacemos un buen servicio a Dios. Y se
produce la contradicción, las molestias, el sufrir, sin que para ello haya
verdaderamente una causa real.
El sufrimiento es mucho
más intenso cuando se trata de los que tengo cerca de mí, aquellos a quienes yo
quiero y deseo ayudar. Quisiera unirme a ellos más y mejor y me siento
distanciado, o los veo molestos, porque no me comprenden, porque no acierto a
darme a entender, porque no es posible que alcancen, en una situación concreta,
las razones que me mueven a mí.
Todo esto tenemos que
tener presente los cristianos, para no desesperar, para no margarnos, para
seguir adelante con paz. Especialmente hemos de tenerlo en cuenta quienes
llevamos el oficio de predicar el Evangelio del Señor.
Nuestra ofrenda
Todos necesitamos más
paciencia, más humildad, más caridad, más confianza en el Señor. Faltamos mucho en todo esto. Con todo, esto
tiene un aspecto muy positivo: Así podemos venir aquí cada domingo, no con las
manos vacías, sino con las manos llenas presentar nuestra ofrenda sobre el
altar.
La Iglesia ofrece la
Victima única, Jesucristo. Y al ofrecerla a Dios con Jesucristo, ella misma se
ofrece. ¿Qué podemos ofrecer nosotros?. Nuestras pruebas, nuestros trabajos,
nuestros sufrimientos, nuestras contradicciones y esfuerzos. Aquí tendríamos
que traerlo todo cada domingo, para sacrificarlo a Dios juntamente con el
sacrificio de Jesucristo.
María estaba junto a la
cruz del Señor. ¡Cómo ofreció ella en su corazón al Hijo y cómo se ofreció ella
así misma con El! A ejemplo de Jesús y de María, traigamos aquí, hermanos,
nuestra ofrenda, para que seamos aceptos al Señor.
Miguel Peinado.
ORACIÓN PARA ESTE DOMINGO.
Oh Dios y Padre
nuestro:
Creemos que tus
planes sobre nosotros
son de paz, y no de
desastre y temor.
Mantén abiertos
nuestros ojos a los signos
de la constante
venida de Jesús, tu Hijo.
Ayúdanos a
comprometernos plenamente
en el crecimiento del
Reino entre nosotros
llevando a cabo tus
planes de paz y de amor.
Ayúdanos a hacer de
este “nuestro mundo”
más “tu mundo” y el
camino hacia tu Casa en el cielo.
Te lo pedimos por
Cristo nuestro Señor.

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