jueves, 6 de octubre de 2016

SANTÍSIMA TRINIDAD

“Cuando el amor se hace fruto se llama hijo” (P. Ricardo Facci)
Mas el cristiano sabe, que, mientras nuestra vida es muerte, hay una muerte que es vida.


PRIMERA LECTURA
Proverbios 8, 22-31
Antes de los orígenes de la tierra la sabiduría ya había nacido
SALMO RESPONSORIAL
Salmo 8
¡Señor, nuestro Dios, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!

SEGUNDA LECTURA
Romanos 5, 1-5
Con Dios, por medio de Cristo, en el amor derramado por el Espíritu Santo.
EVANGELIO
Juan 16, 12-15
 Todo lo que tiene el Padre es mío; el Espíritu tomará de lo mío y os lo anunciará

                        Comentario- Introducción  
Para el hombre actual, posmoderno, el misterio evoca algo incomprensible, oscuro, una especie de rompecabezas contra el que nuestra mente choca inútilmente. El misterio es abordado como un “insulto” a la razón humana. Esto sucede con el misterio de la Trinidad, Dios Uno y Trino. Una sola naturaleza en tres personas distintas.
La homilía de este domingo, una vez más, rompe la barrera del tiempo y es un mensaje dirigido a nosotros, en el momento presente,  nos ayuda a entrar en el misterio, quedar perplejos ante él no quiere  explicar nada, sería ridícula tal pretensión y más aún en un catequista y homileta como don Miguel; no por esto se aleja de la realidad. Precisamente por su condición pedagógica comienza siempre hablando de lo más cotidiano, de lo más cercano. Tomando como modelo la forma de enseñar del Maestro, no se aparta de la realidad vital; habla de la vida, de la cuestión social, del dolor de la muerte… y desde ahí va al misterio, acercándose a él descalzo, como Moisés a la zarza ardiendo.
  Dejémonos llevar y entremos en la contemplación del Padre y del Hijo que nos dejó su Santo Espíritu.
S. Berdonces
 HOMILIA
Al celebrar esta solemnidad del Misterio de la vida de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo – la festividad litúrgica del día- nos sale el acontecimiento actual.  En nuestra Diócesis la actualidad son nueve personas muertas y veinte y tantos heridos en un trágico accidente de circulación. La mayoría de ellos son niñas de once a quince años.
        Una vida que es muerte
Al pasar por el lugar del accidente iba yo leyendo precisamente el último número de una revista teológica, dedicada por entero al tema: “La muerte y el cristiano”.
 La muerte. El hombre moderno  ha resuelto muchos problemas ciertamente. Pero el misterio de la muerte está ahí intocable para él. El tema está en las novelas, en el cine, en las obras de arte. Podemos ver a través de todo ello las reacciones del hombre actual ante la muerte.
Ya no tiene la gente una experiencia directa tan habitual del hecho de la muerte como en tiempos pasados. Se aparta a los enfermos. Los moribundos y agonizantes suelen estar en las clínicas, lejos de nuestro ambiente habitual. No tenemos la muerte ante nuestros ojos. Parece como si la sociedad actual hubiese querido apartar esta realidad de nuestras miradas.
En muchos casos nos distraemos, para no mirarla. Mas, cuando el hombre tiene que enfrentarse con el problema, una de dos: o trata de desentenderse. O se desespera.

Reacción cristiana.
El cristiano ha de tener otra reacción, cuando adopta la actitud que como tal le corresponde. Como cualquier otro hombre, que no tiene fe, el cristiano se da cuenta que la vida humana es más una muerte que una vida. Cada momento vivido es irreversible. Cada paso que damos nos acerca fatalmente al sepulcro.
Mas el cristiano sabe, que, mientras nuestra vida es muerte, hay una muerte que es vida. Nosotros creemos que Jesucristo “muriendo” destruye nuestra muerte. La muerte de Jesucristo nos da la vida.
“Yo soy la resurrección y la vida – ha dicho- El. El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá. Y el que vive y cree en mí no morirá para siempre” (Jn 11, 25-26)
Esta es nuestra esperanza. Es nuestra fe.
Ahora bien, ¿de qué vida se trata aquí?...Porque hay en todo eso una diferencia fundamental. Nuestra vida es muerte. La vida de que nos habla Jesucristo  es la vida de Dios. Y Dios es la Vida. “No es Dios de muertos, sino de vivos”, recordaba Jesús a los saduceos incrédulos (Mt 22, 32)

Vestigios de la Trinidad.
El misterio de la vida de Dios se nos escapa. Nosotros no podemos alcanzarlo con nuestra propia inteligencia, tan limitada. Nuestro mismo corazón es pequeño. Dios, “Padre, Hijo y Espíritu Santo”. Es Dios mismo quien nos lo ha revelado.
En el Antiguo Testamento encontramos alguna luz incipiente. Hay ya  algunos vestigios de lo que más tarde sería plena luz en Jesucristo.
Cuando el autor sagrado describe la obra de la creación del mundo, nos habla de la Palabra de Dios y de su aliento. También nosotros tenemos nuestra palabra y nuestro aliento, para comunicarnos con los demás. Por la palabra nos abrimos, y en cierta manera nos entregamos a los demás. Tenemos sobre todo el aliento, que entregamos en un beso a quienes amamos. Es el caso de la madre que habla a su hijo y lo envuelve en su aliento, queriendo darle vida.
¡La Palabra y el aliento de Dios!...Mas adelante los autores de los libros sapienciales y los profetas tratan el tema de la Sabiduría y del Espíritu.
La Sabiduría. En  el mismo texto que hoy hemos leído, aparece con Dios desde el principio, antes de la creación del mundo. “Engendrada antes de los manantiales de las aguas” (Prov  8, 24) En otros pasajes, la sabiduría, actúa como la gran mensajera de Dios, que habla a los hombres.
Por su parte los profetas hablan del Espíritu de Dios, que ha de “derramarse sobre toda carne”. Que, viniendo sobre el mundo, todo lo vivifica y lo renueva.

Revelación de Jesucristo
Todo era indicaciones y vestigios, que nos prepara para recibir la luz del Evangelio. Sólo por Jesucristo sabemos de manera clara  que  Dios es tres personas: padre, Hijo y Espíritu Santo.
Con toda naturalidad hablaba Jesucristo de su Padre: “Mi Padre y yo…”. También nos habló del “otro”. “Cuando venga El…” Son tres las personas, perfectamente distintas, las que aparecen en las palabras del Señor, al paso de su Evangelio.
Luego aquellas expresiones que nos hablan del misterio en toda profundidad. En el mismo texto de hoy las encontramos: “El Espíritu de la Verdad os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo; hablará de lo que oye…! Recibirá de mí lo que os irá comunicando. Todo lo que tiene el padre es mío”.
El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo Dios, una misma realidad. Este es el misterio. Esta es nuestra fe cristiana: “Que veneremos un solo Dios en la Trinidad, y a la Trinidad en la unidad; sin confundir las personas ni separar la sustancia”.
El Hijo no es el Padre, ni el Padre es el Espíritu. El Espíritu Santo no es ni el Padre ni el Hijo. Son tres personas distintas. Mas la realidad es única. Es una la vida.

Esperanza y mensaje.
Aquí está la base de  toda la vida cristiana. Sobre ella se establecen nuestras relaciones vitales. Somos hijos de Dios, miembros vivos en Jesucristo y templos del Espíritu Santo. La vida eterna, la vida de Dios, se nos ha comunicado por el sacramento del bautismo. Y es alimentada por los otros sacramentos.
Sabemos, entonces, que la muerte no puede dominarnos. Porque, “si el Espíritu de Aquel que suscitó a Jesús entre los muertos habita en nosotros. Aquel que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos dará también la vida a nuestros cuerpos mortales por el Espíritu que habita en nosotros” (Rom 8, 11).
Es tal nuestra esperanza. Es este así mismo el mensaje que debemos al mundo.
¿Qué tiene la Iglesia que decir al mundo,  a los hombres de nuestro tiempo? ¿Cuál es el mensaje cristiano, del sacerdote como tal?
Muchas cosas ciertamente hay que recordar a los hombres. Pero sobre todo y ante todo, somos deudores de esta revelación: El Dios de Jesucristo es padre, Hijo y Espíritu Santo.
En un mundo que no cree en el espíritu, que no admite más que lo visible y material, para el que sólo cuenta la realidad tangible; y que experimenta, no obstante su poder, la humillación de la muerte, el cristiano, mensajero del Evangelio, ha de proclamar la realidad de Dios.

Despertar la fe dormida
Tal es nuestra obligación como cristianos. Los hombres dormidos deben despertar a la fe. Para volver sus ojos al Padre de las misericordias, que entregó a su Hijo Jesucristo a la muerte para la salvación de todos y ha puesto en nosotros su Espíritu Santo.
En nosotros mismos debe avivarse la fe cristiana. Nuestra presencia entre los hombres, nuestra actitud, nuestras obras y palabras deben de ser signos para el mundo actual. Que los hombres puedan alcanzar al Dios de nuestro Señor Jesucristo.
Y lo alcanzarán con su gracia, si nosotros centramos nuestra vida en un ideal concreto: Glorificar, alabar, bendecir para siempre al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
Miguel, Obispo de Jaén.

Oración de la Misa de la Santísima Trinidad.
Dios Padre, que revelaste a los hombres tu misterio admirable al enviar al mundo la Palabra de verdad y el Espíritu santificador; te pedimos que, en la profesión de la fe verdadera, podamos conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar al único Dios todopoderoso. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.



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