viernes, 21 de octubre de 2016

 DOMINGO XXX TIEMPO ORDINARIO (27-X-74)
“Cuando un hombre desprecia a otro hombre, sea quien sea, falla en lo más esencial de toda moral…No puede ser un hombre bueno”.

PRIMERA LECTURA
Eclesiástico 35,15-17.29-22
 La Oración de los humildes atraviesa las nubes
SALMO RESPONSORIAL
Salmo 33
 Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha.

SEGUNDA LECTURA
 2 Tim 4,6-8. 16-18
 He combatido bien mi combate hasta el fin

EVANGELIO
Lucas 18, 9-14
 Porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.
            Comentario- Introducción
Si hoy tuviésemos que decir una palabra que defina la homilía de este domingo, tendríamos que decir que es una reflexión sobre el desprecio y los despreciados. La homilía de este domingo, se sumerge en la Historia Sagrada,  recurre a los ejemplos de David contra Goliat  y su danza delante del Arca de la Alianza, para hablar del desprecio y de los despreciados. Y llegar hasta Jesús, para hablar de la “escuela” del desprecio, donde aprende los humildes. Mirando al “Despreciado” entre los hombres.
De nuevo, llama la atención, la habilidad para traer el mensaje al pueblo que escucha a su pastor, a la sociedad en la que vive y el momento en el que la predica. Nada de estereotipos, ni clichés que pueden servir para cualquier lugar, eso sería mal lograr el mensaje. Ejemplos concretos de los trabajadores, de los enfermos en los hospitales, el desprecio que la sociedad siente por los enfermos mentales, las relaciones de los padres con los hijos,…La vida misma de cada día. Pretende ser y lo consigue, sin aspaviento, ni falso protagonismo, la voz de los que no tienen voz.
 S. Berdonces


HOMILIA
“Dijo Jesús esta parábola por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos, y despreciaban a los demás”.
Recuerdo ahora que, cuando hace tres años, pasamos por este mismo sitio, quiero decir, se leyó este mismo pasaje evangélico, cometamos lo de la seguridad. Hice algunos comentarios de la seguridad de la fe frente a otras seguridades que solemos buscarnos los hombres, incluso los piadosos. Lo recuerdo perfectamente.
Hablamos hoy del desprecio. Precisamente los hombres que se sienten seguros son los que suelen despreciar a los demás. Hablemos hoy de este tema; que también puede ser conveniente entre nosotros.

  Entre dos desprecios
A este propósito no es posible olvidar aquella frase de San Agustín, que sintetiza perfectamente la Historia de la Humanidad: “ Fecerunt itaque civitates duas amores duo…” En “La Ciudad de Dios” plantea el problema de esta forma. El ve la Humanidad dividida en dos grandes grupos o ciudades, que se van edificando. ¿Cómo y quién las edifica?
San Agustín que había experimentado en su corazón esta lucha terrible entre dos mundos y fuerzas tan contrarias, habla de dos ciudades. Una de ellas la tierra, la terrestre, como él la llama, la edifica “el amor de sí mismo, llevado hasta el desprecio de Dios”. La otra, en cambio, la celestial, es edificada por “el amor de Dios hasta el desprecio de sí”.
Veis aquí, hermanos, un desprecio y otro desprecio. Entre ellos está toda la vida de la historia del mundo. Fijaros bien en estos dos extremos: El desprecio de Dios. No se puede llegar a más. Y el desprecio de sí mismo. Los humanistas dirán que esto es inhumano. Mas, cuando nosotros hablamos del desprecio de sí, no significa el desprecio de la persona humana, sino el de todo eso que hay en nosotros mismos y es contrario a los verdaderos intereses del hombre.

El origen y los modos
Quedémonos con estos dos extremos y también con algo importante: El origen de todo desprecio está en el amor. Uno es el personaje. Todo de pende de la dirección en que se camine. Siempre el origen lo encontraremos  aquí.
Otro tema es el de los modos y maneras del desprecio. Estos son muy variados: Las burlas, las sonrisas, la indiferencia – que es la peor-, el olvido, los silencios irritantes…Hay muchas maneras de despreciar a los hombres.
Y eso sí, cuando un hombre desprecia a otro hombre, sea quien sea, falla en lo más esencial de toda moral humana y cristiana. El principio es siempre válido: Quien desprecia a otro hombre, no puede ser un hombre religioso, no puede ser bueno.
           
Los despreciados
Tal es el origen y los modos. ¿Quién es el objeto? ¿Dónde están los despreciados…?
¡Ay, amados hermanos! Cuando cada domingo, al terminar la celebración, voy besando a los niños que me salen al paso, lo hago pensando precisamente en esto. Solemos desprecias a los niños. Porque ellos no cuentan, a veces, ni para sus madres. Prefieren enviarlos a las guarderías o a las escuelas maternales, para quedarse libres. Una manera de desprecio es ésta, y muy sensible, cuando no hay verdadera necesidad de hacerlo así.
¿Quiénes son los despreciados? Los pobres, claro está, los inútiles, los ancianos, los que no sirven o no pueden dar utilidad. Como lo que domina es la preocupación por la eficacia, los que no pueden aportar, según nuestro juicio, son despreciados.
Los enfermos. Y todavía entre los enfermos hay clases. Hay clínicas y clínicas, hospitales y doctores diversos. Si queréis que descendamos a ejemplos concretos, podemos hablar. Recordemos y muy especialmente en este domingo, el desprecio de las naciones poderosas por los pueblos del tercer mundo. Esta es la gran realidad actual. Mas, como esto puede ser ya tópico, busquemos otros ejemplos más caseros.

En nuestra ciudad
Vengamos a nuestra misma ciudad de Jaén, en la que hay empleados de muchas clases. Ahí están por ejemplo los barrenderos, los empleados de la limpieza pública. ¿Habrá personas como estas a las que todos debamos estar más agradecidos? ¿Qué aprecio tenemos de ellos? Sólo pretendo que reflexionemos todos. No trato de acusar, ni denunciar proféticamente. Cuando sea necesario lo haré; ahora solo hago una consideración.
También andan por ahí los empleados del servicio de incendios, los bedeles, los porteros, las ordenanzas de las oficinas públicas.
En Jaén tenemos varios hospitales: “El Neveral”, el “Princesa de España”, “El clínico”, “Los Prados”. ¿Qué enfermos son los más apreciados y cuáles los despreciados…? También es esto sin pretender entrar en el problema, sin decir lo que se puede o no se puede hacer, porque yo no lo sé. Pero se, por ejemplo que los que se consideran locos, los anormales, no tienen seguro de enfermedad. ¿Por qué?
Vuelvo a repetiros que no es mi ánimo acusar. Sólo quiero ofreceros un baremo válido para medir la cultura, el nivel humano, la justicia, el espíritu cristiano de la sociedad en la que vivimos. Yo no sé si es o no es remediable el problema. Mas debo decir también que esos enfermos de “Los Prados”, en bastantes casos está despreciados y olvidados hasta por sus mismos familiares. Y esto no debe ser así.



Antes de llegar hasta Dios
Y es que, cuando se va en esta dirección, antes de llegar al desprecio de Dios, ya hemos pisoteado y despreciado a muchos hermanos, empezando por los que están más cerca de nosotros: Al padre, a la mujer, al hijo, al amigo, al vecino…Y, como el amor así mismo no se detiene, ya no para hasta llegar al desprecio de Dios, o al menos a olvidarlo.
Pero hay algo más irritante aun. Se trata del desprecio por motivos religiosos. El desprecio para lo que, según mi criterio, no son buenos, los que no van a Misa, los que no pertenecen a mi grupo religioso, a mi asociación, a mi congregación, sino a la de enfrente. Los que pertenecen a otras religiones: Los Testigos de Jehová y de ahí en adelante.
También están las mujeres de mala vida, los jóvenes que se portan mal y son rebeldes y viciosos…¡El desprecio, el desprecio para con los pecadores!. Aquí ya nos vamos acercando al mismo Jesucristo, que ha dicho: “El que desprecia a uno de estos, me desprecia a mi”.
Es seria esta lección, hermanos. A todos nos viene bien, a todos nos puede hacer reflexionar seriamente.

Un despreciado
Voy a recordaros a un despreciado notable: David. Cuando era todavía un muchacho rubio y apuesto, pastorcillo él, fue a ver a sus hermanos que estaban en “la mili”. Allí se encontró con Goliat y se ofreció a pelear con el filisteo. La Escritura tiene una frase significativa. Cuando salieron al encuentro el uno del otro, dice el texto: “Volvió los ojos el filisteo, y viendo a David lo despreció, porque era un muchacho…”
No fue sólo Goliat. También lo despreció su propia mujer, cuando David hizo el traslado del Arca a la ciudad, siendo ya rey de Israel. Entraban en la ciudad, su mujer estaba mirando por la ventana y le vio danzar lleno de júbilo delante del arca, en medio de la comitiva. Y Mikal “lo despreció en su corazón”. Luego, en el encuentro, ella se lo echaba en cara y David respondió: “En presencia de Yavhé danzo yo y danzaré…Y me haré más vil todavía; seré vil a tus ojos pero seré honrado ante esas criadas de que hablas”.
El relato termina con otra frase significativa: “Y Mikal, hija de Saúl, no tuvo ya hijos hasta el día de su muerte” (2 Sam 6). Y es que el desprecio se paga con la infecundidad. El hombre que desprecia a su hermano ha perdido toda eficacia en la presencia de Dios.

Siervo de Yahvé
Más desprecios aún hubo de soportar Jesús por causa de todos nosotros. Despreciado por Herodes, que se burló de Él. Despreciado por la chusma de los verdugos que le azotaron; objeto de injurias por parte de los soldados, de los príncipes de los sacerdotes y de todo el pueblo. “Despreciado y desecho de los hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias” (Is 53).
Este Siervo, Jesús, aceptó todos los desprecios con generosidad de corazón porque estaba educado en la escuela de aquella que pudo decir: “Proclama mi alma la grandeza del Señor y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava”.
Volviendo ahora hacia nosotros mismos, tendríamos que decir: Aceptemos los desprecios a semejanza de Jesucristo.
¡Gran escuela es ésta del desprecio, para madurar en todos los sentidos! Sobre todo, para alcanzar la perfección cristiana. ¡Gran camino éste, hermanos! Para identificarnos con Jesucristo y alcanzar la predilección de Dios.
Miguel, Obispo de Jaén.


Oración del Domingo.
 Señor Dios nuestro:       
Nos damos cuenta de que somos pecadores, constantemente necesitados de tu misericordia.
En la pobreza de nuestros corazones te damos gracias por habernos permitido tomar parte en el banquete de Jesús, a pesar de nuestra poca fe y de nuestro tibio amor.
Continúa aceptándonos tal como somos, ayúdanos a ser y a obrar mejor, y recibe nuestra sincera acción de gracias por todo el bien que has hecho en favor nuestro  y de nuestros hermanos.
Te lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor. AMÉN.



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