viernes, 31 de marzo de 2017

DOMINGO V DE CUAREMA
DIA 2 ABRIL.
¡La vida anuncia ya su victoria definitiva sobre la muerte, para librar a los hombres de su tiranía ”


PRIMERA LECTURA
Lectura del Profeta Ezequiel 37, 12-14.
Os infundiré mi espíritu y viviréis

SALMO RESPONSORIAL
Salmo 129

Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.

SEGUNDA LECTURA
Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 8, 8-11.
El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros


EVANGELIO
Lectura del santo Evangelio según San Juan 11, 1-45.
Yo soy la resurrección y la vida





Comentario- Introducción
La liturgia de hoy en general y la homilía en particular son una fuerte afirmación de nuestra fe en la resurrección, no sólo la de Jesús, sino también la nuestra propia. Jesús resucitó a Lázaro de entre los muertos; Jesús mismo resucitó de la muerte a la vida. Nuestra vida de resucitados comenzó en nuestro bautismo, y esta vida eterna tiene que crecer y seguir resucitando hasta después de nuestra muerte. Dios nos resucita. Jesús nos pregunta hoy: ¿Crees esto? Y nosotros respondemos con Marta: “Sí, Señor, yo creo”. Que esta eucaristía en la que vamos a participar sea el alimento de esa vida en nosotros.
De nuevo el pastor bueno de Jaén, deja atrás todo moralismo. para meterse de lleno en el apasionante misterio de la vida cristiana.
S. Berdonces


HOMILÍA
Nos acercamos, hermanos, a la celebración del Misterio Pascual de la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Es el mismo Señor quien nos viene pre-parando, durante toda la Cuaresma, para esa celebración anual, en la culmina la vida de la Iglesia. Esta debe de ser para nosotros la gran ocasión, para una profunda renovación de nuestra vida espiritual.
En los domingos anteriores, la lectura evangélica nos ha puesto ante los ojos el misterio de la vida cristiana, bajo imágenes, por las que Jesús, en su magisterio, manifestó predilección: el agua y la luz. “El que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed” (Jn 4, 14). “Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean y los que ven se queden ciegos” (Jn 9,39).
Hoy Jesús nos habla abiertamente de la vida: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre” (Jn 11, 25-26).




Testigos de la fidelidad de Dios
Del tema de la vida hablaba así mismo Ezequiel a sus compatriotas, cautivos con él en Babilonia, en los días más trágicos de toda la Historia de Israel.
Estaban ya bien lejanos los tiempos de Abrahán y de Moisés. Habían transcurrido, incluso, cuatrocientos años desde los días gloriosos del rey David. Como fruto de tantas y tan repetidas infidelidades del pueblo de Dios, le había llegado la hora del castigo: Jerusalén fue tomada al asalto, invadida y destruida por los ejércitos de Nabucodonosor; lo mejor de sus habitantes, deportados como esclavos, lejos de su patria.
Cuando todo era destrucción, ruínas, desolación y muerte; cuando todas las esperanzas se habían perdido, Dios envía su mensajero a los cautivos. Los profetas son siempre testigos de la fidelidad de Dios para con su pueblo: “Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío ; y os traeré a la tierra de Israel…Os infundiré mi espíritu y vivireis ; os colocaré en vuestra tierra, y sabreis que yo, el Señor, lo digo y lo hago (Ez 37,12-14).
Tanto este anuncio profético como su cumplimiento, cincuenta años más tarde, en la liberación de los cautivos y su vuelta a la patria, ern virtud del famoso edicto de Ciro, venían a ser, en definitiva, preparación y figura de la salvación de Dios para todos los pecadores del mundo. El Señor lo había dicho una y otra vez, por boca del profeta: “Por mi vida –oráculo del Señor- juro que no quiero la muerte del pecador, sino que cambie de conducta y viva” (Ez 33,11; 18,23)

En lucha constante
El misterio de la muerte y de la vida. Desde los comienzos del mundo, se mantiene la lucha entre la vida y la muerte. “Mors et vita duello conflixere mirando…” canta el texto latino de la espléndida Secuencia del día de Pascua: “Lucharon la muerte y la vida en admirable combate. Muerto el que es la Vida, triunfante se levanta”. Así canta la liturgia cristiana la victoria de la resurrección de Jesucristo. Mas, al principio no fue así: En Adán venció la muerte. Y en todos nosotros, sus hijos, esclavos del pecado.Ahora, contemplamos hoy a Jesucristo en su escenario litúrgico. También él vivía amenazado de muerte en sus enemigos. Al paso de la lectura evangélica lo vemos volver de su retiro, en la región desértica del Jordán, donde Juan había bautizado. Viene diciendo, pese a las advertencias de sus discípulos, consciente del peligro que corre su vida. Ha recibido un recado de Marta y María, las hermanas de Lázaro. “Señor, tu amigo está enfermo”.
Jesús, siempre tan humano, tan sensible a cualquier necesidad o desgracia. Amigo como nadie de sus amigos: “Amaba Jesús –anota el Evangelista- a Marta, a María su hermana y a Lázaro”. También ellos le querían, y Jesús gustaba hospedarse en su casa, en Betania, aldea cercana a la capital.

El último signo
No ha entrado Jesús aún en la aldea, cuando se produce el encuentro. Primero con Marta; luego con María y la multitud de amigos y curios . En el relato de Juan, hecho con admirable finura, se van sucediendo las palabras; la gran revelación por parte de Jesús : “Yo soy la resurrección y la vida…” Las de la fe en boca de Marta: “Sí, yo creo que tu eres el Mesías, el Hijo de Dios, que tenía que venir al mundo”.
Las palabras y el llanto de María, el de sus allegados, el de Jesús: “Jesús viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, sollozó. Y, muy conmovido, preguntó: ¿Dónde lo habéis enterrado? Le contestaron : Señor, ven a verlo. Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban : ¡Cómo lo quería!”
El llanto y los comentarios. También los anota el Evangelista: “Pero algunos dijeron: Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podría haber impedido que muriera éste?”
La acción culmina ante el sepulcro. Jesús se detiene unos momentos orando a su Padre. Luego llama al muerto con voz potente : “Lázaro, ven afuera”. Y, cuando, ante la admiración de todos los presentes, Lázaro sale del sepulcro, “los pies y las manos atadas, y la cara envuelta en el sudario”, Jesús les dice: “Desatadlo y dejadlo andar”. ¡La vida anuncia ya su victoria definitiva sobre la muerte, para librar a los hombres de su tiranía!

Relectura
Os invito, queridos hermanos, a releer vosotros mismos esta página admirable. El discípulo amado completa con ella el relato de “los signos” que hizo Jesús. Aquí la fe, y el amor y la esperanza tienen apoyo y sustento, materia grata a la contemplación, solo para avivar su llama . Si de verdad queréis al Señor y veros libres de agobio, de toda tristeza, de toda amargura – y no nos faltan motivos para ellas-, poned vuestros ojos en Jesús, ahora que él acude a su cita con la muerte, para vencerla y arrebatarle su imperio sobre el mundo.
¡Ah! Y tened siempre en cuenta las palabras del Apóstol: “El que no tiene el espíritu de Cristo, ése no es de Cristo. Si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justicia. Y, si el Espíritu de áquel que resucitó a Jesús entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó a Cristo de entre los muertos vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros” (Rom 8, 9-11).
No temamos a nada, ni a nadie; porque “del Señor viene La misericordia, la redención copiosa” (Sal 129,7).
Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén


ORACIÓN DEL DÍA
Oh Dios de vida:
Tú quieres que vivamos y seamos felices.
Tu Hijo Jesús nos asegura:
Yo soy la resurrección y la vida”.
No permitas que tu vida muera en nosotros.
Haz que salgamos de nuestras tumbas de pecado,
de nuestra mediocridad y de nuestros temores.
Que la vida triunfe en nosotros,
aun en nuestras pruebas e incertidumbres,
y haz que nuestra esperanza sea contagiosa para otros.
Gracias, porque tú nos has destinado para la vida sin fin
por medio del primer nacido de entre los muertos,
Jesucristo nuestro Señor.
Amén





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