“Cuando el amor se hace fruto
se llama hijo” (P. Ricardo Facci)
Mas el cristiano sabe, que,
mientras nuestra vida es muerte, hay una muerte que es vida.
PRIMERA LECTURA
Proverbios 8, 22-31
Antes de los orígenes de la tierra
la sabiduría ya había nacido
SALMO RESPONSORIAL
Salmo 8
¡Señor,
nuestro Dios, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!
SEGUNDA LECTURA
Romanos 5, 1-5
Con Dios, por medio de Cristo, en el amor derramado por el Espíritu
Santo.
EVANGELIO
Juan 16, 12-15
Todo lo que tiene el Padre es mío; el
Espíritu tomará de lo mío y os lo anunciará
Comentario-
Introducción
Para el hombre actual, posmoderno, el misterio evoca
algo incomprensible, oscuro, una especie de rompecabezas contra el que nuestra
mente choca inútilmente. El misterio es abordado como un “insulto” a la razón
humana. Esto sucede con el misterio de la Trinidad, Dios Uno y Trino. Una sola
naturaleza en tres personas distintas.
La homilía de este domingo, una vez más, rompe la
barrera del tiempo y es un mensaje dirigido a nosotros, en el momento presente,
nos ayuda a entrar en el misterio,
quedar perplejos ante él no quiere
explicar nada, sería ridícula tal pretensión y más aún en un catequista
y homileta como don Miguel; no por esto se aleja de la realidad. Precisamente
por su condición pedagógica comienza siempre hablando de lo más cotidiano, de
lo más cercano. Tomando como modelo la forma de enseñar del Maestro, no se
aparta de la realidad vital; habla de la vida, de la cuestión social, del dolor
de la muerte… y desde ahí va al misterio, acercándose a él descalzo, como
Moisés a la zarza ardiendo.
Dejémonos
llevar y entremos en la contemplación del Padre y del Hijo que nos dejó su
Santo Espíritu.
S. Berdonces
HOMILIA
Al celebrar esta
solemnidad del Misterio de la vida de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo – la
festividad litúrgica del día- nos sale el acontecimiento actual. En nuestra Diócesis la actualidad son nueve
personas muertas y veinte y tantos heridos en un trágico accidente de
circulación. La mayoría de ellos son niñas de once a quince años.
Una vida que es muerte
Al pasar por el lugar del
accidente iba yo leyendo precisamente el último número de una revista
teológica, dedicada por entero al tema: “La muerte y el cristiano”.
La muerte. El hombre moderno ha resuelto muchos problemas ciertamente.
Pero el misterio de la muerte está ahí intocable para él. El tema está en las
novelas, en el cine, en las obras de arte. Podemos ver a través de todo ello
las reacciones del hombre actual ante la muerte.
Ya no tiene la gente una
experiencia directa tan habitual del hecho de la muerte como en tiempos
pasados. Se aparta a los enfermos. Los moribundos y agonizantes suelen estar en
las clínicas, lejos de nuestro ambiente habitual. No tenemos la muerte ante
nuestros ojos. Parece como si la sociedad actual hubiese querido apartar esta
realidad de nuestras miradas.
En muchos casos nos
distraemos, para no mirarla. Mas, cuando el hombre tiene que enfrentarse con el
problema, una de dos: o trata de desentenderse. O se desespera.
Reacción cristiana.
El
cristiano ha de tener otra reacción, cuando adopta la actitud que como tal le corresponde.
Como cualquier otro hombre, que no tiene fe, el cristiano se da cuenta que la
vida humana es más una muerte que una vida. Cada momento vivido es
irreversible. Cada paso que damos nos acerca fatalmente al sepulcro.
Mas
el cristiano sabe, que, mientras nuestra vida es muerte, hay una muerte que es
vida. Nosotros creemos que Jesucristo “muriendo” destruye nuestra muerte. La
muerte de Jesucristo nos da la vida.
“Yo
soy la resurrección y la vida – ha dicho- El. El que cree en mí, aunque haya
muerto vivirá. Y el que vive y cree en mí no morirá para siempre” (Jn 11,
25-26)
Esta
es nuestra esperanza. Es nuestra fe.
Ahora
bien, ¿de qué vida se trata aquí?...Porque hay en todo eso una diferencia
fundamental. Nuestra vida es muerte. La vida de que nos habla Jesucristo es la vida de Dios. Y Dios es la Vida. “No es
Dios de muertos, sino de vivos”, recordaba Jesús a los saduceos incrédulos (Mt
22, 32)
Vestigios de la Trinidad.
El misterio de la vida de
Dios se nos escapa. Nosotros no podemos alcanzarlo con nuestra propia
inteligencia, tan limitada. Nuestro mismo corazón es pequeño. Dios, “Padre,
Hijo y Espíritu Santo”. Es Dios mismo quien nos lo ha revelado.
En el Antiguo Testamento
encontramos alguna luz incipiente. Hay ya
algunos vestigios de lo que más tarde sería plena luz en Jesucristo.
Cuando el autor sagrado
describe la obra de la creación del mundo, nos habla de la Palabra de Dios y de
su aliento. También nosotros tenemos nuestra palabra y nuestro aliento, para
comunicarnos con los demás. Por la palabra nos abrimos, y en cierta manera nos
entregamos a los demás. Tenemos sobre todo el aliento, que entregamos en un
beso a quienes amamos. Es el caso de la madre que habla a su hijo y lo envuelve
en su aliento, queriendo darle vida.
¡La Palabra y el aliento
de Dios!...Mas adelante los autores de los libros sapienciales y los profetas
tratan el tema de la Sabiduría y del Espíritu.
La Sabiduría. En el mismo texto que hoy hemos leído, aparece
con Dios desde el principio, antes de la creación del mundo. “Engendrada antes
de los manantiales de las aguas” (Prov
8, 24) En otros pasajes, la sabiduría, actúa como la gran mensajera de
Dios, que habla a los hombres.
Por su parte los profetas
hablan del Espíritu de Dios, que ha de “derramarse sobre toda carne”. Que, viniendo
sobre el mundo, todo lo vivifica y lo renueva.
Revelación de Jesucristo
Todo era indicaciones y
vestigios, que nos prepara para recibir la luz del Evangelio. Sólo por
Jesucristo sabemos de manera clara que Dios es tres personas: padre, Hijo y Espíritu
Santo.
Con toda naturalidad
hablaba Jesucristo de su Padre: “Mi Padre y yo…”. También nos habló del “otro”.
“Cuando venga El…” Son tres las personas, perfectamente distintas, las que
aparecen en las palabras del Señor, al paso de su Evangelio.
Luego aquellas
expresiones que nos hablan del misterio en toda profundidad. En el mismo texto
de hoy las encontramos: “El Espíritu de la Verdad os guiará hasta la verdad
plena. Pues lo que hable no será suyo; hablará de lo que oye…! Recibirá de mí
lo que os irá comunicando. Todo lo que tiene el padre es mío”.
El Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo son un solo Dios, una misma realidad. Este es el misterio. Esta
es nuestra fe cristiana: “Que veneremos un solo Dios en la Trinidad, y a la
Trinidad en la unidad; sin confundir las personas ni separar la sustancia”.
El Hijo no es el Padre,
ni el Padre es el Espíritu. El Espíritu Santo no es ni el Padre ni el Hijo. Son
tres personas distintas. Mas la realidad es única. Es una la vida.
Esperanza y mensaje.
Aquí está la base de toda la vida cristiana. Sobre ella se
establecen nuestras relaciones vitales. Somos hijos de Dios, miembros vivos en
Jesucristo y templos del Espíritu Santo. La vida eterna, la vida de Dios, se
nos ha comunicado por el sacramento del bautismo. Y es alimentada por los otros
sacramentos.
Sabemos, entonces, que la
muerte no puede dominarnos. Porque, “si el Espíritu de Aquel que suscitó a
Jesús entre los muertos habita en nosotros. Aquel que resucitó a Cristo Jesús
de entre los muertos dará también la vida a nuestros cuerpos mortales por el
Espíritu que habita en nosotros” (Rom 8, 11).
Es tal nuestra esperanza.
Es este así mismo el mensaje que debemos al mundo.
¿Qué tiene la Iglesia que
decir al mundo, a los hombres de nuestro
tiempo? ¿Cuál es el mensaje cristiano, del sacerdote como tal?
Muchas cosas ciertamente
hay que recordar a los hombres. Pero sobre todo y ante todo, somos deudores de
esta revelación: El Dios de Jesucristo es padre, Hijo y Espíritu Santo.
En un mundo que no cree
en el espíritu, que no admite más que lo visible y material, para el que sólo
cuenta la realidad tangible; y que experimenta, no obstante su poder, la
humillación de la muerte, el cristiano, mensajero del Evangelio, ha de
proclamar la realidad de Dios.
Despertar la fe dormida
Tal es nuestra obligación
como cristianos. Los hombres dormidos deben despertar a la fe. Para volver sus
ojos al Padre de las misericordias, que entregó a su Hijo Jesucristo a la
muerte para la salvación de todos y ha puesto en nosotros su Espíritu Santo.
En nosotros mismos debe
avivarse la fe cristiana. Nuestra presencia entre los hombres, nuestra actitud,
nuestras obras y palabras deben de ser signos para el mundo actual. Que los
hombres puedan alcanzar al Dios de nuestro Señor Jesucristo.
Y lo alcanzarán con su
gracia, si nosotros centramos nuestra vida en un ideal concreto: Glorificar,
alabar, bendecir para siempre al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
Miguel, Obispo de Jaén.
Oración de la Misa de la Santísima
Trinidad.
Dios Padre, que revelaste a los
hombres tu misterio admirable al enviar al mundo la Palabra de verdad y el
Espíritu santificador; te pedimos que, en la profesión de la fe verdadera,
podamos conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar al único Dios
todopoderoso. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.

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