DOMINGO XXX TIEMPO ORDINARIO (27-X-74)
“Cuando un hombre desprecia a otro hombre, sea quien sea, falla en lo más
esencial de toda moral…No puede ser un hombre bueno”.
PRIMERA LECTURA
Eclesiástico 35,15-17.29-22
La Oración de
los humildes atraviesa las nubes
SALMO RESPONSORIAL
Salmo 33
Si el afligido invoca al Señor, Él
lo escucha.
SEGUNDA LECTURA
2 Tim 4,6-8.
16-18
He combatido
bien mi combate hasta el fin
EVANGELIO
Lucas 18, 9-14
Porque
todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.
Comentario-
Introducción
Si hoy tuviésemos que decir una palabra que defina la
homilía de este domingo, tendríamos que decir que es una reflexión sobre el
desprecio y los despreciados. La homilía de este domingo, se sumerge en la
Historia Sagrada, recurre a los ejemplos
de David contra Goliat y su danza
delante del Arca de la Alianza, para hablar del desprecio y de los
despreciados. Y llegar hasta Jesús, para hablar de la “escuela” del desprecio,
donde aprende los humildes. Mirando al “Despreciado” entre los hombres.
De nuevo, llama la atención, la habilidad para traer
el mensaje al pueblo que escucha a su pastor, a la sociedad en la que vive y el
momento en el que la predica. Nada de estereotipos, ni clichés que pueden
servir para cualquier lugar, eso sería mal lograr el mensaje. Ejemplos
concretos de los trabajadores, de los enfermos en los hospitales, el desprecio
que la sociedad siente por los enfermos mentales, las relaciones de los padres
con los hijos,…La vida misma de cada día. Pretende ser y lo consigue, sin
aspaviento, ni falso protagonismo, la voz de los que no tienen voz.
S. Berdonces
HOMILIA
“Dijo
Jesús esta parábola por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros
de sí mismos, y despreciaban a los demás”.
Recuerdo
ahora que, cuando hace tres años, pasamos por este mismo sitio, quiero decir,
se leyó este mismo pasaje evangélico, cometamos lo de la seguridad. Hice
algunos comentarios de la seguridad de la fe frente a otras seguridades que
solemos buscarnos los hombres, incluso los piadosos. Lo recuerdo perfectamente.
Hablamos
hoy del desprecio. Precisamente los hombres que se sienten seguros son los que
suelen despreciar a los demás. Hablemos hoy de este tema; que también puede ser
conveniente entre nosotros.
Entre dos desprecios
A este
propósito no es posible olvidar aquella frase de San Agustín, que sintetiza
perfectamente la Historia de la Humanidad: “ Fecerunt itaque civitates duas
amores duo…” En “La Ciudad de Dios” plantea el problema de esta forma. El ve la
Humanidad dividida en dos grandes grupos o ciudades, que se van edificando.
¿Cómo y quién las edifica?
San
Agustín que había experimentado en su corazón esta lucha terrible entre dos
mundos y fuerzas tan contrarias, habla de dos ciudades. Una de ellas la tierra,
la terrestre, como él la llama, la edifica “el amor de sí mismo, llevado hasta
el desprecio de Dios”. La otra, en cambio, la celestial, es edificada por “el
amor de Dios hasta el desprecio de sí”.
Veis
aquí, hermanos, un desprecio y otro desprecio. Entre ellos está toda la vida de
la historia del mundo. Fijaros bien en estos dos extremos: El desprecio de
Dios. No se puede llegar a más. Y el desprecio de sí mismo. Los humanistas
dirán que esto es inhumano. Mas, cuando nosotros hablamos del desprecio de sí,
no significa el desprecio de la persona humana, sino el de todo eso que hay en
nosotros mismos y es contrario a los verdaderos intereses del hombre.
El origen y los modos
Quedémonos
con estos dos extremos y también con algo importante: El origen de todo
desprecio está en el amor. Uno es el personaje. Todo de pende de la dirección
en que se camine. Siempre el origen lo encontraremos aquí.
Otro
tema es el de los modos y maneras del desprecio. Estos son muy variados: Las
burlas, las sonrisas, la indiferencia – que es la peor-, el olvido, los
silencios irritantes…Hay muchas maneras de despreciar a los hombres.
Y eso
sí, cuando un hombre desprecia a otro hombre, sea quien sea, falla en lo más
esencial de toda moral humana y cristiana. El principio es siempre válido:
Quien desprecia a otro hombre, no puede ser un hombre religioso, no puede ser
bueno.
Los despreciados
Tal es el origen y los
modos. ¿Quién es el objeto? ¿Dónde están los despreciados…?
¡Ay, amados hermanos!
Cuando cada domingo, al terminar la celebración, voy besando a los niños que me
salen al paso, lo hago pensando precisamente en esto. Solemos desprecias a los
niños. Porque ellos no cuentan, a veces, ni para sus madres. Prefieren
enviarlos a las guarderías o a las escuelas maternales, para quedarse libres.
Una manera de desprecio es ésta, y muy sensible, cuando no hay verdadera
necesidad de hacerlo así.
¿Quiénes son los
despreciados? Los pobres, claro está, los inútiles, los ancianos, los que no
sirven o no pueden dar utilidad. Como lo que domina es la preocupación por la
eficacia, los que no pueden aportar, según nuestro juicio, son despreciados.
Los enfermos. Y todavía
entre los enfermos hay clases. Hay clínicas y clínicas, hospitales y doctores
diversos. Si queréis que descendamos a ejemplos concretos, podemos hablar.
Recordemos y muy especialmente en este domingo, el desprecio de las naciones
poderosas por los pueblos del tercer mundo. Esta es la gran realidad actual.
Mas, como esto puede ser ya tópico, busquemos otros ejemplos más caseros.
En nuestra ciudad
Vengamos
a nuestra misma ciudad de Jaén, en la que hay empleados de muchas clases. Ahí
están por ejemplo los barrenderos, los empleados de la limpieza pública. ¿Habrá
personas como estas a las que todos debamos estar más agradecidos? ¿Qué aprecio
tenemos de ellos? Sólo pretendo que reflexionemos todos. No trato de acusar, ni
denunciar proféticamente. Cuando sea necesario lo haré; ahora solo hago una
consideración.
También
andan por ahí los empleados del servicio de incendios, los bedeles, los
porteros, las ordenanzas de las oficinas públicas.
En Jaén
tenemos varios hospitales: “El Neveral”, el “Princesa de España”, “El clínico”,
“Los Prados”. ¿Qué enfermos son los más apreciados y cuáles los despreciados…?
También es esto sin pretender entrar en el problema, sin decir lo que se puede
o no se puede hacer, porque yo no lo sé. Pero se, por ejemplo que los que se
consideran locos, los anormales, no tienen seguro de enfermedad. ¿Por qué?
Vuelvo
a repetiros que no es mi ánimo acusar. Sólo quiero ofreceros un baremo válido
para medir la cultura, el nivel humano, la justicia, el espíritu cristiano de
la sociedad en la que vivimos. Yo no sé si es o no es remediable el problema.
Mas debo decir también que esos enfermos de “Los Prados”, en bastantes casos
está despreciados y olvidados hasta por sus mismos familiares. Y esto no debe
ser así.
Antes de llegar hasta Dios
Y es que, cuando se va en esta
dirección, antes de llegar al desprecio de Dios, ya hemos pisoteado y
despreciado a muchos hermanos, empezando por los que están más cerca de
nosotros: Al padre, a la mujer, al hijo, al amigo, al vecino…Y, como el amor
así mismo no se detiene, ya no para hasta llegar al desprecio de Dios, o al
menos a olvidarlo.
Pero hay algo más irritante aun. Se
trata del desprecio por motivos religiosos. El desprecio para lo que, según mi
criterio, no son buenos, los que no van a Misa, los que no pertenecen a mi
grupo religioso, a mi asociación, a mi congregación, sino a la de enfrente. Los
que pertenecen a otras religiones: Los Testigos de Jehová y de ahí en adelante.
También están las mujeres de mala
vida, los jóvenes que se portan mal y son rebeldes y viciosos…¡El desprecio, el
desprecio para con los pecadores!. Aquí ya nos vamos acercando al mismo
Jesucristo, que ha dicho: “El que desprecia a uno de estos, me desprecia a mi”.
Es seria esta lección, hermanos. A
todos nos viene bien, a todos nos puede hacer reflexionar seriamente.
Un despreciado
Voy a recordaros a un despreciado
notable: David. Cuando era todavía un muchacho rubio y apuesto, pastorcillo él,
fue a ver a sus hermanos que estaban en “la mili”. Allí se encontró con Goliat
y se ofreció a pelear con el filisteo. La Escritura tiene una frase
significativa. Cuando salieron al encuentro el uno del otro, dice el texto:
“Volvió los ojos el filisteo, y viendo a David lo despreció, porque era un muchacho…”
No fue sólo Goliat. También lo
despreció su propia mujer, cuando David hizo el traslado del Arca a la ciudad,
siendo ya rey de Israel. Entraban en la ciudad, su mujer estaba mirando por la
ventana y le vio danzar lleno de júbilo delante del arca, en medio de la
comitiva. Y Mikal “lo despreció en su corazón”. Luego, en el encuentro, ella se
lo echaba en cara y David respondió: “En presencia de Yavhé danzo yo y
danzaré…Y me haré más vil todavía; seré vil a tus ojos pero seré honrado ante
esas criadas de que hablas”.
El relato termina con otra frase
significativa: “Y Mikal, hija de Saúl, no tuvo ya hijos hasta el día de su
muerte” (2 Sam 6). Y es que el desprecio se paga con la infecundidad. El hombre
que desprecia a su hermano ha perdido toda eficacia en la presencia de Dios.
Siervo de Yahvé
Más desprecios aún hubo de soportar
Jesús por causa de todos nosotros. Despreciado por Herodes, que se burló de Él.
Despreciado por la chusma de los verdugos que le azotaron; objeto de injurias
por parte de los soldados, de los príncipes de los sacerdotes y de todo el
pueblo. “Despreciado y desecho de los hombres, varón de dolores y sabedor de
dolencias” (Is 53).
Este Siervo, Jesús, aceptó todos los
desprecios con generosidad de corazón porque estaba educado en la escuela de
aquella que pudo decir: “Proclama mi alma la grandeza del Señor y se alegra mi
espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava”.
Volviendo ahora hacia nosotros
mismos, tendríamos que decir: Aceptemos los desprecios a semejanza de
Jesucristo.
¡Gran escuela es ésta del desprecio,
para madurar en todos los sentidos! Sobre todo, para alcanzar la perfección
cristiana. ¡Gran camino éste, hermanos! Para identificarnos con Jesucristo y
alcanzar la predilección de Dios.
Miguel, Obispo de Jaén.
Oración del Domingo.
Señor Dios
nuestro:
Nos damos cuenta de que somos pecadores, constantemente
necesitados de tu misericordia.
En la pobreza de nuestros corazones te damos gracias por
habernos permitido tomar parte en el banquete de Jesús, a pesar de nuestra poca
fe y de nuestro tibio amor.
Continúa aceptándonos tal como somos, ayúdanos a ser y
a obrar mejor, y recibe nuestra sincera acción de gracias por todo el bien que
has hecho en favor nuestro y de nuestros
hermanos.
Te lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor. AMÉN.

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