sábado, 27 de mayo de 2017

DOMINGO VII DE PASCUA    
LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR
DIA 28 DE MAYO
“Y subió al  cielo  y está sentado a la derecha del Padre”.
                                                       
PRIMERA LECTURA
Hech    1, 1-11
Lo vieron levantarse

  SALMO RESPONSORIAL
Salmo 46

 Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas.

 SEGUNDA LECTURA
 Ef 1, 17-23
Lo sentó a su derecha en el cielo

 EVANGELIO
Mt 28, 16-20
Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra

Comentario- Introducción
La fiesta de la Ascensión tiene tres protagonistas: El primero, el Señor; de quien celebramos el triunfo definitivo; decimos que “está sentado a la derecha de Dios Padre”. Allí recibe todo honor y gloria por haber realizado la salvación de la Humanidad, al traer al mundo el Reino de Dios, la Buena Noticia de que todos somos hermanos porque somos hijos del mismo Padre.
Los discípulos reciben el encargo de la proclamación de lo que ellos han vivido. Ahora el protagonismo de la misión recae sobre ellos. Una misión que no tiene fronteras, porque la Buena Noticia es para todos los seres humanos. Y finalmente, nosotros, la Iglesia de Jesús. Esta fiesta señala nuestra mayoría de edad; el momento de tomar la iniciativa para asumir el compromiso de nuestro bautismo y confirmación.

ORACIÓN DEL DÍA

Señor y Hermano nuestro Jesús, por haberte rebajado hasta la muerte por nosotros, tu Padre te exaltó y te dio su misma gloria y poder junto a Sí:
Tú destino es nuestro destino, tu gloria será nuestra gloria,  haz que, creyendo en Ti, vivamos siempre en la esperanza en medio de todos los aprietos de la vida, y si tú quieres, seamos testigos tuyos en el mundo, comunicando a los hombres y mujeres de hoy todo lo que nos aportas de vida, de perdón, de confianza.
 Contigo que junto al Padre y al Espíritu, vives  y reinas y eres Dios por los siglos de los siglos.
 Amén.

 S. Berdonces
HOMILIA
El misterio de la Ascensión de nuestro Señor Jesucristo al cielo es uno de los artículos de nuestra fe cristiana: “Resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre”. Junto con el de la muerte y la resurrección del Señor, pertenece al núcleo medular de la revelación de Dios.
San Lucas, al testificar este acontecimiento salvífico, tanto al final de su Evangelio, como al principio de su segundo libro, usa un lenguaje correspondiente a la cultura y mentalidad de su tiempo. Lo mismo en el ambiente judío que en la cultura griega, la imagen del mundo estaba plasmada en tres planos superpuestos: el cielo, la tierra y el abismo o partes inferiores de la tierra.
“Lo vieron levantarse al cielo – escribe el evangelista- hasta que una nube se lo quitó de su vista”. Actualmente esta visión del mundo está superada por el conocimiento científico propio de la cultura moderna. No obstante, la confesión del misterio ha de mantenerse en pie. Una cosa es el lenguaje y la manera de expresión, otra muy distinta el contenido del misterio revelado, realidad viva, que trasciende a todas las épocas del lenguaje humano.

Un tropiezo mayo.
 Mayor atención que el problema del lenguaje merece de nuestra parte otro tropiezo. Alude a él san Lucas cuando nos da cuenta de la pregunta que los discípulos hicieron a Jesús, una vez que le vieron superar la muerte: “Señor; ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?”.
El pueblo judío, pueblo predilecto de tan gloriosa tradición, vivía dominado por un poder extranjero. No podían aquellos discípulos superar las preocupaciones políticas al pensar en el reino de Dios, del que tantas veces habían oído hablar al maestro. Ni penetraban aún el secreto de su obra redentora, a pesar de que Jesús les había instruido, especialmente a ellos, los Doce, en “los misterios del reino de los cielos”.
A la hora de enfrentarse con el misterio de Dios y de su obra, el tropiezo principal no está en la cultura, ni en la pobreza, ni en la soledad, ni en cualquiera de las múltiples limitaciones humanas; está siempre en nuestro propio amor, en los intereses que suelen dominar los corazones de los hombres. Con frecuencia la fe nos exige la renuncia a muchos intereses, para poder captar en plena libertad la realidad del mensaje evangélico.

El poder de Dios en Jesucristo
El misterio de la Ascensión de Jesucristo, revelado a los discípulos, en la realidad tangible de la presencia personal y gloriosa, está expuesto por san Pablo en diversos pasajes de sus cartas. Hoy mismo, en la lectura, hace alusión a “la soberana grandeza del poder de Dios en favor de los creyentes, con forme a la eficacia de su fuerza poderosa”. Y añade a continuación: “la fuerza que desplegó en cristo resucitándoles de entre los muertos y sentándole a su derecha a los cielos” (Ef 1, 19-20).
Se trata sencillamente de la glorificación de Jesús obra de Dios en la que se nos revela el poder y la eficacia de su fuerza .El Padre, que por amor a los ha entregado a su Hijo a la muerte, lo ha resucitado y lo ha levantado sobre toda la creación. Jesús aparece ahora a los ojos de sus discípulos como Mesías único, Rey y Señor de los cielos y de la tierra.
Los Salmos cantan la gloria del Dios de Israel. Yahvéh mostró su poder frente a las resistencias enemigas, subiendo a la cabeza de su pueblo en marcha triunfal, desde el desierto del Sinaí hasta el monte Sión. Allí, en Jerusalén, había puesto su templo y su trono. Allí vendrían los pueblos a ofrecerle tributos. “Los carros de Dios son miles y miles. Dios marcha a Sinaí al santuario. Subiste a la cumbre, llevando cautivos; te dieron tributo de hombres” (Sal 68,17). San Pablo comenta: “Y eso de que subió, ¿por qué es, sino porque descendió primero a las partes más bajas de la tierra? El que descendió es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo” (Ef 4, 9-10).

            Misión apostólica
            Todos los anuncios, todas las figuras y profecías tienen su cumplimiento en Jesucristo; se refieren a él y a su obra redentora, al misterio de su abatimiento y de su exaltación: “Se humilló a sí mismo, obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios lo exaltó y le dio el Nombre-sobre-todo-nombre, para que, al nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielos, en la tierra y en los abismos; y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios padre” (Fil 2, 8-11).
Mas esta exaltación gloriosa de Jesús, como Mesías y Señor, está orientada a la salvación de todos los hombres. El mismo lo manifestaba a sus discípulos en el momento de la separación : “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, haced discípulos a todas las gentes”. Esto mismo indica San Pablo, cuando escribe que “subió por encma de todos los cielos para llenarlo todo”. Y por eso, por haber sido constituido Rey Señor, con plenos poderes de salvación, explica a continuación: “El mismo dio a unos el ser apóstoles, a otros profetas, a otros evangelizadores, a otros pastores y doctores, para el recto ordenamiento de los santos en orden al ministerio, para ña edificación del Cuerpo de Cristo” (Ef 4, 11-12).
De esta suerte, en la plenitud del tiempo escatológico, última y definitiva etapa de la historia de la salvación, la Ascensión de Jesús pone de relieve la importancia de este “tiempo intermedio”, en el que la Iglesia ha de realizar su misión apostólica. Jesús está siempre con ella, conforme a su promesa: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta la consumación del mundo”. Si ahora, la realidad viva de esta presencia está sensiblemente oculta a los ojos de sus discípulos, sabemos que ella está garantizada por la acción del Espíritu Santo.



Vivir la Ascensión.
Participar en la celebración sacramental de esta Solemnidad significa el deseo de compenetración más y más Jesucristo,  dispuestos a vivir el misterio de su Ascensión al cielo. Esto lleva consigo aceptar, en plena fe y con alegre esperanza, la misión apostólica que a todos y a cada uno de nosotros, discípulos de Jesús, nos corresponde. Adoptar una actitud de generosa entrega, en orden a evangelizar el mundo en que vivimos.
Pero esto exige aceptar, así mismo, las renuncias a las que nos llama el Evangelio. Empezando por esa misma ocultación de Jesús y de su presencia visible, consecuencia del misterio de su exultación gloriosa. Pendientes siempre y en pura fe de su palabra; que nos garantiza el cumplimiento de su promesa, y nos señala el ejercicio de nuestra misión apostólica.
Debemos fiarnos de él; mantenernos en actitud serena frente a todos los acontecimientos del mundo. Nos haría mucho bien recordar frecuentemente aquellas palabras del Apóstol: “Si resucitásteis con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está contenida con Cristo en Dios” (Col 3, 1-3)

Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén           

                                                       
 

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