viernes, 14 de octubre de 2016

DOMINGO XXIX TIEMPO ORDINARIO (20-X-74)
<<“Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo”. ¡Cómo convendría anotar esto último, ahora que todos gustan hablar mal de la Iglesia y de los cristianos!>>

PRIMERA LECTURA
Éxodo 17, 8-13
“Mañana yo estaré en pie en la cima del monte con el bastón maravilloso en las manos.”
SALMO RESPONSORIAL
Salmo 120
 El auxilio me viene del Señor que hizo el cielo y la tierra.

SEGUNDA LECTURA
 2Timoteo 3,14-4,2.
 “Así el hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda buena obra”.
EVANGELIO
Lucas 18, 1-8
 “Dios hará justicia a sus elegidos, que claman a Él”
            Comentario- Introducción
Mientras en la Iglesia se celebraba el Sínodo de los obispos del año 1974, cuyos frutos daría la exhortación apostólica “Evangelii nuntiandi”, el anuncio del Evangelio del Papa Pablo VI.
El obispo de Jaén, haciendo  latir su corazón al unísono con el de la Iglesia, anuncia a su pueblo las excelencias de la misión.  La homilía de este domingo, caminando ya hacia el final del año litúrgico,  apunta directamente a la diana. El encuentro con el Señor. Conjuga la oración y la misión, como binomio inseparable para llegar a ese encuentro, perfectamente ilustrados con el ejemplo y la vida de quienes nos precedieron en el camino de la fe. Contemplad, orad y al mismo tiempo anunciar lo que vivimos, vocear nuestras miserias, y gritar nuestras alegrías, persistir orando, sin cejar, insistiendo, contra todos los pronósticos, porque nuestra oración es contra todos los pronósticos, y porque la vida misma depende de ella, como también depende la vida de justicia y amor en el mundo. En este domingo, pedimos de nuevo a Jesús: “¡Señor, enséñanos a orar!”  Y  unimos nuestras súplicas a las de Él.
S. Berdonces

HOMILIA
Acabamos de oír la voz del Señor, que nos recuerda cómo “los discípulos tienen que orar siempre sin desanimarse”. Nosotros, amados hermanos, somos discípulos de Jesucristo; somos cristianos.
También hemos escuchado la recomendación que San Pablo hizo a su discípulo Timoteo, poco antes de morir: “Ante Dios y ante Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, te conjuro” – ya veis que se trata de algo importante- “te conjuro por su venida en majestad: proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo…”
Proclamar en el mundo la palabra de Jesucristo: Este es el encargo. Pablo transmite a su discípulos el mandato de Jesús: “Id al mundo entero, predicar el Evangelio a toda criatura, enseñadles a guardar cuanto yo os he mandado” (Mt 28,19-20; Mc 16, 15-16).

  La oración y la misión
La misión- han dicho los Padres del Vaticano II- es esencial a la Iglesia; tiene en ella su razón de ser” (LG 48). Piensa que, si tú perteneces a la Iglesia, a ti, me afecta a mí y a todos los discípulos de Jesucristo.
“La Iglesia, por su naturaleza es misionera, ya que ella procede de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, conforme al designio de Dios” (AG 2) También son estas palabra del Concilio y hemos de tenerlas presentes.
Y es, hermanos, que el encargo del Señor pesa sobre la Iglesia continuamente. Ella lo vive de tal manera que, como ha dicho el mismo Concilio, puede hacer suyas las palabras del Apóstol, “¡Ay de mí si no evangelizare!”.
Ahora bien, la propagación de la fe es algo muy distinto a cualquier otra propaganda. Es otra empresa. Conviene no confundir la predicación del Evangelio con las propagandas que suelen hacerse en el mundo.
Uniendo las dos recomendaciones: La de orar incesantemente y la de predicar el Evangelio, podríamos hacernos la pregunta: ¿Oramos nosotros por esta causa? ¿Ejercitamos nuestra oración en este asunto? ¿Hacemos nuestra continuamente la preocupación de que el Evangelio de Jesús alcance a todos los hombres y a todos los pueblos…?

Fuerza expansiva del espíritu
Aquella primera comunidad cristiana será siempre el modelo de lo que la Iglesia es y debe ser en todos los tiempos, en cualquier circunstancia. Si otras cosas necesariamente varían, el espíritu ha de ser el mismo.
¿Cómo era aquella Iglesia? San Lucas nos informa de ello en su segundo libro. Oíd. “Tenían un solo corazón y una sola alama…Acudían así asiduamente a las enseñanzas de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones. Partían el pan por las casas y tomaban el alimento con sencillez y alegría de corazón. Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo”. ¡Cómo convendría anotar esto último, ahora que todos gustan hablar mal de la Iglesia y de los cristianos! ¡La Iglesia en medio del mundo de nuestros días!…
Viene enseguida la conclusión: “El Señor agregaba cada día a la comunidad  a los que se habían de salvar”. Crecía el número de los creyentes; crecía y aumentaba la Iglesia. Por eso el evangelista se complacía en repetir su estribillo: “La Palabra de Dios iba creciendo”. “La Palabra de Dios crecía y se multiplicaba”. “La Palabra de Dios crecía y se fortalecía” (Hech 2, 42-47; 4, 32; 6,7).
Leyendo con atención el libro, nos damos cuenta de que hay una relación directa entre la vida interior de la Iglesia y la expansión de la palabra; entre la fuerza expansiva del Espíritu y la predicación del Evangelio.


           
La situación de nuestra Iglesia
Hoy debemos de plantearnos con sinceridad el problema: ¿Cuál es entonces, la situación real de nuestras comunidades cristianas?
La Iglesia primitiva creció – no hay duda- por la presencia del Espíritu del Señor en el seno de la comunidad y de los grupos cristianos que se iba formando. La caridad de Jesucristo, con su poder transformador y expansivo, ganaba terreno y se extendía en el mundo.
Siempre se cumplirá aquello que anunció Jesús: “El reino de los cielos es semejante a un poco de levadura…Es “como un granito de mostaza que, siendo tan pequeño, si lo siembra un hombre, crece hasta hacerse un árbol grande, de manera que las aves vienen a poner su nido en sus ramas”.
Tal es el misterio de la propagación de la fe. No obedece a técnicas de propaganda, ni cuenta con otros medios. Pues bien, teniendo en cuenta este criterio, debemos reflexionar sobre nuestra situación. La vida de nuestras parroquias, la situación de nuestras casas religiosas, la de los conventos, la actitud cristiana de nuestra ciudad.
Jaén acaba de celebrar las fiestas de su patrón San Lucas. Este simpático evangelista, escritor maravilloso, nos informa para mostrarnos cómo es la iglesia y cómo debe de ser siempre. ¿Qué tal es nuestra ciudad? ¿Cuál es el espíritu de nuestra Diócesis? Es la pregunta que vosotros y yo tenemos que hacernos en este día.

Respuesta a una consulta
Allá por el año 411 o 412, una mujer viuda llamada Proba escribió a San Agustín. Era mujer noble y rica, madre de numerosa familia y viuda. Le pedía consejo acerca de su vida de oración. Y el santo Obispo le contesta una larga carta.
Empieza hablándole de la riqueza. Luego viene al tema y le recuerda la doctrina del Señor acerca de la oración. A propósito de esta otra viuda del Evangelio, que hoy nos habla la lectura, le dice que, para orar, no hace falta hablar mucho, ya que Dios sabe lo que nosotros necesitamos. “Vosotros – dijo Jesús- cuando oréis, no hagáis largas oraciones como los fariseos, porque sabe bien vuestro Padre celestial lo que necesitáis”.
Cuenta San Agustín: “Siendo así, el hecho de habernos enseñado a orar puede sorprendernos, si pensamos que lo que Dios pretende con ello es llegar a conocer nuestra voluntad. Pero no es eso lo que pretende, ya que lo conoce muy bien. Lo que pretende es que, mediante la oración, avivemos nuestro deseo, a fin de que estemos lo suficientemente abiertos como para poder recibir lo que ha de darnos” (Carta 130).
Es bonito este pensamiento. Nos descubre la dinámica de la oración cristiana. Cuando nosotros pedimos, exponemos a Dios nuestros deseos. Al hacerlo con constancia, vivimos intensamente nuestras aspiraciones. Así se ensancha el corazón, se dilata nuestro espacio interior y queda suficientemente abierto, para que el Señor ponga en él la riqueza de su gracia y de su Espíritu.
Oremos
Volvamos al tema de nuestra Iglesia y de nuestras comunidades. ¿Es pobre nuestra vida cristiana, estamos vueltos hacia nosotros mismos y encontramos estrecho nuestro ambiente…? Orad, hermanos, orad.
Oremos. Siempre que en la Misa yo digo esta palabra e invitación suelo detenerme un tanto, para que todos nos demos cuenta de la necesidad que tenemos de hacerlo. Hemos de exponerle al Señor nuestro deseo. El que tú tienes y el que tengo yo; el de esa niña y el de aquel anciano.
Cuando oramos juntos, se contagia el calor y el interés; la caridad nos une. Así se dilata el espíritu; así se agrandan los espacios que han de llenarse de la gracia del Señor.
Quisiera yo que nuestra Diócesis tuviera tanto espíritu, que cupiera en ella todas las aspiraciones de la Iglesia, que pudiera estar siempre a punto para ayudar a las otras Iglesias locales, que se hiciera solidaria de la Iglesia universal. Que todos y cada uno viviéramos los problemas de la Iglesia en los países de misión y oráramos constantemente por los que no conocen a Cristo.
Tendríamos que se capaces de contar con un grupo amplio de sacerdotes, religiosos y seglares con vocación misionera, para poder enviarlos allá. Que nuestra Diócesis se hiciera presente y responsable allí donde es necesario el anuncio del Evangelio. Oremos por esta causa, que el Espíritu remediará nuestra debilidad. Y podremos colaborar de manera generosa en la gran empresa del Señor.
Miguel, Obispo de Jaén.


Oración del Domingo.
 Señor Dios nuestro:
Sabemos que tú eres nuestro Padre amoroso, que nos esperas y que estás atento a nosotros en cada momento de nuestras vidas.
Dígnate, pues, aceptar nuestra oración como un grito de confianza que surge derecho desde la pobreza de nuestros corazones.
Si tú no atiendes nuestra súplica cuando pedimos cosas perjudiciales, concédenos lo que realmente necesitamos y guarda viva nuestra confianza de que tú eres bueno y nos amas ya que tú eres nuestro Padre en Jesucristo nuestro Señor.
AMÉN.



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