DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO
DIA 12 DE FEBRERO.
COLECTA DE LA CAMPAÑA CONTRA EL HAMBRE EN EL MUNDO
“Si vuestra justicia no es mayor, más
abundante, mas cumplida, si no va más allá…no entrareis en el Reino”
PRIMERA LECTURA
Eclesiástico 15, 16-21
Ante ti están puestos fuego y
agua: echa mano a lo que quieras;…
SALMO RESPONSORIAL
Salmo 118
Dichoso el que camina en la
voluntad del Señor.
SEGUNDA
LECTURA
1 Corintios 2, 6-10
Enseñamos
una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios…
EVANGELIO
Mateo 5, 17-37
Si cuando vas a poner tu ofrenda
sobre el altar, te acuerdas que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu
ofrenda y vete a reconciliarte con tu herma...
Comentario-
Introducción
Celebramos el Domingo de
la Sexta Semana del Tiempo Ordinario. Desde Jesucristo comprendemos, a la luz
de toda su vida, que Dios necesita de los hombres no para ser Dios sino para
ser un Dios de hombres y mujeres y que es imposible gestar un credo razonable
al margen de la historia del hombre.
Al renovar las
interpretaciones concretas de la Ley dada en el Sinaí, Jesús se presenta
superior a Moisés y reclama la necesidad de la renovación del comportamiento
humano en la perspectiva del Reino de Dios.
Señor, despierta mi alma
y mi inteligencia para que tu palabra penetre en mi corazón y pueda yo
saborearla y comprenderla. Y así ser capaz de abrir mi corazón a los pobres, a los pobres más pobres entre los
pobres, a esos que no cuentan para nada, ni tienen lo imprescindible para
vivir, más aún, para sobrevivir.
Nuestra actitud ante el
hambre en el mundo no admite ambages, o ayudamos o rompemos el centro de toda
la justicia, que emana del evangelio, “dar de comer al hambriento”. Y si esto
no lo cumplimos sobra todo lo demás.
S. Berdonces
HOMILIA
La lectura evangélica de
este domingo no es tan breve como la de los domingos anteriores. Pertenece,
como ellas, al Sermón de la Montaña, según la redacción de San Mateo. Como es
sabido, San Mateo acentúa el estilo catequético; es un ejemplo continuado de las
primitivas catequesis apostólicas, calcadas en la misma predicación de Jesús.
Aquel día, después de
haber levantado en alto la bandera de la Bienaventuranzas, y haber concretado
en dos imágenes vivas el ideal de la vida cristiana: “Vosotros sois la sal de
la tierra…Vosotros sois la luz del mundo…”, el Maestro aborda de lleno el tema
complicado de la Ley. Tema prioritario para todo buen israelita. El Señor va a
mostrárnoslo a la luz del Evangelio del Reino.
Para no alargarnos en el
comentario, podemos centrar la atención en la frase central del texto leído. En
ella está la clave de toda la lección. La frase esta: “Os aseguro: si no sois
mejores que los letrados y fariseos, no entrareis en el Reino de los cielos”.
“Si vuestra justicia no es mayor”, más abundante, más cumplida, si no va más
allá que la de los escribas y fariseos.
“Vuestra justicia”, es
decir vuestra obediencia a la ley, vuestra religiosidad, vuestra piedad,
vuestra honradez; que todo eso y más encierra la palabra “justicia”. Es la
actitud radical correspondiente al pueblo de Dios, al que se había dicho: “Yo
soy el Señor, vuestro Dios; santificaos y sed santos, porque yo soy santo” (Lev
11,44). Va a ser la consigna de Jesús: “Sed vosotros perfectos, como vuestro
Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48)
Principio fundamental
Una justicia más
abundante, más cumplida, que la de los escribas y fariseos. Estos hombres
representaban en tiempo de Cristo la religiosidad oficial de Israel. Ejercían
su oficio de guías espirituales y maestros del pueblo. Habían puesto todo su
empeño en el cumplimiento literal, legalista meramente exterior, de los
preceptos de la Ley mosaica. Para aumentar su prestigio y paliar su falta de
espíritu, habían añadido una serie innumerable de preceptos y consignas, con
las que intentaban resolver toda la casuística. En su hipocresía, habían
conseguido complicar lamentablemente la piedad de la gente sencilla. Mientras
dejaban a un lado “las cosas más graves de la Ley: el justo juicio, la
misericordia, la buena fe” (Mt 23,23).
Frente a tal postura,
Jesús reclama la entrega del corazón. El cumplimiento exterior de la Ley de ser siempre
manifestación de una actitud interior. La Ley no es sino un instrumento
jurídico, como consecuencia de la Alianza entre Dios y su pueblo. En realidad,
es expresión clara de la santa voluntad de Dios; cuya aceptación por parte del hombre es exigencia de la
justicia. Es el hombre entero cuerpo y alma, materia y espíritu, quien ha de
abrazarse con el cumplimiento generoso de esa voluntad de Dios. Su aceptación
sin condiciones arranca de lo más íntimo de la persona, cuando ésta se mueve en
plena libertad. Tal es la justicia, ésta es la piedad auténtica, esto lleva
consigo la santidad evangélica.
Enunciando este
principio, el maestro desciende a tomar tierra con sus oyentes en problemas
concretos. En la lectura del día, aparecen cuatro: el crimen, el adulterio, el
repudio de la mujer y la mentira. Problemas siempre actuales, mientras el mundo
sea mundo y el hombre se sienta incitado por sus propios impulsos a rehuir la aceptación del orden justo. La
catequesis de Jesús es transparente, profunda, irrefutable para todo aquel que
quiera acercarse con sencillez y humildad, u busque, sin condicionamientos
previos, la entrada en el Reino de Dios. Os invito a meditarla durante toda la
semana.
Cuatro problemas morales
El crimen: “Habéis oído que
se dijo a los antiguos: No matarás…Pero yo os digo…” Lo que dice Jesús con el
lenguaje familiar a sus oyentes judíos, se traduce de esta forma: el odio al
hermano es diametralmente opuesto a la voluntad del padre que está en los
cielos; consiguientemente, contrario a la Ley. El cristiano ha de desterrarlo
decididamente de su corazón, si quiere entrar en el Reino. Porque el odio es la
raíz de todos los crímenes del mundo. Frente al odio, frente a las decisiones
entre los hermanos, hay que instalar en el corazón el amor hacia todos los
hombres, aunque sean nuestros enemigos.
El adulterio: También aquí
va Jesús a la raíz. Cuando el corazón y la mirada no son limpios, el hombre es
arrastrado por el egoísmo de sus propios instintos. Frente a los desórdenes del
vicio y la rebeldía de su propia carne, el cristiano tiene que acogerse a las
palabras de Jesús: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán
a Dios”. Desde esta posición, se puede luchar con garantías contra el enemigo;
que cuenta siempre con nuestra propia debilidad, y anda oculto en los escándalos
con que tropezamos en nuestro camino.
El libelo de repudio: Era
un expediente legal, con que la Ley mosaica mitigaba, --“por la dureza de
vuestro corazón”, son palabras de Jesús a los fariseos- aquello que Dios había
establecido desde el principio como norma de la vida matrimonial. El Maestro no
dudó en proclamar; frente a la debilidad humana, la voluntad del Creador (Mt
19, 3-9: Dt 24, 1 ss.). Ahora que el
tema está puesto sobre el tapete, conviene a los cristianos escuchar en
silencio la voz de Jesús: “El que se divorcie de su mujer, la induce al
adulterio; y el que se case con la divorciada comete adulterio”.
Aquello otro del recurso
fácil al juramento, para tapar con una cortina de humo piadoso el espíritu de
la mentira. Para el Señor no hay
tapujos, ni valen fórmulas sofisticadas.
“A vosotros os basta decir: si o no”. En lenguaje coloquial, podemos traducir
nosotros: “Al pan, pan y, al vino, vino”.
Porque lo que pasa de ahí – continua Jesús- “viene del maligno”.
La sabiduría y el poder.
“L
Ley nos fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad se ha hecho por
Jesucristo” (Jn 1,17). Lo afirma San Juan en el comienzo de su Evangelio. De
ambas andamos necesitados, si es que queremos que nuestra justica sea mayor que
la de los escribas y fariseos.
Necesitamos ante todo la sabiduría de
Dios, que brota a raudales en estas catequesis de Jesús. De esa sabiduría se
nos ha dicho hoy, con palabra del sabio: “Es inmensa la sabiduría del Señor”. Y
el apóstol San Pablo nos ha recordado en su lectura del día, que esa sabiduría
que nosotros, como maestros y catequistas enseñamos en nombre de Jesús, es una “sabiduría
divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para
nuestra gloria”. Tenemos que preferirla a las opiniones y enseñanzas de los
sabios de este mundo.
Necesitamos así mismo del poder de
Dios, que remedia todas nuestras flaquezas. Por la gracia de Jesucristo, somos
partícipes de ese poder, para vencer en
toda la línea. Con ese poder y esa sabiduría, alcanzaremos “las profundidades
del misterio de Dios” Y penetramos el misterio del corazón humano. Para que seamos
auténticos discípulos y podamos proclamar en el mundo el Evangelio de Jesús.
† Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén
ORACIÓN
DEL DÍA
Oh Dios y
Padre nuestro:
nos has
mostrado en Jesús
lo que
significa decirte Sí.
Que al mismo
tiempo que nos unimos a Él por este sacrificio,
podamos decir
Sí y hacer lo que nos importa,
que nuestro
Si pueda ser
una fiel
respuesta a tu amor
y a la gente
que nos rodea.
Libéranos
para servirte con toda nuestra vida
por Jesucristo
nuestro Señor.
Amén.

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