DOMINGO IV DE PASCUA
DOMINGO DEL BUEN PASTOR
DIA 7 DE MAYO.
“Él vela por nosotros, y nos conduce
a buenos pastos. Él nos llevará hasta el aprisco del cielo”
PRIMERA LECTURA
Hechos de los Apóstoles 2, 14a. 36-41
Los que aceptaron
sus palabras se bautizaron.
SALMO RESPONSORIAL
Salmo 22
El Señor es mi Pastor, nada me falta
SEGUNDA
LECTURA
1 Pe Pedro 2,20-25
Pero ahora os habéis convertido al pastor y
guardián de vuestras almas.
EVANGELIO
Juan 10, 1-10
Él va
llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera.
Comentario- Introducción
De
las varias imágenes que en el Nuevo Testamento intentan describir quién es
Jesús para nosotros, en este domingo cuarto de Pascua, el Evangelio de San Juan
nos presenta a Jesús como el Buen Pastor, esa puerta por la que pastores y
ovejas tienen entrada.
La homilía que pronuncia el Pastor de la Diócesis,
cobra un sentido especial y concreto, sus palabras son las palabras de aquel
que quiso considerar el don que había recibido de Cristo, imitando en todo
momento lo que conmemoraba en el Altar y conformando su vida con la Cruz del Señor. Vivió de tal manera el
ser el Pastor del rebaño que el Señor le había encomendado; su sello de obispo
fue la imagen de un pastor con la oveja
herida sobre sus hombros, en su tumba en la catedral de Jaén, reza como
epitafio, Miguel Peinado “Pastor Bonus”. Y así lo fue, buscó a la perdida, curó
a la herida, alimentó sin descanso a la que estaba en el redil… Fruto de ese
alimento son estas homilías que publicamos.
S. Berdonces
HOMILIA
“En aquel tiempo dijo
Jesús a los fariseos: Os aseguro que el que no entra por la puerta en el
aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido;
pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas” (Jn 10, 1-2).
Se lo dejo a los
fariseos. ¿Por qué a ellos?...
No aceptaban a Jesús.
No era esta la primera
vez. Desde los mismos comienzos del ministerio público de Jesucristo, aquellos
hombres se habían enfrentado con el nuevo profeta, salido de Nazaret. No podían
tolerar que las multitudes del pueblo fueran tras él y lo llamaran Maestro.
Según ellos, los maestros espirituales del pueblo eran observantes con toda la
frialdad de la ley, Jesús no respetaba el sábado, ni tenía en cuenta las
tradiciones de los mayores. Los milagros que Jesús hacía, como signos de Dios
por confirmar sus palabras, les irritaban. No aceptaban a Jesús.
Jesús había ejercitado su
paciencia con ellos; que deberían haber sido los primeros en aceptarlo como
enviado de Dios, por su conocimiento de las Escrituras. Pero los fariseos
habían endurecido su corazón frente al Evangelio. Había crecido en ellos el
odio y, en su impotencia para quitarle autoridad ante el pueblo, acabaron por
tramar su muerte, con el pretexto de que blasfemaba, por llamar a Dios padre.
Las últimas veces que se
habían enfrentado con él, fue en la fiesta de los Tabernáculos, en Jerusalén. En
aquellos días, Jesús había liberado de sus manos a una mujer adúltera, a quien
ellos le habían traído para poder cogerlo en sus palabras. “El que esté libre
de pecado, tire la primera piedra”, les dijo en aquella ocasión. Y, una vez que
ellos se fueron marchando, Jesús perdonó a la mujer pecadora ( Jn 8,1-11).
Poco después, con ocasión
de haber dado vista a un ciego de nacimiento, de nuevo volvieron los fariseos a
la carga, con el pretexto de que aquél hombre no respetaba el sábado, ni era
discípulo de Moisés. Ese capítulo 9 del evangelio de San Juan, termina con
estas palabras de Jesús a sus enemigos: “Si fuereis ciegos, no tendríais pecado;
pero como decís: vemos, vuestro pecado permanece”.
Nuevo encuentro
Así las cosas, en un
nuevo encuentro por aquellos días, Jesús quiso invitarlos a reflexionar; para
que, mudada su actitud y convertido su corazón, aceptaran el Evangelio de la
salvación. Les recordó la imagen del rebaño, recogido en el aprisco, para que
cayeran en la cuenta de que eran malos pastores. Debían ellos conocer – y hasta
es posible que, en aquellos días de fiesta, se leyera al pueblo- que pasaje de
Ezequiel en el que Dios, por boca del profeta, se queja de los pastores de Israel:
“¡ay de los pastores de
Israel, que se apacientan a sí mismos! ¿No son las ovejas lo que tienen que
apacentar los pastores?... Me voy a enfrentar con los pastores; les reclamaré
mis ovejas, para que dejen de apacentarse a sí mismos los pastores… Yo mismo en
persona buscare a mis ovejas, siguiendo su rastro. Los apacentaré en ricos
pastos… buscaré las ovejas perdidas, recogeré a las descarriadas, vendaré las
heridas, curaré a las enfermas…” (Ez 34, 2-16)
En este contexto, no es
extraño que Jesús les recuerde la imagen del rebaño. Eran ellos precisamente
los pastores. Para acabar diciéndoles con toda claridad: “En verdad, en verdad
os digo: Yo soy la puerta de las ovejas…Yo soy la puerta: si alguno entra por mí,
se salvará; entrará y saldrá, encontrará pasto…Yo vine para que tengan vida, y
vida abundante” (Jn 10,7-10).
Que era lo mismo que
decirles: Pues que vosotros, de la misma forma que los otros que vinieron
antes, no habéis cuidado del rebaño conforme a los mandatos del Señor, he
venido yo, enviado por él, para que las ovejas puedan salvarse. Yo soy el
Mesías prometido, que vosotros esperáis. “El Espíritu del Señor está sobre mí.
Porque me ha ungido, me ha enviado para evangelizar a los pobres, para predicar
a los cautivos la libertad y a los ciegos la curación…” (Lc 4, 16-19).
Pero ellos no querían
aceptarle. Se resistían a entrar por la puerta. Preferían seguir saltando las
tapias, para dominar, robar y matar.
Actitud de los discípulos
Con
esta postura, cerrada e injusta, contrasta fuertemente la de los discípulos de
Jesús, que le seguían de cerca. Ya, en los comienzos, ante el testimonio del
Bautista: “He aquí el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo” (Jn
1,29), algunos de ellos le siguieron y atrajeron a otros hacia Jesús. Todos
ellos, ante la llamada del maestro, lo
dejaron todo para seguirle (Mt 4, 18-22). Entraron por la puerta que Dios les
abría, con la presencia de Jesús, y se incorporaron a su tarea apostólica.
Eran hombres sencillos y rudos. En principio,
no tenían una idea clara del Mesías que esperaban, como buenos israelitas.
Junto a Jesús, se fueron abriendo a la fe, y lo confesaron como el Cristo
enviado por Dios para obrar la salvación. Cierto: cuando el maestro empezó a
revelarles un Mesías, destinado a la muerte, y muerte de cruz, se resistían a
aceptar sus palabras. Mas acabaron por aceptarlas y ver con claridad los planes
de Dios Salvador. La muerte de Jesucristo los atrajo hacia él para siempre.
Luego, cuando Jesús resucitó de entre
los muertos, les dio su Espíritu y los envió como ministros suyos: “La paz sea
con vosotros. Como el Padre me ha enviado, así os envío yo a vosotros” (Jn 20,21).
Habían entrado por la puerta en el aprisco. Jesús los dejará como pastores al
frente de su rebaño. Ellos proclamarían ante el mundo, como lo hizo Pedro el mismo día de
Pentecostés: “Todo Israel está cierto de que Dios ha hecho Señor y Mesías a
este Jesús, a quien vosotros habéis crucificado” (Hech 2,36). Hasta acabar
sellando esta verdad con el testimonio de su sangre.
Queridos hermanos: Entremos también nosotros
por esa puerta. Permanezcamos siempre junto a Jesucristo, el Mesías, el Señor. Él
nos ha dado la vida. Él nos alimenta con su Cuerpo y con su Sangre. El vela por
nosotros, y nos conduce a buenos pastos. Él nos llevará hasta el aprisco del
cielo.
† Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén

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