DOMINGO IV DE CUAREMA
DIA 26 DE MARZO.
“Este ciego de nacimiento es figura
de todo el género humano” (S. Agustín)
PRIMERA LECTURA
Samuel
16,6-7.10-13
Vete, por
encargo mío, a Jesé, el de Belén, porque entre sus hijos me he elegido un rey.
SALMO RESPONSORIAL
Salmo
El
Señor es mi pastor, nada me falta.
SEGUNDA
LECTURA
Efesios
5,8-14
Caminad como hijos de la luz
–toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz–.
EVANGELIO
Juan 9,1.6-9.13-17.34-38
Él
dijo: «Creo, Señor.» Y se postró ante él.
Comentario- Introducción
Celebramos el
Cuarto Domingo de Cuaresma, denominado de “laetare” de la alegría, porque se
quiere como anticipar el gozo de la Pascua, en medio de la cuaresma, ahora en
el camino de la Pascua a la que nos
encaminamos. Hoy incluso la liturgia cambia de color y en la celebración se
puede utilizar el color rosa, como anticipo al blanco de la Pascua. Hoy el
Señor se presenta como Luz del mundo que ha venido a iluminar las tinieblas de
nuestro corazón. Escucharemos el relato de la curación del ciego, en el que
podremos contemplar cómo Cristo va progresivamente, al tiempo que da la vista
al ciego, curando la ceguera interior de éste. En la medida en que uno se abre
con humildad a la Luz, ella es capaz de realizar el gran milagro de la fe que
nos hace postrarnos ante Dios y reconocerle como Dueño y Señor de nuestra vida.
S. Berdonces
HOMILIA
La primera de las
lecturas, que hoy se han hecho, me recuerda mis reacciones de niño, cuando en
la casa y en la escuela oía leer o comentar este pasaje. Pocas figuras
despertaban en mi tanta simpatía, tal entusiasmo, como David, el pastor de
ovejas, a quien el profeta Samuel, pro
mandato del Señor, ungió como rey de Israel, en presencia de su padre y sus
hermanos, todos mayores que él.
Ahora, al cabo de los
años, me ocurre algo parecido cada vez que contemplo junto a Jesús a este ciego
de nacimiento, a quien el Señor dio la luz de sus ojos. Para mí, ésta es una de
las páginas más atrayentes de todo el Evangelio. Comentándola en su tiempo a los cristianos, en presencia de los
catecúmenos que se preparaban para recibir el bautismo, en la gran Vigilia
Pascual. San Agustín empezaba diciendo: “Larga ha sido la lectura del ciego de
nacimiento, al cual el Señor devolvió la vista; y, si tratásemos de explicarla
toda, considerando todos los detalles según nuestro alcance, no nos bastaría el
día”.
A nosotros – como a él- nos interesa sobre
todo la consideración del misterio del ciego. “Este ciego de nacimiento es
figura de todo el género humano”, afirmaba San Agustín en su Homilía.
El hombre redimido
Es posible – pienso yo
–que toda esta simpatía que despierta la figura del ciego, tal como
aparece en el relato de Juan, tenga su
secreto en esta genial afirmación del “Doctor de la gracia”. Aun sin pensarlo
expresamente, cada uno de nosotros, incorporados a Jesucristo por la fe y el
bautismo, nos vemos representados en él, Porque ciegos éramos todos; en pecado
hemos nacido. La pregunta de sus discípulos al Maestro, a vista del ciego,
suponía ignorancia. Con todo, no estaba tan desorientada: ¿Quién pecó, éste o
sus padres, para que naciera ciego?”.
“Ni éste pecó ni sus
padres, sino que se manifestarán en él las obras de Dios” les dijo Jesús. Obras
admirables eran, en efecto, los milagros, todas aquellas curaciones de las que
hablan los Evangelios.
Humanismo sin fe
Necesitamos mantener viva
en nosotros, proclamar cada día con mayor empeño ante los hombres, educar en
ella a nuestros hijos, esta visión cristiana del hombre y del mundo, frente a
la ideología que quiere dominar el mundo. Inmersos cómo andamos en ambientes
fuertemente influidos por los humanismos sin fe, nuestro más grave peligro está
en perder de vista este horizonte sobrenatural de la gracia, que nos ha sido
revelado en el Evangelio de nuestra salvación. Hay que hacer todos los días un
gran esfuerzo de interiorización, y pararnos a contemplar en nosotros mismos
esa realidad de lo humano, con todas sus luces y sombras.
Hay un concepto
radicalmente inhumano del hombre. Es fruto de sistemas filosóficos, para los
que el fenómeno humano no es sino un grado más perfecto en las variadas u
ascendentes combinaciones de la pura materia. Determinados científicos, amantes
de la sociología, no encuentran diferencia esencial entre la realidad del
hombre y la del resto de los seres que integran la universalidad del cosmos. En
tales sistemas, la vida del hombre, de suyo, carece de sentido; ni tiene otra función
que la de crecer, alimentarse, gozar, reproducirse y morir.
Junto con esta visión
puramente material de la vida humana, figura los diversos humanismos modernos,
que no acaban de ponerse de acuerdo sobre algo tan importante como el sentido
de la vida. Sólo convienen en una cosa: negar la transcendencia o, al menos,
prescindir de todo aquello que transciende el mundo sensible, a la hora de
organizar la actividad humana. De tal manera quieren situar al hombre en el
centro, que marginan por sistema a Dios.
Para el humanismo
cristiano, también el hombre está en el centro de la creación. Pero empieza por
reconocer que el hombre es obra del Creador La más perfecta, la más hermosa del
orden visible. Todo está ordenado al hombre, con tal de que el hombre centre su
corazón en Dios. Y, porque el hombre no fue fiel a su vocación, Dios envió a su
Hijo al mundo, para “recapitular en Cristo todas las cosas, las del cielo y las
de la tierra” (Ef 1,10). Dios se hizo hombre, para salvar al hombre. El Papa
Juan Pablo II en su carta Encíclica Redemptor hominis dice: “El Redentor del
hombre, Jesucristo, es el centro del cosmos y de la historia”.
Meditación cuaresmal
La
cuaresma nos ayuda con su liturgia a profundizar en el misterio redentor. Nos
invita a contemplar a Jesús, en diálogo con determinadas personas, con quienes
se encontró en los años de su ministerio público: Simón Pedro y sus amigos,
Nicodemo, la Samaritana, el ciego de nacimiento, Lázaro y sus hermanas…
Por mi parte, os invito a releer
despacio y meditar, durante esta semana, el pasaje que estamos comentando.
Fijaos en esos grupos humanos que rodean al ciego, que le acosan con preguntas,
a propósito de su curación admirable, También ellos nos ayudan a ver nuestra
propia realidad.
Primero, los vecinos curiosos.
Comentan entre ellos, discuten, preguntan; andan sorprendidos, desorientados.
Unos dice: “Sí, es el mismo”. Otros: “No es él, pero se le parece”. Juan
Evangelista es único para presentarnos esos cuadros. La ignorancia humana
siempre será grande; sobre todo a la hora de conocer a los hombres y sus
reacciones. Pero lo más lamentable es la desorientación de muchos, incluso
entre aquellos que se precian de conocer a los hombres.
Luego los padres del ciego, acosados
por las preguntas de los fariseos. El miedo a caer en su desgracia y
encontrarse con problemas, les lleva a refugiarse en la evasiva. Contestan: “Sabemos
que éste es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos,
no quién le ha abierto los ojos. Preguntádselo a él; ya es mayor y puede
explicarse”.
Finalmente los enemigos de Jesús. Una
y otra vez vuelven a la carga, intentando negar la evidencia. En su soberbia egoísta,
acaban maldiciendo al ciego y condenan a Jesús. Pero Jesús los condenó a ellos:
“Para un juicio he venido yo al mundo: para que los que no ven, vean, y los que
ven, queden ciegos”.
Hermanos: la ignorancia, la
desorientación, el miedo, la soberbia, el odio manifiesto…Todo eso, en
contraste con la fe del ciego y la serenidad de Jesús. Escuchemos de nuevo al
Apóstol: “En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad
como hijos de la luz”.
† Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén
ORACIÓN
DEL DÍA
Oh Dios, que, por tu Verbo, realizas de modo
admirable la reconciliación del género humano, haz que el pueblo cristiano se
apresure, con fe gozosa y entrega diligente, a celebrar las próximas fiestas
pascuales.
Por nuestro
Señor Jesucristo
Amén.

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