DOMINGO VII DE PASCUA
LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR
DIA 28 DE MAYO
“Y subió al cielo y
está sentado a la derecha del Padre”.
PRIMERA LECTURA
Hech 1, 1-11
Lo vieron levantarse
SALMO RESPONSORIAL
Salmo 46
Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al
son de trompetas.
SEGUNDA
LECTURA
Ef 1, 17-23
Lo sentó a su derecha en el cielo
EVANGELIO
Mt 28, 16-20
Se me ha
dado pleno poder en el cielo y en la tierra
Comentario-
Introducción
La fiesta de la Ascensión tiene tres
protagonistas: El primero, el Señor; de quien celebramos el triunfo definitivo;
decimos que “está sentado a la derecha de Dios Padre”. Allí recibe todo honor y
gloria por haber realizado la salvación de la Humanidad, al traer al mundo el
Reino de Dios, la Buena Noticia de que todos somos hermanos porque somos hijos
del mismo Padre.
Los discípulos reciben el encargo de la
proclamación de lo que ellos han vivido. Ahora el protagonismo de la misión
recae sobre ellos. Una misión que no tiene fronteras, porque la Buena Noticia
es para todos los seres humanos. Y finalmente, nosotros, la Iglesia de Jesús.
Esta fiesta señala nuestra mayoría de edad; el momento de tomar la iniciativa
para asumir el compromiso de nuestro bautismo y confirmación.
ORACIÓN
DEL DÍA
Señor y
Hermano nuestro Jesús, por haberte rebajado hasta la muerte por nosotros, tu
Padre te exaltó y te dio su misma gloria y poder junto a Sí:
Tú destino es
nuestro destino, tu gloria será nuestra gloria, haz que, creyendo en Ti, vivamos siempre en la
esperanza en medio de todos los aprietos de la vida, y si tú quieres, seamos
testigos tuyos en el mundo, comunicando a los hombres y mujeres de hoy todo lo
que nos aportas de vida, de perdón, de confianza.
Contigo que junto al Padre y al Espíritu,
vives y reinas y eres Dios por los siglos
de los siglos.
Amén.
S. Berdonces
HOMILIA
El misterio de la
Ascensión de nuestro Señor Jesucristo al cielo es uno de los artículos de
nuestra fe cristiana: “Resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al
cielo y está sentado a la derecha del Padre”. Junto con el de la muerte y la
resurrección del Señor, pertenece al núcleo medular de la revelación de Dios.
San Lucas, al testificar
este acontecimiento salvífico, tanto al final de su Evangelio, como al
principio de su segundo libro, usa un lenguaje correspondiente a la cultura y
mentalidad de su tiempo. Lo mismo en el ambiente judío que en la cultura
griega, la imagen del mundo estaba plasmada en tres planos superpuestos: el
cielo, la tierra y el abismo o partes inferiores de la tierra.
“Lo vieron levantarse al
cielo – escribe el evangelista- hasta que una nube se lo quitó de su vista”.
Actualmente esta visión del mundo está superada por el conocimiento científico
propio de la cultura moderna. No obstante, la confesión del misterio ha de mantenerse
en pie. Una cosa es el lenguaje y la manera de expresión, otra muy distinta el
contenido del misterio revelado, realidad viva, que trasciende a todas las
épocas del lenguaje humano.
Un tropiezo mayo.
Mayor atención que el problema del lenguaje
merece de nuestra parte otro tropiezo. Alude a él san Lucas cuando nos da
cuenta de la pregunta que los discípulos hicieron a Jesús, una vez que le
vieron superar la muerte: “Señor; ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de
Israel?”.
El pueblo judío, pueblo
predilecto de tan gloriosa tradición, vivía dominado por un poder extranjero.
No podían aquellos discípulos superar las preocupaciones políticas al pensar en
el reino de Dios, del que tantas veces habían oído hablar al maestro. Ni
penetraban aún el secreto de su obra redentora, a pesar de que Jesús les había
instruido, especialmente a ellos, los Doce, en “los misterios del reino de los
cielos”.
A la hora de enfrentarse
con el misterio de Dios y de su obra, el tropiezo principal no está en la
cultura, ni en la pobreza, ni en la soledad, ni en cualquiera de las múltiples
limitaciones humanas; está siempre en nuestro propio amor, en los intereses que
suelen dominar los corazones de los hombres. Con frecuencia la fe nos exige la
renuncia a muchos intereses, para poder captar en plena libertad la realidad
del mensaje evangélico.
El poder de Dios en Jesucristo
El misterio de la
Ascensión de Jesucristo, revelado a los discípulos, en la realidad tangible de
la presencia personal y gloriosa, está expuesto por san Pablo en diversos
pasajes de sus cartas. Hoy mismo, en la lectura, hace alusión a “la soberana
grandeza del poder de Dios en favor de los creyentes, con forme a la eficacia
de su fuerza poderosa”. Y añade a continuación: “la fuerza que desplegó en
cristo resucitándoles de entre los muertos y sentándole a su derecha a los
cielos” (Ef 1, 19-20).
Se trata sencillamente de
la glorificación de Jesús obra de Dios en la que se nos revela el poder y la
eficacia de su fuerza .El Padre, que por amor a los ha entregado a su Hijo a la
muerte, lo ha resucitado y lo ha levantado sobre toda la creación. Jesús
aparece ahora a los ojos de sus discípulos como Mesías único, Rey y Señor de
los cielos y de la tierra.
Los Salmos cantan la
gloria del Dios de Israel. Yahvéh mostró su poder frente a las resistencias
enemigas, subiendo a la cabeza de su pueblo en marcha triunfal, desde el
desierto del Sinaí hasta el monte Sión. Allí, en Jerusalén, había puesto su
templo y su trono. Allí vendrían los pueblos a ofrecerle tributos. “Los carros
de Dios son miles y miles. Dios marcha a Sinaí al santuario. Subiste a la
cumbre, llevando cautivos; te dieron tributo de hombres” (Sal 68,17). San Pablo
comenta: “Y eso de que subió, ¿por qué es, sino porque descendió primero a las
partes más bajas de la tierra? El que descendió es el mismo que también subió
por encima de todos los cielos para llenarlo todo” (Ef 4, 9-10).
Misión apostólica
Todos
los anuncios, todas las figuras y profecías tienen su cumplimiento en
Jesucristo; se refieren a él y a su obra redentora, al misterio de su
abatimiento y de su exaltación: “Se humilló a sí mismo, obediente hasta la
muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios lo exaltó y le dio el
Nombre-sobre-todo-nombre, para que, al nombre de Jesús, se doble toda rodilla
en el cielos, en la tierra y en los abismos; y toda lengua confiese que
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios padre” (Fil 2, 8-11).
Mas esta exaltación gloriosa de
Jesús, como Mesías y Señor, está orientada a la salvación de todos los hombres.
El mismo lo manifestaba a sus discípulos en el momento de la separación : “Se
me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, haced discípulos a
todas las gentes”. Esto mismo indica San Pablo, cuando escribe que “subió por
encma de todos los cielos para llenarlo todo”. Y por eso, por haber sido
constituido Rey Señor, con plenos poderes de salvación, explica a continuación:
“El mismo dio a unos el ser apóstoles, a otros profetas, a otros
evangelizadores, a otros pastores y doctores, para el recto ordenamiento de los
santos en orden al ministerio, para ña edificación del Cuerpo de Cristo” (Ef 4,
11-12).
De esta suerte, en la plenitud del
tiempo escatológico, última y definitiva etapa de la historia de la salvación,
la Ascensión de Jesús pone de relieve la importancia de este “tiempo
intermedio”, en el que la Iglesia ha de realizar su misión apostólica. Jesús
está siempre con ella, conforme a su promesa: “Sabed que yo estoy con vosotros
todos los días hasta la consumación del mundo”. Si ahora, la realidad viva de
esta presencia está sensiblemente oculta a los ojos de sus discípulos, sabemos
que ella está garantizada por la acción del Espíritu Santo.
Vivir la Ascensión.
Participar en la celebración
sacramental de esta Solemnidad significa el deseo de compenetración más y más
Jesucristo, dispuestos a vivir el
misterio de su Ascensión al cielo. Esto lleva consigo aceptar, en plena fe y
con alegre esperanza, la misión apostólica que a todos y a cada uno de
nosotros, discípulos de Jesús, nos corresponde. Adoptar una actitud de generosa
entrega, en orden a evangelizar el mundo en que vivimos.
Pero esto exige aceptar, así mismo,
las renuncias a las que nos llama el Evangelio. Empezando por esa misma
ocultación de Jesús y de su presencia visible, consecuencia del misterio de su
exultación gloriosa. Pendientes siempre y en pura fe de su palabra; que nos
garantiza el cumplimiento de su promesa, y nos señala el ejercicio de nuestra
misión apostólica.
Debemos fiarnos de él; mantenernos en
actitud serena frente a todos los acontecimientos del mundo. Nos haría mucho
bien recordar frecuentemente aquellas palabras del Apóstol: “Si resucitásteis
con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra
de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis
muerto, y vuestra vida está contenida con Cristo en Dios” (Col 3, 1-3)
† Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén

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