domingo, 7 de mayo de 2017

DOMINGO IV DE PASCUA
DOMINGO DEL BUEN PASTOR
DIA 7 DE MAYO.
“Él vela por nosotros, y nos conduce a buenos pastos. Él nos llevará hasta el aprisco del cielo”


PRIMERA LECTURA
Hechos de los Apóstoles 2, 14a. 36-41
Los que aceptaron sus palabras se bautizaron.
 
  SALMO RESPONSORIAL
Salmo 22

 El Señor es mi Pastor, nada me falta

 SEGUNDA LECTURA
 1 Pe Pedro 2,20-25
 Pero ahora os habéis convertido al pastor y guardián de vuestras almas.

 EVANGELIO
Juan 10, 1-10
  Él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera.


                                               Comentario- Introducción
 De las varias imágenes que en el Nuevo Testamento intentan describir quién es Jesús para nosotros, en este domingo cuarto de Pascua, el Evangelio de San Juan nos presenta a Jesús como el Buen Pastor, esa puerta por la que pastores y ovejas tienen entrada.
 La homilía que pronuncia el Pastor de la Diócesis, cobra un sentido especial y concreto, sus palabras son las palabras de aquel que quiso considerar el don que había recibido de Cristo, imitando en todo momento lo que conmemoraba en el Altar y conformando su vida  con la Cruz del Señor. Vivió de tal manera el ser el Pastor del rebaño que el Señor le había encomendado; su sello de obispo fue  la imagen de un pastor con la oveja herida sobre sus hombros, en su tumba en la catedral de Jaén, reza como epitafio, Miguel Peinado “Pastor Bonus”. Y así lo fue, buscó a la perdida, curó a la herida, alimentó sin descanso a la que estaba en el redil… Fruto de ese alimento son estas homilías que publicamos.
S. Berdonces


HOMILIA
“En aquel tiempo dijo Jesús a los fariseos: Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas” (Jn 10, 1-2).
Se lo dejo a los fariseos. ¿Por qué a ellos?...

No aceptaban a Jesús.
No era esta la primera vez. Desde los mismos comienzos del ministerio público de Jesucristo, aquellos hombres se habían enfrentado con el nuevo profeta, salido de Nazaret. No podían tolerar que las multitudes del pueblo fueran tras él y lo llamaran Maestro. Según ellos, los maestros espirituales del pueblo eran observantes con toda la frialdad de la ley, Jesús no respetaba el sábado, ni tenía en cuenta las tradiciones de los mayores. Los milagros que Jesús hacía, como signos de Dios por confirmar sus palabras, les irritaban. No aceptaban a Jesús.
Jesús había ejercitado su paciencia con ellos; que deberían haber sido los primeros en aceptarlo como enviado de Dios, por su conocimiento de las Escrituras. Pero los fariseos habían endurecido su corazón frente al Evangelio. Había crecido en ellos el odio y, en su impotencia para quitarle autoridad ante el pueblo, acabaron por tramar su muerte, con el pretexto de que blasfemaba, por llamar a Dios padre.
Las últimas veces que se habían enfrentado con él, fue en la fiesta de los Tabernáculos, en Jerusalén. En aquellos días, Jesús había liberado de sus manos a una mujer adúltera, a quien ellos le habían traído para poder cogerlo en sus palabras. “El que esté libre de pecado, tire la primera piedra”, les dijo en aquella ocasión. Y, una vez que ellos se fueron marchando, Jesús perdonó a la mujer pecadora ( Jn 8,1-11).
Poco después, con ocasión de haber dado vista a un ciego de nacimiento, de nuevo volvieron los fariseos a la carga, con el pretexto de que aquél hombre no respetaba el sábado, ni era discípulo de Moisés. Ese capítulo 9 del evangelio de San Juan, termina con estas palabras de Jesús a sus enemigos: “Si fuereis ciegos, no tendríais pecado; pero como decís: vemos, vuestro pecado permanece”.


Nuevo encuentro
Así las cosas, en un nuevo encuentro por aquellos días, Jesús quiso invitarlos a reflexionar; para que, mudada su actitud y convertido su corazón, aceptaran el Evangelio de la salvación. Les recordó la imagen del rebaño, recogido en el aprisco, para que cayeran en la cuenta de que eran malos pastores. Debían ellos conocer – y hasta es posible que, en aquellos días de fiesta, se leyera al pueblo- que pasaje de Ezequiel en el que Dios, por boca del profeta, se queja de los pastores de Israel:
“¡ay de los pastores de Israel, que se apacientan a sí mismos! ¿No son las ovejas lo que tienen que apacentar los pastores?... Me voy a enfrentar con los pastores; les reclamaré mis ovejas, para que dejen de apacentarse a sí mismos los pastores… Yo mismo en persona buscare a mis ovejas, siguiendo su rastro. Los apacentaré en ricos pastos… buscaré las ovejas perdidas, recogeré a las descarriadas, vendaré las heridas, curaré a las enfermas…” (Ez 34, 2-16)
En este contexto, no es extraño que Jesús les recuerde la imagen del rebaño. Eran ellos precisamente los pastores. Para acabar diciéndoles con toda claridad: “En verdad, en verdad os digo: Yo soy la puerta de las ovejas…Yo soy la puerta: si alguno entra por mí, se salvará; entrará y saldrá, encontrará pasto…Yo vine para que tengan vida, y vida abundante” (Jn 10,7-10).
Que era lo mismo que decirles: Pues que vosotros, de la misma forma que los otros que vinieron antes, no habéis cuidado del rebaño conforme a los mandatos del Señor, he venido yo, enviado por él, para que las ovejas puedan salvarse. Yo soy el Mesías prometido, que vosotros esperáis. “El Espíritu del Señor está sobre mí. Porque me ha ungido, me ha enviado para evangelizar a los pobres, para predicar a los cautivos la libertad y a los ciegos la curación…” (Lc 4, 16-19).
Pero ellos no querían aceptarle. Se resistían a entrar por la puerta. Preferían seguir saltando las tapias, para dominar, robar y matar.

            Actitud de los discípulos
       Con esta postura, cerrada e injusta, contrasta fuertemente la de los discípulos de Jesús, que le seguían de cerca. Ya, en los comienzos, ante el testimonio del Bautista: “He aquí el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29), algunos de ellos le siguieron y atrajeron a otros hacia Jesús. Todos ellos, ante  la llamada del maestro, lo dejaron todo para seguirle (Mt 4, 18-22). Entraron por la puerta que Dios les abría, con la presencia de Jesús, y se incorporaron a su tarea apostólica.
Eran hombres sencillos y rudos. En principio, no tenían una idea clara del Mesías que esperaban, como buenos israelitas. Junto a Jesús, se fueron abriendo a la fe, y lo confesaron como el Cristo enviado por Dios para obrar la salvación. Cierto: cuando el maestro empezó a revelarles un Mesías, destinado a la muerte, y muerte de cruz, se resistían a aceptar sus palabras. Mas acabaron por aceptarlas y ver con claridad los planes de Dios Salvador. La muerte de Jesucristo los atrajo hacia él para siempre.
Luego, cuando Jesús resucitó de entre los muertos, les dio su Espíritu y los envió como ministros suyos: “La paz sea con vosotros. Como el Padre me ha enviado, así os envío yo a vosotros” (Jn 20,21). Habían entrado por la puerta en el aprisco. Jesús los dejará como pastores al frente de su rebaño. Ellos proclamarían ante el  mundo, como lo hizo Pedro el mismo día de Pentecostés: “Todo Israel está cierto de que Dios ha hecho Señor y Mesías a este Jesús, a quien vosotros habéis crucificado” (Hech 2,36). Hasta acabar sellando esta verdad con el testimonio de su sangre.
Queridos hermanos: Entremos también nosotros por esa puerta. Permanezcamos siempre junto a Jesucristo, el Mesías, el Señor. Él nos ha dado la vida. Él nos alimenta con su Cuerpo y con su Sangre. El vela por nosotros, y nos conduce a buenos pastos. Él nos llevará hasta el aprisco del cielo.   

Miguel Peinado.

Que fue Obispo de Jaén           



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