DOMINGO III DE CUAREMA
DIA 19 DE MARZO.
“El amor en caridad, que consiste en
darse por entero, sin esperar correspondencia alguna”
PRIMERA LECTURA
Éxodo 17,3-7
¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?
SALMO RESPONSORIAL
Salmo 94
Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor:
«No
endurezcáis vuestro corazón.»
SEGUNDA
LECTURA
Romanos 5,1-2.5-8:
La esperanza no defrauda.
EVANGELIO
Juan 4, 5-42
Jesús le dice a la samaritana: Dame de beber.
Comentario- Introducción
La homilía de este domingo se fija en
una escena central. La escena de la samaritana y Jesús es cautivadora. Cansado del camino, Jesús se
sienta junto al manantial de Jacob. Pronto llega una mujer a sacar agua.
Pertenece a un pueblo semipagano, despreciado por los judíos. Con toda
espontaneidad, Jesús inicia el diálogo con ella. No sabe mirar a nadie con
desprecio, sino con ternura grande. «Mujer,
dame de beber».
Con singular maestría la homilía nos pone por
delante la realidad, nuestra realidad. No solo la espiritual, sino también la
material. Son muchas las personas que, a lo largo de estos años, se han ido
alejando de Dios sin apenas advertir lo que realmente estaba ocurriendo en su
interior. Hoy Dios les resulta un «ser extraño». Todo lo que está relacionado
con él les parece vacío y sin sentido: un mundo infantil cada vez más lejano.
La homilía de este domingo parece
escrita hoy, para que la leamos y meditemos y actuemos en consecuencia.
S. Berdonces
HOMILIA
Anoche me regalaron un
ramo de flores. Lo enviaban un grupo numerosos de mujeres buenas. En la carta
que acompañaban, escribieron: “Cada clavel significa una oración por sus
preocupaciones e intenciones”
Finas ellas, las mujeres,
acaso adivinaban mi preocupación. Dedicadas como aquellas que siguieron de
cerca a Jesús (Lc 8,2-3), también “decirlo con flores”.
Su mensaje llegó
precisamente cuando yo andaba meditando que diría hoy en la homilía. Le daba
vueltas en mi cabeza a aquella salida de San Agustín, al comentar este mismo
pasaje evangélico de hoy: “Iam incipiunt mysteria”, decía el santo. “Ya
empiezan los misterios. No se fatiga sin razón Jesús (Tract. In Io. XV,6) La flores me dieron luz. Me decidí.
Estad atentos cuantos no seáis insensibles al amor.
La sed de Jesucristo
Dijo Jesús a la mujer
samaritana: “Dame de beber”. Porque Jesús tenía sed en aquella ocasión. No, no
adelantamos acontecimientos; no seamos demasiado espirituales. Ya sé que hay
otra sed más importante, Y que Jesús la tiene. Mas, ésta de ahora no es una sed
espiritual, sino material y fisiológica. Había caminado durante largo rato. Era
alrededor del mediodía y debían ser los comienzos del verano. Llegó al pozo de
Jacob polvoriento y sudoroso. Tenía sed. Es claro que está sediento.
También en otra ocasión
manifestó Jesús que tenía sed. Era una sed ardiente, producida por el sufrimiento
y por la fiebre. Nos lo cuenta San Juan en el Evangelio, al narrar la muerte de
Jesucristo. Estaba el Señor agonizante en la cruz. Próximo a expirar, dijo: “Tengo
sed”. Le dieron a beber vinagre en una esponja. “Luego dijo: Todo se ha
cumplido”. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu” (Jn 19, 28-30).
Me dirás: En todo esto no
hay misterio alguno; todo es bien natural y corriente. Si venía cansado del camino,
sudoroso y en medio de un día de calor, debía sentir sed. Y aquella sed ardiente de la cruz es perfectamente explicable, como en el caso
de cualquier otro moribundo en tales circunstancias. Todo esto es bien natural.
¿Dónde están los misterios?...Espera un poco.
En qué consiste el amor
San Juan ha escrito en su
carta: En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino
en que él nos amó primero, y nos envió a su Hijo, como propiciación por
nuestros pecados” (1Jn 4,10). Y San Pablo nos acaba de decir en su lectura: “La
prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores,
murió por nuestros pecados (Rom 5,8).
Ahora lo puedes entender…
¿Por qué tenía que padecer sed? ¿Por qué Jesús había de cansarse? ¿Qué
necesidad tenía de meterse por los caminos del mundo? ¿Qué provecho se le
seguía de vivir entre nosotros, experimentar nuestras fatigas, pasar hambre y
sed, y cansancio? ¿Qué busca el Señor con todo eso…? ¿Lo entiendes ya? ¿Ves
porque te decía yo todo esto es un misterio de amor?…
“Dios nos amó primero”.
Jesús se somete a la fatiga y al dolor. Se cansa, se fatiga sin necesidad
alguna. Sólo por hacernos bien; por librarnos de nuestros pecados de nuestras
fatigas y miserias. Quiere redimir al hombre con sus dolores, con sus fatigas,
con su sed. Este es el misterio.
Duro contraste
Ahora, ya es necesario recordar que,
a más de esa sed material, hay otra sed mucho más ardiente en Jesús. Atendamos
las lecturas.
El pueblo de Israel, en el desierto,
rebelde contra Moisés y cansado, protestaba porque tenía sed. Llegó hasta tentar
a Dios: “Vamos a ver ahora si Dios está con nosotros o no” (Ex 17,7). El Señor
condescendió. A pesar de todo, respondió a la de manda de su pueblo. Hizo
brotar de la roca un torrente de agua, para que todos bebieran. El pueblo pide.
Y Dios responde.
En el caso de la mujer samaritana es
todo lo contrario. Jesús le dice: “Dame de beber, y la mujer se niega: se niega
en virtud de razones religiosas incluso: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de
beber a mí, que soy mujer samaritana?”.
He aquí el contraste: El pueblo pide;
pides tú, pido yo. Y Dios nos da. Pide Jesús. Te niegas tú. Y me niego yo. Otra
vez nos encontramos con el misterio, Es aquí donde hay que situar la razón
profunda por la que Jesús se cansa, tiene sed y se fatiga entre nosotros.
Precisamente cuando éramos pecadores, cuando nada esperaba de nosotros, ni
había en nosotros cosa amable, es cuando se entrega con el deseo ardiente de hacernos
bien. Este es precisamente el amor. Es ésta y no otra la sed misteriosa de
Jesucristo.
Hambrientos y hastiados
Pienso, hermanos, que el pueblo del
desierto se parece bastante a las gentes de tiempos pasados. Representan a los
hombres de otras épocas, que eran religiosas. Se acordaban de Dios y expresaban
frecuentemente su fe. Aunque por otra parte, pecaban fuertemente. Hasta blasfemaban
y tentaban a Dios en sus mismas oraciones.
Nuestra situación va siendo otra. Nos
lo recuerda mejor la mujer de Samaría, en su encuentro con Jesús. Andaba un
tanto olvidada de Dios¸ pero seguía hambrienta de amor y de placer. “Anda,
llama a tu marido y vuelve aquí con él”, le dijo Jesús. “Ella respondió: No
tengo marido. Y Jesús: Has dicho bien que no tienes marido. Porque has tenido
cinco, y el que ahora tienes no es tu marido”. ¡Pobre mujer! Hambrienta de
amor, hastiada de placer. Desengañada en su propia experiencia de lo que el
mundo da de sí. La presentimos en sus idas y venidas hasta el pozo, maquinalmente
llevada por la necesidad de cada día; pero hastiada y sin ilusión.
Apelo a los jóvenes y a su propia
experiencia. No a los que son incrédulos y han llegado a un egoísmo descarado.
Sino aquellos que, a pesar de todo, siguen creyendo en el amor. Hambrientos y
hastiados a un mismo tiempo. Buscas algo que te llene; pides con ilusión que te
correspondan. Lo exiges. Pero el mundo está demasiado materializado. Y te
quejas. Todo es injusto, todo es egoísmo. Así se llega a la actitud de protesta
y de cansancio ante un mundo, cuyo mal más generalizado es el aburrimiento y el
hastío.
Decía Jesús a la mujer: “Si
conocieras el don de Dios…” Lo peor de
todo es la ignorancia. El no conocer el camino verdadero, la única salida del
problema.
Solo el amor de Dios salva
El camino es otro. El camino único es
el amor de Dios. Aquel amor con que él mismo
nos ama y pone, con su Espíritu, en nuestro corazón. El amor de caridad,
que no puede confundirse con ningún otro. Que no consiste en dar para recibir;
que no exige para ser correspondido…Sino en dar y darse por entero, sin esperar
correspondencia alguna.
Por eso, porque el amor humano es
incapaz de alcanzar esta actitud, no hay otro camino sino el de recurrir al
Señor. Él nos dice hoy: “Si conocieras el don de Dios y quien es el que te
dice: Dame de beber, tú le pedirías a él y él te daría agua viva”. En el
bautismo, Dios puso su Espíritu en nosotros. Derramó en nuestros corazones el
agua viva de su amor. Pero nos pide continuamente que le atendamos y abramos nuestro corazón,
para que su Espíritu derrame en nosotros nuevas efusiones de su gracia.
En el desierto, junto al agua de la
roca, el pueblo recibió el alimento diario que bajaba del cielo: el “maná”.
Ahora nos alimenta con su cuerpo y con su sangre. Abramos hermanos, nuestro
corazón. Si se lo pedimos, él nos dará esa agua viva. Y se hará en nosotros “una
fuente de agua viva, que salta hasta la vida eterna”.
† Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén
ORACIÓN
DEL DÍA
BENDITO SEAS
SAN JOSE
¡Bendito seas
San José,
que fuiste
testigo de la Gloria de Dios en la tierra.
Bendito sea
el Padre Eterno que te escogió.
Bendito sea
el Hijo que te amó
y el Espíritu
Santo que te santificó.
Bendita sea
María que te amó!
Amén.

No hay comentarios:
Publicar un comentario