jueves, 23 de febrero de 2017

DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO
DIA 26 DE FEBRERO.
“Todos estamos obligados a trabajar por la perfección del mundo; de manera que la miseria y el hambre sean desterradas de la humanidad.”


PRIMERA LECTURA
Isaías  49,14-15:
Pues aunque (tu madre) se olvidara, yo nunca te olvidaré.

  SALMO RESPONSORIAL
Salmo 61

 Descansa sólo en Dios, alma mía


 SEGUNDA LECTURA
 1 Corintios 4,1-5
Así, pues, no juzguéis antes de tiempo, dejad que venga el Señor.

 EVANGELIO
Mateo 6, 24-34
  No podéis servir a Dios y al dinero.






                                               Comentario- Introducción
Los que de una u otra forma tuvimos la suerte de convivir con don Miguel, al leer la homilía de este domingo, sabemos que toca dos pilares principales en su vida: la pobreza y la confianza en el Señor.
Al mismo tiempo que transcribía esta homilía, me han venido al pensamiento cientos de imágenes y de vivencias, con este obispo que siempre tuvo como norma vivir de manera radical la pobreza evangélica. Es justo que así lo diga, callar esta actitud  de don Miguel, sería, por miedo al panegírico, omitir uno de los grandes valores de su vida. Y además vivía pobre, sin hacer alarde entre los pobres, sin jugar a ser pobre. Sin pretenderlo fue un auténtico profeta, en esta sociedad, que por doquier aspira a la riqueza.
 Adecuarse a lo mínimo, vivir con lo justo. Mandar remendar su vieja aunque muy digna sotana,  llevar sus desgastadas botas al zapatero… Compartiendo con los pobres cada mes su congrua designación, sin que nadie lo supiera. No quería tener dinero. En él, se podía adivinar la misma parábola del Evangelio de este domingo, como los lirios del campo, como los pájaros del cielo.
S. Berdonces



HOMILIA
Podemos imaginar la atención y las reacciones íntimas de los primeros oyentes de Jesús, cuando el Maestro, en su Sermón de la Montaña, iba dando todas esas consignas de vida cristiana. Ahora resuenan en nuestros oídos, con la proclamación del Evangelio de estos últimos  domingos, en el ambiente de la asamblea eucarística. Pienso que ésta de hoy: “No estéis agobiados por la vida, pensando que vais a comer; ni por el cuerpo, pensando con qué vais a vestir”, debió repetirla Jesús más de una vez, en el transcurso de su predicación.
Aquello de los pájaros y de los lirios del campo cuadraba perfectamente con la mentalidad de las gentes sencillas de Galilea, hombres y mujeres en contacto habitual con la tierra y con el mar. ¡Era aquél mundo tan distinto al nuestro…!
Y, sin embargo, hoy como ayer, Jesús habla para sus discípulos; conviene tenerlo presente, ya que nosotros lo somos. En medio urbanos, como en ambientes de tipo rural, las palabras del Señor serán siempre actuales. Y necesarias, cada día con mayor exigencia, si de verdad pensamos ir a la raíz de los problemas, por los que nuestro mundo se ve afectado.

No hay contrariedad
“Sobre todo, buscad el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura”.
No es fruto esta consigna de una especie de romanticismo utópico, que deja a un lado la prosaica realidad de nuestro diario vivir. Esta confianza cristiana en el amor del Padre que está en los cielos, ese abandono generoso en manos de su providencia, ese amor incondicional en el Reino de Dios y su justicia,  en labios de Jesús, no son contrarios ¡en absoluto! a la misión encomendada por el Creador  a todo hombre que pisa la tierra.
Nadie está exento – ni siquiera los gorriones- del esfuerzo necesario para buscar el pan de cada día. Eso sí, después de haberlo pedido confiadamente al Padre, conforme al modelo de oración que  Jesús ha dado a los suyos. Individual y colectivamente, todos estamos obligados a trabajar por la perfección del mundo; de manera que la miseria y el hambre sean desterradas de la humanidad. La del trabajo es la ley universal. Ya San Pablo hubo de advertirlo a los cristianos de Tesalónica, con ocasión de la actitud pasiva de algunos miembros de aquella comunidad, en la espera de la vuelta del Señor.
Es indudable que Jesucristo, con su ejemplo personal, y luego con su predicación, tuvo presente las exigencias materiales a que estamos sometidos los hijos de Dios en esta tierra; donde los hombres nacen, se mueven, se relacionan entre sí y mueren. Pero, conocedor como nadie del misterio del corazón humano, quiso prevenir a sus discípulos frente a toda desorientación y esclavitud, situándolos en el horizonte propio de la filiación divina.

Para todos sin distinción
“Nadie puede estar al servicio de dos amos. No podéis servir a Dios y al dinero”.
Tampoco se trata aquí, frente a lo que puede parecer, viendo la conducta habitual de muchos cristianos, de un ideal reservado a ciertas personas o grupos seleccionados en el seno de la Iglesia; dejando para el común de los mortales un programa de vida menos exigente. La obligación de buscar, ante todo y sobre todo, el Reino de Dios y su justicia, confiados en el amor providente de Dios, nuestro Señor, afecta a todos los discípulos sin distinción. Es consigna universal del cristianismo. Como lo es la del amor: “Amad a vuestros enemigos, orad por los que os persiguen”. “Amaos los unos a los otros, como yo os he amado”. Ningún cristiano está exento de aceptar tales consignas y ajustar a ellas su vida.
Esto supuesto, en el seno de la iglesia de Jesucristo se da diversidad de condiciones, diversos estados de vida; en relación con la vocación personal y las ayudas que cada uno necesita, para superar su propia debilidad, frente al cumplimiento de la justicia. No cabe duda de que quienes, siguiendo los consejos evangélicos, se consagran, en el sacerdocio o en la vida religiosa, al servicio de Jesucristo y de su Iglesia, en principio, quedan libres de muchos estorbos, de muchas ataduras. Pueden correr tal vez mejor hacia la meta señalada por Jesús.
Otra cosa es la fidelidad con que cada uno de nosotros permanezcamos en el camino emprendido, como auténticos discípulos de Jesucristo, sea cualquiera el estado de vida elegido. Pero hay que insistir en la libertad; porque el dinero, de una forma o de otra hace esclavos. Frente a la tiranía, hay que mantener la integridad, la serenidad del corazón. Y es la confianza filial la que libra a los hijos de Dios de todas las posibilidades trabas, lo mismo en el sacerdocio que en la vida seglar, en la vida religiosa o en el matrimonio. Dios no tiene acepción de personas.

            La fe es útil
            “Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso”.
Como aquella vez primera, también hoy habla Jesús a sus discípulos. Para recordarnos que Dios, nuestro Padre, sabe bien que necesitamos comer, y beber, y vestir, y educar a nuestros hijos…Sabe que nos conveniente el descanso y la recreación a tiempos, y gozar de las alegrías del vivir. El, que es bueno y comprensivo, está de acuerdo con sus hijos en todo eso.
En lo que pienso que no estará de acuerdo, es en la medida en que nosotros queremos exigirlo. En esto de la proporción y la medida, damos la impresión de ser bastantes ignorantes, Y olvidar entre tanto las necesidades de nuestros hermanos. Y puede que sea precisamente ahí, donde esté la explicación de nuestros agobios, de nuestras inquietudes y temores.
No olvido la expresión de cierto padre de familia de Jaén, joven él y cristiano. Desahogándose conmigo, me contaba sus apuros durante una larga temporada que estuvo sin trabajo. Y me decía: “Hasta ahora no he sabido yo lo que se necesita para vivir. Es bastante menos de lo que pensamos de ordinario”.
¿Cuánto se necesita realmente para vivir?...Es difícil contestar a esta pregunta. Y, desde luego, entre todos vosotros, yo soy el menos indicado para hacerlo. Pero me atrevo a dejar aquí, flotando en el ambiente, ahora que son tantos los padres en pluriempleo, para mantener cierto nivel de vida. Y tantas las madres, que no dudan en separarse de sus hijos y se van a la calle a trabajar, con el fin de redondear el sueldo de su marido. ¿Está siempre justificada esta conducta?... ¿Es preferible tener mayores ingresos y no tener tiempo de hablar con los hijos? ¿No sería más rentable estar más tiempo con ellos, aunque los ingresos fueran menores?...
Perdonad, hermanos; bien sé que la de no resuelve el problema de la economía. Ciertamente. Pero da luz para reflexionar seriamente frente a los problemas humanos. Es posible que, si nos fiáramos más de Dios y tuviéramos presentes las consignas de Jesús, nuestro corazón estaría habitualmente sereno. Seríamos además mucho más comprensivos con nuestros hermanos. Con frecuencia, sus necesidades  son más graves que las nuestras.
Y es precisamente todo esto lo que el Señor nos pide, cuando nos acercamos cada domingo al altar, donde él se ofrece por todos nosotros.
Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén           


ORACIÓN DEL DÍA

Señor Dios nuestro, tú eres nuestro Padre:
tú cuidas a los pájaros del cielo,
que encuentran alimento a su debido tiempo;
tú vistes a las flores del campo
con bellos colores y suave fragancia.
Entonces, ¿por qué habríamos de preocuparnos?
Te damos gracias por el don de la vida,
por amarnos y cuidar de nosotros,
de modo gratuito.
Te damos gracias  por los hermanos que nos rodean.
Guárdanos firmemente en tu mano,
a causa de Jesucristo nuestro Señor.
Amén.



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