domingo, 9 de octubre de 2016

DOMINGO XVIII TIEMPO ORDINARIO

“Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”.
¡Sin agradecimiento no hay posibilidad de vida cristiana!


PRIMERA LECTURA
2Reyes 5, 14-17
“En adelante tu servidor no ofrecerá holocaustos ni sacrificios a otros dioses fuera del S

eñor.”
SALMO RESPONSORIAL
Salmo 97
 El Señor revela a las naciones su salvación.

SEGUNDA LECTURA
 2Timoteo 2, 8-13
 “Si somo infieles, él permanecerá fiel.
EVANGELIO
Lucas 17, 11-19.
 ¿No han quedado limpios los diez?, los otros nueve ¿donde están?                                 

Comentario- Introducción
Hoy podríamos decir y con toda razón que es el domingo del agradecimiento. El agradecimiento a Dios y a los hombres. De la mano y la palabra de don Miguel nos adentramos, fluyendo por el centro de la vida cristiana, la Eucaristía, entramos en el misterio del agradecimiento del hombre para con Dios. El reconocimiento del bien de Dios con el hombre que nace en la misma comunidad cristiana y que al mismo tiempo se recibe ya del Antiguo Testamento, como lo pone de manifiesto la primera de las lecturas de la misa de hoy.
 Y aunque solo un leproso volvió a agradecer a Jesús la curación de la lepra, no debemos de obviar que este domingo es el del agradecimiento. El  “cálculo estadístico” del desagradecimiento de la Parábola fue del 90 por ciento: de diez, uno… Porque el ser humano no es muy agradecido. Puede llegar a orar con fuerza y exigencia para obtener el bien solicitado. Pero una vez obtenido olvida el gran favor y cree que la curación –o lo conseguido—ha llegado por sus propios méritos. Por eso hay que valorar el gesto entusiasta de, al menos, uno. Estamos pues en el Domingo del Agradecimiento.
S. Berdonces

HOMILIA
Dos personas volvieron a expresar su agradecimiento, de las cuales nos han hablado las lecturas. Se nos proponen como ejemplo para nuestra meditación.
Volvió Naamán, el general sirio, hombre poderoso e influyente en la corte. Estaba leproso y acudió a Eliseo, el profeta. Trabajo le costó de obedecer aquella consigna de lavarse siete veces en el Jordán. Al fin se venció y se encontró curado. Tomó entonces el camino de vuelta para expresar su agradecimiento al Dios de Israel y al profeta. A la soberbia humana suele costarle mucho esto de tomar el camino de vuelta.
El otro es también leproso. Un hombre samaritano, que andaba el pobre en compañía de otros desgraciados. A todos los diez los curó el Señor. Pero sólo él volvió a expresar su agradecimiento, echándose a los pies de Jesús.
  Actitud religiosa fundamental
El agradecimiento, hermanos, es algo connatural al hombre. En lo más profundo de nuestro ser está metido este impulso de agradecer el beneficio recibido. Por eso dice el refrán que “el desagradecido no es bien nacido”. Hasta en los animales observamos señales de esta relación natural de agradecimiento.
En lo religioso, claro está, la acción de gracias es un elemento esencial. No puede haber espíritu religioso auténtico cuando fatal de agradecimiento a Dios, de quien el hombre lo recibe todo.
Una de las prácticas más expresivas de este agradecimiento religioso es la bendición y acción de gracias en las comidas. Nunca se siente el hombre tan necesitado y tan deudor de la vida como cuando se sienta a tomar los alimentos. Y esta práctica se va perdiendo entre los cristianos.

 Eucaristía
En la liturgia judía solía hacerse la acción de gracias en el centro de la celebración. Se empezaba por una “eulogía”, expresión de la alabanza a Dios. Seguía luego aquello que los griego llaman la “anánnesis”, es decir, el recuerdo y el relato de las acciones admirables del Señor en favor de su pueblo. Y, por fin, la “acción de gracias” o eucaristía. Que esta es la significación del término. Solía hacerse simultáneamente con la fracción del pan  y al tomar el cáliz de la bendición.
Jesucristo siguió en la Cena Pascual  este mismo rito, al instituir su Eucaristía. “Porque el mismo la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, dando gracias, lo partió…Del mismo modo, acabada la cena. Tomó el cáliz, dando gracias, pronunció la bendición”.
Para nosotros, los discípulos  de Jesucristo, la Acción de gracias es el punto de partida, la meta y el centro de nuestra vida religiosa. Este nombre “Eucaristía” acabó imponiéndose sobre todo los otros términos, con los que se designan en un principio la celebración: Fracción del pan, Cena del Señor…En nuestros días también se ha revalorizado el término en el uso del pueblo. Antes decíamos “La Misa” casi exclusivamente. Hoy todos hablan de celebración eucarística.
¿Por qué ese nombre es el preferido? ¿Porqué acabó imponiéndose para designar nuestra celebración…?

Penetrar más a fondo
Un filósofo pagano de principios del siglo III, Celso, escribió un libro titulado: “Discurso de la verdad”, en el que volcaba todo su odio contra Jesucristo. . Celso andaba preocupado por la decadencia de las celebraciones en los sacrificios oficiales, que solían ofrecerse para honrar a los dioses del Imperio. Echaba la culpa a los cristianos.  Le respondió Orígenes, el hijo de un mártir, catequista insigne, con su obra “Contra Celso”. Y puesto que el filósofo arremetía contra los cristianos acusándolos de desagradecidos, Orígenes, enfrentándose con la acusación, escribe: “Nosotros los cristianos, que penetramos más a fondo en lo que significa acción de gracias, afirmamos no pecar de ingratitud…Evitamos, en cambio, ser ingratos para con Dios, de cuyos beneficios estamos colmados” (Lib. VIII, 57).
Nosotros penetramos mejor lo que significa acción de gracias. Estamos en mejores condiciones de vivir y expresar nuestro agradecimiento. ¿Porqué?. Porque hemos conocido a Jesucristo y recordamos su obra para con nosotros. “ Cuando estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalo, Cristo murió por los impíos…Cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su hijo” (Rom 5,6-10).
Es la obra salvadora de Dios en Jesucristo. Al recordarla, elevamos nuestro corazón agradecido por El, con El y en El. Si somos consecuentes , cada día insistiremos más, profundizaremos mejor, este recuerdo de la obra del Señor,  que florece en nuestro corazón con acciones de gracias.

Falta de catequistas
Os diría que, en nuestros días, este agradecimiento cristiano tropieza cada vez más con dos serios obstáculos. El primero es la falta de memoria, cosa tan frecuente entre los hombres. El fallo es más profundo aún. No es solo la falta de memoria; es la falta incluso de conocimiento. Ayer en la Escuela Catequética dialogábamos sobre este tema. Señalábamos la importancia que tiene que las madres – no las monjasde la guardería o de la escuela de párvulos- las madres personalmente y los padres, vayan contando a sus hijos pequeños de manera asidua  “las cosas del Señor”. Allí debe ponerse, en el fondo de su corazón, el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo, como cimiento salido de su vida religiosa. A su tiempo aflorará el recuerdo a la superficie.
Uno de los fallos más lamentables en el terreno pastoral se ha dado entre nosotros en relación con la celebración eucarística. Quiero insistir en ello. Cuando se ha oído que los jóvenes repiten “La Misa no me dice nada”, se ha querido en muchos casos remediar el mal, organizándoles “Misas atrayentes”. Se han traido entonces las guitarras, se ha echado mano de los ritmos profanos, de las melodiías más corrientes de su agrado, para hacerles tomar parte en la celebración.
Se ha insistido en la participación y en que ellos participen. Pero cómo van a participar en algo que no saben qué es?. Si no tienen conocimiento claro de lo qu es y supone la Eucaristía, hay que conocer la obra de Dios en Jesucristo y la Historia de nuestra salvación. Es necesario enfrentarse seriamente con la catequesis y el recuerdo de estos misterios y de todos esos misterios de nuestra fe.

Autonomía radical
            Todavía hay otro obstáculo mayor. Es acaso el peor en el mundo actual. Se trata de eso que algunos autores llaman: “Autonomía radical del hombre”. Algún escritor ha observado que el hombre moderno rechaza la paternidad, la misma generación como un hecho que puede limitar su autonomía. Y, de rechazo, también la descendencia.
El hombre no acepta el ser hecho en ningún aspecto: quiere “hacerse así mismo”, y esto sin limitaciones alguna que pueda condicionar su libertad. Expresada así la autonomía, tienen explicación muchas cosas. Hasta esa obsesión sexual que observamos por todas partes, incluso en ambientes que se llaman cristianos.
Comprenderéis que, en esta situación, hablar de agradecimiento está de más. Si no se quiere deber nada a los otros, ni siquiera a los padres, ¿cómo nos vamos mostrar agradecidos a los beneficios?. Si esto es en relación con los hombres, a quien vemos, ¿qué será en relación con Dios, a quien no vemos?
¿El rechazo de la paternidad! Más de una vez he oído yo decir: “Yo no debo nada a mis padres. Me engendraron por puro placer”. Y en más de una ocasión, no se trataba de un joven precisamente. ¡Sin agradecimiento no hay posibilidad de vida cristiana!.

Amén, amén.
San Justino, un cristiano seglar del siglo II, es a quien debemos la información más antigua de la celebración de la Eucaristía del Domingo. En lo fundamental era igual a la que ahora hacemos nosotros.
Pues bien, San Justino subraya como rasgo principal de aquella celebración el agradecimiento vivo y manifiesto de la comunidad congregada. Era el ansia de hacer llegar a Dios. Por medio de Jesucristo, el agradecimiento por los dones recibidos. Y, por eso, cuando el que presidía pronunciaba el final de la oración eucarística, el pueblo de Dios asentía con manifiesta complacencia: “Amén, amén”.
San Pablo acusaba a los paganos que “conociendo a Dios, no lo glorificaban ni le daban gracias”.  Eran hombres “sin corazón” (Rom 1,21 y 31) ¡ No seamos nosotros desagradecidos, hermanos míos!
Se ha escrito y se repite que la Misa es una celebración festiva. Y esto está bien, con tal de que sea bien entendido. La nuestra no puede ser confundida con una alegría superficial o mundana. La alegría cristiana procede, ante todo, de la conversión del corazón. Luego, ante el recuerdo de Jesucristo y de su obra redentora, se levanta en agradecimiento, para florecer y fructificar en el gozo del Señor.
Miguel, Obispo de Jaén.



Oración del Domingo.
 Oh Dios y Padre nuestro:
Nosotros somos tu graciosa obra de arte. Cuando estábamos condenados a la muerte
por el pecado, tú nos llamaste a la vida, por medio de la muerte y resurrección de Jesús. Ábrenos a tu vida y a tu amor, concedidos como don gratuito y generoso.
Danos corazones agradecidos.
Que aprendamos de ti y de tu Hijo a darnos a nosotros mismos graciosamente a nuestros  hermanos.
Acepta nuestra acción de gracias por medio de Jesucristo nuestro Señor.                       
 AMÉN.


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