sábado, 21 de enero de 2017

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO
DIA 22 DE ENERO.
“Sus oyentes, sencillos galileos de pueblos y aldeas, podían entender su mensaje”


PRIMERA LECTURA
Isaías 8,23-9,3
El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande.

  SALMO RESPONSORIAL
Salmo 26

El Señor es mi luz y mi salvación.

 SEGUNDA LECTURA
 1 Corintios 1,10-13.17
Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir.

 EVANGELIO
Mateo 4, 12-23
  Jesús recorría todos los pueblos de Galilea.


                                               Comentario- Introducción
Las lecturas y la homilía este Tercer Domingo del Tiempo Ordinario nos muestra como Jesús inicia su camino de evangelización. Tras su encuentro con Juan, su bautismo y la misión anunciada por el Padre, hay que iniciar el apoyo a los hermanos. Mateo nos va a ir describiendo el relato de la vida pública de Jesús de Nazaret semana a semana. Y nosotros debemos acompañarle en ese camino, junto a los apóstoles recién elegidos. Es un desafío maravilloso que puede ser fundamental para nuestras vidas. No podemos menos que decir, como la propia homilía nos afirma:
“¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero, que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia la salvación!” (Is 52,7).
S. Berdonces


HOMILIA
Congregados para celebrar el misterio de la muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo, cada domingo nos sale al encuentro la Palabra de Dios, para despertar nuestra fe y levantarnos la esperanza de los bienes eternos. Hoy nos trae el recuerdo luminoso de los comienzos.
“Al enterarse Jesús que Juan había sido encarcelado, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaúm, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí…Entonces empezó Jesús a predicar diciendo: “Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos”. El evangelista ve cumplirse en aquella “Galilea de los gentiles”, una antigua profecía: “El pueblo que habitaba en tinieblas, vio una gran luz; a los que estaban sentados en paraje de sombras de muerte, una luz les amaneció” (Is 8, 23-9,1).
Sería bueno que, con el recuerdo de este amanecer evangélico, reflexionáramos sobre nosotros mismos, para ver hasta qué punto esa luz penetra todos los  espacios de nuestra vida.

Tres situaciones
 Fundamentalmente tres son las situaciones posibles frente al Evangelio: la de quienes, con culpa o sin ella, no lo aceptan; la de los que han aceptado la Palabra: iniciados en la fe, andan necesitados de instrucción catequética y deben ejercitarse en las virtudes cristianas: la de los adultos que, gracias a su entrega, pueden colaborar en la predicación del mensaje salvador. ¿Cuál de las tres es nuestra situación personal?
Otro tema: el pasaje evangélico, que nos ha recordado así mismo la vocación y respuesta de los primeros discípulos: “Les dijo Jesús: Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres. Ellos dejaron inmediatamente las redes y le siguieron”. ¿Es tal nuestra entrega a la causa del Evangelio…?
Cuenta San Lucas en los Hechos de los Apóstoles cómo, a raíz de la muerte de Esteban, el primer mártir cristiano, se desató una gran persecución contra la comunidad de Jerusalén; hubieron de dispersarse. Y escribe: “Los que se habían dispersado iban por todas partes anunciando la Buena Nueva de la Palabra…Y la Palabra de Dios crecía y se multiplicaba” (Hech 8,4; 12,24).
¿Seremos nosotros capaces de anunciar el Evangelio con tal eficacia a los hombres, con quienes nos encontramos y convivimos? ¿Estamos preparados doctrinal, pedagógica y espiritualmente, para esta colaboración apostólica?...Como sacerdotes, como catequistas, como padres y educadores, ¿aportamos en esta empresa aquel entusiasmo, aquella convicción, aquella entrega que está pidiendo de nosotros?...Por la respuesta sincera a tales preguntas, ha de medirse nuestra fe, y el amor que nos mueve hacia Jesucristo y hacia nuestros hermanos. No todo consiste en defender los derechos de nuestros hijos a la educación cristiana en las escuelas, y salvar las instituciones. Se nos pide la participación personal en la predicación evangélica.

Presentar a Jesucristo
Jesús dio comienzo a su ministerio profético con esta exhortación: “Convertíos, porque está cerca el Reino de Dios”. Sus oyentes, sencillos galileos de pueblos y aldeas, podían entender su mensaje, familiarizados como estaban con el recuerdo de las promesas de Dios a su pueblo. Nuestro caso es bien distinto.
Mas lo decisivo no son, en último término, las palabras, sino su contenido. Cuanto se encierra en la expresión “Reino de Dios, se concreta en un nombre querido, cuya noticia, más o menos precisa, ha llegado a todos los oídos: Jesucristo. La fe cristiana consiste en aceptarle, tal como es él y se ofrece a nosotros en su misteriosa realidad. Entregarse a él, seguirle, obedecerle incondicionalmente, rendirle nuestra inteligencia, nuestro corazón, nuestros sentimientos, nuestra vida.
Desde los mismos comienzos, a partir de la Ascensión del Señor y de Pentecostés, los apóstoles anunciaban a Jesús de Nazaret, “muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación” (Rom 4,25). En Jerusalén, en Atenas, en Corinto, en Roma, Pedro y Pablo proclamaron el Evangelio de la salvación, presentando a Jesucristo como Mesías de Dios y único Salvador de los hombres.
Como discípulos del maestro, todos tenemos obligación de confesar nuestra fe cristiana, “Se cree con el corazón para conseguir la justificación; con la boca se confiesa, para alcanzar la salvación” (Rom 10,10) Hemos de dar testimonio ante los hombres, en especial ante aquellos con quienes convivimos y a los que nos debemos. En este sentido fundamental, la colaboración apostólica fluye como compromiso, en virtud de los sacramentos recibidos: el Bautismo, la confirmación, la Eucaristía…

            Dificultades
            El cumplimiento fiel de este compromiso cristiano tiene sus dificultades. Dificultades que parecen agravarse en el mundo en que nos movemos; muy en especial, en el complicado de las ciudades modernas. Herederos de unas generaciones que se confesaban creyentes y mantenían sus prácticas de piedad tradicionales, hoy nos encontramos con serios obstáculos para la transición del Evangelio.
Aparte las causas permanentes de la incredulidad: la inclinación al mal, como fruto del pecado de origen, la debilidad de nuestra carne, la esclavitud de los vicios, la codicia de los bienes materiales, la dificultad inherente a la obediencia en la fe, tenemos que contar con el espíritu materializado y utilitarista que domina nuestra sociedad de consumo, los hábitos mentales de una juventud educada en el racionalismo científico, la disgregación de la familia y la instintiva oposición a toda estructura jerárquica. Se dice aceptar a Jesucristo, pero se rechaza a la Iglesia: a menos que se consienta en acomodarla a las ideologías y caprichos de muchos.
Pero hemos de reconocer que la dificultad principal no está en todo eso, sino en la actitud misma de los que estamos puestos para la predicación del mensaje. Porque con frecuencia, quienes nos decimos mensajeros del Evangelio, ofrecemos el testimonio de una vida que tiene mucho de negativo. Porque, en la falta de entrega personal a la Palabra, que predicamos, se hace visible nuestra falta de fe. Porque en la escandalosa disociación  entre nuestra religiosidad y el cumplimiento de la justicia, la predicación queda vaciada de su contenido; se convierte para nuestros oyentes en vana palabrería. Y de todo esto sí que nos pedirá estrecha cuenta.

El gozo de la colaboración
La predicación del Evangelio, que tuvo su comienzo en la oscura Galilea, sigue en pie a través del tiempo y del espacio. Es empresa de Dios. Debe cumplirse la consigna del Señor a sus discípulos: “Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16,15). La Iglesia de Jesucristo es un pueblo en misión. El tiempo trabaja siempre a favor de su causa, a pesar de todas las apariencias.
Frente al desánimo de tantos cristianos y a la indiferencia de muchos, la lectura evangélica nos llama a la reflexión. Quienes se sienten libres del miedo y la desconfianza; quienes crean en la verdad, la bondad y la belleza del mensaje, y sepan compenetrarse con él, entenderán la invitación que se nos hace: “Venid conmigo  y os haré pescadores de hombres”. Nada hay en el mundo comparable con el gozo de aceptar esta llamada y colaborar en su empresa.
Pero esta colaboración lleva consigo dos cosas fundamentales: desprendimiento generoso de todo interés, de todo egoísmo; serenidad a toda prueba, en lo íntimo de nuestro corazón y en toda actitud. “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero, que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia la salvación!” (Is 52,7). Todo lo demás, hermanos, es cosa del Señor. Su palabra permanece para siempre.
Miguel Peinado.
Que fue Obispo de Jaén           
ORACIÓN DEL DÍA

Oh Dios y Padre nuestro:
Tu  Hijo nos invita, de modo suave pero insistente,
a seguirle como discípulos fieles.
Abre nuestras mentes a su luz,
haz que respondamos a su amor
y que le confiemos a él todo nuestro ser.
Que su reino crezca en cada uno de nosotros y en todo el mundo,
para que nos lleve con esperanza
a la alegría que tú has preparado para nosotros en tu casa
Te lo pedimos por medio de Jesucristo nuestro Señor.
Amén



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