jueves, 6 de octubre de 2016

DOMINGO DE RESURRECCIÓN (14-4-74 )

¡Este es el día en que actuó el Señor!
Lecturas de la Misa
Primera lectura
Hechos 10 34. 37-43 . Me refiero a Jesús de Nazaret que pasó haciendo el bien…Dios lo ha resucitado.
Salmo responsorial
Salmo 117 . Este es el día en que actuó el Señor: se nuestra alegría y nuestro gozo.
Segunda lectura
Colosenses 3,1-4. Habéis resucitado con Cristo.
Evangelio
Juan 20,1-9. María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, y vio la losa quitada del sepulcro.
Comentario- introducción.
El gran mensaje del día de hoy, no es otro sino que Cristo ha vencido a la muerte, ha resucitado. En el decurso de la celebración de este día grande, la Iglesia de Jaén se alegra doblemente porque van a ser ordenados cuatro nuevos diáconos que se unen al clero de la diócesis.
Ellos van a ser también mensajeros de la gran noticia de la resurrección, debe estar en el centro de su vida y del ministerio que hoy reciben, significado en la entrega que les hace el obispo, del libro de los evangelios que deben de predicar al pueblo de Dios.
¡Cristo ha resucitado! Este es el centro de nuestra fe.
S. Berdonces
HOMILIA
De nuevo este año, como ocurrió el año anterior, la ordenación de nuestros nuevos diáconos coincide con la Solemnidad de la Pascua, en este mismo Domingo de Resurrección de nuestro Señor Jesucristo.
En aquella ocasión fueron siete los diáconos ordenados ; hoy son cuatro. Los cuales, de momento, se unirán al grupo de estos tres que son ahora los de nuestra Iglesia Diocesana. Así se mantendrá, si quiera sea por poco tiempo, ese número de siete que, como sabéis, es número perfecto en el lenguaje de las Escrituras.
Fueron siete también aquellos primeros varones, “llenos del Espíritu Santo”, a quienes los apóstoles impusieron sus manos para ordenarlos como ministros al “servicio de las mesas”, es decir, para servir y organizar el servicio de la caridad. De esta forma, los Doce quedaban más libres para que no padeciera la dedicación que debían “a la oración y al ministerio de la Palabra”.
Recuerdo de la Iglesia naciente
Como anoche os dije en la solemne Vigilia Pascual, también hoy esta nueva coincidencia despierta el recuerdo de la Iglesia naciente. Aquel pequeño rebaño de Jesús, que iba creciendo en número, gracias a la predicación apostólica y al testimonio de vida de la primitiva comunidad de los discípulos. Fue precisamente este crecimiento de los creyentes, en número y en fervor, lo que trajo la multiplicación del trabajo para los doce y motivó la creación del primer grupo de diáconos en la Iglesia.
Pienso que aquellas primeras comunidades eclesiales debieron celebrar con sumo fervor de espíritu el recuerdo de la Resurrección del Señor en este Día Santo.
En el seno de aquellas primeras comunidades de aquella primitiva generación estaban presentes los doce. Eran testigos de excepción aquellos hombres; habían convivido con Jesús desde los comienzos de su predicación, le trataron en la intimidad, presenciaron su pasión y muerte. Y luego le habían visto resucitado y lleno de gloria.
No sólo ellos. Había también otras personas, hombres y mujeres que habían conocido a Jesús durante su vida, habían escuchado su predicación y habían vivido con Él las horas amargas del fracaso y también la gozosa alegría de la resurrección. El recuerdo, especialmente en el aniversario de aquella fecha debía ser vivísimo.
Predicación y Eucaristía
Es San Lucas quien nos informa en su libro “Hechos de los Apóstoles” acerca de la vida de los primeros cristianos: “acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones” (Hech 2,42).
El ministerio de la palabra y la celebración de la eucaristía son, desde los comienzos, la base de toda la actividad y de la obra de la edificación de la Iglesia. Son estos mismos servicios los que, fundamentalmente, reclaman vuestra ordenación como diáconos de nuestra Iglesia local.
Vuestro oficio concreto será la proclamación del evangelio entre nosotros y el servicio del altar junto al obispo y a los presbíteros que presiden la eucaristía.
Habéis de ejercitaros ya desde ahora en el oficio de la predicación de la Palabra de Dios, predicando al pueblo la homilía cada domingo, bajo la dirección de los pastores en el seno de las comunidades parroquiales. Para la edificación del pueblo cristiano. Y también, esto es lo principal ahora, de tal forma que ese ejercicio complete vuestra formación como servidores de la Palabra; para el día que tengáis que hacerlo como pastores encargados de alguna comunidad concreta.
Tendréis que actuar como catequistas y dedicaros a fondo en este ministerio. ¡Son tan pocos los cristianos que están convenientemente formados en el conocimiento de los misterios de la fe! ¡Son tan graves las consecuencias de una situación, en la que los mayores son incapaces de transmitir la fe a los niños y adolescentes!
Vosotros, el día de mañana, no sólo habréis de catequizar al pueblo cristiano; tendréis que formar a aquellos catequistas que colaboren con vosotros en este trabajo apostólico ; dirigirlos, orientarlos, mantenerlos y animarlos para que jamás abandonen este servicio.
El misterio de la resurrección
Por vuestra ordenación vais a quedar vinculados al altar para siempre. El altar es siempre el lugar más sagrado, destinado como está a la celebración de la Eucaristía. Es de suyo el mejor símbolo de Jesucristo y de su presencia.
Junto a los obispos y a los presbíteros tienen un puesto humilde. Vuestro servicio. Pero no por eso es menos preciosa vuestra colaboración aquí y menos noble a la hora de preparar el sacrificio y de distribuir la Sagrada Comunión.
En la celebración eucarística se hace presente sobre el altar el Cuerpo y la Sangre de Cristo glorioso. El misterio de la Resurrección de Cristo se actualiza singularmente aquí, en el altar. Su presencia no se hace visible sino en las especies sacramentales ; pero la fe nos enseña que está en el sacramento tal como es y se apareció a los suyos en aquel primer Domingo de Pascua.
El cuerpo glorioso de Cristo resucitado no es sólo el manjar con que El nos alimenta; es también el lugar concreto – si cabe hablar así- donde se hace nuestro encuentro vital con Dios y con todos los hermanos, miembros todos del Cuerpo de Cristo.
La fe de la Iglesia.
La Iglesia vive de la Eucaristía. Toda su vida, su actividad, su fuerza y energías tienen su punto de partida en la Resurrección del Señor. El contacto con la Eucaristía nos ayuda a profundizar en la misteriosa realidad que es Jesucristo, en cuyo rostro brilla la gloria de Dios.
Es por eso también por lo que, en la predicación y en la enseñanza de la Iglesia, la Resurrección ocupa el centro del mensaje. “Los Apóstoles daban testimonio con gran poder de la resurrección del Señor Jesús (Hech 4,33). Los sermones de Pedro y Pablo, de todos los apóstoles, venían siempre a parar, de una manera o de otra, a esta conclusión: “Sepa, pues, con toda certeza la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado” (Hech 2.36)…”Dios ha resucitado a su Siervo Jesús; nosotros somos testigos”
Esto explica que la primitiva fórmula de fe cristiana – acaso la primera de todas las que se usaron en el bautismo- fuera ésta: “Jesucristo es Señor”.
San Pablo insistía en el tema: “Esto es lo que predicamos; estos es lo que habéis creído” (1 Cor 15,11). “Si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees de corazón que Dios lo resucitó entre los muertos, serás salvo”(Rom 10,9 )
Dador del Espíritu
Cuando Jesús se apareció a los suyos en la tarde del Domingo, después de saludarles les decía, al mismo tiempo que echaba su aliento sobre ellos: “Recibid el Espíritu Santo”. Jesucristo murió y resucitó para darnos su Espíritu y, con Él, la vida y la caridad.
Como en la primera comunidad de los discípulos, el contacto con la Palabra y en la celebración eucarística, se aviva la fe y se encendía el amor, con el recuerdo de Jesucristo glorioso, que también nosotros crezcamos en su gracia por la acción del Espíritu Santo; al celebrar el Misterio Pascual. Y que nuestros diáconos sena llenos del Espíritu Santo; ; par que, con su ministerio, se incremente la vida del Pueblo de Dios.
Miguel, Obispo de Jaén.
Para el resto de la semana
Este Domingo de Resurrección es tan grande que la Iglesia convierte casi en domingo los ocho días que le siguen, celebrando la octava de Pascua. Parece como si la Iglesia no quisiera acabar este gran domingo, fiesta de las fiestas y solemnidad de las solemnidades. Su grandeza es tal que toda la comunidad cristiana se siente hechizada con un mismo sentimiento de júbilo. Esta octava está consagrada, ante todo, a la toma de conciencia del hecho mismo de la Resurrección de Cristo y al recuerdo del Bautismo.
Conforme a una antiquísima tradición, común a la mayoría de las Iglesias, se leen los Hechos de los Apóstoles durante estos ocho días y a lo largo del tiempo pascual que culmina en Pentecostés. Este libro es una especie de continuación del Evangelio según San Lucas. Dicho evangelista describe en este tomo segundo de su obra el nacimiento y desarrollo de la Iglesia, de la misma forma que en el Evangelio describió el nacimiento y ministerio de su fundador. Muestra la vida y expansión de la Iglesia bajo el influjo del Resucitado y del Espíritu Santo, que fue enviado por Jesús ya desde sus comienzos. A lo largo de esta octava se leen también los textos evangélicos que narran las apariciones de Jesús, textos que renuevan el júbilo de la Pascua.

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