jueves, 25 de mayo de 2017

DOMINGO VI DE PASCUA
DIA 21 DE MAYO
“El cristianismo es la religión del amor.     
PRIMERA LECTURA
Hech    8,5-8. 14-1
Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo

  SALMO RESPONSORIAL
Salmo 65

 Aclamad al Señor, tierra entera

 SEGUNDA LECTURA
 1 Pe  3,15-18
Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida
 EVANGELIO
Juan 14,15-21
Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor
Comentario- Introducción
Se anuncia en este domingo, que Jesús, el Señor Resucitado, no se nos dejará desamparados. Tendremos un Defensor, el Espíritu de la verdad, que vive con nosotros y está con nosotros. “Dentro de poco (la Ascensión es el domingo que viene) el mundo no me verá, pero vosotros me veréis, y viviréis, porque yo sigo viviendo”. Va tocando a su fin la Pascua, pero Él sigue presente entre nosotros, por medio del Espíritu que es el que recrea la comunidad, Él realiza la comunicación entre Jesús y nosotros en el amor.
“En todo este tema…, anda siempre por medio el misterio del amor”
En una lectura “trasversal” entre las lecturas y de la homilía de hoy, podemos concluir para nuestro tiempo que: Los recelos, las calumnias, las difamaciones, el desprestigio, las malas intenciones y manipulaciones en los medios y muchas otras cosas, no pueden llevarnos a verlo todo negativo. Todo lo contrario, la solución es dar más espacio al Espíritu. Dar espacio al amor.
ORACIÓN DEL DÍA

Padre de nuestro Señor Jesucristo:
Tu Hijo nos prometió
que no nos dejaría huérfanos.
Danos el Espíritu de la Verdad,
para que esté con nosotros y viva en nosotros
y así sepamos a dónde nos encaminamos;
y para que sigamos a Jesucristo
en el camino que conduce a ti y a los hermanos.
Que este Espíritu encienda en nosotros
el amor de Jesús,
para que hagamos visible y tangible a todos
la Buena Noticia de su amor...
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.
Amén.

 S. Berdonces
HOMILIA
Ayer estuve en Andújar, reunido con los profesores y sacerdotes que imparten la asignatura de Religión en escuelas e institutos, que colaboran conmigo en la tarea de la educación de la fe. Los sábados anteriores hice lo mismo en Úbeda y en Alcalá la Real. Y esto, a petición de ellos.
Son cientos y cientos de maestros, cuyo testimonio de fe, en el ambiente de nuestras instituciones escolares, es sumamente válido para la Iglesia. Si a ello se suma los alumnos de nuestra Escuela Catequética y los catequistas de las parroquias. Nuestra Iglesia de Jaén cuenta con miles de colaboradores, religiosos y laicos, para atender esta importante parcela del ministerio apostólico, que es el servicio de la Palabra.
Interesa que este servicio sea llevado a cabo entre nosotros, con el espíritu y preparación apostólica de quienes aceptan el Evangelio de Jesucristo, no a la fuerza, si no de buena gana. El número es lo de menos; aunque pueda ser signo elocuente. Pero es precisamente esta preparación pedagógica y este espíritu evangélico el móvil de nuestros esfuerzos pastorales. Por eso hoy, a propósito de aquella primera expresión de la Palabra, a raíz de la muerte de Esteban y de la actuación de Felipe, el evangelista, que nos ha recordado la lectura del libro de los Hechos, vuelvo una vez más al tema.

Predicar a Jesucristo.
 “Felipe bajó a la ciudad de Samaría y predicaba allí a Cristo”. La frase es especialmente luminosa para nosotros. Señala con toda claridad el cometido fundamental – único, en último término, de toda predicación, de toda catequesis-: dar a conocer a Jesucristo. “Conocer a Jesucristo y éste crucificado”, en expresión de San Pablo.
Se ha acusado y sigue acusándose a la Iglesia Católica de “dogmatismo”. Acusación ésta que puede tener algún fundamento; pero no en el sentido que dan en sus palabras lo que así la acusan, mientras caen ellos mismos en dogmatismos muchos más radicales. El problema no está – como ellos piensan- en si enseñamos con autoridad las verdades reveladas por Dios en Jesucristo. Tal autoridad es inherente al magisterio eclesial, por voluntad del mismo Jesucristo.
En cambio, el verdadero problema puede darse, y se  sigue dando con frecuencia por desgracia, en el empeño con que hacemos aprender a niños y adultos la doctrina de fe, sin dar previamente con ellos el paso fundamental. Lo primero no es el conocimiento y aprendizaje  de la doctrina, sino la presentación, el conocimiento y el amor de la persona de Jesucristo. Tanto más cuanto que, en el Cristianismo, todas las verdades, todos los mandatos, todas las promesas, todos los ritos se concentran en esa realidad viviente y única, que es Jesucristo, el Señor.
¡Con cuanto gozo compruebo yo a diario – esta misma semana en Linares, Chiclana, Mancha Real, Bailén, Andújar – que nuestros niños conocen a Jesucristo, sin posibilidad de confundirlo con nada ni con nadie! ¡Y cómo manifiestan quererlo, con toda sencillez!

El crecimiento
Presentar a Jesucristo, darlo a conocer, ayudar a entenderse con él, amarlo con todo el corazón, y contagiar a los niños, adolescentes y jóvenes de ese amor y de esa entrega; tal es el objeto de la tarea educativa en relación con la vida cristiana. Todo lo demás es secundario; irá integrándose a su tiempo sobre este fundamento ineludible.
Puesto este crecimiento – y nadie puede poner otro- hay que levantar el edificio sólido de la fe cristiana y eclesial. Porque la ley de toda vida es el crecimiento. La educación es siempre una obra que requiere comprensión, constancia, entusiasmo, paciencia…Hay que acompañar al alumno en su experiencia personal de la fe cristiana. Es necesario seguir de cerca el crecimiento de la vida sobrenatural en los bautizados.
Nuestros catecúmenos – casi todos ellos recibieron el don de la fe en el bautismo, recibido antes del uso de razón- deben pasar de esa su fe inicial, infantil, sin problemas, a una fe adulta. Han de progresar en el conocimiento y en el amor  de Jesucristo, con todo lo que ese conocimiento y ese amor llevan consigo. Han de irse familiarizando con su trato, con sus palabras, con sus mandamientos, con sus consignas, sus preferencias, su espíritu, su estilo. De forma que, en la medida en que profundizan el conocimiento, vaya afianzándose el amor, sin equívocos, sin dilaciones, sin retrocesos. El cristianismo es la religión del amor.

            Amor y obras de amor
            En todo este tema del crecimiento y madurez del hombre en la fe cristiana, anda siempre por medio el misterio del amor; que es, en último término. El misterio de Dios con nosotros. Aquella noche de la despedida, Jesús puso a los suyos en el secreto: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”.
Solemos comentar esta frase en el sentido de que, el cumplimiento de los mandatos, es la prueba del amor auténtico. Y es necesario recordarlo siempre. Si yo quiero de verdad a una persona, estoy dispuesto a hacer en todo su voluntad, a ejecutar con prontitud y fidelidad todos sus deseos, sus órdenes. Así, quien ama de verdad a Jesucristo, cumplirá sus mandamientos, vivirá su evangelio lo más perfectamente posible. Lo primero no son las obras, lo primero es el amor. Que me  saca de mí mismo y me impulsa a obrar en todo de acuerdo con aquel a quien amo.
Bien entendido que, ese amor y ese conocimiento personal de Jesucristo, son un don gratuito de Dios. Por eso, Jesús dice en seguida a los suyos: “Yo le pediré al padre que os dé otro consolador, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad…No os dejaré desamparados, volveré a vosotros.
La presencia del Espíritu Santo en los bautizados, el amor que derrama en nuestros corazones, es el secreto de la inhabitación de Dios en aquellos que le aman. “El que acepta mis mandamientos y los guarda ése es el que me ama. Al que me ama, mi Padre lo amará y yo también lo amaré, y me revelaré a él”.
Aquí está, queridos sacerdotes, queridos educadores, queridos catequistas, queridos padres y madres cristianos, toda nuestra ciencia y nuestra técnica, como instrumento de Jesucristo, al servicio de la fe de nuestros niños, adolescentes y jóvenes. Una gran mayoría de ellos han dado ya, con el bautismo, esos esos otros dos pasos de la “iniciación” cristiana: la confirmación y la Eucaristía. Estamos seguros de que la gracia del espíritu está en ellos. Jesucristo los ama con predilección. Irá manifestándose gradualmente a ellos.
A nosotros corresponde acompañarlos en su camino y ayudarles. A la verdad, es precisamente esto lo más grande, lo más noble, lo más fecundo que nosotros podemos hacer. Dios bendice nuestro empeño y nuestra labor, ¡Quiera Él que nunca falte el deseo, el empeño, la entrega, en esa tarea de colaborar con Jesucristo en su obra de salvación de todos los hombres.
Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén           


                                                       


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