DOMINGO VI DE PASCUA
DIA 21 DE MAYO
“El cristianismo es la religión del
amor.
PRIMERA LECTURA
Hech 8,5-8. 14-1
Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo
SALMO RESPONSORIAL
Salmo 65
Aclamad al Señor, tierra entera
SEGUNDA
LECTURA
1 Pe 3,15-18
Como era
hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida
EVANGELIO
Juan 14,15-21
Yo le
pediré al Padre que os dé otro defensor
Comentario-
Introducción
Se anuncia en este domingo, que Jesús,
el Señor Resucitado, no se nos dejará desamparados. Tendremos un Defensor, el
Espíritu de la verdad, que vive con nosotros y está con nosotros. “Dentro de
poco (la Ascensión es el domingo que viene) el mundo no me verá, pero vosotros
me veréis, y viviréis, porque yo sigo viviendo”. Va tocando a su fin la Pascua,
pero Él sigue presente entre nosotros, por medio del Espíritu que es el que
recrea la comunidad, Él realiza la comunicación entre Jesús y nosotros en el
amor.
“En todo este tema…, anda siempre por
medio el misterio del amor”
En una
lectura “trasversal” entre las lecturas y de la homilía de hoy, podemos
concluir para nuestro tiempo que: Los recelos, las calumnias, las difamaciones,
el desprestigio, las malas intenciones y manipulaciones en los medios y muchas
otras cosas, no pueden llevarnos a verlo todo negativo. Todo lo contrario, la
solución es dar más espacio al Espíritu. Dar espacio al amor.
ORACIÓN
DEL DÍA
Padre de nuestro Señor Jesucristo:
Tu Hijo nos prometió
que no nos dejaría huérfanos.
Danos el Espíritu de la Verdad,
para que esté con nosotros y viva en
nosotros
y así sepamos a dónde nos encaminamos;
y para que sigamos a Jesucristo
en el camino que conduce a ti y a los
hermanos.
Que este Espíritu encienda en nosotros
el amor de Jesús,
para que hagamos visible y tangible a
todos
la Buena Noticia de su amor...
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.
Amén.
S. Berdonces
HOMILIA
Ayer estuve en Andújar,
reunido con los profesores y sacerdotes que imparten la asignatura de Religión
en escuelas e institutos, que colaboran conmigo en la tarea de la educación de
la fe. Los sábados anteriores hice lo mismo en Úbeda y en Alcalá la Real. Y
esto, a petición de ellos.
Son cientos y cientos de
maestros, cuyo testimonio de fe, en el ambiente de nuestras instituciones
escolares, es sumamente válido para la Iglesia. Si a ello se suma los alumnos
de nuestra Escuela Catequética y los catequistas de las parroquias. Nuestra
Iglesia de Jaén cuenta con miles de colaboradores, religiosos y laicos, para
atender esta importante parcela del ministerio apostólico, que es el servicio
de la Palabra.
Interesa que este
servicio sea llevado a cabo entre nosotros, con el espíritu y preparación apostólica
de quienes aceptan el Evangelio de Jesucristo, no a la fuerza, si no de buena
gana. El número es lo de menos; aunque pueda ser signo elocuente. Pero es
precisamente esta preparación pedagógica y este espíritu evangélico el móvil de
nuestros esfuerzos pastorales. Por eso hoy, a propósito de aquella primera
expresión de la Palabra, a raíz de la muerte de Esteban y de la actuación de
Felipe, el evangelista, que nos ha recordado la lectura del libro de los
Hechos, vuelvo una vez más al tema.
Predicar a Jesucristo.
“Felipe bajó a la ciudad de Samaría y
predicaba allí a Cristo”. La frase es especialmente luminosa para nosotros.
Señala con toda claridad el cometido fundamental – único, en último término, de
toda predicación, de toda catequesis-: dar a conocer a Jesucristo. “Conocer a
Jesucristo y éste crucificado”, en expresión de San Pablo.
Se ha acusado y sigue
acusándose a la Iglesia Católica de “dogmatismo”. Acusación ésta que puede
tener algún fundamento; pero no en el sentido que dan en sus palabras lo que
así la acusan, mientras caen ellos mismos en dogmatismos muchos más radicales.
El problema no está – como ellos piensan- en si enseñamos con autoridad las
verdades reveladas por Dios en Jesucristo. Tal autoridad es inherente al
magisterio eclesial, por voluntad del mismo Jesucristo.
En cambio, el verdadero
problema puede darse, y se sigue dando
con frecuencia por desgracia, en el empeño con que hacemos aprender a niños y
adultos la doctrina de fe, sin dar previamente con ellos el paso fundamental.
Lo primero no es el conocimiento y aprendizaje
de la doctrina, sino la presentación, el conocimiento y el amor de la
persona de Jesucristo. Tanto más cuanto que, en el Cristianismo, todas las
verdades, todos los mandatos, todas las promesas, todos los ritos se concentran
en esa realidad viviente y única, que es Jesucristo, el Señor.
¡Con cuanto gozo
compruebo yo a diario – esta misma semana en Linares, Chiclana, Mancha Real,
Bailén, Andújar – que nuestros niños conocen a Jesucristo, sin posibilidad de
confundirlo con nada ni con nadie! ¡Y cómo manifiestan quererlo, con toda
sencillez!
El crecimiento
Presentar a Jesucristo,
darlo a conocer, ayudar a entenderse con él, amarlo con todo el corazón, y
contagiar a los niños, adolescentes y jóvenes de ese amor y de esa entrega; tal
es el objeto de la tarea educativa en relación con la vida cristiana. Todo lo
demás es secundario; irá integrándose a su tiempo sobre este fundamento
ineludible.
Puesto este crecimiento –
y nadie puede poner otro- hay que levantar el edificio sólido de la fe
cristiana y eclesial. Porque la ley de toda vida es el crecimiento. La
educación es siempre una obra que requiere comprensión, constancia, entusiasmo,
paciencia…Hay que acompañar al alumno en su experiencia personal de la fe
cristiana. Es necesario seguir de cerca el crecimiento de la vida sobrenatural
en los bautizados.
Nuestros catecúmenos –
casi todos ellos recibieron el don de la fe en el bautismo, recibido antes del
uso de razón- deben pasar de esa su fe inicial, infantil, sin problemas, a una
fe adulta. Han de progresar en el conocimiento y en el amor de Jesucristo, con todo lo que ese
conocimiento y ese amor llevan consigo. Han de irse familiarizando con su
trato, con sus palabras, con sus mandamientos, con sus consignas, sus
preferencias, su espíritu, su estilo. De forma que, en la medida en que
profundizan el conocimiento, vaya afianzándose el amor, sin equívocos, sin
dilaciones, sin retrocesos. El cristianismo es la religión del amor.
Amor y obras de amor
En
todo este tema del crecimiento y madurez del hombre en la fe cristiana, anda
siempre por medio el misterio del amor; que es, en último término. El misterio
de Dios con nosotros. Aquella noche de la despedida, Jesús puso a los suyos en
el secreto: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”.
Solemos comentar esta frase en el
sentido de que, el cumplimiento de los mandatos, es la prueba del amor
auténtico. Y es necesario recordarlo siempre. Si yo quiero de verdad a una
persona, estoy dispuesto a hacer en todo su voluntad, a ejecutar con prontitud
y fidelidad todos sus deseos, sus órdenes. Así, quien ama de verdad a
Jesucristo, cumplirá sus mandamientos, vivirá su evangelio lo más perfectamente
posible. Lo primero no son las obras, lo primero es el amor. Que me saca de mí mismo y me impulsa a obrar en todo
de acuerdo con aquel a quien amo.
Bien entendido que, ese amor y ese
conocimiento personal de Jesucristo, son un don gratuito de Dios. Por eso,
Jesús dice en seguida a los suyos: “Yo le pediré al padre que os dé otro
consolador, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad…No os
dejaré desamparados, volveré a vosotros.
La presencia del Espíritu Santo en
los bautizados, el amor que derrama en nuestros corazones, es el secreto de la
inhabitación de Dios en aquellos que le aman. “El que acepta mis mandamientos y
los guarda ése es el que me ama. Al que me ama, mi Padre lo amará y yo también
lo amaré, y me revelaré a él”.
Aquí está, queridos sacerdotes,
queridos educadores, queridos catequistas, queridos padres y madres cristianos,
toda nuestra ciencia y nuestra técnica, como instrumento de Jesucristo, al
servicio de la fe de nuestros niños, adolescentes y jóvenes. Una gran mayoría
de ellos han dado ya, con el bautismo, esos esos otros dos pasos de la
“iniciación” cristiana: la confirmación y la Eucaristía. Estamos seguros de que
la gracia del espíritu está en ellos. Jesucristo los ama con predilección. Irá
manifestándose gradualmente a ellos.
A nosotros corresponde acompañarlos
en su camino y ayudarles. A la verdad, es precisamente esto lo más grande, lo
más noble, lo más fecundo que nosotros podemos hacer. Dios bendice nuestro
empeño y nuestra labor, ¡Quiera Él que nunca falte el deseo, el empeño, la
entrega, en esa tarea de colaborar con Jesucristo en su obra de salvación de
todos los hombres.
† Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén

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