viernes, 4 de noviembre de 2016

DOMINGO XXXII TIEMPO ORDINARIO (10-XI-74)
“Si queremos que los niños y los adolescentes vivan cristianamente y no rechacen la fe, primero tendremos nosotros que ser consecuentes con ella”

PRIMERA LECTURA
2 Macabeos 7, 1-2.9-14

 Vale la pena morir a manos cuando se espera que Dios nos resucitará.
SALMO RESPONSORIAL
Salmo 16
Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.

SEGUNDA LECTURA
 2 Tesalonicenses  2,16-3.5.
 Que el Señor Jesucristo… os dé fuerza para toda clase de palabras y obras buenas.
 EVANGELIO
Lucas 20, 27-38
 No es un Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos.

            Comentario- Introducción
Hoy, en este domingo, en el Evangelio de Lucas que se proclama  aparece “la trampa saducea”. Se presenta algo que en esta sociedad no “vende”, no se demanda que es hablar después de la muerte. No interesa porque nos alejaría mucho de una sociedad de consumo, es mejor no pensar y mirar solo lo que ven nuestros ojos y palpan nuestros sentidos.
Cuando los saduceos –que no creían en la resurrección—se acercan a Jesús quieren proponerle un tema sin más solución que la de ellos. Pero Jesús les enseña algo en lo que nunca habían pensado: que cuando resucitemos seremos como ángeles y que las necesidades de esta vida mortal no aparecerán en esa Vida Futura. Para nosotros, Jesús de Nazaret nos hace una promesa de eternidad que, creyendo en ella, ha de cambiar nuestra existencia terrena. La vida de Jesucristo que se ha quedado en nosotros por su Santo Espíritu.
 S. Berdonces


HOMILIA
“Acuérdate de Jesucristo resucitado de entre los muertos…Por Él estoy sufriendo hasta llevar cadenas como un malhechor…Esta afirmación es cierta: Si hemos muerto con Él, también resucitaremos con Él” (2 Tim 2, 8-11).
Esto le encargaba San pablo a su discípulo Timoteo, cuando se despedía de él en su carta. Nuestra fe no es tan viva como la del Apóstol. Nosotros no estamos sufriendo hasta llevar cadenas por causa del Señor. A veces, ni siquiera toleramos lo más mínimo, porque nuestra fe cristiana anda dormida.
Por eso la Iglesia, nuestra Madre, nos recuerda la Palabra del Señor, que nos habla de la resurrección gloriosa. Si morimos con Él cada día, también resucitaremos con Él.

  Las lecturas del día
Es el Señor mismo quien nos sale hoy al encuentro con las lecturas para recordarnos el tema de la resurrección.
Aquellos siete hermanos macabeos – hoy hay delante en ese banco muchos niños- fueron llevados al martirio. Su madre, junto a ellos los animaba a morir dignamente. Decía uno de ellos: “
Tú, malvado, nos arrancarás la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna”.
Otro, entregando las manos para que se las cortaran, decía: “De Dios las recibí y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios”
Sobre todo, la lección evangélica. A propósito de aquella dificultad de los hombres casados con una sola mujer – eran también siete hermanos-, que propusieron a Jesús los saduceos incrédulos, aclaró el Señor: “En la resurrección de entre los muertos ni ellos tomarán mujer, ni ellas marido”.
Allí, hermanos, no habrá casamientos. Ya no serán necesarios. No habrá fotografías, ni flores, ni invitados, ni todas esas cosas que aquí se acostumbra. Aquella es otra situación, otra vida.

Dos vidas
Quienes no tienen la fe de Jesucristo pueden opinar de otra manera. Nosotros creemos la Palabra del Señor. Sabemos que hay dos vidas, dos estadios, dos situaciones para el hombre: La situación presente, la vida temporal, y la eterna.
Esta semana la sociedad honra a los jubilados, a los ancianos. Es una demostración de afecto hacia ellos. Sus cuerpos han perdido ya lozanía, se van marchitando. Ellos son para nosotros un testimonio. Es obra humanitaria mostrarles afecto, honrarlos como se debe.
Mas, si prescindimos de la fe, es posible que lleguemos a todo eso que ya está llegando en Europa y en América: Acelerar la muerte de tales hombres, con el pretexto de que ya no sirven y son carga para la sociedad.
La moral cristiana se apoya en la fe de la resurrección. Tiene en cuenta esta vida temporal en la que los hombres se casan, y luchan, y trabajan, y gozan, y sufren, y se divierten, y se desesperan, y mueren. Pero tiene también a la vista que hay otra vida, la vida inmortal a partir de la resurrección de Jesucristo.
Esta fe ha de mantenerse siempre viva en nuestro corazón hasta la muerte. Y entonces, si hemos sido fieles al evangelio, seremos también nosotros revestidos de la gloria del Señor. Y viviremos para siempre. Tendrá lugar aquello que se dice tanto ahora: Nos realizaremos plenamente, alcanzaremos todas nuestras aspiraciones. Será la vida eterna y feliz. Con ella no cuentan ni el tiempo, ni las limitaciones, ni las categorías de este mundo caduco.


Germen de inmortalidad
Esta vida inmortal ya, de alguna manera, es realidad en nosotros. El Señor lo ha puesto en nuestro corazón como un germen. “Ahora somos hijos de Dios, pero no se ha manifestado lo que seremos” “Porque habéis muerto y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces vosotros apareceréis gloriosos con Él” (1 Jn 3,2; Col 3,3-4).
El bautismo nos ha configurado con Jesucristo; ha puesto en nosotros la vida de Dios. Somos sus hijos, participamos de la vida eterna. Con Jesucristo “fuimos sepultados por el bautismo en su muerte, para vivir y resucitar con Él” (Rom 6,4).
Digamos hoy, con especial acento: “Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida”. Él es nuestro compañero de siempre. Nuestro huésped interior. Él es quien resuelve el problema de nuestras limitaciones y nuestras dificultades; cuando oramos, cuando trabajamos, cuando sufrimos, cuando hemos de enfrentarnos con los problemas de este mundo.

Educación cristiana.
Teníamos que educar a los hijos en esta doctrina. Yo preguntaría a los padres: ¿Cuántas veces has hablado a tus hijos del Espíritu Santo?
El padre de Orígenes – se cuenta- solía ponerse de rodillas junto a la cama de su hijo bautizado y con todo respeto lo besaba en el pecho, porque era templo del Espíritu de Jesucristo. Tendríamos que acercarnos a nuestros hijos con santo respeto, teniendo en cuenta quien es Aquel que vie en ellos.
Educar a los hijos desde pequeños en esta realidad; recordársela, hacérsela ver. ¿No habéis visto a los niños pequeños hablar, estando solos, con personajes invisibles? Ellos se entienden con sus “amigos” en un mundo que nosotros no podemos captar. ¡Cuán fácil sería que ellos hablaran con el Señor y con el Espíritu Santo!
Hablémosle de Jesucristo, del Espíritu del Señor, de la gracia que el Señor ha puesto en ellos. Así crecerían y, al llegar a la adolescencia, tendrían conciencia de que su cuerpo, sus ojos, sus manos, son santos, deben de ser limpios y moverse no a nuestro capricho, sino obedientes a los impulsos del Espíritu.

El ejemplo
Mas por ello habría que darles ejemplo. En la resurrección no habrá casamientos; aquí sí que los hay. Andan los hombres y las mujeres unidos en el matrimonio. También se descasan. Muchos no lo hacen porque no les conviene; pero vive como si no estuvieran casados.
La moral del matrimonio radica también en la presencia del Espíritu Santo en nosotros y en la resurrección. Estáis unidos en el Espíritu. Debéis convivir, trabajar, ayudaros, caminar jun tos en el Espíritu de Dios y de Jesucristo. Han de verlo vuestros hijos.
Si queremos que los niños y los adolescentes vivan cristianamente y no rechacen la fe, primero tendremos nosotros que ser consecuentes con ella, En lugar de secundar los caprichos de la carne, los consejos de nuestro egoísmo, habremos de obedecer los mandatos del Espíritu del Señor.
San Pablo aconsejaba a todos: “Pero quiero deciros, hermanos, que el tiempo se acorta; por lo tanto, el que tiene esposa debe vivir como si no la tuviera;  el que llora, como si no llorara; el que se alegra, como si no se alegrara; el que compra, como si no tuviera nada; y el que disfruta de este mundo, como si no lo disfrutara; porque el mundo que conocemos está por desaparecer” (1 Cor 7, 29-31).

El predicador, entre dos peligros
Recuerdo que el primer año entre vosotros, en cierta reunión que tuve en un pueblo con sacerdotes y seglares, una joven hizo alusión a mi predicación y me dijo: “Sus homilías son demasiado espirituales”.
Debemos oír a todos y estar atentos a las observaciones que nos hacen. Yo sé bien que el pietismo ha sido un peligro para la Iglesia y para la vida cristiana. Pero  hay otro peligro no menos notable en el temporal del pueblo, y la otra realidad que transciende el horizonte del mundo presente.
Sería lamentable que los pastores olvidásemos cualquiera de ellas. Pero en la actualidad, al menos, parece que va siendo mucho más necesario recordar la vertiente de lo eterno, por aquello de estar más olvidada.  Nuestra obligación es, ante todo, proclamar el Evangelio de Jesucristo y sus misterios. Mantener en alto la fe de la resurrección y de la vida eterna.
Por lo demás, - el Apóstol lo ha dicho esta mañana- “rezad por nosotros, para que la Palabra de Dios siga el avance glorioso que comenzó entre vosotros”. Ya sé bien que hay ciertos derrotismos. Pero hay muchos curas buenos en Jaén, celosos, entregados a su misión. Y advierto como en vosotros y en muchos avanza la Palabra de Dios. Cada adía me siento más obligado a dar gracias por ello. No tengáis miedo, vivid en el Espíritu y sed fieles a la palabra. “Si hemos muerto con Cristo, también resucitaremos con Él”.
Miguel Peinado.
ORACIÓN PARA ESTE DOMINGO.
QUE NO ME IMPORTE, SEÑOR
La  burla de los que no se molestan en buscarte
La  sonrisa de los que, sintiéndose poderosos,
Serán  nada y polilla después de su grandeza      
QUE  NO ME IMPORTE, SEÑOR
Las  falsas promesas que el mundo me ofrece
Frente  a las tuyas que han de ser eternas
Los  cortos caminos, que me llevan al abismo,
Frente  a los tuyos –estrechos y difíciles-
Pero  con final feliz y glorioso.

QUE  NO ME IMPORTE, SEÑOR.  ( Javier Leoz. En www.betania.es)

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