DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO
DIA 19 DE FEBRERO
“Creer en Jesucristo, significa creer que
el amor está presente en el mundo, y que este amor es más fuerte que toda clase
de mal. ”
PRIMERA LECTURA
Levítico 19,1-2.17-18
Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
SALMO RESPONSORIAL
Salmo 102
El Señor es compasivo y misericordioso
SEGUNDA LECTURA
1 Corintios 3, 16- 23
Todo es
vuestro, vosotros de Cristo Y Cristo de Dios.
EVANGELIO
Mateo 5,38-48
Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué
premio tendréis?
Comentario- Introducción
En este séptimo domingo del tiempo
ordinario, las lecturas bíblicas nos hablan de la voluntad de Dios de hacer
partícipes a los hombres de su vida: «Sed santos, porque yo, el Señor vuestro
Dios, soy santo», se lee en el libro del Levítico (19, 1). Con estas palabras,
y los preceptos que se siguen de ellas, el Señor invitaba al pueblo que se
había elegido a ser fiel a la alianza con él caminando por sus senderos, y
fundaba la legislación social sobre el mandamiento «amarás a tu prójimo como a
ti mismo» (Lv 19, 18). Y si escuchamos a Jesús, en quien Dios asumió un cuerpo
mortal para hacerse cercano a cada hombre y revelar su amor infinito por
nosotros, encontramos esa misma llamada, ese mismo objetivo audaz. En efecto, dice
el Señor: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48).
¿Pero quién podría llegar a ser perfecto? Nuestra perfección es vivir como
hijos de Dios cumpliendo concretamente su voluntad. Don Miguel en su libro[1], a propósito de
este relato trae un texto de San Cipriano:
«a la paternidad de Dios debe corresponder un comportamiento de hijos de Dios,
para que Dios sea glorificado y alabado por la buena conducta del hombre».
S. Berdonces
HOMILIA
“Por tanto, sed vosotros
perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”.
La consigna evangélica
actualiza para nosotros aquella otra que, por medio de Moisés, dio el Señor a
su pueblo Israel: “Seréis santos yo, el
Señor vuestro Dios, soy santo”. Y el apóstol San pablo, llevándonos a la raíz
misma del misterio, nos ha recordado en su lectura del día: ¿No sabéis que sois
templo de Dios y el Espíritu Santo habita en vosotros?”
La comunidad cristiana,
eclesial,” es templo de Dios vivo”. Lo es en su conjunto. Lo es así mismo en
cada uno de sus miembros, incorporados como están, por el bautismo y la unción del Espíritu Santo, al Cuerpo de
Cristo. La Iglesia es santa. Y todos nosotros, miembros de ella, debemos
responder a esta vocación: “En la Iglesia todos, lo mismo quienes pertenecen a
la jerarquía que la apacentamos por ella, están llamados a la santidad”. Son palabras de la “Lumen
gentium”. Santidad que, “se manifiesta, y sin cesar debe manifestarse, en los
frutos de gracia, que el Espíritu produce en los fieles” (LG 19)
Lección continuada
“Por tanto, sed vosotros
perfectos…” Este por tanto del texto tiene su fuerza; conviene advertirlo. Nos
hace caer en la cuenta de que la consigna de Jesús: “Sed vosotros perfectos…es
consecuencia lógica y necesaria de toda la lección sobre la justicia del
Evangelio.
Veis que seguimos comentando
el texto del sermón de la Montaña. Recordáis las palabras del Señor, leídas y
comentadas el domingo pasado. “Os lo aseguro: si vuestra justicia no es más
cumplida que la de los letrados y fariseos no entrareis en el Reino de los
cielos. A partir de esta información, Jesús nos ha ido dando un criterio frente
a determinados problemas morales: el odio, el divorcio, la mentira bajo capa de
piedad.
Hoy quiere penetrar con
nosotros hasta el fondo mismo del corazón humano, para decirnos con toda
claridad cuál ha de ser la actitud radical del discípulo, frente a los agravios, las injurias, los abusos e
injusticias de que podemos ser objeto, por parte de los hombres: “Os han
enseñado que se mandó: ojo por ojo, diente por diente…”
Recuerdo ahora aquel niño
compañero mío en la Escuela, engreidillo él y valentón, que solía repetir a
cada paso: “A mí, quien me pega, le
pego”. Menos mal que el maestro que teníamos, era un gran educador y seriamente
cristiano. En cierta ocasión, en que le oyó repetir su frase favorita, le
invitó a escribirla en el encerado. A reglón seguido, le hizo escribir las
palabras de Jesús: “Pues yo os digo; no hagáis frente al que os agravia. Al
contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, vuélvele también la otra”.
A partir de aquí, vino el
comentario. Para hacernos caer en la cuenta hasta dónde puede llegar un hombre,
que se toma la justicia por su mano, cuando se olvidan las palabras de Jesús.
El amor, fuente de la justicia
Hoy también nosotros
debemos hacernos como niños, para aprender esta lección. Jesús nos previene
contra las reacciones espontáneas – reacciones naturales- de nuestro corazón
frente al mal. Su enseñanza culmina esta vez
en una consigna, que es mandato; “Yo en cambio, os digo: Amad a vuestros
enemigos, haced el bien a los que os aborrecen, y rezad por los que os
persiguen y calumnian”.
En labios del Maestro,
esta consigna es enteramente nueva. El amor
a los enemigos es nota distintiva de del cristianismo. Jesús que, en
frase lapidaria de San Lucas “hizo y enseñó” (Hech 1,1), ofreció, no la mejilla
sino todo su cuerpo, su sangre y su vida, por la salvación de todos los
pecadores del mundo. Oró al padre, pidiéndole perdón para los mismos que le
crucificaban.
De esta manera, la
lección de Jesús sobre la justicia en el cumplimiento de la Ley, viene a
desembocar en la consigna del amor universal. Y no podía ser de otra manera.
Hecho por Dios para nosotros “sabiduría, justicia, santificación y redención” (1 Cor 1,30). Jesucristo crucificado es la
revelación de la bondad y de la misericordia del Padre. Por él hemos aprendido
que “la misericordia es la fuente más profunda de la justicia”. Se trata, por
supuesto, de la justicia “a la
medida de Dios”, Como ha comentado Juan pablo II, en su
encíclica sobre el misterio de la misericordia.[2] Aquella que “nace toda del
amor del Padre y del hijo, y que fructifica toda ella en el amor (7 y 14).
Es oportuno, necesario
más que nunca, insistir -como hace el
Papa- en esa relación entre la auténtica justicia, que puede salvarnos de tantos
males, y el amor universal; en especial, el amor a los enemigos, a todos
aquellos que nos injurian, calumnian, molestan o persiguen. “No obstante múltiples
prejuicios – contra la misericordia- ella se presenta particularmente necesaria
en nuestro tiempo”, afirma el pontífice en su encíclica. Y es precisamente éste
el mensaje que trae para nosotros el Evangelio este domingo.
En el terreno de la educación.
Perdonad
que vuelva al recuerdo de la Escuela, y me refiera en concreto a la oportunidad
de nuestra tarea educativa. En las circunstancias político-sociales de las que
continuamente nos lamentamos; cuando hasta en el terreno de las instituciones
escolares se habla tanto de derechos, de cogestión, de libertad; cuando se pone tanto empeño en la intervención de
los mismos alumnos en la redacción de los programas escolares, en el tomar
decisiones, en la adopción de actitudes colectivas, con olvido manifiesto de la
primacía del amor sobre todos los otros valores, ¿cómo vamos a arreglarnos para
preparar los niños y adolescentes frente a la guerra, frente a toda clase de
dictaduras, frente al terrorismo, las torturas, las manipulaciones de todo
género?...
Creer en Jesucristo, y este
crucificado, significa creer que el amor está presente en el mundo, y que este
amor es más fuerte que toda clase de mal, en el que el hombre, la humanidad, el
mundo está situado. Creer, creer las palabras de Jesús; estar convencidos de la
fuerza del Evangelio. Y educar a nuestros hijos en esta convicción. Ayudarles
con nuestra actitud, nuestro cariño, nuestra paciencia, nuestro ejemplo
habitual, a no dejarse vencer por el mal, sino a vencer el mal con la fuerza el
bien. (Rom12, 21). Esta abundancia del bien que brota a raudales, ante todo y sobre todo, de lo más íntimo del hombre;
cuando, venciendo sus instintos, se entrega generosamente a la acción del
Espíritu de Jesucristo en él.
“Así seréis hijos de vuestro Padre
que está en los cielos, que hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la
lluvia sobre justos e injustos”. Aquí está y se nos da la razón definitiva :
puesto que el hombre fue hecho “a imagen
de Dios”, el secreto de toda educación -
humana y cristianamente hablando- consiste en ayudar al educando a vivir como
hijos de Dios; a imitar, contra viento y marea, la bondad, la misericordia, el
amor del padre que está en los cielos.
Es por esta causa de la educación
cristiana de nuestros hijos, por lo que nosotros hemos de orar y trabajar todos
los días, confiados siempre en la ayuda del Señor.
† Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén
ORACIÓN
DEL DÍA
Señor, que
cada persona:
Se encuentre
con tus ojos, cuando yo lo mire.
Escuche tu
palabra, cuando yo le hable.
Note tu mano
amiga, cuando yo le abrace.
Sienta el
contagio de tu paz y de tu gozo,
cuando yo me
cruce silenciosamente con él.
Hable a tus
oídos, cuando yo lo escuche.
Se recueste
en tu pecho cuando yo le dé confianza.
Se apoye en
tu hombro, cuando yo le ayude.
Note tu
presencia, cuando yo le acoja.
Experimente tu
amor, cuando yo le ame.
Amén.

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