domingo, 19 de marzo de 2017

DOMINGO III DE CUAREMA
DIA 19 DE MARZO.
“El amor en caridad, que consiste en darse por entero, sin esperar correspondencia alguna”


PRIMERA LECTURA
Éxodo 17,3-7
¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?

  SALMO RESPONSORIAL
Salmo 94

 Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor:
«No endurezcáis vuestro corazón.»


 SEGUNDA LECTURA
 Romanos 5,1-2.5-8:
La esperanza no defrauda.

 EVANGELIO
Juan 4, 5-42
   Jesús le dice a la samaritana: Dame de beber.


                                               Comentario- Introducción
La homilía de este domingo se fija en una escena central. La escena de la samaritana y Jesús  es cautivadora. Cansado del camino, Jesús se sienta junto al manantial de Jacob. Pronto llega una mujer a sacar agua. Pertenece a un pueblo semipagano, despreciado por los judíos. Con toda espontaneidad, Jesús inicia el diálogo con ella. No sabe mirar a nadie con desprecio, sino con ternura grande. «Mujer, dame de beber».
 Con singular maestría la homilía nos pone por delante la realidad, nuestra realidad. No solo la espiritual, sino también la material. Son muchas las personas que, a lo largo de estos años, se han ido alejando de Dios sin apenas advertir lo que realmente estaba ocurriendo en su interior. Hoy Dios les resulta un «ser extraño». Todo lo que está relacionado con él les parece vacío y sin sentido: un mundo infantil cada vez más lejano.
La homilía de este domingo parece escrita hoy, para que la leamos y meditemos y actuemos en consecuencia.
S. Berdonces


HOMILIA
Anoche me regalaron un ramo de flores. Lo enviaban un grupo numerosos de mujeres buenas. En la carta que acompañaban, escribieron: “Cada clavel significa una oración por sus preocupaciones e intenciones”
Finas ellas, las mujeres, acaso adivinaban mi preocupación. Dedicadas como aquellas que siguieron de cerca a Jesús (Lc 8,2-3), también “decirlo con flores”.
Su mensaje llegó precisamente cuando yo andaba meditando que diría hoy en la homilía. Le daba vueltas en mi cabeza a aquella salida de San Agustín, al comentar este mismo pasaje evangélico de hoy: “Iam incipiunt mysteria”, decía el santo. “Ya empiezan los misterios. No se fatiga sin razón Jesús (Tract. In  Io. XV,6) La flores me dieron luz. Me decidí. Estad atentos cuantos no seáis insensibles al amor.




La sed de Jesucristo
Dijo Jesús a la mujer samaritana: “Dame de beber”. Porque Jesús tenía sed en aquella ocasión. No, no adelantamos acontecimientos; no seamos demasiado espirituales. Ya sé que hay otra sed más importante, Y que Jesús la tiene. Mas, ésta de ahora no es una sed espiritual, sino material y fisiológica. Había caminado durante largo rato. Era alrededor del mediodía y debían ser los comienzos del verano. Llegó al pozo de Jacob polvoriento y sudoroso. Tenía sed. Es claro que está sediento.
También en otra ocasión manifestó Jesús que tenía sed. Era una sed ardiente, producida por el sufrimiento y por la fiebre. Nos lo cuenta San Juan en el Evangelio, al narrar la muerte de Jesucristo. Estaba el Señor agonizante en la cruz. Próximo a expirar, dijo: “Tengo sed”. Le dieron a beber vinagre en una esponja. “Luego dijo: Todo se ha cumplido”. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu” (Jn 19, 28-30).
Me dirás: En todo esto no hay misterio alguno; todo es bien natural y corriente. Si venía cansado del camino, sudoroso y en medio de un día de calor, debía sentir sed.  Y aquella sed ardiente de la cruz  es perfectamente explicable, como en el caso de cualquier otro moribundo en tales circunstancias. Todo esto es bien natural. ¿Dónde están los misterios?...Espera un poco.

En qué consiste el amor
San Juan ha escrito en su carta: En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero, y nos envió a su Hijo, como propiciación por nuestros pecados” (1Jn 4,10). Y San Pablo nos acaba de decir en su lectura: “La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nuestros pecados (Rom 5,8).
Ahora lo puedes entender… ¿Por qué tenía que padecer sed? ¿Por qué Jesús había de cansarse? ¿Qué necesidad tenía de meterse por los caminos del mundo? ¿Qué provecho se le seguía de vivir entre nosotros, experimentar nuestras fatigas, pasar hambre y sed, y cansancio? ¿Qué busca el Señor con todo eso…? ¿Lo entiendes ya? ¿Ves porque te decía yo todo esto es un misterio de amor?…
“Dios nos amó primero”. Jesús se somete a la fatiga y al dolor. Se cansa, se fatiga sin necesidad alguna. Sólo por hacernos bien; por librarnos de nuestros pecados de nuestras fatigas y miserias. Quiere redimir al hombre con sus dolores, con sus fatigas, con su sed. Este es el misterio.

Duro contraste
Ahora, ya es necesario recordar que, a más de esa sed material, hay otra sed mucho más ardiente en Jesús. Atendamos las lecturas.
El pueblo de Israel, en el desierto, rebelde contra Moisés y cansado, protestaba porque tenía sed. Llegó hasta tentar a Dios: “Vamos a ver ahora si Dios está con nosotros o no” (Ex 17,7). El Señor condescendió. A pesar de todo, respondió a la de manda de su pueblo. Hizo brotar de la roca un torrente de agua, para que todos bebieran. El pueblo pide. Y Dios responde.
En el caso de la mujer samaritana es todo lo contrario. Jesús le dice: “Dame de beber, y la mujer se niega: se niega en virtud de razones religiosas incluso: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy mujer samaritana?”.
He aquí el contraste: El pueblo pide; pides tú, pido yo. Y Dios nos da. Pide Jesús. Te niegas tú. Y me niego yo. Otra vez nos encontramos con el misterio, Es aquí donde hay que situar la razón profunda por la que Jesús se cansa, tiene sed y se fatiga entre nosotros. Precisamente cuando éramos pecadores, cuando nada esperaba de nosotros, ni había en nosotros cosa amable, es cuando se entrega con el deseo ardiente de hacernos bien. Este es precisamente el amor. Es ésta y no otra la sed misteriosa de Jesucristo.

Hambrientos y hastiados
Pienso, hermanos, que el pueblo del desierto se parece bastante a las gentes de tiempos pasados. Representan a los hombres de otras épocas, que eran religiosas. Se acordaban de Dios y expresaban frecuentemente su fe. Aunque por otra parte, pecaban fuertemente. Hasta blasfemaban y tentaban a Dios en sus mismas oraciones.
Nuestra situación va siendo otra. Nos lo recuerda mejor la mujer de Samaría, en su encuentro con Jesús. Andaba un tanto olvidada de Dios¸ pero seguía hambrienta de amor y de placer. “Anda, llama a tu marido y vuelve aquí con él”, le dijo Jesús. “Ella respondió: No tengo marido. Y Jesús: Has dicho bien que no tienes marido. Porque has tenido cinco, y el que ahora tienes no es tu marido”. ¡Pobre mujer! Hambrienta de amor, hastiada de placer. Desengañada en su propia experiencia de lo que el mundo da de sí. La presentimos en sus idas y venidas hasta el pozo, maquinalmente llevada por la necesidad de cada día; pero hastiada y sin ilusión.
Apelo a los jóvenes y a su propia experiencia. No a los que son incrédulos y han llegado a un egoísmo descarado. Sino aquellos que, a pesar de todo, siguen creyendo en el amor. Hambrientos y hastiados a un mismo tiempo. Buscas algo que te llene; pides con ilusión que te correspondan. Lo exiges. Pero el mundo está demasiado materializado. Y te quejas. Todo es injusto, todo es egoísmo. Así se llega a la actitud de protesta y de cansancio ante un mundo, cuyo mal más generalizado es el aburrimiento y el hastío.
Decía Jesús a la mujer: “Si conocieras el don de Dios…”  Lo peor de todo es la ignorancia. El no conocer el camino verdadero, la única salida del problema.

Solo el amor de Dios salva
El camino es otro. El camino único es el amor de Dios. Aquel amor con que él mismo  nos ama y pone, con su Espíritu, en nuestro corazón. El amor de caridad, que no puede confundirse con ningún otro. Que no consiste en dar para recibir; que no exige para ser correspondido…Sino en dar y darse por entero, sin esperar correspondencia alguna.
Por eso, porque el amor humano es incapaz de alcanzar esta actitud, no hay otro camino sino el de recurrir al Señor. Él nos dice hoy: “Si conocieras el don de Dios y quien es el que te dice: Dame de beber, tú le pedirías a él y él te daría agua viva”. En el bautismo, Dios puso su Espíritu en nosotros. Derramó en nuestros corazones el agua viva de su amor. Pero nos pide continuamente  que le atendamos y abramos nuestro corazón, para que su Espíritu derrame en nosotros nuevas efusiones de su gracia.
En el desierto, junto al agua de la roca, el pueblo recibió el alimento diario que bajaba del cielo: el “maná”. Ahora nos alimenta con su cuerpo y con su sangre. Abramos hermanos, nuestro corazón. Si se lo pedimos, él nos dará esa agua viva. Y se hará en nosotros “una fuente de agua viva, que salta hasta la vida eterna”.

Miguel Peinado.
        Que fue Obispo de Jaén        


ORACIÓN DEL DÍA

BENDITO SEAS SAN JOSE

¡Bendito seas San José,
que fuiste testigo de la Gloria de Dios en la tierra.
Bendito sea el Padre Eterno que te escogió.
Bendito sea el Hijo que te amó
y el Espíritu Santo que te santificó.
Bendita sea María que te amó!

Amén.




No hay comentarios:

Publicar un comentario